La afinidad transoñadora

Jul 17 • Miradas, Pantallas • 5102 Views • No hay comentarios en La afinidad transoñadora

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Este documental explora la construcción de la identidad de Ñoño, un joven de Roblito, Nayarit, que, en secreto, disfruta de su alter ego femenino

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POR JORGE AYALA BLANCO
En Cosas que no hacemos (México, 2020), euforizante segundo largometraje documental como hombre orquesta al mismo tiempo realizador-guionista-diseñador de producción-fotógrafo-editor del comunicólogo capitalino cinefotográficamente formado en el CCC y docente de fotoperiodismo en la Facultad de Estudios Superiores Aragón/UNAM de 34 años Bruno Santamaría Razo (primer notable documental largo: Margarita 16; fotografía de numerosos documentales cortos, medios y largos previos, entre ellos: La casa de Los Lúpulos de Paula Hopf 16 y Artemio de Sandra Luz López Barroso 17), mejor documental internacional en Chicago 20 y Lima 20, el renegrido y lindo chavo con finísimas facciones de 16 años Arturo Ñoño de Dios Cisneros se comporta, disfruta y sueña como un niño más al lado de sus hermanos pequeños Alberto y Perla en la diminuta isla miserable entre Nayarit y Sinaloa en donde vive atrapado bajo la mirada del encachuchado con bigotes de erizo Guadalupe de Dios González y la redonda mujerona afectuosa Estrella Cisneros Pardo, los rústicos padres que cumplen resignadamente con sus roles ancestrales de provisión y cuidado, y como cualquiera de los chavitos de 6 a 10 años participa jubiloso en el reparto de dulces y diminutas chucherías que arroja desde los aires un Santa Claus con trineo en gigantesco paracaídas adornado con los colores del arcoíris (“¡Déjaselo!”/ “Van a aventar más”), y luego participa con gran entusiasmo en la exhibición de los juguetes y bicicletas que le amanecieron a la chiquillería (“Es pura mentira”/ “Es mi papá, yo le ayudé”), en el gimnástico desfile de contoneante risa loca y en las prácticas de baile al aire libre, en la decoración de un pastel de cumpleaños, en la toma de medidas con cinta métrica a los chicuelos, en la consecuente ornamentación con escarcha artificial de los humildes disfraces festivos infantiles, en el inflado de globos que excitan a ser reventados de inmediato y en el colgado de los sobrevivientes de éstos en un mecate junto con papel picado entre las canastas de una cancha de basquetbol, pero a punto de caer el crepúsculo Antonio aborda un camioncito para dirigirse a cierta distante ribera idílica del mar en sombras, se instala en los arrecifes bajo el revoloteo de las gaviotas oscurecidas, le saca filo con sacapuntas a un lápiz delineador, se adelgaza las cejas con maquillaje y se las retoca ante el espejito de un mínimo estuche de cosméticos, se acicala los cabellos rizados y gozosamente se enfunda en un ajustado vestido floreado para contonearse a sus anchas en secreto y en despoblado, y luego el muchacho retorna a la alborozada y múltiple vida cotidiana en apuros, a un encadenamiento de salidas grupales con la chiquillería para echarse clavados desde considerable altura rosa (“A ver, échate a la una, a las dos y a las tres”) y de graduaciones infantiles que en rigor ya no le corresponden, pero con lo que Toño llena sus días, sólo confiando en el filmador para develar ante la cámara de pronto fija el secreto a voces de su indecisión fundamental, hasta que, entre el juego perpetuo y la represión del deseo, un buen día Antonio vencerá sus resistencias y, con colosal temeridad, va a decidirse delante de la cámara a pedirle permiso a sus progenitores para vestirse de mujer y a obtenerlo por sorpresa, gracias a las bondades generadas por una satisfecha afinidad transoñadora.

 

La afinidad transoñadora pasa sin transición y sin cesar de una euforia a otra: la euforia insólita (y motivadora del film mismo según su realizador) de un Santa Claus sobrevolando con subjetiva cámara Go Pro para coincidir con la euforia enardecida de los niños arrebatándose a gritos los regalos en trance de caer de la piñata del cielo, la euforia del baile colectivo de los chavos muy bien formaditos en pasarela imaginaria, la euforia en efecto onírica del travestido Toño en la total quietud solitaria para contonearse a sus anchas en secreto y en despoblado ya convertido en una ilusoria Dayanara sensual sólo existente en su fantasía desbordada, la euforia de los festejos y celebraciones y banquetes que nunca superan lo doméstico, la euforia de la graduación en la escuela (“Reinas ya”), la euforia de un brincoteo ritual con antorchas, la euforia desafiantemente simple de una cámara en mano siempre rebasada o en ráfagas desatadas y tan omnipresente como la que rendía cuentas de la cómplice relación amistosa del realizador Santamaría Razo con la indigente a regañadientes tolerante en su epónimo documental Margarita, la euforia equivalente a una cohetería y a una pirotecnia primaria, euforias que en el fondo no son sino las fantasmagorías de una prolongada infancia hipersensible y una honda liberación ansiada.

 

La afinidad transoñadora marca los elementos oprimentes del contexto social innegablemente atrasado e irremediablemente violento, sin forzarlo hacia demagogia ni a denuncia directa alguna, con diáfana claridad y evitando cerrar los ojos (fotografía del propio realizador) y oídos (sonido directo de Andrea Rabasa y Zita Erffa) ante la realidad ambiental, a cuentagotas, para elevarse a docuficción entrañable al hallar su eje y girar en torno a la fabulosa, crucial y a su modo estoicamente heroica secuencia de la salida del clóset, como desembocadura y duración pura del duro deseo de durar, en planos parcializados y sólo juntos por un arte del montaje que se limpia las manos tanto como los personajes en crisis, allí donde triunfa con voz compungida la sentencia urgida, allí donde dicha y tolerancia se consuman como actos límite.

 

Y la afinidad transoñadora culmina con el suave esmero de Antonio con playerita azul rey colgando codiciables vestidos de mujer hacia la vista de la calle y al terminar el día recoger con musiquita de piano los vistosos atuendos, para depositarlos cuidadosamente en el interior colmado y bajar la contundente cortina metálica del establecimiento, hasta la oscuridad púdica, fecunda y total.

 

FOTO: Fotograma de Cosas que no hacemos/ Crédito: Especial

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