Dos novedades discográficas

Nov 14 • Miradas, Música • 881 Views • No hay comentarios en Dos novedades discográficas

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En los lanzamientos musicales desde la pandemia hay casos memorables y otros destinados al olvido por su pobreza sonora

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POR IVÁN MARTÍNEZ
Yuja y Lynn: Rachmaninov
Este abril murió el violonchelista Lynn Harrel (1944-2020). Comentaba aquí que los mensajes en su honor confirmaban el cariño y admiración unánime que se le tenía en el medio musical. Un violonchelista al que caracterizaba un sonido particularmente bello, intenso, grande, pero no pesado, y una musicalidad distinguible, e incuestionable, de buen cantante. No son unánimes, en cambio, los juicios que se hacen a la pianista Yuja Wang (1987), a quien se le acusa su gusto de distintas maneras, a veces como fría, a veces como exagerada, casi siempre de inmadura (aunque en ese terreno ya el crítico Anthony Tommasini ha aceptado lo contrario).

 

Yo he dicho que a mí me parece auténtica, que ninguna de sus elecciones artísticas o de apariencia son artificiales. Que, les guste o no a sus críticos, no puede tachársele, a diferencia de otros pianistas, de no estar comprometida con la música, de no tener conceptos y llevarlos a cabo coherentemente. Y me parece que el medio que mejor representa sus incuestionables atributos artísticos y musicales es la música de cámara, lugar en donde, si se le escucha con atención, nunca podría decirse que funge de protagonista, y donde poco se le atiende, precisamente porque se piensa que ahí llevará la personalidad de solista, que es necesaria en el ámbito concertante. Aceptando incluso que su juventud no puede representar esa madurez que se le exige, puedo decir que se le escucha también más equilibrada.

 

Uno de los ejemplos más bellos de eso que digo es el lanzamiento discográfico (DG, 2020), semanas después de la muerte de Harrell, de la ejecución que hicieron juntos en el Festival Verbier de la Sonata op. 19 para violonchelo y piano de Rachmaninov. No son Yuja y Lynn, son un solo ente, no son dos monólogos (como sucedió con él cuando visitó México con Anne-Sophie Mutter, no una perfecta camerista, y Yuri Bashmet, desconectado de todo en esa ocasión), sino una bonita combinación de eso que suele referirse al describir la música de cámara: una conversación entre amigos.

 

No sucede tampoco con ninguno, todavía más mágico, que algún instrumento atrape el centro de la conversación. La ejecución corre natural, con movimiento y energía orgánicos, siempre constante; y, especialmente en el cuarto movimiento, una intensidad justa que se mantiene ecuánime en momentos donde otras interpretaciones pierden fácilmente control frenético. No esperen los aficionados, pues, el romanticismo pianístico que puede ofrecer como solista de los conciertos del mismo compositor; no por nada ésta es una de las sonatas que la Historia no ha podido clasificar aún como una “para violonchelo y piano” o “para piano y violonchelo”: excelente oportunidad para conocer a la Yuja camerista.

 

 

Brandon Patrick George
Conocía poco a Brandon Patrick George, el flautista que recientemente se integró al quinteto Imani Winds. Y, de hecho, lo conocía por este grupo, uno de los principales referentes de los quintetos de aliento de la actualidad mundial, y que ya ha estado en México antes. Hace unas semanas presentó su primer álbum como solista, al lado de los pianistas Steven Beck y Jacob Greenberg, que fue titulado simplemente Flute sonatas and solo works (Profil Gunter Haenssler, 2020).

 

Primera idea: me pareció un disco capirotada, ¿qué podía unir a Bach con Prokofiev, teniendo en medio a Pierre Boulez y Kalevi Aho? Nada, pero escuchándolo y apreciando que es un primer disco, digamos la presentación formal de un músico que inteligentemente propone asuntos tan específicos para cada uno de esos autores, la primera idea sale sobrando. Y la acuarela termina por valer la pena.

 

La interpretación musical es elocuencia pura y transparencia. Sin ser necesariamente deslumbrante, en apariencia de primera escucha, cuando no se apela a esos detalles. La riqueza de estos está en el acercamiento estético que imprime a su manera de entender su emisión de sonido en el álbum, y la diferencia de éste en cada uno de los repertorios; en cada autor, notemos que el álbum transcurre 300 años de Historia.

 

Haber practicado el traverso barroco, con sus particulares posibilidades sonoras (y dificultades en sentido estricto de la técnica en un instrumento de madera), trasladados ahora, en concepto, a las de una flauta moderna (de metal), brinda un color especial y específico a la Partita de Bach ofrecida. Intenciones que revelan más detalles musicales que otras interpretaciones en flauta moderna pueden obviar. Y luego el concepto de sonido es otro para la Sonata de Prokofiev, y antes pudo ser más flexible para las obras más recientes, la Sonatina para flauta y piano de Boulez y el Solo III, de Aho. En todas persiste su personalidad, mostrándonos en él a un flautista único, que sabe adaptar sus herramientas, su enorme paleta de recursos, a cada necesidad.

 

Aunque la química con los pianistas es magnífica y especialmente la Sonata de Prokofiev sea una lectura de frescura y libertad idiomática, disfruté especialmente las obras a solo, particularmente su energía vertida en ambas (Bach y Aho) y ese pensamiento estético que las sustenta sonoramente. El programa Bach-Boulez-Aho-Prokofiev es un camino natural, presentado con suficiencia para conocer con amplitud en un solo viaje el arte de esta emergente figura de la flauta.

 

FOTO: Especial

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