La destrucción de Galaxia Gutenberg

Dic 14 • destacamos, principales, Reflexiones • 5815 Views • No hay comentarios en La destrucción de Galaxia Gutenberg

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Clásicos y comerciales

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POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

 

Cuando un monopolio editorial se apodera de una casa de edición pequeña y prestigiosa, casi en todos los casos, la destruye. Así ocurrió en México cuando Planeta compró a la prestigiosa Joaquín Mortiz y así ha ocurrido con Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, cuyos gerentes anunciaron tanto el desmantelamiento del círculo como la supresión de la colección de obras completas que publicaba esa casa desde principios de nuestro siglo.

 

Sin considerar el daño causado a los lectores españoles con la supresión del círculo, destaco la gravedad para las letras hispanoamericanas significada por la amenaza de picar –que ya fue retirada por los gerentes de Planeta aduciendo un “error” administrativo– la hermosa colección que alberga las obras completas de Rubén Darío, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Ramón Gómez de la Serna, Octavio Paz, Nicanor Parra (quién sólo acepto aparecer si se hacía una edición más popular), Juan Goytisolo, Francisco Ayala, Guillermo Cabrera Infante, María Zambrano, Carmen Martín Gaite, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa, José Ángel Valente, etc., en cuanto al español, y a Gérard de Nerval, Franz Kafka, Elias Canetti, Vladimir Nabokov y Philip Roth, entre algunos otros autores en lenguas extranjeras.

 

Con el precedente de la benemérita y caótica colección de obras completas (generalmente incompletas) de Aguilar o con las costosas e inútiles Ediciones Castro (pues carecen de notas), Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores pretendía que el español contase con un equivalente –aunque las suyas no fueran exactamente ediciones críticas– a las ediciones francesas de La Pléiade de Gallimard, las italianas de I Meridiani de Mondadori o las estadounidenses de The Library of America.

 

Una vez más la dignidad y la belleza del libro impreso –tampoco se ha anunciado, mal menor, una edición en línea de estas obras completas– carecen de importancia para los codiciosos mercachifles a quienes lo mismo les da la publicación de libros que vender clavos. Estos personajes –a veces vigilados, desde la impotencia, por algunos sobrevivientes del pasado, arrumbados en las editoriales al rincón de la muñeca fea– han sustituido, en casi todo el mundo, a los antiguos editores, especie en extinción.

 

El buen lector, para no hablar del investigador literario, necesita de las obras completas y de sus índices onomásticos y analíticos (estos mismos también en riesgo de desaparición, incluso en editoriales de prestigio, por tacañería), para orientarse en la bibliografía de un autor, una auténtica carta de navegación para iniciados.

 

Por lo general, además, las obras completas que pueden conseguirse regaladas en ebook, suelen ser, por falta de índices apropiados, difíciles o casi imposibles de leer. Más vale abandonar el sillón y cuando se tiene la suerte de tener los ejemplares en papel, consultar el tomo III de las obras de Rousseau o de cualquier otro clásico. El ebook, cuya utilidad estoy lejos de negar, sigue siendo un invento en pañales, útil para leer novelas policíacas en el avión y no cargar libros por el mundo o para introducirse, mediante un resumen, a una trama o contenido por la que uno duda si pagar o no. El verdadero lector, en cambio, necesita de las obras completas. Significan refinamiento editorial, lectura a profundidad, erudición garantizada, un tesoro siempre vigente.

 

El libro electrónico, contra lo que se temía, no ha sustituido al libro en papel. Ambos productos tienen mercados distintos y el bibliófilo, frecuentemente, una vez que lee la versión de un volumen en la pantalla de su amable artilugio, necesita, para atesorarlo, de un ejemplar en papel. El libro electrónico, además, ha forzado a los editores tradicionales a mejorar la calidad de sus productos, que en cuanto al libro de bolsillo, al menos, pasaron a ser desechables de tan mal hechos. Yo llegué a poner como condición al firmar los contratos de mis libros que la edición fuera cosida y no pegada con cualquier pegamento, para evitar que a la primera lectura las páginas saltaran por los aires, urgiéndonos a llamar al encuadernador o a tirarlos al basurero.

 

Si bien parece que la Biblioteca Nacional de España rescatará el archivo de Círculo de Lectores, “un sistema ecológico completo”, según escribió Antonio Muñoz Molina en Babelia, el Estado español no parece tener ninguna intención de salvar esas obras completas que son un orgullo para la edición en lengua española. No puedo sino pensar con dolor en Nicanor Vélez (1959-2011), el desaparecido editor colombiano, uno de los artífices de un proyecto ejemplar que acabará lejos del público, guarecido, en el mejor de los casos en algunas bibliotecas y fuera del mercado, por ser, como lo son todas las colecciones de obras completas, un producto caro, cuya venta es dilatada, pero no carece de sacrificados compradores. Véase la cantidad de ejemplares agotados de La Pléiade porque las ediciones críticas deben renovarse de tiempo en tiempo como lo sugiere la filología, o volviendo a Círculo de lectores/Galaxia Gutenberg, lo difícil que ha sido completar las Obras completas de Gómez de la Serna o hacerse del tomo III de las de Neruda. Inclusive, la fundación de The Library of America se basó en la necesidad no sólo de contar con los clásicos de los Estados Unidos, sino de que estos siempre estuvieran en el mercado a disposición de las nuevas generaciones. No siempre lo logran, pero lo intentan.

 

Ojalá los políticos españoles dejen durante algunos minutos las rutinarias elecciones con las que abruman a sus ciudadanos y entretengan a sus comisarios culturales en el asunto o surja algún filántropo que salve la colección, como lo hizo alguna vez el propio Estado francés cuando un monopolio quiso hacerse de Gallimard, una de las instituciones más emblemáticas de la cultura literaria internacional.

 

Hay un precedente que llama al optimismo: la colección de los Archivos Unesco, fundada por Amos Segala y descontinuada durante años, fue rescatada por Alción Editora y acaba de reunir, en su nueva serie, la poesía del chileno Raúl Zurita, entre otros clásicos y contemporáneos que estaban pendientes. Pero no es la primera vez que ocurre una desgracia de esta naturaleza: queriendo diversificar la oferta de su catálogo, Alianza Editorial se autodestruyó y de aquel Libro de Bolsillo que formó a un par de generaciones quedó un berenjenal de colecciones indistintas a ojos del público o al menos de los lectores más veteranos.

 

Descontinuada por Planeta, destruida o descatalogada, la cancelación de los hermosos tomos de Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, será uno más de los crímenes de la voracidad mercantil contra el patrimonio editorial de la lengua española. Patrimonio, he dicho. A nadie se le ocurriría destruir, por el costo de su mantenimiento, la mezquita de Córdoba o el sitio arqueológico de Palenque. Que los libros, sus características y tradiciones estén ligados irremediablemente al mercado desde su origen, los vuelve más inermes frente a la inepcia, la codicia o esa necedad consistente en querer cambiarlo todo, propia de mentes no sé si abyectas o tan sólo banales. El ahorro económico conseguido con esa destrucción será ridículo en relación a los millones de dólares ganados por esas corporaciones. Ojalá que la vergüenza les dure, por lo menos, hasta que estemos muertos y enterrados el puñado de lectores ilusionados, durante algunos lustros, con esas obras completas de Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, hoy condenados a la guillotina o al olvido.

 

FOTO: Aspecto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en su edición 2016./ José Méndez/ EFE

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