“La salsa es parte de la gran utopía latinoamericana”

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El escritor cubano Leonardo Padura habla de Los rostros de la salsa (Tusquets, 2020), libro de entrevistas con figuras de este género musical, espejo fiel de la realidad de América Latina

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POR GERARDO ANTONIO MARTÍNEZ 

En la obra de Leonardo Padura no todo es vida criminal, estafas, asesinatos, tráfico de arte y desfalcos al Estado, historias que han nutrido Las cuatro estaciones, la tetralogía policiaca con la que desnudó la vida delincuencial de La Habana. Si ya había dedicado un libro al beisbol, uno más a la vida del poeta José María Heredia y otro al líder comunista León Trotsky, sólo faltaba uno que expusiera otra de sus pasiones: la salsa. No se crea que esta faceta surge de la afición y la melomanía amateur, sino desde el escrutinio de las piezas musicales, su dimensión estética y social que hacen de este género un testimonio de vida, un manifiesto de la realidad en las que sus autores las crearon y mantienen un diálogo con su público. Para el también autor de El hombre que amaba a los perros los alcances de este género musical, que él prefiere definir como un movimiento cultural, van más allá de la industria discográfica para convertirse en una caja de resonancia de los vaivenes de la sociedad, pues durante muchos años sus letras han reflejado una lectura crítica de la realidad latinoamericana.

 

Desde el confinamiento en su casa del barrio habanero de Mantilla, Leonardo Padura (La Habana, 1955) habla sobre Los rostros de la salsa (Tusquets, 2020), una serie de entrevistas hechas a inicios de la década de 1990 a una docena de compositores de todos esos géneros que se engloban en la salsa, muchos de ellos ampliamente conocidos por el público mexicano, como Rubén Blades, Willie Colón, Wilfrido Vargas y Juan Luis Guerra, entre otros. Esta reedición incluye nuevas entrevistas con estos músicos, casi 30 años después, en las que se imponen nuevos temas en la conversación, como las rutas que ha tomado este movimiento cultural en las nuevas generaciones y la influencia del aún incomprendido reguetón.

 

También se da tiempo para platicar acerca de la naturaleza de la humanidad en tiempos de crisis mundial; la amenaza a nuestras libertades a causa de la emergencia sanitaria; el impulso censor de muchos gobiernos hacia el reguetón y el significado de León Trotsky en la historia contemporánea, a 80 años de su asesinato.

 

 

En sus conversaciones, Rubén Blades distingue la salsa entre ortodoxa y revolucionaria y Willie Colón la define como el rock latinoamericano. ¿Cómo la define Leonardo Padura?
Cuando hice las entrevistas, a finales de los años 80 y principios de los 90 del siglo pasado, el fenómeno de la salsa todavía tenía cierta vitalidad, aunque comenzaba a verse su estancamiento, por llamarlo de alguna manera. Y al conversar con estos músicos me fui dando una idea de cómo se podía calificar a la salsa. Elegí calificarla como un movimiento cultural que desde la música engloba a todo el Caribe hispano, un territorio que no necesariamente coincide con el territorio geográfico. Va desde el norte en el Atlántico –la ciudad más septentrional es Nueva York– hasta una ciudad como Cali, que está más cerca del Pacífico. Es un movimiento que desde sus orígenes en los años 60 empezó a incorporar un elemento que no quiero calificar de crítica social pero sí de preocupación por fenómenos sociales.

Esto hizo que hubiera un movimiento dentro de la salsa que se llamó “Salsa consciente”. Rubén Blades fue su figura más representativa pero intervinieron otros músicos. Eso se podía llamar una salsa revolucionaria. Hay otra salsa ortodoxa que trata de preservar ciertos valores de la tradición musical caribeña, principalmente cubana, pero también puertorriqueña, venezolana, colombiana, dominicana, y todo esto matizado con un sentido de la mezcla de lo contemporáneo que lo acercaba a la concepción del rock. Incluso lo podía acercar a la concepción del jazz en su capacidad mezclar distintos componentes musicales.

 

 

¿Qué lugar ocupa la salsa en la cultura latinoamericana?
En estos momentos la salsa es una música que dejó de evolucionar en cuanto a sus propuestas rítmica y lírica. Aunque haya nombres importantes de la salsa que persistan, queda muy distante de lo que ocurrió en los años 70 y 80, cuando era una manifestación dominante en todo el Caribe. En la actualidad es una música que no hace una referencia al tipo de sociedad en la que vivimos. La salsa formaba parte de esta gran utopía latinoamericana de acercarnos a un mundo mejor. Hoy en día, la música popular que más se escucha no tiene las mismas intenciones, salvo las excepciones de siempre, que son importantes pero no definen a la mayoría del movimiento. Ha habido un proceso cultural en la música bailable del Caribe; ha habido un proceso de vulgarización, de banalización, de superficialidad muy acelerado en una época en que la vulgarización, la banalización y la superficialidad también está dominando en las sociedades. Esto es propio de una evolución político-social-económica que nos ha llevado por este camino. Lamentablemente, siento que en general esta mirada tan social, tan consciente que existía sobre la cultura ha ido quedando marginada en un mundo donde esta superficialidad es lo que predomina.

 

 

Una de las preguntas frecuentes a varios de estos músicos es sobre el Quinto Centenario de la Conquista. En México, estamos conmemorando los cinco siglos del arribo de Cortés a Tenochtitlan. ¿Percibe a la salsa como un movimiento cultural y ritmo nacido las fusiones?
Sin duda la llegada de los españoles al continente americano, llámese descubrimiento o encuentro de culturas, fue un proceso traumático que todavía hoy no se ha resuelto, incluso en elementos muy esenciales de nuestras sociedades. El problema indígena en buena parte de América Latina sigue siendo un problema latente. Sin embargo, en el Caribe son muy marcados los problemas raciales que provocó la masiva importación de esclavos africanos. Pero también en ese periodo histórico ocurre un fenómeno que desde el área del Caribe fue profundísimo: el proceso de mestizaje cultural. Aunque la cultura predominante durante siglos fue la española y el idioma que se estableció como dominante fue el castellano, alrededor de todo el proceso que se va produciendo de mestizaje, de integración, de reconocimiento de un nuevo contexto natural, geográfico, climático, se va generando una nueva cultura. La cultura mexicana, salvo en comunidades muy específicas, ya no es de carácter indígena, sino de carácter mestizo. En las grandes ciudades eso es evidente. La mayoría de los mexicanos se comunican en lengua española y la cultura mexicana, como la venezolana y la cubana y muchas otras, es producto del mestizaje. En algunos casos con mayor componente de tradiciones y de culturas ancestrales indígenas, en otros casos por la presencia de las distintas culturas negras. Es muy importante que hagamos esta distinción: ni todas culturas indígenas son iguales ni todas las culturas negras eran iguales. Por lo tanto, estamos hablando de un proceso en el que se funden dos, tres o cuatro raíces culturales y lo que tenemos como resultado es una cultura nueva. Y esa cultura nueva, hija del mestizaje, ha derivado en una cultura muy compleja que ha sido capaz de crear una música como la salsa, o un género como el bolero. Se convirtió en una manifestación cultural de una buena parte del Caribe. Es la poesía cantada de Latinoamérica porque llegó desde Chile, al sur-sur, hasta el norte de América Latina en México. Sin el componente africano que está detrás de estas manifestaciones, géneros como el mambo no habrían tenido la proyección que tuvieron. Tampoco lo hubieran tenido géneros que nos vienen del norte, como el jazz y el blues, en los cuales el elemento africano tiene un peso importante.

 

 

Es común el menosprecio de ciertos públicos, en el caso mexicano, hacia la música caribeña.
La percepción que ha habido del fenómeno de la salsa en un país como México es muy contradictoria porque lo mismo he visto actuar en México a muchas de las figuras de la salsa y tener una gran afectación, sobre todo si miramos a un pasado inmediato, cuando la música del Caribe se impuso en México de forma tal que se integró a la cultura mexicana. Te voy a poner dos ejemplos, puramente musicales, que son parte de la cultura mexicana y que son tomados de la cultura del Caribe: el bolero y el mambo. México es un país de boleristas y el mambo en su momento de gloria en México tuvo la plataforma que lo lanzó al mundo. ¿Qué pasó con la salsa? ¿Por qué se aceptó más o menos? Es un análisis que habría que hacer en algún momento desde las aristas culturales, sociológica e histórica. Pero, sin duda, la salsa, y esto es curioso si lo vemos desde la perspectiva mexicana, explica lo que ha pasado en otros sitios del Caribe. El hecho de que la salsa haya tenido la capacidad de nutrirse de distintas manifestaciones musicales que han estado marcadas en el desarrollo de la música, como las que mencionas, hizo que este movimiento tuviera la posibilidad de alcanzar una difusión mucho mayor y satisfacer una cantidad mucho mayor de gustos. Recuerda que además hay una música que se integra al fenómeno de la salsa y que no es propia del Caribe hispano, como el reggae de Jamaica y el bossa nova brasileño.

 

 

¿El reguetón llegará a formar parte del canon de música latinoamericana?
Habrá que esperar un poco para poder enjuiciar lo que ha sido el fenómeno del reguetón en la cultura latinoamericana, en la música principalmente. Porque ha tenido una capacidad de expansión mayor de la que tuvo la salsa. Tiene una relación directa con lo que fue el hip-hop y el rap norteamericano, que tuvo una gran capacidad de penetración a partir de una industria cultural que lo generó y procuró. Tiene una relación también, el reguetón, con la situación cultural, económica, social, política de Latinoamérica de estos años en los que hemos vivido infinidad de frustraciones. Un poco la consecuencia ha sido esta actitud un poco primaria, a veces indolente, a veces agresiva, a veces en apariencia culturalmente vacía. Digo aparentemente porque en una canción con mensaje sexista o violento hay una aventura cultural de esa violencia. Nada surge de la nada. El reguetón no es la causa, es la consecuencia. El hecho de que pueda existir en una sociedad socialista como Cuba o en una neocolonial como Puerto Rico, o se pueda cantar en otro país de América Latina con un sistema que consideramos democrático –con dudas–, hace que sea un fenómeno en proceso. Habrá que ver el juicio de la historia que caerá sobre él para salvarlo, condenarlo o, por lo menos, para matizarlo.

 

 

¿Se han generado, acaso, reacciones censoras contra el reguetón?
Se está censurando desde actitudes e imposiciones que tienen que ver con promoción de carácter industrial hasta afectaciones tipo político, como es el caso de Cuba. Se está condenando la consecuencia, no la causa. Lo más lógico sería llegar a las causas que han llevado a la existencia de este tipo de música y las actitudes de estos músicos. A pesar de que la alta cultura ha tenido una actitud crítica respecto al reguetón, las grandes masas de jóvenes son consumidoras de reguetón. No todos, pero un gran porcentaje. En esa relación entre los jóvenes y esa música habría que encontrar la verdadera razón para trabajar sobre la importancia del reguetón.

 

 

Ya se ha dicho que los momentos de crisis muestran lo mejor y lo peor de las personas. ¿Qué aspecto particular ve en la situación mundial que vivimos?
Este es un fenómeno que sin duda está conmoviendo a la sociedad mundial y que dejará una serie de huellas. Aquí en Cuba se dice: “Algo que recién ha llegado, llegó para quedarse”, respecto a la manera de enfrentar la pandemia. Y hay cosas que han llegado para quedarse estos años. Lo que ha resultado más evidente en un primer momento de esta crisis es la vulnerabilidad del ser humano. A pesar de que los homo sapiens hemos sido los triunfadores en el dominio del planeta esto ha demostrado cuán vulnerables somos, también la vulnerabilidad de los sistemas de salud. Estamos viviendo un año muy extraño en el que van a morir muchas personas de una enfermedad que no existía, pero va a morir parte de la economía a partir de una enfermedad que no existía. Estamos también en un proceso de resquebrajamiento de determinadas libertades que habíamos luchado por obtener. Hemos puesto en manos de los Estados las decisiones de nuestra salvación y la manera de implementar esos mecanismos de salvación. Yo estoy muy preocupado con lo que está ocurriendo y lo que vendrá después. Como persona individual deseo que esto se pueda resolver de la mejor manera y con la mayor prontitud porque la alteración que está provocando es realmente catastrófica. En Cuba, en particular, con respecto a la enfermedad, no ha tenido un problema muy grave de salud, pero nos está dejando un grave problema económico. Hay otros países, como el caso de México, que está dejando los dos problemas. Esto va a traer consecuencias y, como siempre, los más jodidos van a ser los más jodidos, y van a estar más jodidos en la pandemia y después de la pandemia.

 

 

En agosto se cumplieron 80 años del asesinato de León Trotsky, personaje central de El hombre que amaba a los perros. En muchos países latinoamericanos sigue siendo “candela” mencionar la palabra socialismo. ¿Cuál es su lectura?
Habría que hacer una diferenciación semántica y conceptual entre una sociedad con un sistema socialista y una sociedad en la que el sistema está dirigido por un partido comunista. Se ha hablado del socialismo nórdico, donde hay una perspectiva social mucho más amplia de lo que puede haber en otros países con democracias más abiertas. Hay también una diferencia entre estos países y las democracias populares de las que quedan hoy muy pocas: Corea del Norte, Vietnam, China y Cuba, ya con diferencias notables de lo que fue la ortodoxia. Mucho del miedo al socialismo tiene que ver con la desinformación y las malas experiencias. Desinformación en cuanto hay sectores políticos en el mundo, principalmente Estados Unidos, que han estigmatizado la palabra  socialismo. El caso de Bernie Sanders –el político que se auto declara socialista aunque no comunista–, su discurso y su programa estarían más cercanos a un socialismo nórdico que a un sistema socialista. Sin embargo, es estigmatizado porque se declara socialista. Hay un temor a la palabra socialismo en Estados Unidos que supera incluso las barreras tradicionales que existían. Ha sido más fácil que haya habido un presidente negro o una candidata presidencial a que haya un candidato o presidente que se declare socialista. Esta visión hegemónica norteamericana ha influido en el resto del mundo. Hay una serie de gobiernos en América Latina con una perspectiva cercana al socialismo en sus distintos grados sin llegar a ser un sistema comunista. Ha habido una reacción muy fuerte de la derecha. Es muy claro en Chile, Bolivia o Ecuador, donde existieron gobiernos con carácter socialista y ya no están en estos momentos.

 

Yo lo resumiría, hablando de Trotsky, en que la gran lucha ya no es por el socialismo o el comunismo. La gran lucha hay que verla por la equidad, acercarnos lo más posible a esa equidad necesaria para una gran parte de la población mundial. Esto se relaciona al gran proyecto utópico que existe de desde la época de los griegos de la antigüedad y que tuvo una manifestación muy concreta en el comunismo del siglo XX, el comunismo real y que fracasó en la medida que económicamente fue inviable y socialmente cometió errores lamentables que pudieron llegar a elementos de crueldad, como sucedió con los gulags. Lo que sería interesante e importante sería tratar de refundar un proyecto utópico. Hace falta tener una nueva utopía en la que guíe al mundo de una forma en que esa equidad sea posible.

 

ILUSTRACIÓN: Boligán

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