Gan Bi y la monomanía pasional

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En Largo viaje hacia la noche, el retorno de un hombre a su pueblo natal para enterrar a su padre, se convierte en un inesperado viaje desalentador y onírico, que lo confronta con su propia naturaleza, deseos y memorias del pasado

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POR JORGE AYALA BLANCO

En Largo viaje hacia la noche (Di diuzui hou de yewan/ Un grand voyage vers la nuit, China-Francia, 2018), virtuosística segunda obra maestra como autor total del estilista extremo chino de 30 años Gan Bi (apabullante opera prima: Kaili Blues: canción del recuerdo 15), el duro hamponil exregenteador de casino perpetuamente obsedido y deprimido Lou Hongwu (Huang Jue hirsuto mutable) regresa a su remoto y recóndito montañoso Kaili natal so pretexto de enterrar a un padre que le ha heredado una vieja camioneta, el reloj roto ante el que solía embriagarse por las tardes, y a su madre el restaurante Feng con karaoke donde conoció al amor de su vida, la bella Wan Qiwen (Tang Wei) cuyo recuerdo no deja de asaltarlo ni de mezclarse mentirosamente con su vida cotidiana, transformándola en un sueño vivido de inútil búsqueda cíclica y falaz memoria, para que su presente se torne tan deslizante e inestable como lo fue durante su feliz relación efímera con esa enigmática mujer misteriosamente desaparecida tras haberla abandonado cuando no se atrevió a llevársela consigo en la forzada y cobarde fuga definitiva que ahora lo atormenta, esa damisela insustituible de la que quizá nunca supo nada a ciencia cierta y de la que le hablan de manera disyuntiva desde sus cárceles reales o imaginarias tanto la envejecida madre de su excompinche difunto Gato Salvaje (la veterana internacional Sylvia Chang) y una tormentosa pelirroja (también Chang), esa irrecuperable hermosísima Wan Qiwen que bien puede haber devenido en la degradada esposa finalmente abandonadora de un delincuencial dueño de hotel (y madre del pequeño a su lado) o simplemente una célebre estrella de cine, pero a la que hoy nuestro Lou confunde con la examante de un amigo gánster ya prostituida e idéntica a ella aunque vestida de verde (Tang Wei en un segundo papel), de quien el héroe se enamora a pesar de sí mismo, sólo para volver a plantearse el dilema de huir o no con ella, por lo que se mete a un cine y se queda dormido, soñándose ahora con una joven llamada Kaizhen o sea literalmente la Perla de Kaili (Tang Wei en un tercer papel), con quien vivirá otro episodio de su inescapable monomanía pasional.

 

La monomanía pasional hurga magnéticamente y de lleno, sin más, como lo hacía Kaili Blues, en el misterio cósmico, pero lo hace a través del íntimo misterio planteado por cierta mujer inasible a un héroe románticamente empecinado (“Cada vez que la veía, sabía que estás soñando otra vez, y en cuanto te das cuenta que sueñas se transforma en una experiencia fuera de tu cuerpo, y me pregunto si mi cuerpo está hecho de hidrógeno”), en un principio hundido en una seudorrealista trama-rompecabezas deliberadamente imposible de armar, desentrañar, seguir, esclarecer o sencillamente resumir, siempre duplicada o multiplicada en identidades y superposiciones de un haz de relatos, algunos patentes visuales y otros larvarios o rememorados por la voz del héroe en off o referenciales en la enunciación de los demás personajes a cuadro, en esto que semeja un semionírico itinerario humano, formado por figuras en fascinantes espacios transpuestos, como el inicial salón de música con los instrumentos técnicos regados en un show de luces reventadas y formas difuminadas por completo o parcialmente que amenaza con ser perpetuo, la adolorida cabeza colgante del desnudo varón tendido sobre su espalda en su cuarto de hotel, las deambulaciones del rudo Lou por refulgentes calles fantásticas de colores artificiales, los túneles en que se pierde la falsa exnovia clandestina sin que el hombre pueda dejar de seguirla, las acezantes efigies alineadas en el locutorio de una cárcel, la lluvia perenne en exteriores y en el anegado nido de los amantes, el leitmotiv del roto reloj reflejado en los charcos porque simboliza la eternidad y lo verdadero (así como el cine lo transitorio y la mentira), el cantante de karaoke intentando pasarle el micrófono a un inerme colgado de las manos, o así.

 

La monomanía pasional da un vuelco en sus últimos 59 minutos, igual que Kaili Blues pero de modo avasallante en formato 3D, para que todo lo visto se sintetice y sublime en un imponente plano secuencia onírico de corte imposible, con procelosa música tintineante de Lim Quion y majestuosa fotografía inigualable de Yao Hung-i, un pasmoso plano secuencia que sale de la trampa de una mina y llega a una habitación con mapa-mesa de ping pong al centro y sigue por caminos laberínticos y vuela por los aires al conjuro de una paleta mágica del mismito juego pero ya con visión subjetiva y se debate entre los callejones y entresijos de una aldea en ruinas todavía palpitando con decenas de criaturas recurrentes alrededor de una pista de karaoke, un encantado y crispante plano secuencia que arranca con el título del film situado a la mitad del relato al modo Apichatpong y disemina con renovada furia las dulces visiones truenacocos del más hermético David Lynch (el de El imperio 06 o Twin Peaks: el regreso 18) e incluso derriba por telekinesia el vaso de la esperanza al traqueteante paso del tren del final de Stalker (Tarkovski 80), un plano secuencia que valora por semejanza la eventual acometida de una cobra encerrada en una campana de cristal, una fabulosa secuencia-Aleph que alía la dimensión neorromántica del relato a digresiones autodevoradoras estilo Isak Dinesen o Raúl Ruiz y a sendos baudelairianos relieves poéticos significantes Any where out of the world (“No podemos sobrevivir, a menos que vivamos juntos en las estrellas”) y abrir a su indeleble sentido global (“Lo que da miedo es vivir en el pasado, y no los aludes de lodo”), un plano secuencia del solsticio de verano a un solsticio de invierno declarada y señaladamente hermético que sin embargo ha de resultar más claro que el presunto realismo de thriller noir y drama romántico que lo ha precedido.

 

Y la monomanía pasional reafirma con un beso la unión de los amantes cual bengala duplicada en el espejo.

 

FOTO: Largo viaje hacia la noche es el segundo filme de Bi Gan./ Especial

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