“La independencia enfrentó a americanos contra americanos”, Tomás Pérez Vejo

Sep 18 • Conexiones, Miradas, principales • 8786 Views • No hay comentarios en “La independencia enfrentó a americanos contra americanos”, Tomás Pérez Vejo

 

A punto de cumplirse el bicentenario de la fecha en que oficialmente se conmemora la consumación de la independencia de México, 27 de septiembre de 1821, el historiador Tomás Pérez Vejo hace en entrevista una crítica a la “bella historia piadosa” que ha asociado a los insurgentes con causas liberales y a los realistas con posiciones reaccionarias

 

POR GERARDO ANTONIO MARTÍNEZ 
Nada hay más incómodo para los propagandistas que las contradicciones y las paradojas humanas que el estudio del pasado impone al considerar las falibilidades y evoluciones de los personajes históricos, quienes continuamente son retratados como próceres de la patria o villanos de horca y cuchillo. El estudio de las guerras de independencia hispanoamericanas no es ajeno a esta tentación, que en el caso de México ha sido fomentada desde el siglo XIX con la visión liberal del pasado, una historia que deja de lado muchas de estas proyecto de nación y su respectivo tipo de gobierno.

 

Para el historiador español Tomás Pérez Vejo (Cantabria, 1954) estas construcciones de la nación y los nacionalismos han sido su materia de estudio a dos pistas desde la historia de México y España, un ejercicio hecho desde los constrastes, pero también desde las similitudes. Esto lo ha reflejado en libros como Nación, identidad nacional y otros mitos nacionalistas (Nobel, 1999), De novohispanos a mexicanos. Retratos e identidad colectiva en una sociedad en transición, con Yolanda Quezada (INAH, 2009) y España imaginada. Historia de la invención de una nación (Galaxia Gutenberg, 2015).

 

Hace dos años comenzó a circular la reedición de Elegía criolla (Crítica, 2019), un libro publicado originalmente en 2010 pero que hoy adquiere nueva vigencia por los 200 años de la consumación de la independencia de México, un evento que tradicionalmente se conmemora el 27 de septiembre. Para Pérez Vejo esta fecha es una más en el santoral patriótico mexicano y debe leerse como parte de un proceso histórico, al que define —por sus causas y características— como guerra civil más que como guerra de independencia: “La historia habría que entenderla no como una guerra de independencia corta (1810-1821), sino como una guerra civil larga que acabaría décadas después hasta la victoria de uno de los partidos en combate y la derrota de Maximiliano”, dice en entrevista.

 

La tesis principal del libro va en el sentido de que las independencias de los países hispanoamericanos son el resultado de guerras civiles casi simultáneas dentro de los territorios de la monarquía católica. ¿Cuál es la lógica política, social y económica que nos permite sostener esta visión?

 

La base de esta afirmación es empírica. Si uno analiza la composición de los ejércitos realista e insurgente lo que se encuentra es que no es como la historiografía ha contado, que los ejércitos realistas estaban formados por peninsulares y los ejércitos insurgentes estaban formados por criollos, que es la versión oficial de la historia. Cuando uno empieza a ver quiénes componían esos ejércitos descubre que su composición es muy homogénea en ambos casos y están formados tanto en los oficiales como en las tropas básicamente por americanos. Eso pasa en los distintos territorios, tanto en el virreinato del Río de la Plata como en la Nueva España. Por plantear el caso de México, si uno piensa en los generales del ejército realista encuentra a personajes como Iturbide, Santa Anna, José Joaquín Herrera, etcétera. Incluso hay un dato que cuento en el libro que es relevante. Si uno analiza a los primeros jefes de estado del primer México independiente, es decir, desde el momento en que se produce la declaración de independencia, lo que se encuentra que la mayoría —y cuando digo la mayoría me refiero a la inmensa mayoría, son la regla más que la excepción— tienen una característica en común: todos militaron del lado del ejército realista. Ahí están Bustamante, Herrera, etcétera. Se trata de un enfrentamiento de americanos contra americanos y eso en principio es una guerra civil.

 

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Desde la óptica de un político, un redactor de discursos públicos o el más experimentado propagandista existe una deontología que obliga a representar a los personajes históricos como individuos unidimensionales, sin titubeos y mucho menos contradicciones, siempre coherentes desde la cuna hasta su gloriosa muerte con una causa patriótica o popular. Sin embargo, estas ilusiones son poco resistentes al cotejo de fuentes, el piso parejo del contexto y la conceptualización crítica de los historiadores. Escribe el autor de Elegía criolla: “La historiografía liberal, de la que seguimos siendo en gran parte herederos, estableció una continuidad histórica entre los ilustrados del siglo XVIII, los insurgentes y el liberalismo de la primera mitad del siglo XIX. La senda del progreso que llevaría a la liberación de la humanidad arrancándola de las manos del atraso y de la reacción. Una bella historia piadosa”.

 

¿Cuáles eran las mentalidades y los proyectos que tenían estos personajes? Pienso en el contraste que hace en el libro entre Miguel Hidalgo y el intendente Juan Antonio de Riaño.

 

Uno de los puntos de partida del libro y una de las afirmaciones más tajantes que hago es que las independencias no fueron la causa de las guerras de independencia, sino que fueron su consecuencia. Quiero decir que el desmembramiento de lo que llamo monarquía católica —y no imperio español u otros términos similares— se produce por una causa exógena. Para la inmensa mayoría de la población el elemento clave del orden político era la fidelidad personal al rey católico, Fernando VII. Ese es el punto de partida que debemos considerar. A pesar de lo que la historiografía se ha empeñado en buscar en 1804, 1805 y 1808, las poblaciones de la América española mayoritariamente eran fieles al monarca. Era, por lo tanto, una sociedad tradicional. En ese contexto se produce un fenómeno que cambia radicalmente los parámetros en los que se mueve esta sociedad: la invasión de las tropas de Napoleón de la Península Ibérica, la ocupación de Madrid, las abdicaciones de Bayona y la prisión de Fernando VII en Francia. ¿Esto qué significa? Que en un sistema político basado en la legitimidad del rey, de pronto el rey no está. Por una serie de procesos que se van encadenando no sólo el rey no está, sino que Napoleón nombra rey a su hermano, José Bonaparte. Esto genera en un primer momento una situación de pasmo en el conjunto de la monarquía tanto en este lado del Atlántico como en el lado americano. ¿Qué pasa cuando el rey no está y no se acepta como rey al que ha impuesto una potencia extranjera? Una de las cuestiones básicas de todo orden dinástico es que la legitimidad del rey se transmitía de padres a hijos. Lo que se había producido era un fenómeno absolutamente anormal, extraño, ilegal, que era el paso de una dinastía a otra sin que hubiera una voluntad explícita de los súbditos. Lo que pasa en un primer momento, y me parece muy importante resaltarlo, es que no han cambiado las bases políticas de la monarquía y seguimos en una sociedad tradicional. Lo que se plantea es quién asume el poder en ausencia del monarca. Y esto lleva a la creación de juntas. La creación de las juntas en los distintos reinos que formaban la monarquía, como la que se intenta hacer en la Ciudad de México y otras ciudades capitales del reino era algo que la tradición jurídica castellana decía que en ausencia del rey la soberanía recaía en los pueblos que formaban la monarquía; no en el pueblo —que es lo que los liberales nos dijeron en el siglo XIX—, sino los pueblos entendidos como un pueblo con su ayuntamiento y las tierras que le pertenecían, o en el caso de Ciudad de México, cabeza del reino de la Nueva España. Pero en ese momento todavía seguimos en un sistema tradicional. Lo que pasa es que eso va a iniciar un proceso de aceleración histórica en el que las cosas van cambiando inmediatamente. En 1808 lo que están intentando hacer es solucionar la ausencia del rey.

 

Pero estamos a inicios del siglo XIX y ha habido un fenómeno que ha afectado a todo el mundo atlántico: la Revolución francesa, que ha cambiado radicalmente las claves del orden político porque el poder ya no se ejerce en nombre de Dios, ya no la ejerce el rey en nombre de Dios sino que lo ejerce en nombre de la nación. Y ahí entra otro de los factores claves en ese cambio de la mentalidad que es la ilusión de la nación. La ilusión de la nación lo hace de forma absolutamente brutal en la Constitución de Cádiz de 1812, que no es la primera constitución española sino la última de la monarquía católica. Los diputados se reúnen en Cádiz, una pequeña península aislada del resto del país que está ocupado por Napoleón porque tienen la protección de la flota británica. En esas cortes que se reúnen en Cádiz hay diputados provenientes de todos los territorios de la monarquía: hay novohispanos, peruanos, filipinos, castellanos, aragoneses, catalanes, etcétera. Esas cortes elaboran una constitución absolutamente revolucionaria porque comienza a decir que se hace en nombre de la nación española, no en nombre del rey. Esa es la calve de todo ese proceso. Después de un desencadenante externo que es la invasión napoleónica se produce un proceso de aceleración revolucionaria y para 1821 las élites de toda la monarquía consideran que el fundamento del ejercicio del poder no es la voluntad del rey sino la voluntad de la nación. Eso nos lleva a otro problema sin resolver, que es ¿cuántas naciones había en la monarquía? La Constitución de Cádiz va a decir que una, que se corresponde con las fronteras de la monarquía, que incluía todos sus territorios. Pero si vemos distintas constituciones, como la de Apatzingán, lo que dice es que en la nación —que aún no llaman México, sino América Septentrional o Anáhuac— entre 1808 y 1821 pasamos de un orden político tradicional basado en la figura del rey a un orden político basado en la figura de la nación.

 

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Uno de los procesos históricos de los que parte Elegía criolla para entender las guerras de independencia hispanoamericanas es la Constitución de Cádiz, considerada por otras líneas históricas como la primera consitución española pero que para Pérez Vejo se trata en realidad de la última constitución de la monarquía católica al ser un intento por mantener todo un sistema gubernamental y burocrático, pero además toda una concepción de la sociedad virreinal. Escribe en el capítulo dedicado a este laboratorio constitucional que habría de repercutir en el devenir de las futuras naciones hispanoamericanas: “Lo que se intentó en Cádiz fue el complicado experimento, sin parangón en todo el contexto occidental, de sustituir un sistema de legitimidad monárquico por uno de tipo nacional que incluyese también los territorios ultramarinos de la antigua monarquía”.

 

¿Cuáles eran los proyectos de nación que los diputados de Cádiz presentaron ahí y cómo fueron evolucionando?

 

Las posturas son muy variadas y van evolucionando con el tiempo. No recuerdo si es en este libro o en algún otro he afirmado que los diputados de Cádiz van como diputados de un orden tradicional. Cuando vuelven de Cádiz, como los novohispano Ramos Arizpe y varios más, han hecho lo que podríamos llamar un máster acelerado de teoría política y vuelven con una idea mucho más moderna de lo que debe ser el orden político. ¿Cuáles fueron las posturas? Hubo muchas y muy complejas. Había una primera. Una parte de los diputados, pienso en Antonio Pérez, Arzobispo de Puebla, son claramente lo que llamaríamos reaccionarios. Piensan que se debe mantener la monarquía tal como había existido. De hecho, serán algunos de estos diputados quienes a la vuelta de Fernando VII en 1815 firmarán el Manifiesto de los Persas, firmado tanto por diputados de lo que hoy llamamos España como por americanos. Lo que le dicen a Fernando VII es que esa constitución es un disparate, que se debe abolir y se debe perseguir a quienes la elaboraron. Y eso es lo que hace el rey. Esa es una postura. Después hay un grupo mayoritario en las cortes, aquí hay tanto americanos como europeos. Ellos quieren aprovechar la constitución para hacer una revolución, para establecer un régimen liberal que incluía aspectos como un gobierno legislativo formado por diputados elegidos, la libertad de prensa, la abolición de la inquisición, de los mayorazgos. Ahí más o menos están de acuerdo en que la constitución debe permitir a las estructuras políticas evolucionar hacia un sistema liberal. Sí hay un conflicto, que es uno de los aspectos más discutidos, que es lo que podríamos llamar entre centralistas y federalistas —aunque es un término que no se utiliza en los debates de la constitución. Ese va a ser el gran problema político del México del siglo XIX. Sí hay un debate de estas características y estarían frente a eso quienes podríamos llamar protofederalistas que plantean autonomía de los distintos territorios que configuran la monarquía. Ahí hay una cosa curiosa y que vale la pena discutir más. Aparentemente las posturas federalistas predominaron entre los diputados americanos, mientras da la impresión que entre los europeos predominaron las ideas centralistas. Eso tendría algún sentido porque en realidad la monarquía tenía dos patas. Pero hay que ser muy cuidadosos porque cuando el diputado tlaxcalteca Guridi y Alcocer habla de autonomía en realidad no la piensa con respecto a la corte de Madrid sino con respecto a la capital del virreinato novohispano; piensa en la autonomía de Tlaxcala frente a la Ciudad de México. Estas serían a grandes rasgos los grupos que discuten en Cádiz. Hay que tener en cuenta que lo de Cádiz es muy importante para la Nueva España pero es muy poco importante para Río de la Plata que apenas está involucrado en los procesos gaditanos.

 

¿Cuáles serían las características de estos personajes que nos pueden llevar a la afirmación de que “los ‘reaccionarios’ se muestran a veces más ‘modernos’ tanto en sus métodos como en sus objetivos” o como menciona páginas más adelante que “los cambios de bando de algunos de los participantes son notorios y hace pensar en la dificultad real de articulación de proyectos más que en decisiones fortuitas fruto de veleidades personales”?

 

Un aspecto tiene que ver con esa idea que construyó la historiografía del siglo XIX de que los líderes insurgentes, pienso en Morelos o Hidalgo, eran liberales frente a los líderes realistas que eran partidarios del antiguo régimen y de la reacción. Lo que nos muestra era una guerra de independencia en la que la abolición del antiguo régimen estaba del lado de los insurgentes y no de los realistas. A eso hace referencia la primera frase que citas. Eso es algo que cuestiono mucho. Si uno analiza el pensamiento de Hidalgo o Morelos la verdad es que es un pensamiento muy poco liberal, es un pensamiento que tiene mucho más que ver con una concepción del mundo del antiguo régimen que con el mundo liberal. Y cuando uno piensa en los realistas, que es una cosa extraña, entre 1812 y 1815 ellos son los defensores de la Constitución de Cádiz, una constitución liberal. Digamos simplemente porque en ese periodo lo que está vigente a la cabeza de la monarquía es esa constitución. Ahora esos mismos militares realistas, cuando vuelve Fernando VII y restablece el antiguo régimen y abole la Constitución de Cádiz, pasan a ser automáticamente defensores del antiguo régimen. No se debe confundir la toma de postura por la insurgencia o por el realismo por un elemento entre liberales o de reaccionarios. El asunto es mucho más complejo. La segunda parte de la pregunta ha generado historiográficamente muchos problemas. Hay muchos personajes que en un momento de su vida fueron partidarios del antiguo régimen, después pasaron a ser partidarios de la Constitución de Cádiz y después de la independencia. Hay decenas de personajes, el más conocido es Iturbide, quien pasa de ser uno de los jefes del ejército realista a ser el autor del Plan de Iguala que declara la Independencia. Por las fechas en las que estamos no debemos olvidar que realmente quien declara la independencia de México no es Hidalgo, es Iturbide. Frente a esto siempre ha habido una tendencia a decir que éste cambiaba de bando. Lo que mantengo en este libro es que el asunto es mucho más complicado. Hay un personaje poco conocido pero muy interesante, que es Manuel de la Bárcena y Arce, un canónigo de la catedral de Morelia, entonces Valladolid. Es un personaje relativamente importante ya que es uno de los firmantes del acta de independencia del Imperio Mexicano. Es un peninsular pero su firma figura en esta acta. Si vemos a este individuo a lo largo de su trayectoria encontramos que en 1805-1806 es un defensor acérrimo del régimen absolutista. No hay nada de independentista ni de liberal. En 1812 defiende públicamente la Constitución de Cádiz y la creación de una comunidad nacional a ambos lados del Atlántico regida por la Constitución de Cádiz. Y en 1821 no sólo es uno de los firmantes del acta de independencia del Imperio Mexicano sino que escribe uno de los libros más interesantes de los muchos que se publicaron en ese momento, que es Explicación al mundo de por qué de la independencia de México, una especie de panfleto para mostrar a las demás naciones del mundo por qué la independencia de México era justa, necesaria e imprescindible. ¿Qué pasó con este individuo? Hay una forma de simplificar que dice que los personajes “se arriman al sol que más calienta”, en función de quién estaba en el poder. No lo creo. Mantengo en el libro que simplemente son individuos sometidos a extensiones ideológicas gigantescas en un momento de aceleramiento brutal de la historia y van cambiando de posturas en función de cómo van cambiando los acontecimientos. No porque sean oportunistas. Estoy convencido de que en 1805 De la Bárcena se declara partidario y defensor de la monarquía absoluta porque lo cree absolutamente; cuando en 1812 se declara a favor de la Constitución de Cádiz piensa que es una buena salida para Nueva España y cuando en 1821 apoya el Plan de Iguala y la independencia de México también cree en eso.

 

¿Aquello que nos han enseñado como guerras de independencia podemos entenderlo como un lapso de un proceso más extenso que se extendió hasta mediados del siglo XIX?

 

La hipótesis que sostengo en Elegía criolla va en el sentido de que en 1821 la nación mexicana no consigue su independencia. En ese año una antigua división administrativa, que era la Nueva España, declara su soberanía política, pero no existe todavía nada parecido a lo que hoy conocemos como la nación mexicana. Ésta será fruto de un proceso de construcción que se dará a lo largo del siglo XIX, del siglo XX y siglo XXI. Las naciones se están construyendo continuamente. En ese esquema planteo que lo que ocurre a partir de 1810 es que se viene abajo toda una forma de organización del mundo que había funcionado durante tres siglos, uno más de lo que hoy es el actual Estado mexicano. Cuando un mundo como este se viene abajo el proceso de reordenación de una nueva sociedad es extremadamente complejo. La historia habría que entenderla no como una guerra de independencia corta (Grito de Dolores en 1810-Plan de Iguala en 1821), sino como una guerra civil larga que acabaría décadas después hasta la victoria de uno de los partidos en combate y la derrota de Maximiliano. En ese lapso entre 1810 y 1867 hay un enfrentamiento entre diferentes proyectos de estado: monarquía o república; república centralista o federal, pero también entre dos proyectos de nación. Hay dos formas de entender lo que México es. Eso es lo que me lleva a afirmar que estaríamos ante una guerra civil larga. ¿Qué ventajas tiene entender esto como una guerra civil larga? Nos explica el porqué de la inestabilidad del primer México independiente. Es inestable no porque los mexicanos seamos incapaces de ponernos de acuerdo o haya una especie de predisposición genética a la guerra civil. La Nueva España había sido uno de los territorios más pacíficos del mundo. Lo que pasa es que cambiar el orden político por uno nuevo origina una serie de desfases que es origen de esa guerra civil larga. Esta idea nos permite explicar muy bien no sólo lo que pasó entre 1810 y 1821, sino lo que pasó entre 1810 y 1867.

 

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La comprensión de la historia implica también la reformulación constante de la forma en que concebimos el pasado. Para Pérez Vejo —quien fue reconocido en 2018 con la condecoración del Águila Azteca en 2018 por su contribución en el estudio de la historia común entre México y España—, el periodo que abarca los siglos XVI a inicios del siglo XIX deben nombrarse con el calificativo de virreinal, pues el nombre de colonial corresponde a lógicas geopolíticas más acordes a la segunda mitad del siglo XIX. El punto recide en las características no sólo de la circulación de los recursos, sino en la naturaleza de la sociedad que se gestó a lo largo de los tres siglos en que los actuales países hispanoamericanos pertenecieron a la monarquía católica.

 

“Esta revolución —escribe con respecto a lo que significó la incursión de modelos de gobiernos liberales en la Constitución de Cádiz— no concluiría en la década de los veinte sino ya bien entrado el siglo XIX. No se desmantela un sistema social y político de un día para otro y por decreto, en especial si, como se afirma varias veces a lo largo de este libro, posiblemente no estemos tanto frente al fin de una forma de organización social y política como ante la desaparición de una forma de civilización.

 

¿Por qué es más acertado nombrar a este periodo como virreinal más que colonial?

 

Esa es una de las claves fundamentales de toda una concepción de la historia. Eso que hemos llamado imperio español y que llamo a lo largo del libro monarquía católica, y explico en el libro por qué lo llamo así, no tiene que ver con los imperios coloniales del siglo XIX (el inglés, el francés, el holandés). Tiene que ver con los imperios de antiguo régimen que no están basados en la existencia de una nación sino en los intereses de una dinastía o una familia real. ¿Por qué hago tanto hincapié en usar más el termino virreinal? Jurídicamente los territorios americanos de la monarquía nunca fueron colonias. Fueron territorios con los mismos derechos que el resto de los reinos de la corona de Castilla. Aparecen integrados dentro de la monarquía porque es una monarquía compuesta. El rey no era rey de España, era rey de cada uno de los reinos que constituían la monarquía (Castilla, León, Nueva España, Perú). Esa es una de las claves. No podemos hablar de los intereses de una nación colonial, en este caso Castilla (porque tampoco existía España) porque los intereses no son los de ninguna de las naciones que conforman la monarquía. Los intereses son los del monarca. En ese sentido, o consideramos que todos eran colonos del rey —los castellanos, los aragoneses, los novohispanos, los peruanos o los rioplatenses— o no lo era ninguno. En realidad, la concepción no era de colonias. El rey era propietario de sus reinos. Y lo era con el mismo título de los reinos de Castilla en la península Ibérica que del reino de la Nueva España en América. Por eso el rey intenta sacar el máximo de los recursos posibles tanto de Castilla como de Nueva España porque eso le permite tener su papel como gran potencia. La Nueva España es un tanto particular. A partir de mediados del siglo XVIII se convierte en el reino más rico de toda la monarquía. La capital económica de la monarquía católica no es Madrid, sino la Ciudad de México. Simplemente, como dato, la Ciudad de México tiene más de 100 mil habitantes y Madrid no llega a los 50 mil. Lo cual va a hacer que la segunda parte del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX la monarquía funcione con los recursos que obtiene de la Nueva España. No porque sea más colonia que Castilla, sino porque es más rica que Castilla. Para dejarlo más claro, a finales del siglo XVIII, la Nueva España es el centro económico del mundo. ¿Por qué? Porque aproximadamente el 80 por ciento de la plata que se produce en el mundo tiene origen en la Nueva España. Ésta no se produce para hacer candelabros o marcos de pinturas. Se produce para amonedarla. La moneda acuñada en la Nueva España se convierte en la monera de uso mundial. Durante el siglo XVIII el emperador chino permite que los impuestos se paguen con moneda española; cuando digo monedas españolas me refiero a monedas fabricadas en la Nueva España. Esto nos da idea de que la plata novohispana no sólo venía a Europa para pagar los ejércitos del rey, sino que era usada como moneda de uso legal en China, en el norte de África y en toda Europa. Era un poco equivalente a lo que hoy tenemos en el dólar.

 

FOTO: Óleo anónimo que retrata la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821 /Crédito: Museo de Chapultepec

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