Leila Guerriero: literatura y crónicas de vida

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A lo largo de su carrera, la escritora argentina Leila Guerriero ha hecho de la crónica y el periodismo sus rutas de exploración para entender no sólo el mundo que la rodea sino recordar el pasado y ponerlo en perspectiva en su presente. Teoría de la gravedad, su nuevo libro, antologa algunas de sus columnas de los últimos cinco años y nos da un panorama de su trabajo literario además de su visión de la sociedad contemporánea


POR HUGO ALFREDO HINOJOSA

Ensayista y dramaturgo, escribe la columna Cronografías en El Universal; Twitter: @Cronografías

Para la escritora argentina la literatura a través de la crónica es parte esencial de su existencia. Más allá de las letras no tiene un plan B de vida, lo que hace de ella una amazona que se lanza de lleno a la conquista sin mirar atrás. Guerriero necesita tomar la pluma o aferrarse al teclado de la máquina para sentir la vida misma y sus conflictos, para esclarecer las memorias de su infancia o vida adulta que han dejado una huella profunda, obviamente, en su existencia. Cada una de sus columnas recién publicadas por la editorial española Libros del Asteroide bajo el título Teoría de la gravedad, son ligeros entramados que desvelan historias profundas de la infancia de la autora y su convivencia al lado de sus padres con quienes conversa, pesca o reflexiona. El amor es un tema que subyace en este libro fuera de los estereotipos.

 

Guerriero a lo largo de más de dos décadas de trabajo ha dejado huella con sus libros como Opus Gelber, Retrato de un pianista o Plano americano, ambos publicados por la editorial catalana Anagrama; obras que como lector consumes a paso veloz por la claridad de la prosa y porque su narrativa es precisa y no pierde el tiempo en fatigar al lector con artilugios que esconden siempre la ineficacia del escritor. Hoy, en este tiempo limitado por la emergencia sanitaria, tuve la oportunidad de conversar con la autora vía remota México-Argentina acerca de Teoría de la gravedad y su visión del mundo en este momento histórico que será inolvidable.

 

¿Cómo se vive en Argentina este instante de la vida por la pandemia?
Hay alarma porque los casos están creciendo y nosotros hicimos un confinamiento estricto a fines de marzo, principios de abril, como de 15 días en los que realmente nadie salía mas que a hacer las compras. No había tiendas abiertas, salvo las farmacias y los mercados de alimentos y las veterinarias. Ahora hubo un retroceso. Los casos están creciendo, aunque no de una manera descontrolada por lo que dicen, pero hay preocupación por toda la situación sanitaria y económica también. Ha crecido obviamente el desempleo, han cerrado muchos comercios, las pequeñas industrias están con bastantes dificultades para producir. El que tiene un poco de dinero se resguarda, lógicamente, porque no sabemos qué va a pasar. No estamos en una situación tan crítica, con una gran cantidad de contagiados ni con un nivel de personas fallecidas altísimo, no es esa la situación pero digamos que el conjunto es preocupante.

 

Háblame un poco de tu libro Teoría de la gravedad. ¿Cómo surgió?
Es una recopilación de las columnas que publiqué durante años en la última página de El País. La columna sigue saliendo pero ahora soy colaboradora de El País semanal. Era una columna muy corta y en la que exploraba dos vetas claras para mí. Una era más coyuntural, relacionada con cuestiones políticas y sociales, entre otros temas. Sobre todo relacionadas con América Latina, no sólo de la Argentina, además de algunas cosas de Europa. La otra veta era más una mirada universal sobre la condición humana, partiendo muchas veces de alguna situación, de alguna historia como vos has leído; digamos de alguna memoria de infancia o de adolescencia, o un recuerdo de la ciudad donde nací y me crié. O la relación con mi madre o con mi padre. Pero no para hablar de mí sino para conectar esa pequeña historia personal con algo más grande que tiene que ver con la condición humana. Las columnas terminaban hablando siempre de cosas como el duelo, la pérdida, el afecto, la relación con el otro, la piedad, la impiedad, la empatía, el arte, la escritura, la vocación, la dificultad de una vocación artística para una persona que recién comienza. Digamos, todas esas cosas que en algunos casos las hilaba a partir de una situación personal. Estas columnas empezaron a publicarse en 2014. Más o menos al año, Luis Solano, el editor de Libros del Asteroide, me dijo que le gustaban muchísimo y me preguntó si había pensado en reunirlas en un libro. Le dije que sí, no era todavía un corpus importante, además sentía que muchas tenían que ver con la coyuntura política, y sentía que el libro tenía que tener otro matiz. Luis estuvo súper de acuerdo y me dijo: “Sí, de hecho, creo que las columnas que habría que reunir en el libro son aquellas que están más relacionadas con esta veta de lo personal y de la naturaleza y de la condición humana”. Pasado el tiempo Luis volvió a escribirme y me preguntó si me parecía que ya tenía una buena cantidad de columnas, si me parecía que empezaramos a perfilar, a configurar un poco el libro y bueno miré, revisé y le dije: “Parece que sí porque había como doscientas y algo, o trescientas columnas. Pensaba que por lo menos 90 se podían elegir y, bueno, quedó este libro. Previo a esto le comenté a Luis que el libro lo quería hacer yo. Me refiero a la selección, porque sentía que de alguna forma era como escribir el libro. Lo único que hizo Luis, muy inteligentemente, fue sugerirme que la primera columna fuera la que abre la lectura. Encontrar el orden fue arduo, muy complejo porque –bueno, qué sé yo– miraba una columna que tenía tal título y no me acordaba qué era lo que decía. Entonces tampoco podía entender en qué lugar del libro podía ir. Fue complicado.

 

¿Qué tan complicado es o no el hecho de escribir estas columnas? ¿Te conflictúa? ¿Cómo vives el ejercicio?
Esa preocupación siempre existe. Este año empecé a hacer una columna semanal para Cadena SER, una radio española, en un programa que se llama Vivir y reviví con esa columna la sensación de vértigo.

 

¿No se te agotan los temas al escribir casa semana? ¿No tienes ese sentir?
No, nunca me pasa. Por supuesto, en algún momento habré sentido que ya escribí demasiado sobre esto y tengo que cambiar. No sé si la sensación es que se me agotan los temas. Más bien, debo cambiar de tópicos, tengo que empezar a escribir de otra cosa o tengo que investigar otras temáticas y ver por dónde puedo meterme que no sólo resulte interesante para mí. Suponte que la explosión que hubo en Beirut, como tema, por supuesto que me interesa y me interesaría mucho escribir algo sobre eso, pero mi primera pregunta es: “¿Qué tengo para decir sobre eso?” “¿Por qué está todo el mundo escribiendo sobre eso?” Entonces no quiero decir con esto que yo voy a escribir algo tremendamente novedoso y diferente pero, bueno, por lo menos me impongo ese intento: escribir algo que no haya sido tan dicho por lo menos tener una mirada distinta. Nunca me pasó no tener nada para decir. También te empieza a pasar con el oficio de columnista que hay como periodos, zonas de tiempo, en las que la creatividad, diría yo, no es tan efervescente, y hay que aplicar un poco de tranquilidad y saber que esa ebullición va a volver en algún momento. Momentos de ebulliciones como cuando vas a pescar y hay muchos peces –aquí le decimos pique– que es cuando hay bastantes pescados juntos.

 

¿La escritura de tus columnas es una forma de ordenar y darle sentido a la realidad o a la naturaleza humana?
Digamos que uno escribe para averiguar qué es lo que quiere escribir y también es una forma de pensar. Yo empiezo a escribir y no sólo es escribir, digamos, hay una tarea previa. La gente quizás piense que cuando uno se pone a escribir una columna simplemente se sienta a las ocho de la mañana y a las 10 tiene la columna terminada con lo que se le ocurrió. La verdad es que no es así, hay un trabajo de investigación. Por ejemplo, ahora estoy escribiendo una columna para El País semanal para la cual leí muchísimo y para la cual hice dos entrevistas de una hora cada una. Y vos dirás: “todo eso después, claro, termina en una página de Word”. Pero es información necesaria para que la columna tenga contundencia. Creo que ese músculo que tenemos los periodistas de hacer la tarea de investigación o reporteo, o el trabajo de campo, no es algo de lo que las columnas estén exentas. Me daría mucho terror sentarme a escribir sin averiguar un par de cosas, “esto es así como yo lo digo”. Me siento también a entender mejor esa cosa acerca de la cual quiero escribir como Hiroshima, Nagasaki, Líbano, el abuso sexual, la pedofilia en la iglesia. A medida que voy avanzando tengo una serie de pensamientos dispersos y la escritura los va ordenando, voy escribiendo y estableciendo una especie de hilo narrativo que es también un hilo argumental. Entonces, la respuesta a tu pregunta sería sí. A mí, por lo menos, me organiza y me ordena ese caos un poco licuado del mundo allá afuera de eso que llamamos la realidad. No pretendo que las columnas cambien al mundo. A mí me organiza y me ayuda a entender un poco mejor lo que creo que pienso acerca de las cosas.

 

¿Alguna de las columnas que has escrito o tus libros te han traído críticas directas?
La verdad no que yo recuerde. Bueno, de la crítica como reseña y todo eso en los libros siempre existe, pero en general han sido como más bien favorables. Como yo no estoy en redes sociales quizás eso me mantiene un poco reservada. He visto algunas redes como Twitter. Yo no tengo red social, pero miro las cuentas de algunas personas a las que me interesa seguir, leer y ver qué opinan, qué están leyendo. Y veo los comentarios de la gente allí que digo: “Oh, dios mío”. ¿Cómo alguien puede sobrevivir a eso sin tener un ataque de furia o de llanto?

 

A propósito del mundo digital: ¿lo ves positivo o negativo? ¿Hacia dónde crees que vamos?
La verdad en este momento si no fuera por la conexión y por el mundo digital estaríamos tremendamente desconectados. Tengo contacto todo el tiempo con gente de otros países. Doy un taller en el Zoom para gente, prácticamente son todos periodistas, del interior de la Argentina, una cosa que jamás hubiera podido hacer de manera presencial. Con lo cual me parece que tampoco puede caerle uno al mundo digital. Me parece que este momento demuestra que hay muchas cosas que están muy bien. Pero tiene sus peligros. Es tremendamente agotador. O sea, siento que las cosas virtuales son mucho más desgastantes que las cosas presenciales. Me refiero a que exige una tarea intelectual fuerte, como dar un taller, dar una clase, hacer una charla con un escritor, una presentación del libro. Te exige, como tal, estar atento a muchas cosas. Por lo menos a mí me desgasta mucho, me cansa más una hora virtual que cuatro presenciales. Pero, por otra parte, sí siento que hay un riesgo grande de que muchas de las costumbres que se instalaron ahora con estos confinamientos se continúen cuando estos empiecen a desaparecer, digamos los rituales tecnológicos, sospecho llegaron para instalarse.

 

 

Por otra parte, el teletrabajo es para muchas empresas un costo laboral ahorrado inmenso, pero para otros trabajadores va a ser el estadio previo al desastre, si no es el desastre mismo. Yo vivo en un departamento grande, tenemos cada uno su computadora. Algunos de los habitantes tenemos más de una. Pero yo tengo un espacio, el otro tiene un espacio para trabajar. Por supuesto, las empresas están felices de no tener que pagar ni la luz, ni el almuerzo, ni el internet, ni la calefacción, ni el aire acondicionado, ni nada de todos esos trabajadores a los que mandaron a trabajar en su casa. Acá se acaba de legislar una ley de teletrabajo, extraña, pero en general en el mundo eso no está ni empezando a ser legislado. ¿Qué va a pasar con eso? A mí me preocupa mucho.

 

Brevemente tocaste el tema del abuso sexual. ¿Cómo se vive en este momento la violencia de género en Argentina?
No es una excepción a lo que está pasando ni en México, ni lo que está pasando en España. Hay una aceleración de los casos de violencia de género, los casos de mujeres golpeadas, maltratadas. Fue algo que quedó completamente fuera de toda discusión en el inicio de la pandemia. Fue algo en lo que no se reparó curiosamente y cuando se ha hecho, se minimiza y se habla de las cosas como si fuera todo simplemente crimen pasional. Es una situación muy grave. Esta situación es realmente grotesca. En serio, de toda gravedad, porque hay vidas de por medio. Imagínate la situación: quedas confinado en una cuarentena sin poder salir a la calle con la persona que te golpea, con tus hijos y esa persona que te golpea. La policía, la mayor parte de las primeras etapas de la cuarentena, estaba destinada sobre todo a controlar que la gente no saliera a la calle, digamos al control de tránsito, todo eso.

 

Después, con el tiempo, se empezó hablar de la posibilidad de que las mujeres que sufrieran violencia de género no necesitaban ningún tipo de justificación para salir a la calle y llegar hasta la comisaría o hasta el centro de la mujer, donde pudieran interponer la denuncia. La violencia de género fue una situación súper invisibilizada que continúa más o menos por ese camino. Ha habido aumento de los casos.

 

No tengo las cifras en estos momentos y en general todo lo relacionado con esta cuestión. Aquí las empleadas domésticas, como creo que en todos los lugares, son en su mayoría mujeres que viven lejos de sus lugares de trabajo; o sea, no viven al lado de la casa donde laboran y tienen varias casas en las que trabajan. Desde que comenzó esto del confinamiento, al estar prohibido el transporte público –salvo para aquellos que se llaman trabajadores esenciales, que son los empleados en comercios de alimentación, farmacias, más o menos lo mismo en todos lados–, estas mujeres están fuera de esa clasificación. No son personal esencial y entonces no pueden viajar a trabajar. Muchos empleadores han dejado de pagarles los salarios porque consideran que si no van a trabajar no tienen que pagarles, mucho de ese personal está, como lo que decimos acá, “en negro”.

 

 

El desempleo está creciendo de manera masiva, y por otra parte son estas mujeres las que permiten que muchas de estas casas de clase media y clase alta funcionen porque son las que se ocupan de los chicos, de la comida, de la limpieza cuando los ocupantes en edad adulta tienen que trabajar y salir de su casa. Nadie está hablando de este tema, se habla muy esporádicamente. Ahora una modelo conocida salió a decir que su empleada doméstica se había enfermado y que la había mandado a un centro de cuarentena y se armó como escándalo. Entonces se habló un poquito del tema, pero eso también es violencia: no estar atendiendo, no tener ningún tipo de plan, ningún plan social específico para estas mujeres es también violencia. La violencia no solo se da contra una mujer golpeada sino que hay varios ámbitos que violentan a las mujeres.

 

Y lo otro de lo que no se habla también es la violencia contra los niños que están muy invisibilizados en esta situación sanitaria. Hay una cantidad de chicos que no tienen el acceso a Internet, que no tienen conexión, que no se pueden conectar con la escuela, que no tienen clases, que están padeciendo la miseria consecuencia de los pobres papás que no tienen empleo. Están sufriendo también en hogares que son hogares muy agresivos, muy violentos y están expuestos las 24 horas del día, los siete días de la semana a eso. Ya no existe ni siquiera el pequeño descanso psíquico del colegio o una maestra que pueda detectar que al chico se le está maltratando, o un maestro que pueda decir qué pasa con este chico.

 

Es como si se pensara que los chicos son flexibles o no se van acordar, o se pueden aguantar lo que sea. Entonces me parece que hay muchos grupos invisibilizados y no son nada más las mujeres violentadas dentro de sus casas.

 

Con los viejos pasa más o menos lo mismo. No es que estén invisibilizados porque de ellos se habla todo el tiempo; pero se les dirige un mensaje completamente tanático o sea: “Quédense en sus casas porque, si no, se van a morir”. Creo que una persona que tiene 70 años y vive en el siglo XXI y razonablemente tiene una vida que no es la que tenía una persona del siglo XIX a los 70 años, no puede sino recibir muy mal ese impacto psíquico todo el tiempo de toda una sociedad que le está diciendo que es un viejo y que si sale a la calle se va a morir.

 

¿Cómo ves el panorama de Latinoamérica, el restablecimiento del populismo a lo largo del continente?

La verdad es que no soy analista política. Así que no puedo darte una respuesta adecuada. Analizar una región es muy difícil; no voy a analizar fenómenos puntuales, no podría. No sé. Me parece muy reduccionista decir “tal cosa es tal cosa y es una catástrofe” y “tal es otra catástrofe” y “si el regreso del populismo sí” o “si el regreso del populismo no”. No sé, repito.

 

Me cuesta trabajo pensarlo así. Yo observo un poco país por país y veo cómo, dentro de cada coyuntura individual, funcionan los mandatarios y cada sociedad en sí. Pienso, por ejemplo, que en Chile es muy difícil para los chilenos seguir las políticas de la nación. Hasta hace unos meses Sebastián Piñera tenía el nivel más bajo de popularidad desde que subió al poder.

 

En Brasil ya vemos lo que Bolsonaro es; un tipo sumamente discutido, pero con una enorme cantidad de votantes a su favor. De pronto Bolsonaro, que está en las antípodas de López Obrador, tenían en relación a la pandemia el mismo discurso. Alberto Fernández, por ejemplo, que también está en las antípodas de Bolsonaro, que podría pensar es lo más cercano a López Obrador, toma decisiones que son típicas de un gobierno que no es un gobierno. Quizá como vos lo llamaste populista. Para mí todo está muy raro, muy revuelto. Es muy difícil mirar la situación de la región en este momento. Siento que nos hemos vuelto un poco provincianos en términos de que cada uno está mirándose el ombligo y viendo cómo hace para que no se le desborde la situación.

 

 

¿En qué estás trabajando en este momento desde el encierro?

Estoy trabajando desde hace mucho tiempo en un libro que ahora está parado por esta situación porque me exigiría viajar. También podría seguir haciendo entrevistas por Zoom y eso, pero no quiero porque no es la manera para ese libro.

 

Estoy escribiendo las columnas tratando de lo que te he dicho, como de buscar temáticas que no estén relacionadas directamente con la pandemia, que ya seguramente será un tema que se filtre por muchas partes, y trabajando como siempre para suplementos culturales; trabajando en perfiles, en crónicas, en edición, en varias cosas a la vez, dando talleres; trabajando en promedio, los días que trabajo poco, 12 horas y mi máximo de aguante parece ser 14 horas o 14 horas y media, lo cual es un disparate. Pero estoy escribiendo todo el tiempo, más bien para medios. El libro está allí esperando a que se pueda viajar con libertad de movimiento, que uno no tenga que cambiar de un pueblo a otro y tenga que quedarse al entrar en otro 15 días en un hotel. Es muy complicado.

 

¿Qué harías si no escribieras? ¿Qué tanto significa para ti la escritura? ¿La podrías abandonar?

No, la verdad que no. No tengo una respuesta para eso. Es decir, tengo una respuesta para eso en este momento siendo yo quien soy… si no escribiera me desarmaría, creo.

 

Para mí la escritura es el lugar que habito. Así que no, la verdad es que no podría dejarla. Por supuesto, uno siempre puede fantasear y decir: podría haber sido tal o cual cosa pero yo no tengo esa clase de fantasías porque esto es lo que más soy: una persona que escribe.

 

Así que no, poder abandonarla no, para nada. Nunca tuve un plan B. Y a esta altura no lo tendría la verdad. Bueno, no sé. Es algo que sería una catástrofe, uno nunca sabe, pero la verdad es que no.

 

FOTO: Leila Guerriero obtuvo en 2014 el Premio Konex en la categoría de crónica y testimonio./Richard Hirano/ El Comercio

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