Recuerdo de Jaime Humberto Hermosillo

Ene 18 • destacamos, principales, Reflexiones • 3108 Views • No hay comentarios en Recuerdo de Jaime Humberto Hermosillo

 

POR ROBERTO FIESCO
Doña Herlinda y su hijo fue la primera película de Jaime Humberto Hermosillo que vi y fue definitiva.

 

Se trataba de una de mis primeras escapadas preparatorianas a la Cineteca Nacional, ya entrados los años 80. La relación amorosa entre Rodolfo y Ramón descrita en la cinta –consentida por la doña Herlinda del título–, me causó una conmoción emocional difícil de describir: una mezcla de rechazo y fascinación ante el desenfadado retrato de una sexualidad disidente que parecía inclasificable para mi pobre formación de cinéfilo adolescente, que daría vueltas en mi cabeza durante años. El programa doble de esa tarde lo completaba otra cinta del mismo director, Clandestino destino, desde entonces en mi Top 5 de las peores películas mexicanas ever.

 

Sin embargo, en ese mismo año de cinefilia voraz me encontré, en el difunto cine Alex Phillips de San Ángel, con La pasión según Berenice (1975) y Naufragio (1977), dos obras mayores, dos retratos femeninos contundentes sobre el deseo y la frustración del amor, que también me marcaron para siempre. La primera, filmada en su Aguascalientes natal, denunciaba, a través del comportamiento de su protagonista, los vicios de la hipocresía provinciana; mientras que, en la segunda, la acción se concentraba en la unidad habitacional Tlatelolco, donde dos empleadas gubernamentales esperaban la llegada del mitificado hijo de una. Ambas coinciden en poseer dos de los finales más sorprendentes del cine mexicano: Berenice prendiendo fuego a su madrina, quemando con ella toda su insatisfactoria vida anterior; y, en Naufragio, el departamento inundado por una gran ola que arrasa con todo y se lleva al mar las pertenencias de las dos mujeres. Finales extraordinarios, que rompen con el tono cotidiano del realismo clasemediero que será, para siempre, una de las claves del cine de Hermosillo. Otra, seguramente sería la selección de sus repartos, sobre todo femeninos, y particularmente en el periodo que él nombraba: “Mi década prodigiosa: 71-80” (frase con la que cerraba sus correos electrónicos en los últimos años), el cual incluye una decena de cintas, que van de La verdadera vocación de Magdalena (1971) a María de mi corazón (1979), donde actrices como Angélica María, Diana Bracho, Martha Navarro, Isela Vega, Julissa, Alma Muriel, Ana Ofelia Murguía y –por supuesto– María Rojo, lograron algunos de sus personajes más sobresalientes acompañados de soberbias actuaciones en las manos de un cineasta que se aventuró a decir a la revista Cine, en 1979: “No soy un buen director de actores. Soy un buen director de buenos actores.”

 

Recuerdo cada uno de mis encuentros con él, desde aquél primero en el que compartimos una proyección de la extraordinaria La règle du jeu (1939), de Jean Renoir; en la llorada –y semivacía– sala Fósforo, a donde normalmente me iba de pinta. Ya había visto la mayoría de sus películas y había leído sobre él, así que fue fácil reconocerlo como ese cineasta-cinéfilo que se había formado con el mejor cine clásico gringo, el de de Hawks, Walsh, Hitchcock, Minnelli o Ford, a quienes citaba continuamente como sus influencias y puntos de partida. Existe incluso la leyenda de que en su expediente del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (donde estudió en los años 60), él sustituyó su fotografía por un retrato de Fritz Lang, otro director al que veneraba.
Cuando terminó la película y salimos de la sala no me atreví a dirigirle la palabra, pero, por un instante, ambos nos sostuvimos la mirada, tal vez cómplice después de haber disfrutado juntos una obra maestra, acaso llena de otros códigos, como esos “ojos que da pánico soñar”.

 

Nuestro segundo encuentro –muy raro– se dio en un taxi por la colonia Del Valle, donde él vivía. Llevaba mucho tiempo perdido dando vueltas, cuando lo vi en la calle y a boca de jarro le pregunté: “¡Maestro Jaime Humberto!, ¿sabe dónde está el Sindicato de Técnicos y Manuales?”, lo cual creo que lo desconcertó mucho, no sólo por mi familiaridad sino porque tampoco conocía la respuesta. Hacía mucho tiempo que él se había alejado de los esquemas tradicionales de la producción gubernamental para emprender un camino absolutamente independiente con producciones de bajo costo, primero en 16 mm y luego digitales, financiadas a veces por Universidades, y otras por la buena voluntad de un grupo de fieles creativos y actores, que lo siguieron hasta las últimas consecuencias.

 

Por esa época –principios de este siglo– él ya había regresado de Guadalajara, donde fue el creador de la Muestra de Cine Mexicano, que hoy es un festival de cine con visos internacionales que está por cumplir 35 años y que continúa siendo el más importante a nivel nacional. Había impulsado también el nacimiento del Centro de Investigación y Estudios Cinematográficos de la UdeG, donde un jovencísimo Guillermo del Toro haría sus primeras armas como profesor de realización, amén de productor de aquella Doña Herlinda… filmada en tierras tapatías, con un grupo de trabajo, comandado por Hermosillo, que detonó uno de los polos audiovisuales más importantes de nuestro país y un camino menos pedregoso para decenas de futuros cineastas.

 

Cuando Julián Hernández y este servidor comenzamos a hacer cine, Jaime tuvo la gentileza de ver nuestros trabajos. Estoy seguro que se veía reflejado en ese par de chavitos que intentaban filmar historias donde el centro era la homosexualidad de una juventud a la que pertenecíamos, y que poseía más buenas intenciones que resultados categóricos. Recuerdo una proyección en Cineteca –otra vez– de Hubo un tiempo en que los sueños dieron paso a largas noches de insomnio, la tesis que Julián hizo en el CUEC. Nosotros estábamos muy avergonzados porque el terminado de la película era muy deficiente: un sonido a dos pistas, un blanco y negro hecho con material chino que había sufrido las inclemencias del laboratorio donde se reveló, etcétera. Así que ver a Jaime sentado en la sala al final de la proyección nos hizo deshacernos en disculpas y promesas de que algún día la mejoraríamos, hasta que él pidió el micrófono para decir que las películas eran lo que eran, que correspondían a un tiempo determinado de nuestras vidas y que había que dejarlas así, como nuestras virtudes y limitantes las habían concebido, para pasar de inmediato a hacer otra película.

 

Sus palabras fueron un gran aliciente y eso nos acercó mucho, nos invitó a la función de María de mi corazón, cuando apareció la copia en 16 mm, y a una lectura dramatizada en el Círculo Teatral de un guion suyo llamado Fetiche, adaptación de una novela de Eduardo Montagner. Pronto me propuso que intentáramos levantar ese proyecto y preparamos, con mucha ilusión, una carpeta para presentarla ante el IMCINE. Nos vimos mucho en aquellos días en su departamento de Tlacoquemécatl, donde no paraba de hacerle preguntas. Lo recuerdo cálido, aunque con reservas (a lo mejor porque me veía como productor y estos normalmente le habían jugado chueco), elogioso con el trabajo de Julián a quien invariablemente mandaba saludos y regalos, y siempre lleno de proyectos y películas, que milagrosamente sacaba adelante.

 

Cuando finalmente metimos la carpeta a un fondo público rechazaron el proyecto aduciendo que era –palabras más, palabras menos– “la misma historia gay que Jaime Humberto ya había contado muchas veces”. Nunca me atreví a contárselo porque me dio mucha rabia y él no se merecía ese menosprecio. Desde su última película industrial, Escrito en el cuerpo de la noche (2000), por más intentos que hizo, el Estado jamás volvió a apoyar su deseo de filmar en 35 mm con un presupuesto respetable; y me consta más de un airado reclamo suyo a las autoridades cinematográficas de los últimos sexenios. En 2013, cuando recibió la medalla Salvador Toscano como reconocimiento a su trayectoria, durante la ceremonia de entrega de los Arieles, se acercó al entonces director de IMCINE –que estaba en el escenario– para darle la medalla que acababa de recibir y para decirle que se la dejaba en prenda hasta que lo apoyaran para hacer otra película. Nunca le cumplieron.

 

Muchas cosas me unirán siempre a él: su abordaje franco sobre la diversidad sexual (él es el padre de todo el cine “de temática” que se hace en este país y en otros) y su disección de los comportamientos de la clase media; sus aventuras en torno al plano secuencia, es decir, a una toma sin cortes donde se concentra una unidad espacio-temporal, y que llevó a sus máximas consecuencias en La tarea (1991), seguro su película más conocida; la construcción de esquemas de producción tan heroicos como funcionales y, sobre todo, el ejemplo aún mayor de honestidad de un cineasta que nunca transigió en sus temas y personajes y que, en cambio, transgredió el anquilosado y pacato medio fílmico nacional, que hoy lamenta el menosprecio a una obra que habrá que revisitar y conocer.

 

FOTO: Jaime Humberto Hermosillo filmó durante los años 70 sus mejores películas temáticas./ Fotografías cortesía del archivo Mil Nubes

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