La fiesta de la vida

May 23 • Conexiones, principales • 4786 Views • No hay comentarios en La fiesta de la vida

FOTOGRAFÍA: Héctor Aguilar Camín conserva en su oficina el mural que Carlos Fuentes creó en Cartagena de Indias/Jorge Ríos/EL UNIVERSAL

HACE SEIS AÑOS,    en un restaurante de  Cartagena de Indias,  Fuentes hizo gala de su poco reconocido don de caricaturista. En el mantel que cubría su mesa —recuerda Héctor Aguilar Camín— estampó con crayolas a un Felipe Calderón sin ojos, a un simiesco George Bush, a un dentudo José María Aznar y a un Hugo Chávez con un pozo petrolero en la nariz

POR  HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

Cuatro escenas cifran para mí a Carlos Fuentes. La primera corresponde a un domingo de los años sesentas  del siglo pasado en que dio en la Casa del Lago de la ciudad de México la conferencia anticipatoria del boom de la literatura latinoamericana. Alguien había dicho célebremente: “América, novela sin novelistas”.  Alguien más había  sentenciado al final de una novela el destino forzoso de los habitantes de esa América: “Se los tragó la selva”.

Fuentes vino a decir aquella mañana de domingo a  un grupo de escuchas entusiastas que  la América  Latina ya tenía novelistas y que  a sus personajes no se los había tragado la selva. Vivían en las novísimas creaciones literarias de unos cuantos autores hijos de la ciudad, no de la selva,  nativos de Buenos Aires o La Habana, residentes de París y Barcelona, lectores de Faulkner y Joyce, que representaban el nacimiento de una nueva sensibilidad de las letras españolas comparable a la que medio siglo antes había desatado el modernismo.

Fuentes esperaba a la entrada de la sala, conversando con Juan García Ponce, los brazos cruzados sobre los papeles de su conferencia, enfundado en un blazer azul marino que cubría una camisa azul siena, y una corbata roja de nudo cómodo y ancho. Miraba pasar a la multitud de ochenta personas y reía satisfecho bajo un elegante y poblado bigote. José María Pérez Gay que me arrastraba a la conferencia, dijo:

—Fuentes es el Cordobés de la literatura mexicana.

Se refería al torero de ese apodo que entonces arrebataba a la afición y llenaba la gigantesca plaza de la ciudad, la Monumental Plaza México.  Algo había de la espectacularidad del torero de moda en este hombre guapo y risueño, de piel bronceada y primeras canas en las sienes, que  en vez de conferencia daba un recital pues leía y actuaba su texto con ritmo y gestos de director de orquesta.

La segunda escena empieza en Cartagena de Indias, hace seis años, durante las sesiones de la Academia de la Lengua que celebraba los cuarenta años de Cien años de soledad.  Una  noche cenamos con Fuentes y Silvia Lemus en uno de los restaurantes de la placita donde está el Hotel Santa Clara, en el centro de la ciudad vieja. El restaurante tenía las ventanas abiertas a la plaza y servía un memorable carpaccio de pulpo. En vez de manteles de tela ponían manteles de un rollo de papel  que iban cortando conforme llegaban los comensales.  En  los centros de cada mesa había una cesta de pan y un vaso con crayolas para que la gente pintara en los manteles.

Llegada la sobremesa, Fuentes tomó una crayola y ejerció sus dones poco reconocidos de caricaturista.  Hizo unos trazos sugiriendo las olas del mar de Cartagena y encima de las ondas puso los rasgos de García Márquez, el homenajeado del Congreso. Luego puso al ex presidente Clinton, que había venido al Congreso con su gafete en el saco ofreciendo la candidatura presidencial  de Hillary. Luego puso al presidente Felipe Calderón, sin ojos tras los anteojos. Luego estampó a un simiesco George Bush, a un dentudo José María Aznar, a un Hugo Chávez con un pozo petrolero en la nariz. También  pintó a un larguísimo vaquero con botas, Vicente Fox, con su pequeña esposa Martha en la funda de la pistola.

Al terminar la cena, recogí el mantel. Fuentes me preguntó para qué lo quería, le dije que iba a enmarcarlo  como  recuerdo  de la cena.“No lo enmarques”, me dijo. “Déjame terminarlo, porque no está completo”.

No lo enmarqué. Pasaron meses antes de que viniera un día a mi casa a completar sus apuntes de Cartagena. Luego de un almuerzo, le puse el rollo inacabado en una mesa con unas crayolas. Durante hora y media añadió figuras al papel y sonrisas a su cara mientras resolvía los trazos.

Recorrió el siglo XX. Puso a Roosevelt,  a Stalin, a  Mussolini,  a Hitler, a Franco, Nixon y  a Fantomas. De México  a los ex presidentes Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines (en un salvavidas) y Gustavo Díaz Ordaz, con una suástica en los ojos. Entre Fox y Franco hubo lugar para un López Obrador de gallos alborotados en el pelo. Encima de Calderón quedaron un probable Jesús Reyes Heroles y una enmascarada, sospechosa de ser Elba Esther Gordillo. Por encima de tan craso olimpo, en una esquina, apenas  en un esbozo, cejialzada, puso a María Félix. Firmó el cuadro con un perfil de sí mismo lanzando dardos amorosos a una  adivinable Silvia Lemus. Y me dijo: “No lo enmarques todavía. No está terminado”.

Mostré el pliego a Hugo Hiriart, él mismo  gran dibujante, y me dijo: “No dejes que lo toque. Enmárcalo ya”. Le hice caso a Hugo y lo enmarqué. Lo tengo frente al escritorio en mi oficina de la revista Nexos.

Creo ver en la historia de este mural efímero una muestra menor pero precisa de cómo funcionaba  la cabeza creativa de Fuentes. Pasó en dos sesiones de  un apunte  de cuatro rostros, a un despliegue de veintitantos, en el modesto espacio de un pobre pliego de papel que   convirtió con sus manos en un tesoro en expansión, un proyecto de lectura irónica, irreverente y risueña de su tiempo, nuestro tiempo.

La tercera escena sucede en el aeropuerto de Houston hace unos ocho años. Fuentes entra al aeropuerto delante de nosotros jalando una maletita para tomar un avión. Es el principio de uno de sus agotadores tours de conferencias por distintas ciudades de Estados Unidos. Venimos juntos al aeropuerto pero él va a un lugar y nosotros a otro. Lo vemos seguir rumbo a su puerta de embarque, solitario pero imantado, dispuesto al viaje con la prestancia de un muchacho de setenta y cinco años, los que tiene entonces. Esa imagen trivial  dice para mí una verdad profunda de la vida de Fuentes, la verdad de un escritor que viajó como pocos por su imaginación  y por  la imaginación de otros, por ciudades y países, por otras lenguas y otras literaturas, siempre dispuesto a moverse, a explorar, a probar lo distinto, leer lo nuevo y fecundarse con lo inesperado.

La cuarta escena corresponde a una cena hace dos  años  en su casa de San Jerónimo, con un grupo de puertorriqueños harvardianos que lo han acompañado a un simposio en Xalapa. Al despedirnos, Ángeles Mastretta le dice:

—Carlos, nos vas a durar cien años.

Y él responde:

—Conque dure mañana. Le doy la bienvenida a cada día.

Fuentes le dio la bienvenida al mundo todos los días de su vida.

 Estuvo en él como un prestidigitador enamorado de su oficio, mezclando con libertad eléctrica la ficción y el ensayo, la pasión por el cine y por las letras, la libertad de costumbres y el brillo de la celebridad, la mirada cosmopolita y la pasión del barrio, la alta y la baja cultura, fundido todo en un lenguaje incandescente, desafiante, libre de contenciones, vecino del exceso y de la desmesura, capaz de la exactitud naturalista y del impulso lírico, y de alcanzar una visión. Hay  todo que  aprender de su vida y de su obra, entre otras cosas esto que  Fuentes le hace decir a Polibio. ”Sirve  bien a tu patria, emplea bien el verbo que es el don de los dioses a los hombres, y habrás servido por igual a la fraternidad y a la gloria”.

Esto hizo Carlos Fuentes. No penemos su muerte. Celebremos la fiesta de su vida, que mejoró la nuestra, y la felicidad continua de su obra que vivirá en sus lectores.

FOTOGRAFÍA: Héctor Aguilar Camín conserva en su oficina el mural que Carlos Fuentes creó en Cartagena de Indias/Jorge Ríos/EL UNIVERSAL

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