Josephine Decker y la domesticidad femiterrorífica

Oct 23 • Miradas, Pantallas • 4542 Views • No hay comentarios en Josephine Decker y la domesticidad femiterrorífica

 

Este drama semibiográfico está basado en la obra de la escritora de horror Shirley Jackson, quien también será la protagonista orillada a buscar una siniestra inspiración mientras escribe El ahorcado

 

POR JORGE AYALA BLANCO
En Shirley (EU, 2020), detonante opus 5 de la también actriz en cintas de vanguardia, performancera y documentalista estadounidense de 39 años Josephine Decker (tras largas incursiones experimentales que ya habían culminado en las delicias satírico-sensoriales de Mosaic 17 y Madeline’s Madeline 18), con acre guion de Sarah Gubbins basado en la ejecutoria biográfica que elaboró Susan Scarf Merrell sobre la célebre aunque enigmática narradora de horror Shirley Jackson (1919-1965), la cándida típica pareja intelectual joven de los 50s integrada por el aspirante profesor de literatura Fred Namser (Logan Lerman insóplido) y su esposita embarazada Rose (Odessa Young omnipresente), feliz y leyendo el impresionante relato clásico del linchamiento horrorífico “La lotería” de Shirley Jackson, llega por tren a un campus universitario californiano, exacto para residir en casa de esa admiradísima escritora mencionada, esquiva y de hiel apabullante que vive prácticamente confinada en sus aposentos y sus jardines (Elisabeth Moss inasequiblemente ominosa), al lado de su barbón marido académico mujeriego asimismo implacable lector-editor primigenio de su esposa Stanley Hyman (Michael Stuhlbarg desatado), y en consecuencia, mientras el mediocre docente arribista Fred sirve como humillable adjunto a los sádicos pavoneos del profesor titular-show por excelencia de la Universidad, la indefensa chava reverente Rose va a servir como entrometida cocinera gastronómica y compañía indeseable de la desalmada y manipuladora Shirley (“¿No te habían dicho que soy una bruja?”), feminista primitiva a su visceral manera (“Roguemos porque tu bebé sea niño, el mundo es demasiado cruel para las niñas”) y atorada en la desesperante redacción de su novela El ahorcado, así nombrada en honor a la carta fatídica del tarot y girando en torno de una estudiante de nombre Paula que desaparece, pierde la razón y subsiste orillada al suicidio, cuyo modelo viviente deberá ser representado en la vida real por la infeliz Rose, de manera involuntaria y forzada, sumida en el semiabandono que de inmediato padece de parte de su maridito infiel por imitación, y puesta a merced del juego maldito al que la somete su anfitriona Shirley, despectiva pero deseosa de contar con una fuente de inspiración tangible, hasta sobrevenir el pese a todo triunfal nacimiento del bebé, una pasajera crisis identitaria imposible de evitar por todos y un sorpresivo intercambio de roles sadomasoquistas entre las mujeres, rumbo a la contenciosa partida de la pareja visitante, una vez cumplida su función catalizadora y ya vuelta desechable en sí y para la escena dramática de una crispada aunque memorable domesticidad femiterrorífica.

 

 

La domesticidad femiterrorífica se sumerge de inmediato en el “ghetto interno” (según la feliz expresión del autobiografista francoargentino Santiago Amigorena) que va descubriendo y de pronto envuelve a la avasallada heroína colateral y multisupeditada, pero guía de la ficción, si bien jamás su eje, esa ingenua Rose lamentable y embarazada que se deja fascinar y seducir por sus anfitriones, a fortiori y dadas las circunstancias, aunque también por impulso y voluntad propios, esa parejita diabólica en el sentido más hondo del término que paradójicamente figura siempre en segundo término, para mejor manifestarse como peces en el agua en el mundo del oropel verbal y la acidez paranoica de la vida académica universitaria, donde la fiesta siempre está fuera del alcance de las féminas, engañadas con una inexistente Sociedad Shakespeariana (vil pretexto para irse de ligue con estudiantes) y hasta en el mismísimo festejo anual del Decano (Paul O’Brien), al que asiste la agridulce Shirley disfrazada de dama endomingada por su huésped Rose, sólo para permanecer aplastada en solitario dentro del salón vacío y mejor enfrentarse con la amargosa anfitriona de la reunión Caroline (Orlagh Cassidy), dentro de un universo hecho de sigilo voyerista y ególatras agresiones gratuitas.

 

La domesticidad femiterrorífica está centrada a principio y a fin de cuentas en uno de los temas principales de la literatura de la auténtica Shirley Jackson (quien parece no haber sido en la realidad más que una neurótica ama de casa con tres hijos aquí escamoteados): la urgente necesidad profunda de chivos expiatorios en la sociedad contemporánea, igual que en los tiempos más remotos de la civilización estadounidense, para dar como resultado de un viaje mental en el encierro autopunitivo (con maniática excluyente fotografía de Sturia Brandth Grovlen y música delicuescente de Tamar-Kali Brown), rumbo a un sálvese quien pueda en el vértigo del suicidio en el abismo rocoso.

 

La domesticidad femiterrorífica se funda, como narrativa original y exasperada, sobre la relación de las dos mujeres opuestas y recíprocamente parasitándose, vampirizándose, exprimiéndose en una relación mutable, compleja, contradictoria, tan entredevoradora cuan interdestructiva, para satisfacer la insaciable voracidad de esa ficción femenina cuyos resortes reflexivos y antidramáticos, con sublimado humor negro, aparecen estrechamente entretejidos entre el onirismo, la ficción dentro de la ficción y el melodrama sobre la soledad compartida, al interior de una trama apenas potencial que pareciera nunca acabar de comenzar ni luego nunca acabar de acabar, malvada y autofágica, aunque desembocando en una especie de evacuación de cualquier vínculo realmente afectivo y del nexo mismo, cada quien por su lado, como si nada hubiese pasado, salvo la sobrevivencia a un parto doble, el del bebé transfigurador y el de un nuevo libro de horror psicológico-cotidiano.

 

Y la domesticidad femiterrorífica termina afirmándose como una semibiografía misteriosamente improbable, como pretexto de un juego de espejos femeninos más genealógicamente literario que metaficcional, literario o fílmico, satisfecho de elevarse a encomio del canibalismo intelectual y espiritual.

 

FOTO: Elizabeth Moss y Odessa Young protagonizan la película Shirley/ Crédito: Especial

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