La conquista de Michoacán

Jul 31 • destacamos, principales, Reflexiones • 5210 Views • No hay comentarios en La conquista de Michoacán

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La Relación de Michoacán está basada en la narración de don Pedro Cuínierangari, quien se hizo pasar como representante del Cazonci Tangáxoan, y que tenía la firme intención de quedar bien con los españoles y de legitimar su participación durante la conquista

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POR RODRIGO MARTÍNEZ BARACS 

A la memoria de J. Benedict Warren

 

La conquista de Michoacán tiene interés en el marco del conjunto de la conquista de México. Mechuacan, “Lugar de pescadores”, es el nombre en lengua náhuatl del reino ubicado al oeste del reino de México, el imperio de la Triple Alianza, que nunca logró derrotar a sus rivales michoacanos. Así se entiende que los michoacanos decidieran no auxiliar a los mexicas contra los españoles y que la conquista de Michoacán haya sido relativamente pacífica, pues no hubo grandes batallas o castigos. Pero la imposición del dominio español no dejó de ser violento y de graves consecuencias.

 

Conocemos algo de este proceso gracias a que Michoacán está agraciado por fuentes diversas, si bien insuficientes y no exentas de problemas. Episodios referentes a Michoacán aparecen en las Cartas de relación de Hernán Cortés, en la Historia de la conquista de México de Francisco López de Gómara, en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo y en la Crónica de la Nueva España de Francisco Cervantes de Salazar, que incorpora episodios de la perdida relación de Francisco de Montaño sobre Michoacán, y el historiador J. Benedict Warren (1930-2021) agregó una gran cantidad de fuentes documentales españolas (pleitos judiciales, juicios de residencia, informaciones de méritos y servicios, descripciones) que completaron el panorama.

 

Pero, además de estas versiones españolas, tenemos una versión indígena particularmente valiosa, que son los últimos 11 capítulos de la Relación de Michoacán, escrita en 1541 por un franciscano anónimo (gracias a Warren sabemos que fue fray Jerónimo de Alcalá), a petición del virrey don Antonio de Mendoza, sobre la base de lo que le contó el gobernador indio de la ciudad y provincia de Mechuacan, don Pedro Cuínierangari (“Semblante de puerco”). Podría considerarse que la Relación de Michoacán, escrita en un español michoacanizado y con pinturas realizadas por varios caráriecha (pintores) michoacanos, da una suerte de “visión de los vencidos” michoacana (para recordar el libro fundacional de don Miguel León-Portilla), si no fuera porque este don Pedro no era precisamente un vencido, más bien fue un “ganón”, pues aprovechó los trastornos que trajo la conquista para representar al rey de Michoacán, al Cazonci Tangáxoan, frente a los españoles, siempre complaciente, y quedarse como gobernador tras su ejecución en 1530 por orden de Nuño de Guzmán, el codicioso presidente de la Primera Audiencia de México (1528-1530), de paso por Michoacán de camino a la conquista de los “teules chichimecas” del noroeste. La versión que nos dio don Pedro de la conquista no es simple o neutra, no es la de “los indios”, sino una versión particular que responde a la necesidad de quedar bien con los españoles (como en la mayor parte de las versiones indígenas de la Conquista) y de legitimar la participación de don Pedro en la Conquista hasta la muerte del Cazonci, en 1530, donde llega la narración.

 

Se debe leer la Relación de Michoacán con prudencia y sagacidad tomando en cuenta el entramado de voces que conjuga, y que aparecen en la pintura de la portada, en la que fray Jerónimo le entrega el libro al virrey Mendoza y tras el fraile aparecen sus informantes: don Pedro Cuínierangari y los sacerdotes (los petámutiecha), que le contaron sobre sus fiestas y dioses y sobre la versión de su historia que los sacerdotes le narraban al pueblo en sus fiestas, sobre la llegada a Michoacán de los chichimecas uacúsecha (águilas), cazadores recolectores, que se maravillaron cuando descubrieron que hablaban la misma lengua que los pescadores y agricultores michoacanos (la lengua de Mechuacan, tarasco o purépecha), y desde su capital en Pátzcuaro y encabezados por su rey Taríacuri y su dios Curícaueri, llevaron a cabo la “conquista divina” de Michoacán, conquista religiosa y lingüística del territorio plurilingüe michoacano, que continuaba cuando llegaron los españoles y realizaron una segunda conquista de la tierra.

 

Al igual que las fuentes indígenas sobre la conquista de los mexicas, pero muy anterior a ellas, la Relación de Michoacán trata y representa en pintura los augurios y sueños que anunciaron la llegada de los españoles: temblores, cometas, portentos y sueños de concilios de los dioses. La temprana versión michoacana de los augurios parece confirmar que el encuentro de Cristóbal Colón con una gran canoa mercante mesoamericana en el Golfo de Honduras en 1502 provocó que la noticia de la proximidad de “dioses” en enormes embarcaciones se transmitiera por las rutas comerciales mesoamericanas y llegaran a las ciudades de Mexico y de Tzintzuntzan, pues entre otras mercancías que Colón y los suyos les robaron a los mercaderes mesoamericanos estaban piezas de cobre, que bien podían provenir de Michoacán, tierra que se distinguía del resto de Mesoamérica por la producción de cobre. De modo que tanto el reino del Cazonci Zuangua como el del Hueytlatoani Moctezuma (entronizado precisamente en 1502, muertos ambos en 1520) estuvieron marcados por el conocimiento de que llegarían seres extraños a dominar la tierra. Los augurios y sueños fueron maneras en que se transmitió e interrogó el gran cambio que se avecinaba.

 

El gran cambio llegó a Michoacán antes que los mismos españoles. La Relación de Michoacán registra y pinta que Moctezuma, o más bien Cuitláhuac primero y Cuauhtémoc después, le mandaron al Cazonci Zuangua emisarios para pedirle ayuda contra los españoles, pese a la larga enemistad que mexicas y michoacanos compartían. Los michoacanos rechazaron la alianza, pero los emisarios, sin darse cuenta, llevaron a Michoacán la epidemia de viruela que había traído a México se dice que un africano esclavizado de la armada de Pánfilo de Narváez llegada en mayo de 1520. Murieron muchos en el centro de México, incluyendo el Hueytlatoani Cuitláhuac, sucedido por Cuauhtémoc tras una sangrienta lucha familiar palaciega. De igual manera, en Michoacán la viruela mató a mucha gente, purépecha (comunes, macehuales) y acháecha (nobles), y particularmente al Cazonci Zuangua, lo cual desencadenó una lucha familiar igualmente sangrienta. Don Pedro Cuínierangari le dio a fray Jerónimo de Alcalá una versión enredada y confusa, en la que el nuevo Cazonci Tangáxoan Tzintzicha mató a sus hermanos y otros nobles más, que se “echaban con sus mujeres”. Recién entronizado Tangáxoan, llegaron nuevos embajadores mexicas para hablar con el Cazonci Zuangua, por lo que fueron sacrificados para que pudiesen llevarle su mensaje al mundo de los muertos. El caso michoacano es paradigmático porque los mexicas enviaron mensajeros semejantes a muchos otros señoríos, extendiendo la epidemia a toda Mesoamérica. Así comenzó la fase continental de la catástrofe demográfica americana de los siglos XVI-XVIII, la más grave de la historia de la humanidad.

 

La Relación de Michoacán se refiere a los primeros españoles que llegaron a Michoacán, y de los puercos y del perro que les regalaron a los michoacanos, que los sacrificaron. Invitaron a gente del Cazonci Tangáxoan a ver la Ciudad de México ya destruida. Finalmente, en 1522, Cortés envió al capitán Cristóbal de Olid con una compañía de españoles y miles de guerreros mexicas y tlaxcaltecas a la ciudad de Tzintzuntzan. La Relación de Michoacán dio una versión pacífica de la toma de la ciudad de Tzintzuntzan por Olid, aunque deja entender que el Cazonci planeó un enfrentamiento, que don Pedro Cuínierangari habría desactivado. Según esta narración, el Cazonci, asustado, se refugió en el pueblo de Uruapan y dejó la tarea de representarlo ante Olid a don Pedro, que finalmente negoció un encuentro, y el viaje del Cazonci a la Ciudad de Mexico para entrevistarse con Cortés. Para justificar su papel como representante del Cazonci Tangáxoan, don Pedro se presentó a sí mismo como el “hermano adoptivo” del Cazonci, gracias a que se había casado con una de sus hijas, pese a que no era de linaje chichimeca uacúsecha. Pero esta versión del Cazonci temeroso fue contradicha por su segundo hijo, don Antonio Huítzimengari, quien hizo en 1553 una Información de méritos y servicios que asienta que el Cazonci acudió directamente a dialogar con Olid.

 

El encuentro del Cazonci con Cortés en 1522 en la Ciudad de México selló una amistad y alianza entre ambos. El Cazonci permanecería en su alto cargo de la provincia de Mechuacan, al igual que los señores en sus pueblos, pero a partir de entonces le pagarían un tributo al rey de España, que habrían de entregar a los españoles que Cortés designara como sus “encomenderos”. El tributo incluía productos, oro, trabajo y hasta esclavos indios. A los indios que se negaran, los españoles les harían “justa guerra” para esclavizarlos y mandarlos a las minas de oro.

 

Mientras que el reparto en encomiendas de los pueblos del centro de México se hizo de manera rápida y atropellada en 1522 y 1523, dando lugar a malas apreciaciones, el reparto de los pueblos michoacanos se hizo después de la visita de Antonio de Carvajal, de 1523-1524, que hizo una descripción de los pueblos, sus familias, tierras y aguas. Cortés se adjudicó a sí mismo las mejores encomiendas, particularmente la capital, la ciudad de Tzintzuntzan (Huitzitzillan o Uchichila) y varios pueblos mineros.

 

La situación se agravó cuando Cortés salió de la Ciudad de México a fines de 1524 a su catastrófica expedición a Honduras y lo atacaron sus enemigos. Le quitaron sus encomiendas, entre ellas las michoacanas; las recuperó brevemente en 1526, de regreso de Honduras, pero las perdió nuevamente en 1528-1530 con el gobierno abusivo de la Primera Audiencia. En estos vaivenes, las encomiendas michoacanas cambiaban de manos y aumentaron las exacciones arbitrarias, extemporáneas y abusivas. El Cazonci, ya bautizado como don Francisco Tangáxoan, fue varias veces encarcelado y molestado, para que entregara más oro a los ávidos españoles. Mientras tanto, don Pedro Cuínierangari lo reemplazaba.

 

Cuando el presidente Nuño de Guzmán supo en 1529 que sus desmanes habían llegado a oídos del Consejo de Indias y que sería destituido de la Audiencia, organizó una armada de conquista de los “teules chichimecas” del noroeste, pasando por Michoacán, para pedir hombres, armas y bastimentos. El presidente Guzmán era justicia mayor de la Nueva España, y ante él un encomendero acusó al Cazonci de organizar una emboscada contra los españoles, de esconder pueblos para que no pagaran tributo a los encomenderos, de sacrificar españoles y bailar con sus pieles puestas. Durante el juicio, el Cazonci, don Pedro y otros nobles michoacanos fueron sometidos a tormento por estos cargos y para que entregaran todo el oro. El Cazonci fue hallado culpable y ejecutado el 14 de febrero de 1530: fue envuelto en un petate y arrastrado por un caballo, fue ahorcado y luego quemado. Su gente recogió sus cenizas y el terror se extendió en Michoacán. Muchos huyeron al norte y se integraron a los grupos chichimecas que estallarían en 1541 en la Guerra del Mixtón.

 

Don Pedro y otros nobles atormentados fueron llevados en hamacas a la expedición, porque no podían caminar, pero don Pedro fue puesto en el cargo de gobernador de Michoacán, que tendría hasta su muerte en 1543. J. Benedict Warren llevó hasta 1530 su narración de La conquista de Michoacán (1977), pero no puede decirse que ésta haya concluido con la muerte del Cazonci, pues la provincia quedó convulsionada.

 

Entre 1531 y 1535 gobernó la Segunda Audiencia de México, que trató de remediar los males que sufrían los indios, por los españoles abusivos y por las epidemias. El propio don Pedro acudió en 1532 a la Ciudad de México ante la Audiencia para quejarse de los agravios que sufrían los michoacanos, y dejó a sus propios hijos y a los del recién ejecutado Cazonci como rehenes (los educaron los frailes). Como resultado, en 1533 la Audiencia mandó a uno de sus oidores, el licenciado Vasco de Quiroga, a visitar la provincia de Michoacán y restablecer el orden. El licenciado Quiroga castigó a los corregidores abusivos, que torturaban a los nobles michoacanos para que revelaran donde tenían el oro; fundó en el pueblo de Uayámeo el “pueblo hospital” de Santa Fe de la Laguna, basado en los principios comunitarios cristianos de la Utopía (1516) de Tomás Moro, y fundó en Tzintzuntzan la “ciudad de Mechuacan”, con un doble gobierno, indio y español, con el fin de establecer una convivencia pacífica y mutuamente beneficiosa de indios y españoles. A partir de la visita de Quiroga, se estableció una situación de paz relativa en Michoacán, y los frailes franciscanos y agustinos pudieron avanzar en su “conquista espiritual”. En 1538 regresó Vasco de Quiroga, pero ya no como oidor de la Audiencia, sino como obispo de Michoacán. Trasladó a Tzintzuntzan y a Pátzcuaro la sede del obispado y de los gobiernos indio y español de la ciudad de Mechuacan. Y aunque esta y otras decisiones provocaron fuertes disensiones con los frailes, juntos completaron la cristianización de la provincia y establecieron normas de convivencia entre indios y españoles que le dieron su personalidad.

 

Dos años después de concluida la Relación de Michoacán, falleció en 1543 don Pedro Cuínierangari. Lo sucedió en el gobierno de Michoacán el hijo mayor del Cazonci, don Francisco Taríacuri, quien falleció en 1545, acaso por la epidemia que comenzó ese año. Lo sucedió su hermano menor, el culto don Antonio Huítzimengari, quien gobernó hasta su muerte en 1562 y colaboró estrechamente con las autoridades españolas, junto con las cuales encabezó contingentes de guerreros michoacanos que participaron en la conquista del norte de la Nueva España y dieron actualidad al origen chichimeca de los michoacanos.

 

FOTO: Fragmento ilustrativo de la Relación de Michoacán, elaborada hacia 1541 por fray Jerónimo de Alcalá/ Crédito: El Colegio de Michoacán.

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