Victoria y lo victoriano. Pequeño repertorio de tópicos de la a la z

Dic 21 • destacamos, principales, Reflexiones • 2170 Views • No hay comentarios en Victoria y lo victoriano. Pequeño repertorio de tópicos de la a la z

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A partir de 1819, con el nacimiento de la reina Victoria, inicia una época en la cual el empuje político, social y militar de Gran Bretaña se reflejó en las expresiones intelectuales y culturales de la época

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POR ARIEL GONZÁLEZ

Alberto, príncipe consorte. Adoración, amor primero y único de la reina Victoria; primo, exquisito y guapísimo compañero de aventuras (incluidos algunos atentados, intrigas palaciegas y pleitos de los que salieron, cómo no, victoriosos) y progenitor de las nueve princesas y príncipes con los que la reina emparentó con lo mejor de cada casa real, lo que la convertiría a la larga en “la abuelita” de las monarquías europeas. Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, luto sin fin de la monarca inglesa.

 

 

Alejandrina Victoria. Nombre con el que fue bautizada la reina en honor al zar Alejandro I, su padrino. Familiarmente fue conocida como Drina, pero en su coronación optó por ser llamada simplemente Victoria. También, al nacer, se salvó de llamarse Victoria Georgina Alejandrina Carlota Augusta, como deseaban sus padres, el príncipe Eduardo, duque de Kent, y la princesa Victoria de Sajonia-Coburgo-Saalfeld.

 

 

Birmingham. Según cuenta Simon Schama (Auge y caída del imperio británico, Crítica, 2004), fue en los alrededores de esta ciudad que la princesa Victoria, a los trece años, observó algo perturbador: hierba negra. En lo que es probablemente el primer apunte ecológico y social de una princesa en la historia, escribió en su diario: “Los hombres, las mujeres, los niños, el paisaje y las casas son negros… El paisaje es muy desolado… lleno de máquinas y carbón en combustión, montones de carbón humeante y en brasas en medio de miserables barracas y criaturas cubiertas de harapos”. Una pequeña nota precursora de las que harían Dickens, Engels y otros más.

 

 

Conroy, John. Oficialmente, secretario doméstico de la madre de Victoria, pero en los hechos algo más. Para suerte de la princesa, cuando muere su tío, Guillermo IV, ella pudo asumir la corona porque había cumplido 18 años, lo que evitó que Conroy y su progenitora establecieran una suerte de regencia. Ya coronada, una de sus primeras acciones fue limitar el poder de esta nefasta pareja.

 

 

China. Sufrida nación asiática que padeció, entre otras barbaridades, las Guerras del Opio, 1839-42 y 1856-60, con las que el imperio británico obligó a este país a aceptar como medio de pago en sus transacciones comerciales este estupefaciente (un producto que brindó grandes experiencias al inglés Thomas de Quincey, todas confesadas por él mismo).

 

 

Disraeli, Benjamin. Si hubo un primer ministro inglés que ascendió desde la desconfianza –y quizás el desprecio–, hasta la amistad y la profunda admiración con la reina Victoria, ese fue este político judío de rancio conservadurismo y ambiciosos proyectos de expansión imperial. “Cuando más tarde –escribe André Maurois— le fue preguntado el secreto de su éxito con la soberana, respondió:
—No niego jamás, ni contradigo jamás, y olvido algunas veces”. (Disraeli, André Maurois, Colección Austral, 1968).

 

 

Exposición universal. Recurso fastuoso y contundente para mostrar (en 1851) que la Inglaterra victoriana era el centro mundial de una época plagada de prodigios tecnológicos, científicos y artísticos. El impresionante Crystal Palace en Hyde Park fue su sede y maravilló a miles con todas las máquinas, adminículos, obras y productos más notables del ingenio humano en toda la historia.

 

 

Feminismo. “Nosotras las mujeres –escribió Victoria en su diario– no estamos hechas para gobernar; y si somos mujeres como es debido, tienen que disgustarnos estas ocupaciones masculinas”. A decir verdad, la reina de los británicos se interesó demasiado en ellas y con toda razón. Estaba lejos de ser feminista, pero podía escribir también que “…la pobre mujer es, en cuerpo y alma, la esclava de su esposo: algo que nunca he conseguido digerir”. No es raro, pues, que durante la época victoriana, a pesar de la doble moral predominante, se aprobaran leyes como la que les permitía a las féminas administrar sus bienes o divorciarse.

 

 

Gaskell, Elizabeth. Gran novelista que puso al desnudo, especialmente con su primera obra, Mary Barton, la miseria en que vivían buena parte de los trabajadores. Sus libros acaso están ensombrecidos hoy por los de Charles Dickens, pero en su momento fue una de las escritoras más leídas y queridas por los lectores ingleses.

 

 

Gótico. Estilo arquitectónico que resurgió en estos años. Simon Schama lo resume de este modo: “Desde el punto de vista de Ruskin, la arquitectura clásica, construida por esclavos, era la manifestación visible de la jerarquía; la gótica estaba relacionada con las comunidades de artesanos, y sus edificios habían sido concebidos por hombres libres”. El Parlamento inglés es su ejemplo por antonomasia.

 

 

Hastings, Flora. Lady Flora, dama de compañía de la madre de Victoria, comenzó a exhibir una protuberancia cada vez mayor en el vientre. La reina se escandalizó y ordenó su expulsión de la corte. Antes, ordenó una auscultación médica que reveló que no se trataba de un embarazo sino de un tumor maligno que en poco tiempo terminó con la vida de la chica.

 

 

India. Joya de la corona británica y muestra inequívoca de las atrocidades que el colonialismo puede producir. Primero fue la Compañía Británica de las Indias Orientales, que hacia 1845 ya dominaba prácticamente la totalidad de ese país; luego, frente al sangriento “Motín cipayo” que dejaría miles de muertos, todo quedaría bajo el control directo de la Corona. Y así un siglo…

 

 

Jartum. Descalabro bélico del imperio y tumba de uno de sus grandes militares: el general Charles George Gordon, quien decidió por su cuenta ofrecer resistencia a decenas de miles de guerreros sudaneses. La reina lloró a Gordon y fustigó al primer ministro Gladstone por no enviar refuerzos a tiempo.

 

 

Kent y de Strathearn, duque de. Sobre el padre de Victoria, el gran Litton Strachey dice: “Con frecuencia se ha afirmado que era liberal, o incluso radical, y si tenemos que creer a Robert Owen, era un socialista y determinista.” Todo eso bien puede ser un rumor, pero sobre lo que sí no hay duda es que tuvo una multitud de amantes y que a Owen le quedó a deber cientos de libras.

 

 

Liddell, Alicia. Musa y modelo de Lewis Carroll, niña victoriana donde las haya y, al propio tiempo, una cuestionadora terrible (con su lógica inocente y natural) del establishment. Una implacable y deliciosa crítica de petimetres como el conejo o la histérica y autoritaria Reina de Corazones.

 

 

Marx, Karl. Cerebro del socialismo “científico” y uno de los más brillantes benficiarios de los servicios de la biblioteca del Museo Británico de Londres, en la que pasaba ocho o nueve horas diarias, con lo que este espacio hizo más por él –y por el marxismo– que los partidos y ligas comunistas de todo el mundo. Allí preparó Das Kapital, su mayor legado. Al mismo tiempo, Londres fue la única ciudad de Europa donde revolucionarios como él no fueron perseguidos.

 

 

Moral. Victoriana, por supuesto. Doble, sin duda, y promovida cotidianamente para detener los excesos, desviaciones de toda laya, la lascivia y cualquier situación pecaminosa que atentara contra la familia y sus valores, representados cabalmente por Victoria, Alberto y sus hijos… Hasta que Bertie, el príncipe de Gales, se fue de farra con una actriz.

 

 

Novela policiaca. En un siglo que vio desfilar fenómenos criminales como el de los señores Burke y Hare (inmortalizados literariamente por Marcel Schwob en sus Vidas imaginarias) y más adelante las terroríficas incursiones de Jack el destripador, no resultó extraño que algunos escritores comenzaran a reflejar estos oscuros tiempos a través de innumerables cuentos y novelas. Surgieron así escritores como Wilkie Collins con La piedra lunar, acaso pionera en el tema, pero también Arthur Conan Doyle y su fascinante Sherlock Holmes, que pondría en la cima de la popularidad a este género.

 

 

Osborne House. Huyendo de la muchedumbre de turistas que asediaba sus días de descanso en el Royal Pavilion de Brighton, la reina decidió hacerse de un lugar más íntimo. Lo encontró en Osborne House, en la Isla de Wight, frente a la costa de Southampton. La leyenda dice que ahí entró en contacto con el espíritu de su difunto Alberto, gracias a los buenos oficios de Georgiana Eagle, una de las que pusieron de moda el espiritismo en esa época. Ahí también murió Victoria en 1901.

 

 

Proletariado. Sujeto revolucionario por excelencia. Fue en el Londres victoriano donde Marx quizás estuvo más cerca de verlo hacer la revolución, cuando comenzaron las revueltas por la Sunday Trading Bill, una infame ley que prohibía comprar y vender cerveza los domingos, ¡el único día de descanso de los trabajadores! Bueno, no hubo la revolución que soñaba Marx, pero el proletariado echó atrás la injusta disposición para alcanzar, si no la emancipación, sí por lo menos unos buenos tragos de la refrescante bebida.

 

 

Queensberry, Noveno Marqués de. Además de promotor de las reglas modernas del box, John Sholto Douglas fue un rabioso cancerbero de la moral (y ley) victoriana que humilló y destruyó a Oscar Wilde (amante de su hijo), quien no en balde decía: “cualquier preocupación por las ideas de lo que es bueno y malo en conducta, delata un desarrollo intelectual atrofiado”.

 

 

Relaciones difíciles. Victoria mantuvo complejos vínculos sentimentales (no sexuales, que conste) con su (primer) primer ministro, Lord Melbourne, así como con dos miembros del “personal de Servicio”, el escocés Robert Brown y el indio Abdul Karim. Al primero lo vio siempre como el padre que no tuvo; aprendió de él todo cuanto se refería al protocolo y la política, lo admiró y quiso como a ningún otro funcionario. Lo de Brown y Karim se prestó más al cotilleo y a interesantes tramas cinematográficas.

 

 

Sobre la libertad. Obra de John Stuart Mill, cumbre del pensamiento liberal que se desarrolló en esta época. Defendió en ella la libertad de empresa, de expresión, los límites del estado, la vida democrática, el divorcio, la igualdad de las mujeres… No es difícil, sin embargo, que hoy fuera tildado de “neoliberal”.

 

 

Transportes. Chesterton decía de la era Victoriana: “lo más importante que sucedió entonces fue que no ocurrió nada”. Desde luego, exageraba, pues lo que cambió fue simplemente todo. Y si hubo una revolución en la época victoriana, esa fue la industrial, y su mejor reflejo en la vida diaria fueron la producción fabril y los transportes, especialmente el ferrocarril y el barco de vapor.

 

 

Unionismo. Corriente irlandesa que favorecía la unión con Inglaterra y que durante la época victoriana impidió muchos de las muertes y crisis que, en cambio, sí ocurrieron en el siglo XX.

 

 

Vicky. Primogénita de Victoria nacida en 1840. A los 18 Vicky se casó con el príncipe heredero de Prusia y quedó embarazada muy pronto, con lo que convirtió a su madre en una abuela treintona.

 

 

Whitechapel. Uno de los mayores barrios obreros de Londres (favorito de Jack el Destripador, por cierto) junto con Bethnal-Green, según informaba Federico Engels en ese extraordinario reportaje que es La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). En dicho texto cita el testimonio del predicador J. Alston, que habla de casuchas donde “un hombre, su mujer y cuatro o cinco hijos, y todavía también el padre y la madre, habitan una misma pieza de diez a doce pies cuadrados, donde trabajan, comen y duermen”.

 

 

Zulúes. Bravío pueblo sudafricano que derrotó al ejército de su Majestad en la batalla de Isandhlwana. Al final los Zulúes fueron derrotados, pero ese 22 de enero de 1879, armados básicamente con lanzas, flechas y escudos de piel de vaca, consiguieron imponerse frente a un ejército que contaba con fusiles y cañones. La reina del imperio que gobernaba a cientos de millones de almas no lo podía creer.

 

FOTO: La reina Victoria montando a caballo en el Parque Real en Windsor, ilustración de Joseph Bouvier, circa 1837./ National Portrait Gallery

 

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