Arnaldo Orfila, una revolución editorial latinoamericana

Nov 27 • destacamos, principales, Reflexiones • 1744 Views • No hay comentarios en Arnaldo Orfila, una revolución editorial latinoamericana

 

Este es un adelanto del libro Arnaldo Orfila, una revolución editorial latinoamericana, publicado próximamente por la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL). Con el acceso al archivo personal de Orfila, esta biografía es el retrato intelectual de un editor que enfrentó la cerrazón de gobiernos autoritarios y fomentó el diálogo entre distintas corrientes de pensamiento sin alejarse de su espíritu crítico

 

POR VÍCTOR ERWIN NOVA RAMÍREZ

El origen intelectual de siglo XXI
En los años sesenta, la historia política de América Latina vio la victoria de la Revolución cubana en 1959, el FCE gestó su Colección Popular y su editor contrajo matrimonio por segunda ocasión con la antropóloga ítalo-francesa Laurette Séjourné. Los tres hechos conjuntos representaron un punto de quiebre que asentó los visos de la venidera revolución contracultural de dimensiones planetarias de la década, los que provocaron la crisis la independencia del Fondo como parte del proyecto sui generis del nacionalismo cosmopolita, universal y crítico del Estado.

 

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Por primera vez en la historia se cosecharían los frutos de las campañas estatales de alfabetización y del esfuerzo para desarrollar el gusto por la lectura entre los editores mexicanos, igual que en diferentes países en Hispanoamérica. Así, el FCE armó su Colección Popular con una doble finalidad: la primera responde a la difusión de autores de obras que ya figuraban en otras colecciones de su catálogo, mientras que la otra pretendía insertar al lector en los problemas sociales de aquellos años. El asunto fue abordado por Orfila en una carta del 28 de junio de 1959, en la que anunció al arqueólogo Antonio Caso el nacimiento de la colección:

 

Fondo ha resuelto iniciar una nueva serie llamada “Colección Popular y que siguiendo el sistema de los Paperbacks, incorporaría parte de las obras ya publicadas en distintas secciones y que han sido agotadas, algunos títulos que consideramos interesante difundir a gran escala… necesitamos ajustar despiadadamente los costos de manera despiadada para lograr un bajo precio de venta (AHFCE).

 

A diferencia de los Breviarios, una serie que apostó por la formación de un público lector, la Colección Popular se enfocaba en satisfacer la demanda del mercado, proceso en el que algunos autores consagraron su autoridad y prestigio como creadores literarios e intelectuales ante la masiva divulgación que abrió una posibilidad de consumo sin precedentes a los humildes libros de bolsillo, cuyos precios demandaban un esfuerzo económico de buena parte de sus potenciales compradores.

 

El matrimonio Orfila Séjourné

 

El director del Fondo de Cultura concebía los diferentes formatos de las nuevas colecciones como las dimensiones con las que se pretendía abarcar los diferentes tipos de lectores iberoamericanos. Están caracterizados en un “pedido de opinión” que Orfila dirigió a su expareja, María Elena Satostegui, en una carta fechada el 28 de abril de 1965 resguardada por el AHFCE, donde se manifiesta el interés de crear unos “cuadernos” con unos textos que tendrían un formato muy modesto para ser vendidos en los quioscos de periódicos. Ahí señala: “Tengo mucho entusiasmo por la idea porque pienso que sería el cuarto nivel de penetración que intentaríamos (libros normales-Breviarios-Colección Popular-Cuadernos)” (AHFCE, 1965).

 

Muchas lecturas populares se convirtieron en referencia de la formación literaria en la educación básica y media superior. Las obras literarias indispensables para cualquier estudiante mexicano eran el Popol Vuh, o la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, y sus cuentos de El llano en llamas; para el bachillerato, El laberinto de la soledad de Octavio Paz fue una lectura imprescindible y podemos agregar otros autores de menor influencia, aunque fueron decisivos en las letras mexicanas, como Rosario Castellanos, Fernando Benítez o el antropólogo Ricardo Pozas con su Juan Pérez Jolote.

 

El ensayo y las ciencias sociales encuadradas en la serie Tiempo Presente, representaron una contrapartida literaria dentro de la Colección Popular pues irrumpieron pautadamente de manera consistente en los grandes debates y polémicas que determinaron el rumbo político, ideológico e intelectual de los años sesenta y setenta. Los condenados de la tierra, de Fanon, abrió el camino a la lenta descolonización intelectual del mundo no occidental, al demostrar que el racismo y la colonización fueron parte de los elementos estructuradores de la civilización capitalista, así como la irrupción de la Revolución cubana con Escucha, yanqui del sociólogo estadounidense Wright Mills, traducido por Julieta Campos y Enrique González Pedrero, que se convirtió en un gran fenómeno de ventas al agotar en poco tiempo varias reimpresiones con tirajes de decenas de miles de ejemplares. De hecho, la embajada norteamericana presentó su inconformidad ante el gobierno mexicano porque su editorial, que era la de mayor prestigio y renombre en toda Hispanoamérica, comenzaba a difundir una versión crítica sobre la presencia del imperialismo estadounidense en la región.

 

Ernesto Che Guevara, a quien Orfila dedicó un obituario. 

 

La presión diplomática no mostraba haber tenido consecuencia alguna para la editorial, pero es significativa la ausencia en su catálogo de más libros sobre la Revolución cubana que acompañaran a Escucha, yanqui, un tema que originó la historia de ERA con su Batalla de Cuba, nombre que corresponde al acrónimo de los apellidos de los jóvenes exiliados españoles que la crearon: Neus Espresate, Vicente Rojo y José Azorín. Sin embargo, es notable la ausencia del nombre de Orfila porque fue un gran simpatizante de la Revolución cubana, al punto de que él mismo participó en la toma de la embajada cubana para expulsar a la representación de la dictadura, un apoyo vitalicio que brindaron a la causa el editor argentino y su esposa y que se materializó en trabajos editoriales para su Instituto del Libro y la Casa de las Américas, además de que a su avanzada edad, el matrimonio, consecuente con sus principios, participó voluntariamente en la zafra cortando caña a lado de los campesinos de la isla.

 

Basta con consultar el obituario que redactó el don Arnaldo en honor a Ernesto Che Guevara (Orfila, 1968) para tomar consciencia de la entrañable relación de amistad, respeto y la admiración entablada entre ambas personalidades —que sólo puede ser equiparada con la profunda afinidad de Orfila con dos autores y amigos suyos, Salvador Allende y Julio Cortázar—. El texto repasaba su relación, surgida en torno a la discusión que Orfila sostuvo en torno a las perspectivas políticas del peronismo, la cual se suscitó en la redacción de una imprenta de la Ciudad de México ante un grupo de exiliados sudamericanos, entre quienes estaba un desconocido que argumentaba con pasión una postura contraria a la del consagrado editor que, con el paso del tiempo, resultó atinada. Quedó una profunda impresión de un joven que, sin tener la experiencia y el bagaje cultural de Orfila, fue capaz de interpretar en una clave alternativa el clima político de la época, y que encarnaría en la realidad los ideales de cambio social que él había sostenido a lo largo de toda su vida.

 

El asesinato del Che en Bolivia extinguió la relación del máximo exponente de la guerrilla latinoamericana con el más prestigiado difusor de la cultura en Hispanoamérica. Orfila partió a La Habana para negociar con Fidel Castro los derechos de la edición internacional del Diario del Che en Bolivia (1968), libro preclaro de la floreciente Siglo XXI Editores, la única edición pagada puntualmente por los generosos derechos de autor al Instituto del Libro Cubano. El otro caso, en Europa, lo tenemos en el editor italiano Feltrinelli, autor de la biografía inconclusa de Fidel Castro, que se saltó las barreras burocráticas y se presentó en la embajada cubana con una maleta llena de billetes rotulada con la leyenda “Los beneficios de la publicación se destinarán íntegramente a los movimientos revolucionarios en América Latina”.

 

El matrimonio de Arnaldo y Laurette determinó sus vidas. Tuvo lugar el último día de enero y simbolizó la unión de dos tradiciones del pensamiento crítico moderno que provenían, por una parte, de América Latina y, por otra, de Europa. Había 14 años de diferencia entre el editor y la antropóloga y ambos ya habían recorrido el mundo. Ella tenía una profunda militancia comunista y antifascista.

 

 

Nació en Perugia, Italia, en 1911, con el nombre de Laura Valentini Corsa, el cual cambió a Laurette Séjourné al adquirir el apellido de su primer esposo, un francés con el que no se entendió y se separó para compartir su vida con Víctor Serge, revolucionario soviético perseguido por Stalin en su exilio en Francia y que culminó en México, donde la pobreza quebró su salud en 1946 y dejó una viuda y dos huérfanos, Jeanine y Vlady Kivalchich.

 

Al desembarcar en nuestro país, Laurette traía consigo las tradiciones del marxismo crítico distanciadas del comunismo soviético. En Francia, como discípula de Claude Lévi-Strauss, contactó al núcleo estructuralista y el del surrealismo, donde entabló una cercana amistad con Leonora Carrington. Sin embargo, su proceso de ruptura con la ideología eurocéntrica tuvo lugar cuando asimiló la realidad mexicana, en concreto las culturas mesoamericanas, y en los años cincuenta se enroló en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y se integró a los equipos que participaron en las principales exploraciones arqueológicas en la península de Yucatán, en Oaxaca y, sobre todo, en Teotihuacán. Desarrolló una cosmovisión holística sobre Quetzalcóatl que no compaginaba con la interpretación predominante de los antropólogos consagrados, y, por lo tanto, comenzó a ser excluida del medio y sus contribuciones habían sido olvidadas en el rescate de los murales en Teotihuacán.

 

Accedí a las vicisitudes del trabajo antropológico de Séjourné en su relación con Orfila por dos vías: Esperanza Rascón y Tatiana Coll. La primera acompañó a la pareja en el ocaso de sus vidas y realicé un conjunto de entrevistas con ella mientras consultaba los archivos de campo de la antropóloga y de la biblioteca personal de Orfila que ella subsidió hasta hace poco en Amecameca (Rascón, 2016). Trasciende que Laurette montó una galería de arte con apoyo de sus amigos europeos, sobre todo su hermana, quien le enviaba obras de arte para apoyarla y a Jeanine y Vlady, los huérfanos de Serge. En aquella galería que algunas fuentes sitúan en Polanco —y otras en los alrededores del Centro histórico donde ambos personajes se relacionaron—, ella rompió los parámetros tradicionales porque Orfila sintió una verdadera admiración y fue cautivado por la presencia y la refinada cultura e inteligencia de la galerista, antropóloga y revolucionaria comunista. Sobre este punto, Eugenia Huerta relata cómo sucedió el encuentro desde la perspectiva de Orfila: “Arnaldo vivía cerca de ahí y entraba a la galería y veía los cuadros (él decía que Laurette nunca vendió un cuadro porque era muy tímida). En las escalas rumbo a su casa, le gustaba pasar por la galería a platicar con Laurette; se enamoraron y se casaron” (Huerta, 2016)”. Dos años después, esta versión me fue corroborada por Tatiana Coll, a la que el viejo Orfila consideraba su propia hija, quien había convivido toda su vida con la pareja de mexicanos nacidos en el extranjero. Ella narra el primer encuentro desde la perspectiva de Laurette:

 

Cuando todavía el Fondo de Cultura estaba en la calle Pánuco, en su primera sede, el relato empieza en que un día un amigo de Arnaldo llegó a las oficinas y le comentó “Oye, hay una francesita muy guapa y simpática que trabaja en la tienda de antigüedades aquí cerca, ¿ya la conociste?, ¡tienes que ir a verla!”; ni tardo ni perezoso, ese mismo día fue a verla todo coqueto y claro que le encantó y la invitó a salir. Ahí es donde Laurette dice que la engañó “porque esa primera cita fue la única vez en toda su vida que él no habló y me escuchó toda la noche hablar y hablar de mi antropología, yo le estuve hablando de mi pasión, de los descubrimientos de Teotihuacán y él muy calladito me escuchó y después, hasta ahora ya nunca me ha vuelto a escuchar, siempre está hablando él” (Coll, 2017).

 

Él hizo una concesión inusual al emprender la tarea de traducir obras que ya habían publicado las más prestigiadas casas editoriales en francés, empezando por Pensamiento y religión en el México antiguo (1957). En este momento nació la simiente de la síntesis de la cosmovisión entre el editor latinoamericano y la antropóloga europea.

 

De los hijos de Sánchez a los hijos de Kafka

 

En su correspondencia con Arnaldo Orfila, Carlos Fuentes resumió el conflicto desencadenado entre el aparato de la burocracia cultural oficialista y el director del FCE: el escándalo suscitado por Los hijos de Sánchez simplemente fue el pretexto para acabar con la metamorfosis que estaba sufriendo su catálogo volcado hacia la modernización ilustrada del pensamiento social y humanístico occidental en nuestra lengua. El proyecto era heterodoxo, crítico y de integración latinoamericanista y se había fraguado en el ciclo de estabilidad política económica entre el auge del nacionalismo revolucionario del cardenismo, donde tuvo su origen y que cerró a finales de los cincuenta, y el agotamiento del modelo del desarrollo estabilizador. Los últimos años sesenta, con su conflictivo escenario internacional, hicieron estallar esa contradicción y cortaron de tajo su independencia y la posibilidad de integrar a su catálogo las vanguardias del pensamiento crítico.

 

 

Para situarnos en el conflicto de la aparición en 1964 de Los hijos de Sánchez traducida, ésta no fue el motivo sino, por absurdo que parezca, su primera reimpresión. El libro había aparecido en la transición en la que Gustavo Díaz Ordaz asumiría el poder, y su promoción se pospuso hasta al año siguiente, en una ceremonia organizada por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE) a la que asistió el presidente, la cual fue aprovechada para exigirle la destitución de un editor extranjero y comunista que publicaba libros contra la moral y que denigraban al gobierno. Así se obtuvo la autorización presidencial para procesar legalmente al editor de la cuestionable obra.

 

Hubo un intento fracasado de tomar por asalto la dirección del FCE porque la SMGE, una institución marginal de nula trascendencia en el ámbito académico, no pudo sostener sola el peso del conflicto en contra de una de las instituciones culturales más prestigiadas del Estado. Luis Cataño y Morlet, su titular, ni siquiera era geógrafo, sino juez de un modesto juzgado local. Cuando interpuso la demanda contra el editor extranjero, sin calibrar la desigual confrontación, obtuvo la anulación completa de la querella que pasó de la esfera judicial a librarse en la esfera pública como un escándalo internacional, donde el gobierno mexicano apareció como el principal responsable de atentar en contra de la libertad de expresión y de movilizar el aparato judicial para agredir a un editor por su labor de difusión de una obra científica de carácter antropológico, un libro que enarbolaba su crítica hacia la incapacidad del Estado mexicano de incluir a amplios sectores subalternos de la población en los beneficios del desarrollo estabilizador.

 

Ni siquiera la dimensión de la presión nacional e internacional ejercida sobre el gobierno mexicano, lo hizo reclutar para su causa a ningún intelectual orgánico de primera línea que enarbolara públicamente la causa nacionalista de un presidente que ahora sabemos que, como su sucesor, fue agente de la CIA en México. El procurador de Justicia se abstuvo públicamente de ejercer la acción penal contra Orfila porque no había encontrado delito a perseguir. Lo extraordinario del caso fue que para justificar su decisión no se ajustó al marco legal vigente, sino que apeló a la licencia del historiador o el crítico literario al emprender un ensayo sobre los casos determinantes en la historia de la literatura en la que los editores se habían envuelto en querellas judiciales similares, sobre todo en Europa, e incluyó su propio análisis de las potencialidades ambivalentes de la obra en su carácter literario y de calidad científica.

 

Los hijos de Sánchez habían propinado una insólita afrenta al presidencialismo mexicano en su intento de aplicar la fuerza del Estado para remover judicialmente al editor que proyectó el nacionalismo revolucionario alrededor del mundo, impulsando la traducción de obras de autores como Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Octavio Paz y Carlos Fuentes, cuyos temas eran las manifestaciones tradicionales e históricas acopladas en la cultura universal. No obstante, pocos percibieron que la resolución favoreció a Los hijos de Sánchez y al director del Fondo quien, paradójicamente, quedó en la situación muy precaria de un humilde editor extranjero que había vulnerado el ego del titular del Ejecutivo de un régimen con vertientes cada vez más autoritarias, mismas que buscaban contener tanto la crisis social complicada por la creciente de la población urbana y por las necesidades materiales y subjetivas de las clases medias que se catalizaban en sus movimientos estudiantiles.

 

La Junta de Gobierno del FCE había logrado captar la delicadeza de la situación en la que se encontraba la casa editorial, ya que la conformaban dos secretarios de Estado y otros tres integrantes históricos. A Orfila se le impuso la censura al negarle tres propuestas de edición. La democracia en México, de Pablo González Casanova, obra pionera de la nueva sociología mexicana y que por su trascendencia el editor argentino convenció a una joven editora de que la incluyera en el catálogo de ERA. En segundo lugar estaba un libro sobre la invasión estadounidense de República Dominicana ante el peligro de que la isla se convirtiera en aliada de Cuba. La tercera le negó continuar publicando Los hijos de Sánchez, que se remitió a la editorial Joaquín Mortiz, fundada en 1962 por Joaquín Díez-Canedo. Ninguno de los editores extranjeros responsables de casas editoriales mexicanas independientes sufrió represalias por haber publicado estos tres títulos vetados por la Junta del Fondo.

 

El desenlace del conflicto ocurrió cuando Díaz Ordaz intervino directamente la dirección de la casa editorial manipulando un procedimiento administrativo para obtener la “renuncia” del editor, a quien Díaz Ordaz consideraba impresentable por su doble condición de extranjero y subversivo. Para reconstruir esta parte de la historia recurriremos a los reportes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), resguardados en el Archivo General de la Nación (AGN ); paradójicamente, ningún documento de la salida de Orfila y de la creación de Siglo XXI Editores se resguarda en los acervos de ambas casas editoriales, pero los agentes de la temible policía secreta dirigida por Gutiérrez Barrios se encargaron de dar constancia del conflicto y del seguimiento de la vida cotidiana de Orfila y de los promotores de la nueva empresa cultural. Resulta significativo que el expediente del editor argentino comienza con el arranque del conflicto y que, a pesar de estar vinculado con los líderes políticos de los movimientos revolucionarios en el Caribe, Centro y Sudamérica, los sistemas de inteligencia no se molestaron en darle seguimiento porque era tan cuidadoso que no se inmiscuyó en los asuntos políticos mexicanos.

El primer acto del golpe fue el 8 de noviembre de 1965. Tras el fallecimiento de Ramón Beteta [¿cargo?], se convocó de manera urgente a la Junta de Gobierno del FCE al despacho del secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, con el propósito de cubrir la plaza vacante que había quedado; el resto de la Junta lo conformaban el secretario de Educación, Agustín Yáñez, y dos de los fundadores de la casa editorial, Eduardo Villaseñor y el ingeniero Gonzalo Robles. Los empleados del presidente impusieron en la vacante al subsecretario de Hacienda, Luis Rodríguez y Rodríguez, para obtener la mayoría de votos necesarios para “renunciar” al director en funciones.

No importó que ambos secretarios de Estado fracasaron en ejecutar el mandato de su jefe, con todo el poder que les brindaba su posición, en comparación con Eduardo Villaseñor y Gonzalo Robles, que eran funcionarios bancarios de la iniciativa privada y que defendieron al editor de la única manera posible, negándose a firmar la siguiente acta. Al terminar la primera sesión, donde se instaló a Rodríguez en la vacante, de inmediato se convocó a la siguiente sesión para dar cauce a la “renuncia del señor doctor Arnaldo Orfila Reynal como director del Fondo de Cultura Económica, la que fue aceptada en vista de las razones expuestas” (AGN , 2019). Salvador Azuela se encargaría de comunicar su sustitución. Desde la perspectiva temporal, parece muy probable que ambas actas hubieran sido redactadas de antemano porque sigue siendo una práctica habitual en la administración pública solicitar una “renuncia” para no liquidar y dar entrada a un proceso laboral. Por lo tanto, era extraordinario resistir la arbitrariedad que el titular del Ejecutivo pretendía cometer contra Orfila, al condicionar la firma de las actas para modificar la supuesta “renuncia” y que se constatara que la editorial fue la que prescindió de los servicios de su director.

Salvador Azuela estaba en contraposición y fue impuesto en la dirección del Fondo. Su figura era periférica de la historia intelectual mexicana; había sido funcionario de la Facultad de Filosofía de la UNAM y dirigió el más oficialista de los centros de investigación, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM), pero el rasgo determinante que volcó la balanza a su favor fue que en esos años, además de haber sido amigo de Díaz Ordaz, fungió como asesor presidencial, como consta en la tarjeta de presentación de este personaje contenida en el expediente de la DFS, en el que trababa de establecer las dimensiones de prestigio y autoridad de las partes en conflicto, que habían hecho imposible que Azuela ejerciera efectivamente el poder que le confirió el presidente durante más de un año. Ni siquiera pudo apoyarse en el equipo de colaboradores ya instalado, porque se perdieron los cuadros técnicos especializados en la edición y la contabilidad a causa de la “renuncia”, para integrarse a otras casas editoriales, en menor medida, a Siglo XXI Editores. Azuela tuvo que recibir un préstamo de emergencia de Hacienda para hacer frente a las liquidaciones de los empleados y del propio Orfila; no pudo controlar el presupuesto y las cuentas bancarias, y tampoco dio seguimiento a los negocios nacionales e internacionales de la editorial, porque ninguna entidad bancaria reconocía la validez del acta que le dio posesión del cargo.

 

Una muestra de la dramática situación que sufrió el FCE durante los primeros años de la era de Azuela, fue que vivió de la inercia del trabajo del director anterior que tenía en marcha un programa de edición y de reimpresión proyectado para varios años adelante. El que fue asesor del presidente no era capaz de ejercer su cargo y mucho menos de cambiar la orientación del programa de edición en curso. Tampoco logró detener la producción planeada de manera tan meticulosa y sistemática, que durante los cinco años siguientes continuaron apareciendo novedades editoriales bajo el sello del Fondo.

En realidad, el presidente no había sido elegido a Azuela por sus capacidades como editor, sino para que recondujera la editorial al sendero del nacionalismo revolucionario y para ello no bastaba con separar a la cabeza, también requería el desmantelamiento institucional y de los agentes disidentes que hicieron posible que el FCE alcanzara la autodeterminación. Díaz Ordaz emprendió entonces una intensa campaña negra en contra de Orfila, la cual lo acusaba de malversar fondos financieros que, según él, podrían colocar al Fondo al borde de la quiebra. Todas esas acusaciones resultaron infundadas y también fracasó el intento de purificar la estructura de los agentes infiltrados de su antagónico sucesor, quienes siguieron desempeñando cargos de primer orden, siempre bajo la sospecha de seguir siendo leales al director de Siglo XXI Editores.

La evidencia de la campaña emprendida por Azuela para eliminar a los agentes comunistas más visibles de la casa editorial, es la comunicación epistolar oficial que él remitió en 1968 a su gerente en España, Fermi Estrella Bustamante, que sustituyó al fundador comunista de la sucursal, Javier Pradera. En aquella carta, el asesor del presidente conspira contra una subordinada suya a cargo de la gerencia argentina:

El asunto es muy delicado porque no le tengo la menor confianza a la actual gerente de la sucursal que como usted sabe fue la primera esposa de Orfila y sé que sigue a su servicio… Dispénsame la confianza que me tomo en el caso —es de la mayor reserva— pero antes debo comprobar la lealtad de la señora Satostegui al Fondo, a través de quien escojamos para la subgerencia (AHFCE , 1968).

Conviene comprender que estamos ante una elaborada inteligencia difícil en el momento en que un funcionario público deja constancia en los archivos ordinarios de la institución que tiene a su cargo su correspondencia de “mayor reserva”. Al final Azuela completó su periodo al frente del FCE y su carrera como editor, pero cumplió con la misión encomendada de suprimir la independencia de la casa editorial, al disolver el fideicomiso en favor del gobierno federal representado por la Secretaria de Hacienda. La argentina Elena Satostegui continuó siendo leal hasta sus últimos días a la causa de la difusión de la cultura mexicana y de sus libros en el extranjero, como gerente del Fondo que instaló la mayoría de sus sucursales en Iberoamérica. Asimismo, se mantuvo fiel a Orfila al ayudar a abrir las sucursales argentina y española de Siglo XXI Editores.

Orfila acompañado de Juan Rulfo y Marijo y Octavio Paz.

 

 

Volvamos al desenlace de la historia de Orfila al frente del FCE que, al siguiente día en que la Junta de Gobierno siguió su “renuncia”, fue convocado para el 9 de noviembre de 1965 por el subsecretario de Hacienda, Rodríguez y Rodríguez, en el entendido de que discutirían el subsidio del presupuesto del siguiente año de la editorial, pero cuando el editor llegó a la cita se le solicitó su renuncia porque el presidente había considerado necesario sustituirlo por su condición de extranjero por un mexicano, y que tenía que entregar de inmediato las instalaciones a su sucesor. En términos cuantitativos, el saldo final de los 17 años de la era de Orfila fue la aparición de 1,206 títulos y la reedición de 622, lo que se sumó a las 591 novedades y 47 reimpresiones de la administración de Cosío. Lo más significativo pudo ser que Orfila logró que 130 títulos originales del Fondo fueron traducidos e integrados a los catálogos de las principales editoriales internacionales.

FOTO: El editor de origen argentino Arnaldo Orfila Reynal (1897-1998) /Crédito de fotos: Archivo personal de Arnaldo Orfila Reynal

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