Felipe Ángeles: la persona y el personaje

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POR JUAN JOSÉ DOÑÁN

 

La diosa del Éxito justifica los crímenes… por un tiempo.
Elena Garro

Varias figuras relevantes de la Revolución Mexicana han tenido que esperar muchos años, por no decir que varias décadas después de su muerte, para comenzar a ser valoradas y así poder ir ocupando el sitio que merecen en la historia de nuestro país –algunas de ellas también en la ficción literaria y en el imaginario popular. Ése ha sido el caso del general Felipe Ángeles, de quien este 26 de noviembre se cumplieron cien años de su fusilamiento en la capital de Chihuahua, luego de un juicio torcido, que para colmo se realizó casi como burla (o sin el casi) en un teatro de la misma ciudad, buscando justificar y darle una fachada de legalidad a su condena a muerte, la cual había sido dictada de antemano, como si de un libreto teatral se tratara, por el presidente Venustiano Carranza y otros encumbrados desafectos del gran estratega hidalguense, entre ellos Álvaro Obregón (quien para ese momento ya buscaba ser el sucesor de Carranza, luego de haber ocupado el Ministerio de Guerra y Marina) y también de Plutarco Elías Calles, a la sazón ministro de Industria, Comercio y Trabajo.

 

La recuperación histórica de Felipe Ángeles se empezó a dar de manera tardía y aislada 23 años después de su ejecución, ya durante la presidencia del general Manuel Ávila Camacho, es decir, en plena época de reconciliación entre la familia revolucionaria, movimiento conocido como de “la Unidad Nacional”, y cuando las grandes potencias del orbe estaban enfrascadas en la Segunda Guerra Mundial. La primera persona en echar su cuarto a espadas por el general Ángeles fue quien había sido uno de sus hombres de confianza: el entonces coronel Federico Cervantes, que en 1942 publicó, “gracias a la generosidad del Sr. Lic. Javier Rojo Gómez, Jefe del Departamento Central”, la monografía Felipe Ángeles y la Revolución de 1913. Biografía (1869-1919). El remarcado crédito que el autor le da a quien había patrocinado la edición de su libro es por demás significativo, lo que ubica a la obra en la categoría de lo que ahora se llama “biografía autorizada”, pues el coronel Cervantes reconoce que “se logró la edición” de su monografía por la munificencia –implícitamente también con la autorización– de un subalterno inmediato del presidente de la república, en el entendido de que hasta 1997 (año a partir del cual los capitalinos comenzaron a elegir a sus autoridades locales) el cargo de jefe de gobierno de la Ciudad de México era una designación presidencial.

 

Pero como una golondrina no hace verano, durante mucho tiempo la documentada biografía hecha por el coronel Cervantes no tuvo eco en la historiografía mexicana. Así, por ejemplo, don Jesús Silva Herzog ni siquiera menciona a Felipe Ángeles en ninguno de los temas de su Breve historia de la Revolución Mexicana (1960), con múltiples reediciones y en tirajes de hasta 100 mil ejemplares, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica. Ese ninguneo y también las referencias calumniosas al estratega de la Batalla de Zacatecas comenzaron a cambiar tardíamente, a partir de la aparición de La Revolución interrumpida (Ediciones Era, 1971) de Adolfo Gilly, y de Felipe Ángeles y los destinos de la Revolución mexicana (FCE, 1991) de la investigadora francesa Odile Guilpain Peuliard, obras a las que, en la misma década de los noventa, se sumaron dos monografías con poca difusión, publicadas por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, ambas de la autoría de Jesús Ángeles Contreras, quien años atrás había sido rector de esa misma casa de estudios: El verdadero Felipe Ángeles (1992) y Felipe Ángeles, su vida y su obra (1996).

 

Aparte de la biografía monumental de Friedrich Katz sobre Francisco Villa, en la que el gran historiador austro-mexicano hace un destacado relieve de nuestro personaje, ya en este siglo han aparecido dos libros imprescindibles: Felipe Ángeles en la Revolución (Ediciones Era, 2008), que compila ocho ensayos de otros tantos historiadores, y sobre todo Felipe Ángeles, el estratega (Ediciones Era, 2019), de Adolfo Gilly, el cual remarca el singularísimo caso de un alto oficial del Ejército Federal –del ejército porfirista y luego del maderista, pero nunca del huertista– que acabó sumándose a las huestes revolucionarias para finalmente terminar siendo sacrificado por la facción que se alzó con el poder.

 

 

Popular entre la tropa

Esa recuperación de la figura de Felipe Ángeles poco a poco ha ido cundiendo también en ámbitos tan alejados de la historia y la vida literaria como la nomenclatura urbana o la denominación de inmuebles públicos. Así, por ejemplo, una de las avenidas más importante del oriente de Guadalajara, al igual que el segundo mercado de abastos de la misma capital tapatía portan, desde los años setenta, el nombre del general hidalguense. Y para no ir más lejos en esta clase de revaloración oficial, bastaría con mencionar el ejemplo más reciente y contundente sobre el particular: la determinación del gobierno de la república para que el que está llamado a ser el aeropuerto más grande de nuestro país, más allá de la encendida discusión desatada en torno a su ubicación, lleve el nombre de Felipe Ángeles.

 

Pero mucho antes de que las élites políticas e intelectuales comenzaran a ocuparse del caso Felipe Ángeles, el pueblo ya había hecho su propio dictamen, manifestando su simpatía hacia el personaje y dictando una sentencia abiertamente favorable. Las primeras muestras multitudinarias de adhesión hacia el general caído fueron las que se dieron la mañana del 21 de noviembre de 1919, en el momento mismo de su llegada a la ciudad de Chihuahua, para ser juzgado por el Consejo de Guerra que se organizó de improviso. Según las crónicas periodísticas del momento y otros testimonios de la época, miles de personas lo vitorearon cuando descendió del carro de ferrocarril, así como en el trayecto a la penitenciaría, donde se le mantuvo preso. Esa multitud fue creciendo en los días previos al juicio y durante las dos largas jornadas que duró el interrogatorio (la última de ellas había comenzado la mañana del 25 de noviembre y se prolongó hasta la madrugada del 26, pocas horas antes del fusilamiento).

 

Años más tarde, Rafael F. Muñoz describiría en Pancho Villa: rayo y azote (La Prensa, 1955) algunas incidencias de ese juicio, en un más que repleto Teatro de los Héroes, donde “la gente llegó al extremo de comer dentro [del recinto] en la mejor forma posible, para no perder los ‘buenos lugares’ ”, y en el mismo relato Muñoz refiere la fascinación que las intervenciones del reo causaban aun entre sus jueces y ya no se diga entre quienes colmaban el teatro: “el general Ángeles daba verdaderas conferencias […], disertaba galanamente sobre Sócrates […], recordaba a Jean Valjean, héroe de la gran novela de Victor Hugo. […] El numerosísimo público se puso de parte del prisionero; lo ovacionaba con frecuencia y creyó que el general sería puesto en absoluta libertad de un momento a otro”. Ante ello, los miembros del Consejo de Guerra habrían tenido que sobreponerse a la fascinación provocada por “la elocuencia del culto militar”, obligados como estaban a cumplir la orden condenatoria dictada por sus superiores, comenzando por el presidente Carranza, que pocos días antes había enviado un telegrama al jefe militar de la plaza, general Manuel M. Diéguez, para felicitar a quienes habían logrado “la importante captura” de “el ex general Felipe Ángeles”. Otra de las fuentes más cercanas es la de Alfonso Taracena, quien hace referencia en La verdadera Revolución Mexicana: sexta etapa (1918 a 1920) (Jus, 1921) al mensaje telegráfico que Álvaro Obregón envió por su lado al mismo Diéguez era aún más explícito: “Lo borraré a Ud. del número de mis amigos si hace alguna gestión en favor del general Ángeles”.

 

Pero quizás el ejemplo más duradero de ese dictamen favorable del pueblo haya que buscarlo en la lírica popular y particularmente en algunos corridos que relatan de manera doliente la injusticia y la ingratitud cometidas contra el héroe trágico, incluida su cruenta ejecución, en la que se usaron balas expansivas con el fin evidente de desfigurarlo. Así, por ejemplo, desde los tempranísimos años veinte ya se cantaban los versos del “Fusilamiento de Felipe Ángeles”, de autor anónimo y que en 1928 grabó, en San Antonio, Texas, el dueto formado por Bernardo San Román y Luis Vera. La apología que aparece en una de sus cuartetas es más que evidente: “Ángeles era muy hombre/ y de un valor sin segundo,/ que bien se podía decir/ que no había otro en el mundo”. Años después, varios intérpretes y agrupaciones musicales cantaron y grabaron el corrido “Felipe Ángeles”, de Samuel M. Lozano, cuya última estrofa es un testimonio elocuente de ese mismo sentimiento popular: “Así terminó su vida/ aquel famoso artillero,/ que por sus altos ideales/ fue un patriota verdadero”.

 

 

El general sí tiene quien le escriba

La ficción literaria, particularmente la de más quilates tardaría tiempo en ocuparse de Felipe Ángeles. Escritores que habían sido contemporáneos suyos y aun transitorios aliados políticos, lo mismo en las filas villistas que en la Convención de Aguascalientes, optaron por desentenderse de él (ése fue el caso de José Vasconcelos) o por mencionarlo muy de pasadita como Martín Luis Guzmán, quien fue más atraído por personajes de mala fama del villismo (por ejemplo, el siniestro Rodolfo Fierro, protagonista de “La fiesta de las balas” y también de “Hombre caballo y oro”, relato este último del ya mencionado Rafael F. Muñoz) que por personas decentes como el general Ángeles.

 

El primer texto literario que rescata al personaje es “La muerte de Felipe Ángeles”, una hermosa estampa que la escritora, bailarina y coreógrafa duranguense Nellie Campobello recoge en su libro Cartucho (1931). Ahí se relata, a grandes zancadas y desde el punto de vista de una niña, tanto el tumultuoso juicio como la sobrecogedora escena del cuerpo acribillado del general, con algodones en los oídos, tendido afuera del ataúd.

 

En sus obras de ficción, los otros “novelistas de la Revolución” no se ocuparon del personaje, el cual comenzaría a ser rescatado literariamente por escritores de generaciones posteriores como es el caso de Elena Garro, autora de la espléndida pieza teatral Felipe Ángeles (Cóatl, 1967) o, en tiempos más recientes, Ignacio Solares, quien en 1991 publicó la novela La noche de Ángeles (Diana, 1991), que recrea o fantasea con conocimiento de causa distintos momentos de la etapa revolucionaria del personaje, incluidos los días en que el famoso perito en balística colaboró en tareas más burocráticas que militares con Carranza y Obregón, con quienes en definitiva nunca se pudo entender.

 

Desde hace muchos años la literatura mexicana de temática revolucionaria ha gozado de un gran prestigio, si bien ese prestigio se ha limitado a la novela y, en menor medida, al cuento o relato breve, modalidades narrativas que han suscitado numerosas antologías, algunas de ellas canónicas. En cuanto a los otros géneros de ficción ha habido un ninguneo más que justificado por la poesía tributaria del tema y otro no sólo inexplicable, sino también injustificable: el de las numerosas obras teatrales que se ocupan de historias y personajes relacionados con la Revolución Mexicana.

 

En el primer caso se publicó en 1916 (año en que aparece Los de abajo, de Mariano Azuela) una antología de ripiosos versificadores, donde lo mismo se alaba a mártires revolucionarios de ese momento (Madero, Pino Suárez, Serdán…) que se exaltan las gestas del Ejército Constitucionalista y hasta el muñón de Álvaro Obregón. No sería exagerado decir que en esa antología –se titula Florilegio de poetas revolucionarios, figura en ella una treintena de olvidables vates, incluidas cuatro vatesas, y aparece la efigie de Venustiano Carranza en la portada– acabó siendo el debut y también la despedida de “la poesía de la Revolución”, aun cuando Carlos Monsiváis sostenía que Suave patria (1921) de Ramón López Velarde “salvó a la literatura mexicana de la amenaza de una poesía de la Revolución’”.

 

 

Una muerte a la altura del arte

En la historia de literatura mexicana no se habla de un “teatro de la Revolución” y no por falta de textos dramatúrgicos ad hoc, sino tal vez porque el grueso de esas obras no se dio en un periodo cercano al movimiento revolucionario, a diferencia de lo sucedido con el corpus principal de la novela y el cuento de temática revolucionaria. Otro motivo podría ser que la narrativa de esa índole es de una calidad más pareja que la alcanzada por la mayoría de obras teatrales de la misma naturaleza, las cuales rondan el medio centenar.

 

No obstante lo anterior, es indudable que al lado de muchas obras de corto o nulo vuelo dramático como la pionera Apóstoles y Judas (1915) de Gustavo Solano, o las piececitas didácticas que Francisco L. Urquizo recoge en …Al viento (1944), así como Huerta (1916) de Salvador Quevedo y Zubieta, o Emiliano Zapata (1932) de Mauricio Magdaleno y la no muy lograda adaptación escénica que Mariano Azuela hizo en Teatro (1938) de sus novelas Los caciques y Los de abajo, figuran otras que entran en la categoría de obras de mérito como Cuartelazo (1960) de Federico S. Inclán, El juicio (1972) de Vicente Leñero, El atentado (1978) de Jorge Ibargüengoitia, El Jefe Máximo (1991) de Ignacio Solares o Fort Bliss (1994) de Juan Tovar.

 

Pero las verdaderas joyas de la corona del teatro mexicano de la Revolución son dos piezas que alcanzan sin ninguna duda la categoría de obras maestras: El gesticulador (1937) de Rodolfo Usigli, sobre el tema del impostor (un profesor rural que se hace pasar por un desaparecido héroe revolucionario) y, treinta años después, Felipe Ángeles (1967) de Elena Garro. Esta última no sólo es la más alta expresión literaria y artística a partir de la figura del renombrado general, sino en definitiva una obra de genio.

 

A partir de la copia taquigráfica que venturosamente se conservó en el archivo militar sobre el juicio de Felipe Ángeles, copia que el coronel Cervantes había reproducido casi íntegra en los capítulos XIX y XX de su ya mencionada monografía, Garro fantasea de manera magistral con las intervenciones de quienes participaron en el juicio y particularmente con las del acusado, al que la autora presenta muy dueño de sí mismo, con una entereza moral y una inspirada conciencia sobre el inefable misterio de ser y estar en el mundo: “Cometer crímenes desde el poder es abrir la era de los asesinos”. Todo ello expresado con un vuelo lírico que acerca al protagonista a una dimensión cercana a la etopeya (retrato moral) que Platón hace de su maestro, víctima también de un proceso insidioso y de una injustificada condena a muerte, en su Apología de Sócrates, y no lejana tampoco al Cristo de los últimos días. Al igual que el mártir del Gólgota, el Felipe Ángeles literario (también el histórico) tuvo su propio Judas (un tal Félix Salas) y literariamente Elena Garro dispuso que no fuera hecho preso en el cerro de la Mora, sino en el “Valle de los Olivos” como para evocar el evangélico Monte de los Olivos.

 

A diferencia de sus asesinos intelectuales (Carranza, acribillado mientras huía del obregonismo rebelde, y Obregón, que expiró sobre un plato de birria), Felipe Ángeles tuvo eso que Petrarca llamó “un bello morir”: Un bel morir tutta una vita onora (“Un bello morir honra toda una vida”).

 

ILUSTRACIÓN: Iván Vargas

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