José María Micó, descubriendo a Dante Alighieri

Ago 24 • Conexiones, destacamos, principales • 3348 Views • No hay comentarios en José María Micó, descubriendo a Dante Alighieri

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POR HUGO ALFREDO HINOJOSA 

 

La literatura es un reflejo del tiempo, de aquellos instantes donde la pluma dio vida a las palabras sobre la hoja del papel, sin importar la época ni las circunstancias. Esta labor del escritor u escritores aventureros la entiende bien el traductor José María Micó quien con su nueva traducción de la Comedia de Dante retoma la forma, fondo y musicalidad de la obra original del poeta y traslada ese conocimiento de la naturaleza humana de antaño hasta nuestros días, para buscar resonancias en los nuevos lectores, después de todo la condición de nuestra especie no ha cambiado.

 

Dante Alighieri al igual que Miguel de Cervantes o William Shakespeare, forman parte de un mundo convulso en significados que se renuevan con cada generación que intenta explicar las obras clásicas desde las necesidades intelectuales inclusive espirituales del momento. La traducción de Micó pretende hacer una lectura que nos permita comprender cómo a partir de la forma y la métrica el autor italiano nos adentra en las profundidades del espíritu humano y su decadencia; el traductor en este sentido se aventura con esta obra a presentarnos un mosaico de posibilidades, espejos para descubrir lo que somos en la ira, el desprecio o el amor medio camino hacia el descubrimiento de Dios y el pecado a partir de la traducción, labor ardua y compleja para los faltos de vocación.

 

José María Micó es un traductor amante de la música y la métrica, de nuestra lengua y su ritmo, que ha traducido ya a Ramón Llull, Petrarca y Ariosto, autores todos que hicieron de la lengua italiana la semilla de su inmortalidad. Su traducción de la Comedia llega de la mano de Acantilado, y en esta charla el traductor español nos habla sobre la dimensión de su trabajo, sus pasiones y preocupaciones al brindarle vida de nuevo a una obra por demás medular de la cultura universal.

 

 

Vivimos en una época de giros del lenguaje incluyente, de corrección política, en este sentido, desde tu perspectiva como traductor hacía donde va la comunicación, la literatura en sí. ¿Qué podríamos perder culturalmente?

 

El gran riesgo es la pérdida de los matices verbales, la incapacidad de comprender o gestionar algo tan importante para un texto como su contexto, el olvido de la ironía como rasgo de estilo. Pero mientras haya hablantes y creadores, no pierdo la esperanza.

 

 

¿Qué tan necesario es que hoy se utilice la lengua a manera de juego que dice verdades (críticas), a la usanza del ingenio del Siglo de Oro que resumía a la naturaleza humana de una manera certera?

 

Es imprescindible. Los juegos de palabras son esenciales a la comunicación, y aquella época sigue siendo un repertorio inmenso de sabiduría concentrada en unas pocas palabras certeras y verdaderas.

 

 

¿Existe algo en la literatura clásica de Ramón Lull, de Ariosto o del propio Dante que hayamos perdido en nuestro momento histórico?

 

Tal vez el respeto por la escritura como arte de la memoria. Hoy en cierto modo se escribe para el olvido, con la conciencia (no metafísica, sino sociológica) de la fugacidad, pero Llull, y Ariosto, y Dante, y Góngora concebían sus textos en la mente y los acondicionaban verbalmente para conquistar la memoria del lector, que es un modo ideal de conservación, de perennidad.

 

 

¿Si en la literatura clásica la religión, por no decir la Iglesia, era un personaje latente y político, hoy qué lugar ocupa en el discurso literario y social?

 

Supongo que ha pasado a ser marginal, sustituido por otras devociones.

 

 

¿Qué le debe nuestra generación a Dante y por qué traducirlo, qué retrata de nuestra historia contemporánea su Divina comedia?

 

Nos retrata a nosotros y retrata nuestro mundo. Los conflictos políticos y religiosos sobre los que se asienta son perfectamente extrapolables a la situación del mundo actual, y Dante no es solo everyman, por usar la feliz expresión anglosajona, sino que es nuestro representante en el mundo imaginario e imaginado (y por ello culturalmente real y existencialmente angustioso) de la vida eterna. Y yo he sentido la necesidad de traducirlo precisamente por eso, porque desde que lo leí por vez primera tuve la impresión de que Dante hablaba de mí.

 

 

¿Qué puedes rescatar de otras traducciones, quién desde tu punto de vista fue el traductor o traductores que mejor rescataron desde la musicalidad, la métrica de los versos, hasta el contexto político de la obra de Dante?

 

Cada generación requiere sus traducciones, y los clásicos deben ser traducidos continuamente, porque, como digo en mi prólogo (dedicado, por cierto, “a todos los traductores de Dante, condenados al mismo paraíso”), un clásico es la suma de sus traducciones. Entre las rimadas, fue y es muy famosa la de Ángel Crespo, de alta calidad; son ocasionalmente mejores las soluciones halladas por Abilio Echeverría, aunque tanto el uno como el otro, por la necesidad de rimar, acaban diciendo cosas que Dante no dijo. Desde mi punto de vista, las mejores son las que conservan la musicalidad del endecasílabo y la sintaxis del terceto pero prescinden de la rima consonante. Tanto Luis Martínez de Merlo (especialmente en la versión revisada hace algunos años) como yo hemos preferido seguir este criterio. Son útiles, pero en mi opinión no buenas, las traducciones en prosa o en falso verso, porque no se puede traducir poesía sin crear poesía.

 

 

¿Bajo la lógica de que cada generación merece su propia traducción o traducciones de un mismo clásico, cómo cambia la lengua, qué suma cada nueva interpretación?

 

Si hoy leemos a Ariosto en la traducción de Jerónimo de Urrea (siglo XVI) o a Dante en la traducción de Enrique de Villena (siglo XV), no entenderemos casi nada y nos costará creer que Ariosto y Dante fueron grandísimos poetas. Todas las traducciones, incluidas naturalmente las mías, envejecen y deben ser sustituidas. El traductor tiene que hacer un doble esfuerzo que nunca da un resultado perfecto: conservar el sentido literal (pocas veces transparente y a menudo problemático) y reconstruir el valor literario (y si se trata de grandes poetas, lograr que el lector de hoy perciba como gran poesía algo que fue escrito siglos atrás).

 

 

¿Un libro, un autor, en qué momento logra el grado de clásico; y qué necesita retratar de la vida, de la naturaleza, del mundo para ocupar ese lugar?

 

A veces digo en broma que para ser un gran escritor hacen falta dos cosas: escribir bien y morirse. Para los clásicos es evidentemente así, por más que a veces abusemos de la expresión “clásico en vida”. Al clásico lo constituyen la tradición, la posteridad, el público y el tiempo, y los grandes textos canónicos sobre cuya excelencia estamos todos más o menos de acuerdo (porque siempre aparece alguien que dice que Dante o Cervantes o Shakespeare no son para tanto o que solo representan el poder patriarcal, tal vez porque no los han leído) tienen en común muy pocas cosas: que fueron excepcionales en su tiempo (y no precisamente representativos de una época, aunque nos ayuden a comprenderla) y que sus temas, por numerosos y variados que sean, suele confluir en uno principal: la condición humana.

 

 

¿A qué retos te enfrentas como traductor en este momento en el cual la inteligencia artificial gana terreno en algunos campos a los traductores? ¿Triunfará la sensibilidad humana por encima de la tecnología?

 

Una computadora bien programada puede hacer de todo: escribir un poema, pintar, componer música, interpretarla, traducir frases sencillas entre todas las lenguas del mundo, ganarte al ajedrez… En un mundo sin ironía como al que tal vez nos encaminamos, la traducción automática o asistida informáticamente será la solución, como esas maquinitas que te ayudan a pedir un café con leche en Toquio: lo grabas en español y lo emite en japonés. Pero los dobles sentidos, los juegos de palabras, los matices semánticos de una metáfora o la musicalidad de los versos todavía no pueden traducirse de ese modo, y los informáticos necesitarían conversar con Homero o Dante o Borges, y no solo leerlos, para crear buenos programas de creatividad literaria o de traducción entre sistemas literarios distintos. Ahora que me dedico seriamente a la música, lo comparo con la interpretación de las partituras, que pueden leerse y reproducirse informáticamente; sin embargo, todavía no hay nada comparable a la música en vivo. Es como el sexo: sin placer no tiene interés alguno. Creo que la sensibilidad humana triunfará, y cuando la tecnología nos lo haga todo, inventaremos otras formas de arte y otras tecnologías para reproducirlas.

 

 

¿Qué opinión tienes de los traductores latinoamericanos ya que la gran mayoría de las traducciones de las editoriales que arriban a esta parte del mundo son de españoles, está cerrado el mercado editorial español para otras voces? ¿Hay resistencia, purismo?

 

No estoy seguro de que haya sido siempre así, y en cualquier caso el siglo XX fue un siglo muy raro de emigraciones y exilios en una época de expansión editorial y de una cierta profesionalización de la traducción que comportó una búsqueda del purismo y del español normativo, cosa que durante mucho tiempo fue perceptible sobre todo en traductores latinoamericanos de narrativa internacional. Y en cuanto a mi experiencia personal de lector durante los últimos treinta años, centrada sobre todo, pero no sólo, en la poesía, muchos de los mejores traductores que conozco son latinoamericanos.

 

 

Tienes entre tus libros ensayos sobre la obra de Góngora, Cervantes y Ausiàs March, ¿es para ti la traducción una forma de crear, un trabajo autoral al nivel de la obra primigenia?

 

Sí, yo no distingo jerarquía alguna entre las cosas que escribo: poesía, ensayo y traducción. De hecho no sé muy bien cómo definirme: por ahí me llaman poeta, profesor, filólogo, traductor… Y, aunque escribo, no acabo de identificarme con la palabra escritor, que es demasiado moderna, y mucho menos con la ambigua y presuntuosa de intelectual. Me gusta la expresión hombre de letras —sobre todo ahora que escribo también canciones—, que me parece la más adecuada para los autores a los que me gustaría parecerme. En la traducción, que para mí es una de las formas más altas y nobles de la creación, he encontrado un espacio en el que me siento cómodo, tal vez porque es el punto de encuentro de mi vocación literaria con mi formación filológica.

 

 

En otras ocasiones hemos estado ya ante la muerte de Dios, de la Literatura, de la Comunicación, de la Libertad, pero hoy somos espectadores de la muerte de qué?

 

De Dios, de la Literatura, de la Comunicación, de la Libertad, de la Verdad, de la Poesía, de la Honestidad, de la Historia, de la Traducción… Prafraseando un poema mío, en cada hombre nuevo se renueva el rito de la extinción.

 

 

¿Qué debe hacer un buen traductor, cuál es su ética ante el texto del autor?

 

Debe hacer dos cosas: la primera, comprender el sentido literal, porque no se puede traducir bien lo que se entiende mal; y la segunda, poner todo su talento al servicio del talento ajeno.

 

 

¿Quién no puede traducir?

 

Quien no esté dispuesto a hacer las dos cosas enumeradas en la pregunta anterior.

 

ILUSTRACIÓN: Dante de la Vega

 

 

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