La desolación de Béla Bartók

Feb 15 • Miradas, Música • 1978 Views • No hay comentarios en La desolación de Béla Bartók

POR LUIS PÉREZ SANTOJA

 

Una triste melodía se escucha en la viola, única portavoz de la desolación. Después, entran con sigilo los otros instrumentos del cuarteto de cuerdas. El singular tema  (Mesto, el italiano para triste) abre también los otros tres movimientos de la obra, pero ya no con la viola sola; en el segundo, lo toca el violonchelo acompañado por los otros; en el tercero, tocan todos, pero divididos en tres voces. Para el final, el cuarteto en su total polifonía, que introduce el lúgubre tema, pero éste ya es solo la introducción, es la esencia del sombrío movimiento.

 

La obra anuncia desde los títulos de sus movimientos el carácter de lo que va a ocurrir: Pesante, vivace, que guarda aún la tradición de la “forma sonata”; Marcha, pero, ¡faltaba más!, es una marcha satírica, inestable; Burlesca, una especie de danza a ratos folclórica, con un sarcasmo grotesco que recuerda algún scherzo del último Mahler. Para el cuarto movimiento —sólo indica Mesto—, después de la triste introducción, la obra ya no puede ocultar su pesimismo y se desarrolla con sombría introspección, como si no se atreviera a expresar en voz alta su desolación.

 

Es el sexto cuarteto de Béla Bartók. Es el último mensaje de un hombre que presiente cercano su final y que, si este aún no toca a su puerta, ya le provoca una depresión que es una pequeña forma de la muerte. Es el último mensaje en un género tan íntimo y personal como el cuarteto de cuerdas, un concepto musical en el que las seis monumentales creaciones de Bartók son reconocidas como la serie más importante de siglo XX, comparable con los trascendentes cuartetos de Ludwig van Beethoven y, si acaso, a la par de la serie de cuartetos de Dmitri Shostakovich  (indudables ejemplos, el húngaro y el ruso, del prototipo ideal del “compositor más representativo del siglo XX”).

 

El cuarteto número 6 de Bartók fue interpretado de manera magistral por el Cuarteto de Cuerdas Emerson, en lo que significó el momento cumbre del par de programas que este excepcional grupo norteamericano interpretó la pasada semana en el Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México, como parte de una gira que, curiosamente, pareciera estar marcada por la muerte: el cuarteto número 6 de  Felix Mendelssohn, en el que el autor muestra su tristeza por la repentina muerte de su entrañable hermana Fanny; el tercer cuarteto de Benjamin Britten, también marcado por el pesimismo y la cercanía de la muerte, esta sí esperada, con reminiscencias de su ópera final, Muerte en Venecia  y alusiones a dicha ciudad; la obra de Béla Bartók a la que dedicamos este artículo; y La muerte y la doncella, el gran cuarteto de Franz Schubert  que utiliza precisamente el terrible Lied de ese título, en el que describe a una joven moribunda que le pide a la muerte que “pase de largo” pues aún es muy joven, pero la muerte la invita dulcemente a “dormir” en sus brazos.

 

 

En lo que parece el inicio de un gran repunte de actividades musicales internacionales —que ya nos merecíamos los asiduos a conciertos— gracias a las nuevas autoridades culturales y a la celebración del 85 aniversario del Palacio de Bellas Artes, el cuarteto número 16, K. 428 de Mozart y el tercero de los cuartetos Razumovsky de Beethoven, apenas fueron  deliciosos respiros de vida para complementar estos conciertos del Cuarteto Emerson que se confirmó como uno de los mejores del mundo.

 

Béla Bartók emigró a Estados Unidos en 1940. Mantuvo una actitud contraria al poder nazi desde el inicio, al grado de que dejó de tocar o publicar sus obras en Alemania. Por ello, en plena Segunda Guerra Mundial, previó la necesidad de dejar su país, sobre todo cuando comenzó a padecer la actitud oficial contra él, pues se le impedía seguir con sus estudios del folclor y se le obstaculizaban sus viajes de conciertos en el extranjero. No hay que olvidar que Bartók era entonces una relativa celebridad internacional como un solista importante y por su labor etnomusicológica. Muchos artistas respetaban sus innovaciones: su alejamiento de la tonalidad tradicional, para buscar una armonía personal basada, sorprendentemente, en los ritmos  húngaros, siempre perceptibles en su música, pero lejos del folclorismo rústico y por ello, difícil de asimilar, pero su música llegaba con mucha dificultad al público conservador o a los conciertos tradicionales.

 

Decidió entonces Bartók emigrar a Nueva York, en compañía de su esposa Ditta Pásztory y de uno de sus hijos. Al año siguiente, se estrenó en esa ciudad el sexto cuarteto, aunque este había sido compuesto en Budapest, en 1939 —fue la última de sus obras húngaras—.

 

Bartók pudo ganarse la vida limitadamente, ofreciendo escasos conciertos y grabando algunos pocos discos con su música, para la que solo había incomprensión y desinterés; es importante mencionar la ayuda económica que algunos músicos y admiradores le proporcionaban a veces, aunque él la aceptaba con renuencia. En los primeros tiempos del exilio, se resistía a componer, hasta que lentamente fue creando, incluso, algunas de sus obras más importantes, todas por encargo de fieles amigos como Koussevitsky, Reiner, William y Menuhim. El Concierto para orquesta y la Sonata para violín solo, el Tercer Concierto para piano —casi terminado excepto en sus últimos 17 compases— y el Concierto para viola —algo más inconcluso— impidieron que el cuarteto número 6 fuera su última obra.

 

Casi desde su llegada a Estados Unidos, había sentido Cartók los primeros síntomas de la leucemia, pero hasta 1944 no le pudieron diagnosticar la enfermedad; falleció al siguiente año.

 

A pesar de sus deslumbrantes obras postreras, no puedo evitar asumir el sexto cuarteto para cuerdas como su despedida de la vida o de la vida como había sido hasta entonces, porque la que le esperaba en su futuro era un enigma y ya no se sentía preparado para ella. Premonitoriamente, Bartók expresó en este cuarteto su sentimiento más profundo y personal.

 

 

*Fotografía: El Cuarteto de Cuerdas Emerson/CORTESÍA PALACIO DE BELLAS ARTES

 

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