El vuelo del sector cultural en los cielos de la 4T

Dic 14 • destacamos, principales, Reflexiones • 4680 Views • No hay comentarios en El vuelo del sector cultural en los cielos de la 4T

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Luego de un crecimiento constante por más de una década, y con una fuerte derrama económica para el país, la industria cultural mexicana se enfrenta hoy a la escasa planeación presupuestal y al desdén del gobierno en los tratados comerciales que amenazan con dejarla a la deriva en un mercado donde la competencia no entiende de economías morales

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POR EDUARDO CRUZ VÁZQUEZ

 

1. Sala de espera. Pasajeros: la aportación económica de la gestión pública en cultura (fondos de gobierno) al Producto Interno Bruto (PIB) ha sido, del 2008 al 2018, un impasible 0.2 por ciento. Imperturbable, el porcentaje viene a caracterizar la herencia neoliberal al nuevo régimen que nos gobierna. Desde el año en que inició el registro de la Cuenta Satélite de Cultura (CSC), una magnífica herramienta que proporciona el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), la producción cultural en los hogares contribuye al PIB dos veces lo que el gasto público: un sostenido 0.6 por ciento a lo largo del periodo de referencia.

 

Muy lejos de estas cifras que en su estabilidad encierran un drama, yace la contribución del mercado cultural a la economía mexicana, el 2.4 por ciento, un dato replicado del 2017 al 2018, según el reporte de actualización que fue dado a conocer hace pocos días. De esta manera, el año pasado la cultura representó en el PIB nacional el 3.2 por ciento, que son 702 mil 132 millones de pesos, monto superior a lo que genera la agricultura, equiparable al sector de autotransportes y muy lejos del PIB turístico que en 2017 fue de 8.7 por ciento.

 

La serie con que contamos sobre la medición del sector cultural permite saber que en 2018, “los hogares, el gobierno, las sociedades no financieras y los no residentes en el país, entre otros, realizaron un gasto en bienes y servicios culturales por un monto de 881 mil 679 millones de pesos”, según el boletín del INEGI. Hay más en esta entrega: mientras la economía nacional creció en promedio 2.7 por ciento de 2008 a 2018, el sector cultural lo hizo a 4.4 por ciento anual, para situarse en un promedio de 3.5 por ciento. A ello se agrega que, mientras en 2008 teníamos 988 mil puestos de trabajo, en 2018 son un millón 395 mil, un ritmo de creación de empleos de 37 mil por año.

 

Las cuentas tienen costados para estar optimistas: el mercado no crece pero no cae, el sector se mantiene estable pese a los malos resultados en general de la economía nacional, el empleo no se pierde pero no alcanza a cubrir la demanda, los valores económicos en miles de millones de pesos aumentan, pero podrían ser más con otros escenarios tanto de ingreso como de gasto en la población.

 

Dijimos drama encerrado: los recursos de la gestión pública en cultura no experimentaron crecimiento, esto significa un impresionante estancamiento, el rezago tantas veces denunciado de los presupuestos de gobierno, en sus tres niveles: federación, estado y municipio, más las precarias derramas a otras esferas, como lo que destinan las instituciones de educación superior a cultura y extensión. Aun con el periodo de relativa solvencia que trajeron los recursos otorgados directamente desde la Cámara de Diputados (los “etiquetados”, los fondos “piso” a los estados, entre otras asignaciones que fueron desapareciendo desde 2017 y se suprimieron en el ejercicio fiscal de 2019), no se alcanzó a empujar el crecimiento de lo que INEGI llama un apartado de “no mercado”.

 

En términos de ejercicio presupuestal, con base a las cifras del Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF), del año 2000 al 2018, etapa que va del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) a la Secretaría de Cultura (SC), se destinaron cerca de 181 mil millones de pesos. En el sexenio de Enrique Peña Nieto, según el último informe de gobierno, la inversión fue de casi 79 mil millones de pesos. Entre fondos “etiquetados” y “piso” a los estados, sumaron más de 17 mil millones de pesos en dicha administración. Esta última cantidad resulta relevante para construir el drama del 2019: es un dinero que dejó de inyectarse al sector cultural, dirigido fundamentalmente a dos actores centrales: las organizaciones no gubernamentales y las empresas, sobre todo culturales, en su papel de prestadoras de servicios.

2. Abordaje y despegue. Si bien al momento de diseñar el PEF de 2019 se contaba con la actualización a 2017 de la CSC, y se había tomado la decisión de suprimir los recursos otorgados desde la Cámara de Diputados, quienes miraron por el presupuesto del primer año de la Secretaría de Cultura federal, optaron por la ruta inercial. Sin mayores cambios en la estructura del Ramo 48, tras algunas presiones de diferentes actores, se determinaron 12 mil 894 millones de pesos para el año que está por culminar, de los cuales en servicios personales se ejercen 5 mil 611 millones de pesos. El llamado gasto operativo corriente, de 7 mil 282 millones de pesos, es de donde sale el constante y sonante para la actividad diaria, es el verdadero gasto productivo hacia la sociedad en su conjunto y para comunidad cultural en todos sus niveles.

 

La dosis inercial se repitió para 2020: un ligero incremento que se equipara a la inflación del año, lo situó en 13 mil 517 millones de pesos. Cierto, hay de entrada un notable agregado. Se trata de mil 668 millones de pesos que, enterado en otro capítulo del PEF, se destinará al ambicioso y aún desconocido plan maestro de la rehabilitación de Chapultepec. Con un tono genuinamente ambicioso como típicamente propio del presidencialismo faraónico, extraña que no se le incluyera en el Acuerdo Nacional de Inversión en Infraestructura, donde hubiera encontrado realce y quizá socios inversionistas, por ser una obra vecina de zonas de alta concentración de la riqueza de la Ciudad de México. Si sumamos estas cantidades, se eleva el techo de la SC a más de 15 mil millones de pesos. Y si agregamos lo correspondiente a los estímulos fiscales al cine, Efiartes y Efilibro, rondaremos los 16 mil millones de pesos. La cifra de 2012 fue, curiosamente, de 16 mil 663 millones de pesos, hasta ahora el tope alcanzado en 19 años.

 

3. Zona de turbulencia. El inicio de la llamada Cuarta Transformación (4T) demandó un gasto que no fue previsto de manera específica. Sin soporte jurídico de por medio, el 1 de diciembre de 2018, nació el Centro Cultural Los Pinos. Pronto comenzaron las presiones laborales y contractuales de los trabajadores, tanto de base como eventuales, por despidos, falta de pagos y demanda de prestaciones. La ausencia de recursos suficientes para reponer lo destinado a programas con reglas de operación (casos como el Pacmyc, Paice, entre otros), generaron enorme descontento. De igual manera, se señaló la falta de liquidez para intervenciones urgentes, como el caso de la reconstrucción del patrimonio dañado por los sismos de 2017, como también se cuestionó el monto de recursos al programa de Cultura Comunitaria, alrededor de 400 millones de pesos. Debido a lo anterior y como consecuencia de la enorme dependencia de los fondos federales por parte de las instituciones culturales de los estados y municipios, la relación se ha tensado, incluso con los gobiernos afines. Simplemente consideremos que en este año, la Dirección General de Vinculación Cultural tuvo un monto asignado de 930 millones de pesos, más que la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, que se situó en 924 millones de pesos.

 

A las tribulaciones por el manejo del gasto cultural de la federación, se añade la conducción de la economía. Si bien se reconoce que los indicadores macroeconómicos expresan responsabilidad, las derramas públicas al lado de las inversiones privadas nacionales y extranjeras no evitaron el estancamiento del PIB, y un pronóstico poco optimista para el 2020. Al tercer trimestre de 2019, la economía avanzó 0.01 por ciento, después de tres caídas trimestrales consecutivas. Es evidente que el sector servicios apoyó la marginal alza. Si bien la CSC no genera a la par registros comparables, a nivel de desempeño de los 20 sectores del Sistema de Clasificación Industrial de América del Norte (SCIAN), dos de ellos, que son nodales para medir el PIB cultural, elevan señales para las estimaciones del año por venir. El llamado sector 51 de Información en medios masivos, donde domina el mercado, sostuvo buen desempeño con un 4.9 por ciento. Por su lado, el sector 71 de servicios de esparcimiento culturales, deportivos y otros servicios recreativos, se fijó en 1.2 por ciento. Cuando en noviembre de 2020 el INEGI actualice las cuentas del sector cultural a 2019, veremos el impacto del año difícil que hemos enfrentado.

 

4. Escala técnica. La desaparición de Pro México, del Instituto Nacional del Emprendedor, la fusión de Nafinsa con el Banco Mexicano de Comercio Exterior, el achicamiento de la Secretaría de Economía, la falta de miras de la Secretaría de Hacienda, la contracción de las compras de gobierno, el tradicional desprecio de la banca comercial hacia el mercado cultural, la imposibilidad de acceder a créditos internacionales a través del Banco Interamericano de Desarrollo para estimular la capacidad exportadora o los asocios público-privados en infraestructura, condicionan el comportamiento de las empresas culturales del país.

 

Según el Mapa transmedia elaborado por el Centro de Cultura Digital, con base al Directorio Estadístico Nacional de Unidades Económicas (DENUE) del INEGI, existen en el país 91 mil 388 establecimientos creativos en México. Estas unidades económicas dan empleo a 725 mil personas, siendo las actividades de mayor relevancia las dedicadas a la música y artes interpretativas y a la publicidad y marketing. Si bien el Mapa no es consecuencia de la CSC y no tiene comparabilidad en las estadísticas nacionales, dibuja un escenario de la importancia del mercado cultural mexicano. Esto se puede leer de manera sencilla: quienes más aportan al desarrollo del país, son los que no tienen ningún tipo de consideraciones para su labor. Aunque se firmó un convenio entre las secretarías de Cultura y Economía, si bien lo escrito en el listado de buenos propósitos de tiempos de campaña y transición que fue el documento El poder de la cultura, la 4T incumplió con una de sus promesas: sentar las bases para hacer de la cultura un “pilar” del desarrollo.

 

5. Aeropuerto cerrado por mal tiempo. En el análisis del sector cultural en tiempos de la gestión de Andrés Manuel López Obrador y de Alejandra Frausto Guerrero, como de Claudia Sheinbaum y José Alfonso Suárez del Real, como de los muchos directivos de cultura en gobiernos morenistas, el concepto de planeación no existe. El Presidente de la República decidió incluir entre sus enemigos neoliberales a la Ley de Planeación. Al violar la norma, promulgó un Plan Nacional de Desarrollo (PND) a su contentillo. Prefirió aceptar la renuncia de su secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, que apegarse a criterios constitucionales e incluso internacionales. Al escribir estas notas, ignoramos la resolución definitiva al amparo interpuesto por tres ciudadanos al PND tan pronto se publicó en el Diario Oficial de la Federación. Seguramente será desechado dada la cada vez mayor sujeción del Poder Judicial al mandatario.

 

Fiel a la conducta de sus antepasados priistas y neoliberales, el presidente tabasqueño se alineó a los Estados Unidos. Sin permitir cambio alguno, presumiendo protecciones cosméticas, sin ofrecer compensaciones a cambio para salvaguardar el sector cultural, con el apoyo de las mayorías propias más las domesticadas oportunamente, en un Congreso sometido a sus homilías, ratificó el T-MEC. Con un PIB cultural estimado en 4.2 por ciento (la mayor parte generado en California), con un dominio absoluto del mercado de tecnologías, contenidos musicales como audiovisuales y casi absolutos controles en el comercio electrónico, los Estados Unidos son y serán más allá de Donald Trump: avasalladores del consumo e imaginario mexicanos.

 

Cosa de preguntarle al empresario Alejandro Ramírez, cuyas 6 mil pantallas más una estimación de ventas netas en 2018 por 74 mil millones de pesos (casi el doble del presupuesto de la UNAM), se nutren de la filmografía norteamericana. Por lo demás, tradicionalmente México le ha hecho el feo a Canadá. Aunque con un PIB cultural prácticamente similar al de México (3.1 por ciento) pero con una población de menos de 38 millones de habitantes, es un adorno en la relación trilateral.

6. Aterrizaje forzoso y recarga de combustible. Tras un año de administrar la realidad nacional, la 4T la tiene fácil con el empresariado cultural: mientras las grandes industrias se plegarán a sus designios, los miles de micros, pequeños y medianos empresarios sabrán salir adelante a pesar de su desinterés en considerarlos parte de un futuro más igualitario. En tanto las organizaciones no gubernamentales del sector cultural encuentran nuevas fuentes de financiamiento, una vez que fueron vetadas del gasto público, sus reproches no incomodarán ni al Presidente AMLO, ni a las autoridades culturales.

 

Por su lado, las instituciones de educación superior, cumplirán como bien puedan su labor sustantiva de difusión de la cultura, en un permanente estira y afloja con el Jefe de la Nación, pero sin más recursos públicos, como tampoco sin innovar sus fuentes de financiamiento. El gobierno federal y sus afines, no variarán la conducta de hacer lo que bien les plazca aunque un pequeño grupo de la comunidad les critique. La mayoría morenista en el Congreso seguirá aprobando lo que les mande el Ejecutivo. La política económica para el sector cultural seguirá ausente. Así, una reforma cultural es imposible. Pero la vida cultural del país se ha acostumbrado a vivir en desafío.

 

FOTO: Presentación de la Orquesta Sinfónica de Texcoco, Estado de México, como parte del Programa Nacional Cultura Comunitaria. / Secretaría de Cultura

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