Dos relatos breves de Yesenia García

Mar 14 • destacamos, Ficciones, principales • 4697 Views • No hay comentarios en Dos relatos breves de Yesenia García

 

 

POR YESENIA GARCÍA

 

 

Mandarinas

¿Escribir para qué? Si lo que tengo son muchas ganas de morirme. Todos los días mientras lavo los platos pienso en cómo dejar todo arreglado para cuando hallen mi cadáver. Mis ojos no coinciden con los de nadie más. Miro todo desde fuera como en uno de esos sueños donde te ves a ti mismo. Como a casi nadie le gustan los cadáveres, me cremarás enseguida. Arderé por horas custodiada por ti, querrás asegurarte que solo queden las cenizas. Cuando te entreguen la caja irás al primer bar, pedirás un vaso de ron y te darán un vaso como este que estoy lavando, un cilindro de cristal lleno de espuma en las manos de una mujer que se está mirando muerta. Un vaso lleno de ron frente al hombre que consiguió matarla sin meter las manos, mientras por las mías pasa toda la vajilla sucia de la cena. El jabón de platos huele a mandarinas. En el jardín en pleno enero cuelgan las mandarinas verdaderas, se columpian como nenes de edades tan distintas. ¡Mira cómo ríen y amanece en plena noche!, como así, coloridas esféricas te llaman a besarlas a mirarlas de lejos sin alterar su juego de columpios y de saltos. Entonces pides otro ron y miras mis cenizas. ¿A quién engaño? Desde el inicio supe que querías matarme y me casé contigo porque quería morir. Estoy contigo y te observo pensarme molida en el saquito de seda, amontonada y revuelta en la silla de junto. Cuando te canses de mirar la caja te largarás sin remordimiento alguno, puedo verte sonreír frente a la barra. En cuanto pidas otro vaso de ron yo me iré a casa. No podría quedarme mucho tiempo desde esa otra distancia, ¿para qué?, quiero quedarme en casa y contemplar este jardín verde y vivo lleno de mandarinas llamándome de lejos, gatos naranjas corriendo a perseguirse, una de ellas corre hacia mí para resguardarse de las otras, para usarme de escudo, y yo volteo a verle con las pupilas temblando, ella pone su piel naranja sobre mi cara y así de cerca pregunta si puedo hacer palomitas y entonces corro al refrigerador lleno de paletitas congeladas que endulzo de más para que olviden que soy una mujer triste. Que mi corazón es un fantasma, ¡que no llores!, el aire helado del frigo sobre toda la cara, ¡no las mires a los ojos!, Me da miedo encontrarme con sus ojos, sí, los ojos de algo tan inocente y vivo son un rayo de luz que te trae el corazón de un golpe. Anda saca esos hielos con azúcar y pon esa olla al fuego. No te daré el gusto de acabar conmigo.

 

 

 

Dance of the elves

La conocí por azar, porque no creo en el destino. ¿A qué diablos venimos si todo está escrito? Ese día tenía clases con Fredo Maronni y como el cabrón no me cobra, pues falta y llega tarde cuando le da gana. Él es uno de esos músicos que -según ellos- también escriben porque la poesía tiene musicalidad y piensan la página en blanco como un pentagrama y no sé qué más. La clase de esa tarde consistía en revisar mis partituras sobre lo último que acababa de componer, terminar de pulirlo y prepararlo para el concurso estatal de compositores lo más pronto posible. El cabrón me hizo subir ciento cincuenta y cinco escalones hasta su casa con el chelo a la espalda para que al llegar su mujer me dijera que estaba en una convención de escritores. Ah, que la… ¿Convención?, ¿cuál pinche convención? Era una de esas reunioncillas que organiza alguna mala editorial con escritores desconocidos y mediocres como él, aficionados y señoras sin quehacer, para publicar un libro que sólo leerán entre ellos y lo usarán para presumir con el clásico: “sí, yo ya publiqué un libro”, lo guarden en un librero de la sala o lo regalen el diez de mayo con autógrafo y dedicatoria.

 

Me urgía tener su opinión en lo que sí era bueno, trabajar la pieza para el concurso que ya estaba encima. Así que fui a la “convención”. Era en las catacumbas de Alonso, una especie de bodega húmeda, rústica. Cuando llegué estaban leyendo los poemas de un tipo con nombre de gasolinera, algo sobre vampiros. Tuve que sentarme, buscar a Fredo con la vista y chutarme la lectura del libro. El tipo tenía una voz horrible, agonizante, plana. Me arrepentí de entrar. Por fin vi a Fredo, me hizo señas para que esperara. Casi le miento la madre. Entonces la vi. Mejor dicho, ella me vio. Yo me hundí en sus ojos como en los últimos rayos de la tarde, uno de esos días que no sé por qué se hace urgente ir a ver morir el sol. Ella me enseñó la lengua en un gesto de infantil aburrimiento. Sonreí. Parpadeé y ya miraba en dirección del organizador anunciando las lecturas de los narradores. Leyeron tres personas que no lograron poner una imagen clara en mi cabeza. Lamenté mi pérdida de tiempo a no ser que consiguiera ligarme a la nena. Aproveché para mirarla. Cabello ondulado. Labios carnosos. Cuello perfecto. Hombros como frutas listas para encajar los dientes y unos brazos delgados de muñeca. No era muy voluptuosa, pero sí bien proporcionada. Hubo un receso luego de diez lecturas y supe que me quedaría cuando la vi levantarse por café. Qué hermoso culo.

Algunos aprovecharon para irse. Yo busqué un lugar más cerca de ella.

Le tocó leer. El nervioso era yo. Quería que por favor no resultara con un chilaquil como los anteriores, porque tenía unas enormes ganas de tomar ese culo por detrás, pero no iba ser por completo una experiencia interesante si me hallaba con el patético fenómeno del escritor sin talento.

El relato me atrapó al mencionar a Nina Simone. Buena música. Luego, se me paró cuando comenzó a develar erotismo. Me acerqué lo más que pude a la mesa para no hacer el ridículo, aunque no creo haber sido el único.

Me enamoré de su voz, de su timbre. Un La danzándole a mis tímpanos. De inmediato traté de imaginar sus gemidos. Me quedé hasta el final. Me olvidé del cabrón de Fredo y su poesía barata.

Me presenté solo.

¿También escribes?

Sí.

¿Por qué no leíste?

Escribo en otro lenguaje.

Me miró.

Escribo música.

Una tarde de café mirando sus labios besar la taza caliente pensando que ese líquido tiene usos más adecuados.

Me ofrezco a pagar aunque mi mísero salario de músico me deje vivir de latas de atún y agua del filtro.

Antes de abandonar el lugar, me pide le enseñe mi instrumento.

No es “él”, le aclaro.

¿No es un chelo?

Es chelo, pero es una “niña”, “mi niña”. Eso nunca falla y me sonríe.

Le propongo continuar en un bar. Le toco algo. La impresiono. Bach impresiona siempre; es el puto padre.

Me dice que acaba de mudarse y me ofrezco a enseñarle la vida nocturna de Guanajuato. Dejamos la mesa del Zilch, encargo a mi “niña” con el dueño y seguimos.

Bar-ocho es el sitio para comer y beber cerveza a media luz. Aprovechar el ruido del lugar para hablar al oído, un par de veces le rozo la oreja sin querer.

De ahí sigue Bar-Fly, reggae y marihuana, tequila de la casa y futbolitos.

Es ahí donde consigo besarla; ella contra la pared.

Fredo me saluda de lejos y me invita a su mesa. Está con su mujer y un par de gringas con güey incluido.

Hablan de Literatura. Luego de tres rondas más ya no se habla de nada y Fredo nos invita a La Dama de las Camelias.

Ella pregunta si es una casa de putas por el decorado, pintura roja y espejos en la pared, luz amarilla en un pasillo de escaleras que suben a un piso dudoso.

Fredo sacude a su mujer al ritmo de la salsa. Me siento idiota porque no sé bailar muy bien; mi compañera parece nieta de Tongolele. Qué hermoso culo columpiándose bajo esos jeans que no dejan nada en duda.

Consigo llevarla al balcón que da a la calle Juárez, hace frío, no lleva suéter, la abrazo por detrás, le beso el cuello, me pego a sus jeans, me restriego en ellos, me. Interrumpe Fredo para ir a su casa.

Su mujer ya está perdida y las gringas han intercambiado el novio un par de veces.

Ella dice que sí.

Lo que sigue es un lapso plagado de vacíos.

Fredo saca una bolsa de hongos y los ofrece como botana.

Le advierto que no tome demasiados.

Se burla de mí. Me llama cobarde músicodecuarta. ¿De dónde vas a obtener inspiración? Me reta y caigo.

Hija de la chingada.

Entre caleidoscopios de colores logro llevarla a una habitación de arriba.

Ella corre la cortina de la regadera, la abre y me lleva con todo y ropa bajo el agua.

 

Su boca me sabe a tierra de San Juan y chilcuague, se me duerme la lengua y por más que abro y cierro los ojos no dejo de ver el juego de fractales creciendo desde un origen; como si en mi cabeza hubiese una laguna circular en la que alguien ha arrojado una piedra de cuya marca en el agua nacen ondas de colores creciendo hacia la orilla.

 

Todo lo sienten mis manos y lo escuchan mis oídos.

 

El tacto amplificado me va poniendo. Ella deja escapar los primeros gemidos. Me dice que le hable. Que le diga cosas. Genial, porque me gusta hablar y sé qué decir para que no me niegue nada.

 

Mi lengua se ha dormido por completo. Le susurro las cosas. Beso su sexo manantial olor a fruta dulce y ácida. Hundo mi nariz entre los pliegues y la respiro toda.

 

Sus dedos se pierden en mi pelo y yo sigo varado entre sus piernas. Quiero llevarla más arriba. Introduzco mis dedos y le tocó el preludio de Bach con la mano izquierda. Siento su clítoris como cuerdas apiladas que imploran un glissando. Ella vibra. Suena y su hermosa voz me va guiando por mi ceguera delirante. Termina el Preludio y mis dedos continúan con Dance of the Elves de Popper por inercia, mis dedos se mueven como fantasmas de las manos de Rostropovich. Ella grita. Se retuerce. Me estoy volviendo loco; en mi cabeza aparecen notas erráticas y pentagramas retorcidos. Mi boca vuelve a su sexo y ella se derrama como melodía sobre las sábanas. Va descendiendo mi visión caleidoscópica y recupero un poco la vista. Ella está quieta bajo mi cuerpo. Me susurra lo que quiero escuchar. Ese hermoso y redondo culo será mi premio a una noche tan larga, mi cartera vacía y mi empeño por tocarla como Rostropovich interpreta a Popper.

 

Al despertar, ella no está en la cama.

 

Escucho un chorrito de orina, mi voyeur interno se asoma al baño. Una gringa flaca y escurrida está sobre el water, me sonríe y por la cara que pongo ella pone otra en la que se vuelve una foto viva de Nan Goldin. Me doy la vuelta y la tipa me insulta desde su trono. Me visto, me pendejeo mil veces. Salgo al pasillo. Todo en calma. Ropa y botellas por el piso. Yo conozco esos jeans, me la pasé mirándolos toda la noche. Giro la cabeza, y compruebo que no me había equivocado. Ese culo es celestial, reposa en toda su circunferencia y esferidad al lado del cabrón de Fredo y la zorra de su mujer. Sobre el piso está mi pieza engargolada con finas pastas, le antecede una introducción y los datos requeridos para concurso estatal, firmados por Fredo Maronni.

 

 

 

*Ilustración: Leticia Barradas

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