El idioma de la violencia del padre

Jun 22 • destacamos, principales, Reflexiones • 1634 Views • Comentarios desactivados en El idioma de la violencia del padre

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POR GENEY BELTRÁN
Al hablar de la lengua propia, quien escribe habría de hacer sin más demora el repaso lisonjero de las virtudes. ¿Cómo si no? Habría de hablar sin duda de la fuerza y la sonoridad, de la armonía y la sensorial riqueza que la conjunción de palabras y sentidos ha registrado en las páginas de los más grandes poetas de la patria verbal. No hay manera ―uno creería― de no verse tocado por la belleza que las páginas mayores del pasado han creado en la propia lengua: nuestra nativa intimidad con el idioma nos llevaría a un sitio privilegiado del disfrute. Esa intimidad no sólo enriquece el gozo de la belleza anterior; también dispone la inmediatez del insulto y la dicción íntima del dolor. Pues, como se ha recordado tantas veces, nadie insulta y nadie expresa sus quejas tan vehementemente como en la lengua que le han heredado sus padres.

 

Hay un momento en la vida de quien aspira a ser escritor en que la poesía entra en las venas del habla con un deslumbramiento. Ese instante, a menudo en la adolescencia, raramente en la infancia, es el que sella los mejores términos del pacto que el futuro autor o autora habrá de firmar con su lengua. Aunque terminemos, con resignación, escribiendo prosa o piezas dramáticas, no hay modo de renegarnos al genésico encanto de la lectura de poesía, un trance iniciático definitivo.

 

Antes de la armonía, antes de la llegada de Garcilaso y Darío, de Neruda y Quevedo, crecí viendo en nuestra lengua a un enemigo. Hablo de los años ochenta en una ciudad de Sinaloa. Primero fue porque, desde siempre, hube de escuchar, sin recibir más explicación, que el castellano era inferior al inglés, el idioma del Gabacho, de los Yunaites, del Otro Lado, del Reino del Dinero. Crecí viendo y oyendo la denigración de la dicción propia: no entender, no hablar inglés era una desventaja, era muestra de una incompetencia para el futuro, era una declaración de minusvalía mental.

 

Los anglicismos que se incorporaban al español de mi tierra (troca, checar, bonche) serían ejemplos de una debilidad de la lengua de acá y una fortaleza de la lengua de allá. No hay nada contra la evolución lingüística que se favorece mediante la hibridación y la adquisición léxica. Se trata de hacer manifiesto el daño que se le hace al hablante, en su apego con el idioma nativo, cuando, al ir creciendo, se le informa que su lengua es menor, imperfecta, vergonzosa. No se me escapa que algo mucho más grave y más pernicioso ha hecho la sociedad nacional con los hablantes de lenguas originarias al discriminarlos, forzándolos a la alfabetización en castellano y al olvido de las voces maternas por una idea retrógrada de progreso ―pero de eso hablaré un poco más adelante.

 

En segundo lugar, el español, a la hora de la escritura, era enemigo por mostrarse en tanto una lengua ruda, gritona, tosca. Frente a la dulzura armónica escuchada en la canción de cuna o la canción popular, las primeras prosas me hacían oír una sucesión de taras que gravaban el ritmo: descubrí de ese modo la parvedad de sólo contar con cinco sonidos vocálicos, el predominio de las vocales fuertes y las palabras graves, la pesadez de los largos sustantivos abstractos de terminación aguda (deliberación, posibilidad), esos pretéritos y copretéritos y participios pasados que se columpian entre la aliteración y la cacofonía… Recuerdo mis primeros textos, en la adolescencia, enfrentados a la conciencia de que, si había belleza y musicalidad en la lengua castellana, sería un arduo esfuerzo el cultivarla e insistirla a través de un oído cauto y listo para esquivar la brusquedad de los sonidos testarudos ―que emergían aquí y allá dejando una sensación de imperfección y nada grácil espesura.

 

Pero la lección más determinante ya la había recibido. Crecí, crecimos con ella cuantos vivimos al sur del río Bravo. La intimidad con la violencia fue moldeando una actitud, una desconfianza, una adversidad, a la hora de la creación literaria. No es posible escribir como si nada grave esté ocurriendo allá afuera cuando se ha crecido en sociedades para las que la violencia nace y se perpetúa en el lenguaje. Porque la violencia nos ha visto crecer y han sido sus voces las que delinearon el rostro que la lengua propia tuvo, no al principio en la escritura, sí desde siempre en la relación con los otros, con la calle, con la realidad y la política.

 

Más que la lengua amorosa de lo materno, el español en América es para los niños y las niñas la lengua arisca y ruda que proviene del padre. A veces este aprendizaje se da desde la ausencia: el padre que se fue, que nunca estuvo, o que sí estuvo ora con la rabia, ora con el hielo, sólo es conocido a través de la denigración, la carrilla, el insulto. El más pequeño está indefenso ante la verdad dura de lo que significa crecer enterándose que la lengua de los otros es adversaria. ¿Qué es la niñez en América Latina sino el aprendizaje de un mundo hostil presente a cada instante en palabras hostiles? ―Y quien diga que hay terapias y todo ha de superarse con un trabajo de conciencia no entiende que, para quien escribe, el amasiato con la lengua integra todas las palabras, todos los momentos en que el habla se ha erguido ante nosotros. Y no hay otro destino sino el de ser leales a ese contrato, para bien y para mal.

 

Hablamos español en una tierra donde se han pisoteado las palabras de los pueblos originarios. Si en la actualidad, para ceñirnos sólo a México, se reconocen 68 lenguas originarias con carácter de nacionales, sabemos que la mayoría se halla en un camino casi fatal de extinción. ¿Cómo no tener conciencia de lo que habría de significar que la lengua española es la propia gracias a un proceso histórico que la impuso sobre el cadáver de millones de personas, de sus culturas y sus palabras?

 

Vivo en la Ciudad de México: mientras me esfuerzo en aprender las “lenguas culturas de Europa”, salgo a la calle y escucho a mujeres indígenas empobrecidas que hablan con sus hijos e hijas en un idioma cercano y milenario, sí, pero para mí extraño e incomprensible, pues nunca existió en mi educación, nunca fue señalado en la búsqueda de una idea universal de la cultura.

 

¿Puede la escritura de un mexicano ser indiferente a esta injusticia y esta sordera? ―Y más si, al abrir el oído y los diccionarios, tomamos conciencia del caudal de términos vivos del español mexicano que tienen su raíz en la visión del mundo de los pueblos que vivieron aquí antes de la llegada de Hernán Cortés y que contra todo han resistido para que su voz no muera. Si en la visión clásica del proceso de dominación y mestizaje el padre es el venido de España y la madre es la mujer indígena, es entonces el español de México y de América la lengua del padre impuesta por la violencia sobre el silencio de decenas de lenguas habladas por madres agredidas cuyo verbo también sufrió el exterminio, la negación, el acoso.

 

Como ha enseñado Miguel León-Portilla, buena parte de la expresión náhuatl habría estado virada a la manifestación del espíritu. Por un lado, se hallan los huehuehtlahtolli, los discursos de los ancianos, la antigua palabra, con que los padres y los abuelos transmitirían normas de vida a los más jóvenes, consejos de una moralidad severa, no exenta de las constricciones propias de su cultura, en que se habría pretendido evitar al bisoño lastimarse el futuro con acciones y decisiones nocivas para el entorno aunque sobre todo para sí mismo. Por otro lado, la flor y el canto, in xochitl in cuicatl, era el ejercicio de la belleza; lo mismo se identifican los poemas en que se daba sitio a la expresión de la tristeza, la angustia, la conciencia de la finitud (los icnocuicameh), o de la alegría y la belleza del mundo y la amistad (los xopancuicameh, los xochicuicameh). No era sólo eso: habría también ejemplos de poesía dedicada a la exaltación de la guerra y la expansión del imperio, así como los para nosotros crípticos textos dedicados al honor de los dioses. Aun sin tener claro cuánto se habrá perdido, cuánto fue devorado por el fuego y la espada, y aun sin detenernos en manifestaciones estéticas en otras lenguas mesoamericanas, no resulta un ejercicio del todo injusto contrastar esos ejemplos de la poesía náhuatl con las primeras manifestaciones del castellano en la América continental: las Cartas de relación de Hernán Cortés.

 

Despliegue de una mentalidad maquiavélica que busca fijar desde el inicio su lugar ante el poder y ante la Historia, las Cartas exhiben al relator hábil en ocultar o rebajar los méritos de sus capitanes y, lo que sería más elocuente aun, en hacer invisible el peso de las innumerables tropas de los pueblos rebelados contra Tenochtitlan: Tlaxcala, Xochimilco, Chalco, Huexotzingo… ¿Cuántas son las instancias en que Cortés da noticia desmenuzada de los pueblos que colaboraron en la empresa bélica que terminó doblegando las huestes de los mexicah? Lo que hay en él son escuetas cifras, y no gente con cuerpo y rostro y arrojo. La lengua impuesta se dedicó en sus primeros instantes a la justificación o el testimonio de la destrucción, a expensas de los habitantes originarios.

 

El futuro, sin embargo, habría de mostrarse plural. Pues, si salimos de Nueva España al resto del continente y si avanzamos a los siglos XIX y XX y llegamos a nuestro tiempo, la nómina de voces que han hecho al español alcanzar cumbres de expresión es incuestionablemente muy amplia. Tan sólo ese marco que va de José Martí y Rubén Darío y Gabriela Mistral a Jorge Luis Borges y Elena Garro y Gabriel García Márquez ha de ser considerado el siglo de oro de la literatura de Hispanoamérica.

 

En ese amplio camino, al lado de la belleza y la imaginación, al lado de la justicia y la utopía, está el ubicuo registro de la violencia. Ha sido la gran y siniestra compañera de la palabra hispánica en su deriva por los territorios de América, por lo menos en los estantes de la narrativa, sea histórica o de ficción. Después de las crónicas de la conquista y los anales de la historia prehispánica, se hallan los ires y venires de las guerras civiles que sangraron el XIX en nuestras naciones, y las páginas sombrías de las dictaduras y revoluciones del XX. La voz literaria ha sido crítica y crónica de un ímpetu constante del poder ―el estado, la iglesia, el capital, el padre― por ejercer y hacer perpetua la violencia.

 

Esa constancia ha hecho adusta y fatalista y sin esperanza ―como ocurre en María Luisa Bombal o Juan Rulfo, en Juan Carlos Onetti o en Inés Arredondo― buena parte de nuestra ficción. Quiero reincidir en este punto en la cercanía del idioma de la violencia con el habla del padre. En las sociedades occidentales, el ejercicio de la paternidad ha estado pasando, aun de manera incompleta e imperfecta, por una necesaria redefinición, basada en valores de respeto, responsabilidad y cuidado. Pienso que, de igual modo, el idioma de la violencia del padre que ha sido la lengua española en América para la escritura tiene también como llamado la expresión de otras parcelas de la experiencia: al lado de la violencia y la rabia, habrían de integrarse los testimonios de la ternura, el juego y la confianza.

 

El predominio de la brutalidad en nuestras sociedades habría dado como deriva una oscuridad pesimista de la ficción, pero esa constancia del pasado no tendría por qué abolir la representación posible de otros horizontes vivenciales.

 

Por eso, la recuperación y mayor difusión de la obra de autoras relegadas en el pasado y el surgimiento de cada vez más numerosas voces de escritoras son actos de justicia que, entre otras consecuencias, hacen divisar el enriquecimiento de la visión de lo humano que imparte en el orbe social la cultura letrada. No se trata de renunciar al filón crítico, sino de alcanzar una ficción en que la representación de la violencia no asfixie los otros ámbitos de la experiencia en que aún laten otros modos de futuro. Siguiendo el ejemplo de las escritoras de Hispanoamérica, el idioma de la violencia del padre puede cuestionarse su propensión al fatalismo y la dureza para volverse más sensible, generoso y esperanzado.

 

 

FOTO: Alacrán II, de Francisco Toledo. /Cortesía MYL Arte Contemporáneo

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