El arte de dar la espalda

Oct 17 • Conexiones, destacamos, principales • 4271 Views • No hay comentarios en El arte de dar la espalda

POR JOSÉ JUAN DE ÁVILA

Entrevista con Luigi Amara

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Poeta, ensayista, filósofo de formación y editor, Luigi Amara (1971) define su extenso poema Nu)n(ca, de alrededor de cien páginas, como “un largo pie de foto” a un retrato de 1862 de Onésipe Aguado que cuelga en el Museo Metropolitano de Nueva York y que muestra a una mujer dando la espalda a todo.

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También -compara Amara- los escritores en México han dado la espalda al horror que se vive en el país para seguir cómodos en su mundo y no mancharse los dedos con la realidad; no obstante, sostiene, hay gran diversidad de propuestas poéticas en medio de una crisis en la que se cuestiona cuál es el papel del poeta en la sociedad y uno de cuyos beneficios es “liberarnos de la necesidad de figuras tutelares”.

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En cambio defiende en entrevista con Confabulario que el Estado mantenga estímulos como becas o premios a creadores o artistas, aunque sea éste cuestionado por sus niveles de corrupción o represión.

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Amara acaba de publicar Nu)n(ca, coedición de Sexto Piso, Conaculta y el gobierno de Coahuila, el cual ganó hace un año el Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña 2014, que otorga ese estado golpeado por la violencia, el crimen organizado y la corrupción, y que está dotado con 100 mil dólares (alrededor de 1 millón 700 mil pesos). Incluye un único poema, cuyo título se inspiro en versos de Juan Gelman, que sigue la tradición de Muerte sin fin o Piedra de sol, rinde tributo y dialoga con poetas como John Ashbery, Ezra Pound, Dante, Efrén Rebolledo, Charles Baudelaire o Edgar Allan Poe.

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¿Cómo llamaría a Nu)n(ca: poema, poemario, libro-poema?

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Obvio no es una colección de poemas, es un poema largo, hecho de fragmentos. Normalmente no escribo poemas largos, es el segundo (el primero fue A pie, 2010). En Nu)n(ca hay una cualidad ensayística en todo el poema, una suerte de monólogo o autorreflexión, cuya continuidad está dada por esa continuidad mental de alguien intentando descifrar un misterio. No creo que los poemas o la literatura traten “de cosas”, tienen que ver más con un despliegue del lenguaje. En ese sentido, no me propuse a hacer algo sobre la fotografía de Aguado (Mujer vista desde atrás), sino que a partir de ella se crea una estructura verbal, discursiva, inquisitiva, y por tanto tenía que adoptar esta forma más larga.

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En la literatura mexicana son raros los poemas extensos. Veo correspondencias entre Nu)n(ca y Muerte sin fin y Piedra de sol. ¿Pensó en ellos, en que nos hacen falta este tipo de poemas?

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Hay un escepticismo a escribir poemas totales, poemas en ese sentido perfectos, en la tradición de Los Contemporáneos o de Octavio Paz, o también en la de Cementerio marino, de Paul Valéry. Hay muchas maneras de escribir un poema largo, lo que yo quería en este caso, en vez de aspirar al tipo de poema perfectamente pulido, total, al estilo de Muerte sin fin, era en cambio escribir una suerte de poema largo hecho de fragmentos, de vacilaciones, de recomienzos, de dudas, de cambios de perspectivas; en lugar de intentar una versión comprensiva del asunto, me interesaba más que la longitud tuviera más que ver con el proceso mental de la voz que habla en el poema. Me parece que las razones contemporáneas de alejarse del poema largo están justificadas, podría ser un camino demasiado recorrido. Yo quería acercarme al poema largo justo con estas precauciones y llevarlo a otro lugar.

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En esas correspondencias encuentro afinidades con John Ashbery, en particular con Autorretrato en espejo convexo. ¿Es un homenaje, un diálogo entre poetas y poemas?

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Uno de los orígenes de Nu)n(ca es el libro de Ashbery y, en general de su poesía que logra crear un flujo verbal a veces al punto de lo ininteligible, pero al mismo tiempo muy seductor, muy cadencioso, muy denso, lleno de pequeñas intuiciones y revelaciones. Cuando empecé a escribir mi libro, vi que tenía una relación con Ashbery, entonces volví a leer su poesía y me di cuenta que el tipo de proyecto que él emprendió era como un punto de partida para resolver formalmente mi libro. Sólo que yo quería darle al mío mucho más énfasis al lado más reflexivo, quería que fuera casi casi un poema ensayístico. Claro que tiene parte de homenaje a Ashbery, pero también lo podría llamar diálogo, pastiche, si tú quieres. Está presente él pero también otros poetas, como Pound, por ejemplo.

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Su poema es muy atractivo para cualquier persona, está escrito en un lenguaje sencillo, sin embargo tiene muchísimas referencias literarias. ¿Es para una élite?

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No sé si todos los poemas son para élites. En algún tiempo Federico García Lorca llenaba plazas para leer su poesía. Pero, en general, la gran masa de poesía, por lo menos la contemporánea, es leída por un grupo insignificante en comparación con la masa total de población. Quizá todos los libros son para una élite. Si pensamos que tienen tirajes de mil o dos mil ejemplares, en un país de 120 millones de personas, claramente es una élite. Pero creo que cuando uno está escribiendo sí tiene en mente a un lector posible, al menos ideal. Y yo pensaba en un lector que se sintiera cautivado por el enigma planteado -como si fuera un poema policíaco-, pero que al mismo tiempo fuera creador, un lector activo que junte los fragmentos, que vea las relaciones, que se percate de esas citas explícitas e implícitas. Quería que se fusionara en dos niveles: como una novela policíaca que atrapa por su misterio, pero que al mismo tiempo está sucediendo a otro nivel un flujo verbal de alusiones, que es más rico que lo otro.

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En la novela policíaca el misterio se resuelve; en su poema no. Por ello lo ligaba a Muere sin fin.

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Sí, evidentemente es un misterio no resuelto. Parte del espíritu del libro es la imposibilidad de saber, de los límites del conocimiento, incluso del lenguaje por llegar a ciertas zonas de lo real, a esa puerta cerrada, impenetrable. Pero también está el deseo de hacerlo, de querer llegar a ese lugar inaccesible. Es como una especie de consciencia del fracaso, pero aun así de la perseverancia del intento.

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Hay en la mujer del retrato de Aguado mucho fetichismo. El título parte de Gotán, de Juan Gelman, también cargado de fetichismo, a propósito de la nuca…

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No sé si yo sea especialmente fetichista. Un poco la condición humana tiende a aislar fragmentos del todo para valorarlos. En una cultura, en una civilización que por muchas razones ha valorado el rostro, los labios, los dientes, a mí me parece más interesante darle vuelta a ese fetichismo para tomar conciencia de lo no revelado. Hay en Nu)n(ca un fetichismo, pero también un reverso del fetichismo acostumbrado. Aquí la idea era acercarse al cuerpo, pero sobre todo al misterio de no saber quién es la persona del retrato, todo lo que no podemos saber de alguien, aun cuando nuestra imaginación trate de penetrar; todo lo que se nos niega. Me parecía que esa negación, de haberla dicho en abstracto, habría tenido menos fuerza. Quería que esa negación estuviera encarnada en la negación de una mujer.

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Despliega muchas imágenes sobre petrificación asociadas a la inmovilidad del retrato, la mujer de Lot, Medusa. ¿Quién se petrifica, la mujer, el espectador, el fotógrafo, el poeta, la poesía?

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Lo interesante es que aunque todo el tiempo está el fantasma de la petrificación, son diferentes casos: la mujer de Lot se petrifica (como estatua de sal); pero Medusa petrifica, su poder es justo paralizar al otro a través del espanto. De algún modo me di cuenta que pese a la fijeza de la fotografía, en la que parecería que alguien está observándola, que el movimiento está del lado del espectador, también sucede al revés, parece que la fotografía está viva, está todo el tiempo un misterio palpitando en ella. Y por el otro lado, el espectador está petrificado, hechizado con el misterio. Esa relación dual me llevó a pensar, justo que la petrificación sucede de ambos lados, es contagiosa, lo inmóvil produce lo inmóvil. Quería hacer este juego todo el tiempo, pero con un contraste con el movimiento mental del poema, que creara una sensación de petrificación, pero sin dejar de moverse. Era parte del reto formal.

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Parece todo muy racional en el poema. Desde que lo escribió y ganó el premio, ¿lo ha vuelto a leer?, ¿ha encontrado algo de inconsciente en su poema?

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Siempre hay cosas inconscientes, aun cuando haya una continuidad y una ilación. Todo el tiempo hay zonas inadvertidas, brumosas. No practico en absoluto la escritura automática, aunque pienso que la fotografía pudo haber dado lugar a un acercamiento más surrealista. Después de que el libro fue premiado, yo todavía lo seguí corrigiendo, revisando, y me di cuenta que había muchas zonas no claras para mí. Por ejemplo, ¿por qué ver un cuello y pensar en la decapitación, en la guillotina? Toda esa zona no proviene de la razón, es una zona además bastante perturbadora para uno mismo ver un cuello y pensar en ello. ¡Estamos en un país de decapitados! Aunque no creo que el poema invite necesariamente a esto, en cambio sí tiene una fuerte presencia de la muerte, de la imagen como representación de alguien que puede morir o de la muerte misma. Y lejos de quitar eso le di más peso.

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Sin forzar la lectura, muchas de esas imágenes me remitieron a lo que está pasando en México: las decapitaciones, el dar la espalda a esta situación. ¿Ese contexto influyó en usted?

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Sí, yo creo que sí. En algún momento pensé en intentar enfatizarlo más, como la lectura sobre esa relación iba a ser inevitable, pero decidí que no, que el libro tenía que seguir su propio flujo, aunque cargándose de estas alusiones inevitables. Pero sí está abierta la puerta a esta lectura también. Me ha interesado cuál ha sido la respuesta de los poetas, de los escritores en general, ante el estado de horror que vive el país, y en muchos casos ésta ha sido dar la espalda, no con estilo como la mujer de la foto de Onésipe que no se da la vuelta para no ver sino para crear otra cosa. Un poco la poesía mexicana se ha dado vuelta para seguir cómoda en su mundo y no mancharse los dedos con la realidad actual.

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La semana pasada Enrique Krauze criticaba a las generaciones jóvenes, que según él creen que con mentarle la madre al Presidente en Twitter o Facebook ya están haciendo suficiente. ¿Comparte usted esta visión sobre su propia generación?

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Por supuesto que no. No sé a qué respondan las declaraciones de Krauze, pero hablan de que su relación con la realidad es bastante precaria y sesgada. Yo noto, al revés, una gran movilización ante la situación que vivimos, no sólo social sino también cultural y artística. Quizá Krauze se olvida de que hay un factor que se llama represión, que movimientos como el #YoSoy132 no es que se hayan desinflado per se, sino que vivimos en un régimen muy autoritario que lo acosó, lo persiguió, y hay evidencias de ello. Entonces, decir tranquilamente que los jóvenes no están haciendo nada es situarse en una posición, para mí, completamente fuera de lugar.

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Muchos de los poetas de su generación han apostado más a lo visual, casi casi al diseño o a la imagen, más que a la poesía. Usted lo hace al revés: toma una imagen para volverla lenguaje escrito. Me pareció hasta una crítica o una parodia de esos poetas.

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De ninguna manera es una parodia. Hay muchísimas formas de escritura actualmente, yo no podría ver con claridad una corriente, una forma. Algo interesante que ha sucedido después de la muerte de Octavio Paz, por poner una fecha, ha sido la diversidad, la proliferación de propuestas de escritura, de acercamientos formales. Esa efervescencia poética tiene que ver con una crisis sobre cuál es el papel del poeta en la sociedad actual y cada poeta se está preguntando cuál es su lugar, cuál es su papel, qué hace un poeta. Ese tipo de preguntas hablan más bien de que han caducado las viejas certezas de la escritura y de la poesía en México, y que al revés de lo que dice Krauze hay una gran preocupación formal y de la escritura, que puede ser fallida o no, pero que en muchos casos asume y responde a la crisis de la poesía y de la figura del poeta. Ya nadie -o muy pocos- puede creer en un papel al estilo Octavio Paz en la sociedad contemporánea. Si eso es lo que añora Krauze, pues está perdido, porque eso no va a regresar, al revés, creo que cada vez va a ahondarse la crisis con la pregunta de qué hace un poeta. Lo que hace interesante en la época contemporánea a la poesía mexicana y quizás mundial es que el poeta se ha diversificado. El poeta no sólo hace versos, hace imágenes, programa en internet, recopila fotos, discute fotos, actúa en la calle, hace muchísimas cosas que quizá no estaban tan claramente en el panorama del poeta. En medio de la crisis eso es una gran riqueza.

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¿Usted ya se respondió a esa pregunta de cuál es su papel como poeta?

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No, como este libro, queda en suspenso. Es una pregunta que no puede tener ni una respuesta única ni definitiva, es un replanteamiento constante. Es importante para mí en cada libro que escribo preguntarme cuál es el papel del escritor y que ya no sé dé por descontado, que no sea un punto de partida saber qué hace un poeta, sino unas arenas movedizas, un fango, que está llevando una conmoción en la poesía mexicana donde precisamente vemos una diversidad, ya no un eje. Mucha gente ahora que murió José Emilio Pacheco -u otro- decía: “Nos vamos quedando huérfanos”. ¡Como si hubiera necesidad de figuras tutelares, ejemplos muy claros de qué es ser un poeta! Al revés, lo que ha sucedido es que nos hemos liberado de la necesidad de figuras tutelares y todo es más fragmentado, más complejo, abundante, ramificado, ya la necesidad de tener esas figuras tutelares ha desaparecido.

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A usted le va bien en la literatura, vive de la literatura. Es de esos casos raros de escritores en México que viven de la literatura.

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No, es muy difícil vivir de la literatura. Para vivir yo tengo que dar clase, ser editor, trabajar en una revista, hacer muchas cosas. Quizá son labores cercanas a la escritura, pero en realidad son muy pocos los autores que viven de la literatura.

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Pero le va muy bien con los premios y las becas ¿Cuántos premios ha ganado?

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No sé, tres o cuatro.

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El Manuel Acuña lo da un estado, Coahuila, cuyos gobiernos han tenido cierta fama; lo da Conaculta, que forma parte de ese Estado represivo del que usted habla. ¿Cómo se concilia esto? Por un lado la cultura se empobrece, por el otro se dan premios cuantiosos y los poetas son premiados por Estados represivos o estados corruptos.

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Bueno, esa lectura suele ser muy maniquea. Tiende a descuidar algo importante. El Estado no es una entidad separada, el Estado somos todos, y en esa medida, puede ser que una faceta del Estado sea represiva, corrupta, pero no por eso tendría que rendirse y dejar de hacer otras cosas, como la cultura.

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El “ogro filantrópico”…

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Claro, el ogro filantrópico sigue rondando por ahí. Pero sería una claudicación de parte del Estado y de la comunidad artística decir: “No, ya no debe haber un apoyo, fomento a la creación, a la difusión cultural, porque vivimos en el horror”. Justo eso sería cortarse las únicas alas posibles para cambiar. Uno también podría simplemente tener una actitud cínica y decir: “Bueno, a mí me vale madre quién dé el premio, ya me lo gané”. Uno manda un libro a un concurso y no sabe si se lo va a ganar, quiere ganárselo. Cuando me dieron el premio sí tenía preguntas en relación a lo que implicaba aceptarlo. Un poco después de conocer las propuestas, las cosas que están haciendo en Coahuila, me empecé a reconciliar con la idea porque me di cuenta que no era sólo una mera intención de lavado de imagen, de crear un premio para pararse el cuello, sino de que había esfuerzos complementarios de crear acercamientos a la cultura, a la escritura, a la poesía en diversos lugares del estado, de crear una suerte de oasis cultural para contrarrestar el grave problema de violencia que se vive en el país, en particular en Coahuila, donde ha habido casos de pueblos desaparecidos, no sólo de personas. No podemos ser ingenuos ni maniqueos en condenar esos apoyos. Es una cuestión compleja. Aunque esté el fantasma del ogro filantrópico no supone alguna autocensura o falta de crítica por parte de los beneficiarios de esa filantropía. Se impugnan las becas o premios a creadores, pero es muy raro que se cuestione, por ejemplo, al Sistema Nacional de Investigadores, que es dinero que da el Estado a universitarios, a académicos, en un monto mucho más cuantioso que a los artistas. Ahí parece que no hay conflictos, ahí no se cuestiona a los científicos si están colaborando con un Estado corrupto. A mí me parece que poner en duda la participación del Estado en la promoción de la cultura sería una claudicación.

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Nu)n(ca, Luigi Amara, México, Poesía Sexto PIso / CONACULTA 103 pp.

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*FOTO: Por su libro Nu)n(ca Luigi Amara fue acredor del Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña 2014/Especial.

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