Fumando en el desayuno con Ribeyro

Nov 20 • destacamos, principales, Reflexiones • 1336 Views • No hay comentarios en Fumando en el desayuno con Ribeyro

 

Clásicos y comerciales 

 

POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL 
La historia la he contado varias veces por presumido y aprovecho esta ocasión para repetirla. En junio de 1985, en Madrid, asistí a mi primer congreso internacional de escritores y vi a algunos escritores célebres y conocí a personajes de aquí y allá que luego serían, y lo siguen siendo, mis amigos. Recuerdo, con cierta intensidad, el haber desayunado tres o cuatro veces con el gran escritor limeño Julio Ramón Ribeyro, sin cruzar una palabra. Estábamos en un hotel moderno para entonces ya viejísimo, cerca del antiguo Estadio Santiago Bernabéu. Si ambos trasnochábamos (“¿Quién conoce mi faceta de animal nocturno?”, escribió Ribeyro), como quiero creerlo, éramos de los últimos en llegar al desayunadero, cuando ya los meseros estaban levantando vajilla, charolas y manteles. Nos atendían de manera en extremo grosera para el modoso estándar latinoamericano, actitud que atribuíamos a su pertenencia a un longevo sindicato falangista. Ya había leído yo las Prosas apátridas (1975) y alguno de sus cuentos, y mi timidez (o mala educación) era tanta que ni siquiera le sonreí ni la segunda, ni la tercera vez en que me lo topé. Él, a su vez, nunca reparó en mi presencia en la mesa, entretenido como estaba en fumar mientras desayunaba. Algo de cereal y una bocanada, otra cucharada de corn flakes con leche y una siguiente bocanada y así, en aquellos remotos tiempos que hasta en los aviones se podía fumar. Fin de la anécdota.

 

A Enrique Vila-Matas le conté la petite histoire y no dijo nada aunque supongo que Ribeyro es uno de los numerosos asuntos de los que no hablamos cuando nos vemos y de leer estas líneas me reprocharía llamar “gran escritor” a Ribeyro, no porque no lo sea, sino porque es ayuntar con descuido dos palabras refractarias a su personalidad estilística: “la literatura es afectación”, leemos en Prosas apátridas. Ya lo ha dicho, aquí y allá, Vila-Matas: al huir de la obra maestra y de la página perfecta, hizo una y otra, como quien no quiere la cosa. Murió, ya se sabe, días después de ganar el entonces llamado Premio Juan Rulfo, de Guadalajara, a principios de diciembre de ese 94 en el cual yo también estuve muy enfermo pero mi aún escasa edad me perdonó para llegar al momento, después de los 40 años, cuando “el pasado empieza a sobrarnos” y, según Ribeyro, se escoge “entre la sabiduría y la estupidez”.

 

Invitado por mi editor a escribir este domingo una prosa peruana, no lo dudé un instante y dije “Ribeyro”, y Ribeyro se hizo en el inhóspito (o francamente peligroso) rincón de los Andes de mi biblioteca donde se alojan las obras del hermano virreinato. Superado el terror a que los trabajos y los días hubiesen hecho de las suyas, encontré mi ejemplar de los Marginales de Tusquets, la primera edición de las Prosas apátridas, y la primera edición, a su vez, de sus diarios (La tentación del fracaso en dos tomos que me regaló en los 90 del siglo pasado Leonardo Valencia). Sabía yo —mal recuerdo— que los cuentos no estarían, pero agradecí el instructivo libro de Vivian Abenshushan titulado Para entender a Julio Ramón Ribeyro (2009). E inmediatamente —whatsapp manda— me puse al día en ciertos detalles inútiles con Valencia, en Quito, recordando que los Dichos de Luder presentados por Julio Ramón Ribeyro, también fueron regalo del amigo ecuatoriano. Decidí —mis razones tendré— no acercarme al par de novelas suyas que conservo.

 

Me intrigaba, sobre todo, volver a las Prosas apátridas, cuyas nuevas ediciones no tengo (pero ya lo estoy resolviendo) porque desde la época en que observé a su autor fumando/desayunando en Madrid estoy seguro de no haberlas vuelto a tocar. Las compré el 5 de mayo de 1984 según viene anotado en la segunda página y el pequeño ejemplar obviamente fue leído pero sin ningún subrayado. Una sola página estaba doblada en su extremo superior izquierdo, práctica que desde años no me permito. Más allá de las pequeñeces del lector y sus libros, lo más sorprendente es que no recordaba nada de aquella lectura primera, aunque habría yo tenido una tontería que decir si en ese momento hubiera aparecido un periodista preguntándome qué pensaba de la re-muerte de Ribeyro, porque nacido en 1929 y muerto en mi annus horribilis de 1994, no hay centenario a la vista. Seguramente habría yo repetido alguna frase encomiástica y dubitativa, más fresca, de las que le he leído a Vila-Matas sobre él.

 

El prólogo de José Miguel Oviedo, fallecido en 2019, me pareció no sólo uno de los textos más atinados de uno de mis maestros informales, sino que lo contaría entre los mejores prólogos de la literatura, tan distinto a los del breve Borges, maestro del género. La manera como presenta a su contemporáneo —Oviedo sólo era un lustro más joven— es apasionada y exacta, a la altura de las exigencias requeridas por el que era el primer libro de Ribeyro —un parisino de los de deveras, quienes lo son por elección— publicado en el extranjero. Ignoro qué tan amigos fueron ambos escritores (parece ser que la amistad y la literatura peruana no se llevan), pero el prólogo de Oviedo es, a la vez, una autobiografía diferida, un retrato de las penurias del entonces llamado “escritor tercermundista” y la narración de cómo el boom a Ribeyro ni falta le hacía. Concluye Oviedo tras elogiar la “negatividad positiva” del autor de las Prosas apátridas: “Quizá por eso me guste tanto este libro. Por naturaleza, quizá sin derecho, soy pesimista, y con los años lo soy más todavía. Pocas cosas verdaderamente logran alegrarme ahora y he llegado a pensar que la felicidad de la que todos hablan es algo obsceno: no comprendo del todo a la gente que ríe demasiado o que abiertamente comunica su gozo”.

 

Ribeyro, con fama de misántropo, no lo parece del todo en Prosas apátridas: “A veces descorro el visillo y lanzo una mirada ávida sobre el mundo, lo interrogo, pero no recibo ningún mensaje…” Le agrada profundamente el orden familiar en la Place Falguière y las andanzas del pequeño Julio: “Para un padre, el calendario más veraz es su propio hijo”. Sus observaciones sobre la mujer son gozosas y no temen enfrentar un tema tan escabroso como la ternura entre amantes. Aunque hay una página condenatoria de los machos que se apretujan contra las féminas en el transporte público, me temo que actualmente varias de las Prosas apátridas serían canceladas, por misóginas.

Sus temas son proverbiales: los demasiados libros (de Cicerón a Zaid, una preocupación), la literatura como un fracaso en superar la incomunicabilidad de toda palabra (Blanchot), la madurez sólo llega cuando alcanzamos la edad de nuestros padres (Vallejo), ese error inicial que arruina todo destino, los oficinistas (todos ellos vienen de la literatura rusa), la prexistencia o el anuncio del arte moderno en los rincones amplificados de un lienzo clásico o la soberbia de los estudiantes radicales queriéndole echar a perder el domingo a los obreros con teorías y guitarritas, junto al desdén que en Ribeyro provocan los profetas que reclutan jóvenes para hacerlos matar por el Estado. El último punto es polémico porque Vargas Llosa se quejaba de la aquiescencia del diplomático Ribeyro, quien llegó a ser embajador en la UNESCO, con todos los regímenes peruanos, inclusive el del militar de izquierdas Juan Velasco Alvarado, quien nacionalizó la prensa. Ribeyro fue, o quiso ser, marxista, como era menester serlo en aquella época, según confiesa en una de las Prosas apátridas.

 

¿Un misántropo sonriente? Puede ser, porque, según él, “nuestra naturaleza tiende a expulsar el dolor, no a conservarlo”. Ribeyro jugaba al ajedrez con su peor enemigo en la oficina. La posibilidad de esa tregua lo tranquilizaba como hoy día me tranquilizó a mí leer que Jünger charló en alguna ocasión con Joseph Roth y lo hizo con gusto porque pensaban de manera distinta. No escapa a la prosa de Ribeyro el demonio romántico de la moda, anticipación de la muerte, según Leopardi, ni la siguiente descripción de la acedia: “Esas mañanas nulas, canceladas, en las que escucho música sin oírla, fumo sin sentir el sabor del tabaco, miro por la ventana sin ver nada, pierdo en realidad todo contacto conmigo mismo, esas mañanas, ni en el mundo ni en mi conciencia, floto en una especie de tierra de nadie, un limbo donde están ausentes las cosas y las ideas de las cosas y no me dejan otro legado, esas mañanas, que una duración sin contenido”.

 

Pues ese fue el Julio Ramón Ribeyro que yo entreví, completo y fiel a sí mismo, durante esas mañanas en Madrid. Estaba en lo suyo y yo, hoy lo entiendo, en lo mío.

 

FOTO: El escritor Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) /Crédito: El Comercio Lima /GDA

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