La toma del teatro de invierno

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Clásicos y comerciales

 

POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL 
Uno de los libros en lengua española que pueden leerse con motivo de los 30 años de la desaparición de la Unión Soviética es La Quincena soviética (1988), de Vicente Molina Foix. Cuento con una anécdota oportuna para justificar, si cabe, mi relectura de la novela del también poeta y hombre de cine español. Me tocó la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, en Madrid, a donde había yo había ido a parar con motivo de la celebración del centenario de Alfonso Reyes. Del “Este”, como le decíamos a la frontera oriental, formada por Estados vasallos, del imperio soviético, “soplaban vientos de cambio”, para decirlo en jerga periodística. Eran lo suficientemente poderosos como para que mi anfitrión en el barrio de Malasaña, pusiese en mi mesa de noche esa novela de Molina Foix (Elche, 1946), aparecida apenas el año anterior y hoy reeditada por Anagrama como uno de los clásicos contemporáneos de la novela española.

 

Hasta la fecha ignoro si Héctor Subirats, en cuyo departamento pernocté, dejó allí La Quincena soviética por olvido o a manera de sutil recomendación. En esos días, en los cuales un rotativo peninsular llamado El País destacaba entre la prensa europea por su puntillosa cobertura de aquellas revoluciones injustamente comparadas con las de 1848, no podía haber a mi alcance lectura más oportuna porque Molina Foix contaba las alegrías y los pesares de un grupo de siete comunistas burgaleses enviados a Madrid para armar clandestinamente los festejos del cincuenta aniversario de la Revolución bolchevique, aunque hoy día ese 1967 se recuerde más bien por la bárbara ejecución e inmediata elevación al iconostasio de Guevara, el guerrillero argentino, como llegan a percibirlo los propios personajes de La Quincena soviética.

 

Dije arriba que la comparación entre 1848 y 1989 es injusta y lo escribí adrede porque a diferencia de los estallidos democráticos y republicanos de mediados del siglo XIX, aplastados y pospuestos, las revueltas de hace 32 años —que condujeron poco después a la disolución de la URSS— triunfaron en pocas semanas, arrojando el comunismo al proverbial basurero de la Historia y lo hicieron, con la excepción ejemplarizante de Rumania, pacíficamente.

 

De ello se desprende que mi primera lectura de La Quincena soviética estuviese indecorosamente ligada a la actualidad: esa buena obra en prosa, con sus ingenuos militantes “vigilados y castigados” (se usaba mucho entonces esa contigüidad foucaultiana) tanto por la dictadura franquista como por sus invisibles jefes comunistas, contribuían a probar la gravosa inutilidad de una ingeniería social que en 1989-1992 se derrumbó con estrépito ante la impotencia de quienes, como los jóvenes protagonistas de Molina Foix, arriesgaban la vida por mantener reluciente, en Madrid o Valencia, la hoz y el martillo.

 

Aquello tuvo, como casi todo, un corolario personal. Regresando de aquel viaje, me burlé muy groseramente de mi padre, quien tenía carteles embastillados de Marx y bustos de Lenin como pisapapeles, por el fracaso del experimento del siglo, en el cual yo también puse mi granito de arena como militante del Partido Comunista Mexicano, aunque, por mi edad, no sufrí de las privaciones ni de las amenazas de la clandestinidad. Desde entonces mi padre —un médico que asociaba a la Ciencia con la Unión Soviética— dejó de leer periódicos y yo nunca me disculpé con él.

 

A aquella primera lectura ideológica y festiva de La Quincena soviética —en su día Premio Herralde— ha seguido otra, la que culminé apenas anoche. Aunque actualmente sea yo más fervorosamente antibolchevique que en 1989, en esta ocasión la novela de Molina Foix me llevó por el camino de la culpa, no la de haber compartido los ideales marxista-leninistas, sino la de no haberme disculpado con mi padre por ese exabrupto de la Navidad de 1989. El pecado, entendido como le entendía el muy agnóstico Octavio Paz, como una infección del alma, lo cometimos muchos. Es una falta universal, como le parecía al antilustrado Joseph de Maistre la Revolución francesa o los procesos de Moscú al comunista José Revueltas y quien haya ganado la partida histórica es, a estas alturas, secundario, sobre todo ante un libro como La Quincena soviética.

 

Novela de formación, la de Molina Foix, ya en 1988 era una toma de distancia del realismo social que se convirtió en la forma principal de la guerra cultural contra el franquismo. Sus militantes lo son, más que por convicción sovietiforme, por aborrecimiento de la intolerable chulería clerical y taurófila del nacional-catolicismo, de tal manera que deciden combatirla a través del respetado y omnipresente Partido Comunista de España, el cual, a su vez, empezaba a ser resquebrajado internamente por el novator Herbert Marcuse y por la heroica resistencia del surrealismo antañón. El espíritu del 68, a la vez libertario y totalitario, se veía venir. Los antiguos camaradas a quienes los burgaleses de Molina Foix se encuentran en los cenobios secretos del comunismo esparcidos a lo largo de las tierras ibéricas (y La Quincena soviética, como toda buena novela cervantina, tiene su fabulosa cueva de Montesinos) ya les parecen y lo dicen, “héroes de otro tiempo”, admirables pero ineficaces, figurines condenados a abandonar un teatro devenido en absurdista.

 

Ramiro/Simón, civil y clandestino, provinciano en Madrid, sabe muy poco de lo que el futuro le depara y por ello Molina Foix le permite las veleidades más preciosas del héroe joven, a saber, el erotismo como algo que se musita y apenas puede nombrarse, la literatura (o simplemente, la lectura) como promesa de liberación y el arrobamiento romántico ante la Naturaleza, asunto en el cual destaca La Quincena soviética. En esa sensibilidad, la de Molina Foix es una novela muy vieja, de aquellas donde la ciudad y el campo son todavía espacios antagónicos. Eran vivencias contrastadas una ciudad como la Villa y Corte, y una aldea leonesa; el Mar Mediterráneo, desde Valencia, mantenía su condición tenebrosa, y Molina Foix no renunció a los mitos genésicos, como ocurre en la fastuosa estampa del Hombre Vegetal, mago y sustento de los perseguidos y de los remontados, según lo cuenta uno de los comunistas que quedaron aislados en la montaña, lejos de todo contacto con el partido, años después de la derrota republicana de 1939.

 

“Así cayó el Hombre por la ladera hasta mis pies, ganando en sus vueltas aún más propiedades que la vegetación”, le cuenta el veterano a Ramiro/Simón, “mortalmente herido, y mientras se enredaban en su boca las lianas y los bolsos del macferlán de camuflaje salían asustadas por el enfriamiento del cuerpo las larvas que invernaban allí, me miró, como se mira a un jefe natural, y dijo: ‘Si eres sólo un depredador de estos montes he fracasado. Pero si tu intención o tu destino es sucederme en la defensa del puesto, entonces tu victoria me enorgullece’”.
Si mi lectura de La Quincena soviética, cosas del tiempo diría el poeta Quintana, se tornó solemne, le aseguro al lector que la novela no lo es. Tiene gracia stendhaliana —la mejor— y las proezas revolucionarias de los comunistas burgaleses repiten el motivo de Fabrizio del Dongo en Waterloo, como alborotar en un teatro y saber que aquello es una parodia del asalto del Palacio de Invierno o hacer de una pirotecnia provinciana otra fugaz instalación comunista. Ramiro/Simón sabe que “el yo quema” y aún así asume que una “mala interpretación” del mundo lo ha llevado a la “servidumbre voluntaria”. Con esa conciencia radical se presta al sacrificio, a la inmolación, porque entiende que su generación no actuó gratuitamente: hizo Historia de lo que era sólo paisaje.

 

Encerrado en la Iglesia de San Antonio de los Alemanes, de cara a los frescos, Ramiro/Simón dice haberse dejado caer “en la fantasía de formar parte sin desdoro de aquella procesión de reyes limosneros, reinas vírgenes y otros seres metafísicos que suplantaban —con su riqueza de gamas y sus miembros bien proporcionados pese a la magnitud— el dominante gris del exterior”. Esa dimensión lírica, esa ansiedad de pertenencia, ese deseo de ser “un cruzado de la causa”, diría Ramón María de Valle-Inclán, es una de las bellezas a redescubrir en La Quincena soviética. Quizá debí regalarle, en ánimo de pedir perdón, esa novela a mi padre.

 

Foto: El escritor Vicente Molina Foix/ Crédito de foto: Especial

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