El libro y lo bello

Dic 7 • destacamos, principales, Reflexiones • 5058 Views • No hay comentarios en El libro y lo bello

/

/

POR ASCENSIÓN HERNÁNDEZ TRIVIÑO

 

Para Miguel León-Portilla

Un libro es un mundo en mis manos. Lo abro y en él encuentro letras y palabras y en ellas están representadas realidades, ideas, pensamientos y creaciones intangibles e insospechadas, producto de la imaginación de mentes creadoras y privilegiadas. Pero también un libro es un objeto bello que nos provoca placer y deleite.

 

Hoy recibimos Miguel y yo un premio cálido y entrañable: el premio al bibliófilo, el premio al que ama los libros. Es un premio que no implica escribir libros ni leer muchos libros para saber y poder enseñar. Es, simplemente, un premio que se da a la persona que ama los libros, que se encariña con ellos y que con ellos vive. “Vivir entre libros” se dice de la persona que tiene muchos libros, una biblioteca; que los cuida, los ordena y pasea entre ellos y mirando los anaqueles, tomando un libro entre las manos, lo abre, lo mira, lo acaricia. Lee el índice, busca un capítulo, se detiene en una página, encuentra una reflexión, un pensamiento original. Finalmente lleva el libro a su mesa de trabajo para leerlo despacio, lo hojea de nuevo y toca sus páginas deslizando la mano y acariciando el papel.

 

Siempre he pensado que el libro es un objeto acariciable; primero con la mirada, después con la mano y finalmente con la lectura, con la cual penetramos hasta llegar a lo más íntimo del pensamiento del autor. Pero es la mirada la que nos abre la primera relación con el libro gracias al “privilegio de la vista”, en frase de Octavio Paz; miramos y vemos su tamaño, su forma, su color y se nos viene un deseo de seguir mirándolo. En un instante calibramos la proporción de sus dimensiones, la relación entre la altura y la anchura, si es cuadrado o rectangular, si es alargado como una palmeta o si es enorme, de gran formato con bonita portada; los libros grandes son muy vistosos y suelen contener fotografías muy bellas; son sin duda, obras de arte, la mejor decoración para una mesa de sala o de biblioteca y lucen muy bien abiertos en un atril. Inclusive se pueden poner en el suelo, en un rincón de la biblioteca, uno encima de otro formando una torrecita decorativa que resulta bonita y original.

 

Pero tal vez el mayor privilegio de la mirada, cuando tenemos un libro entre las manos, es la esbeltez. Cualquier libro, por humilde que sea, puede parecernos muy bello si está concebido con una proporción que le dé esbeltez, es decir que el grueso de las páginas esté en armonía con la altura y la anchura. Puede ser cuestión de geometría, pero el amante del libro no piensa tanto en la figura geométrica sino en la belleza instantánea, en la armonía a primera vista, en el placer de mirarlo. Y en este contexto, el grosor del libro es fundamental ya que con él se determina el lomo del libro, curvo o plano, mejor curvo, liso, alargado, no muy ancho; que el libro en las manos no se sienta como un tabique cuadrado o semicuadrado sino que sea asible con una sola mano y que al mirarlo, produzca el placer de una pequeña obra de arte colocada en el anaquel de la biblioteca. Tal vez sin darnos cuenta, lo acariciamos con la mirada por unos instantes y sentimos el impulso de abrirlo, de verlo por dentro y saber si su interior corresponde a la forma externa.

 

Cuando lo abrimos, en un instante se nos hace presente la belleza del papel, la letra y la tinta, y, sin querer, nos fijamos en los márgenes, que sean generosos, que la escritura no llegue al borde de las páginas. Un libro sin márgenes es como una pintura sin marco y al menos, en nuestra tradición occidental, sentimos que falta algo, aunque en la tradición del Oriente el marco no es necesario, como muy bien lo ha mostrado José Ortega y Gasset en su ensayo “Meditación del marco”, 1921. El papel es el soporte que da fundamento a la escritura. Ya no pedimos un papel de tela como en los siglos pasados, pero sí pedimos un papel firme, terso, de color ligeramente amarfilado; que sea una bella morada de las letras o de los signos de cualquier escritura, hechos con tinta negra brillante y viva, perdurable. Entre paréntesis, hoy se ha puesto de moda la tinta gris, desleída, que forma una página opaca y que no despierta ninguna emoción. Cuando el papel es bello, nos lanzamos a tocarlo, sentirlo, acariciarlo. Pasamos del privilegio de la vista al privilegio del tacto. Podemos pasar la mano con suavidad de movimiento, sin apretar y sentimos la tersura en un tacto intenso, prolongado. Tal vez con la caricia, el libro recibe calor, siente rico, pues las células del papel alguna vez tuvieron vida y quién sabe si, presas ya en el tejido, conserven su piel y su corazón.

 

En la vida hay un momento en que nos viene el amor al libro, que nos gusta leerlo y verlo. Es difícil recordar ese momento pues nuestra civilización se ha hecho muy dependiente del libro y, desde la tierna niñez, el niño vive con libros que suelen tener más imágenes que lectura. Así fue con mi hija. Aún guardo el primer libro que tuvo, cuentos y canciones en los que las imágenes ocupaban casi toda la página y las letras eran un complemento. Ella reconocía cada cuento y lo recitaba sin saber leer, lo cual dejaba sorprendidas a algunas personas, pero al ver las imágenes, recitaba la letra que ya sabía de memoria. Recuerdo el gusto que tenía de cantar aquella de “Ya se murió el burro” o aquella otra de “Estaba el señor don gato sentadito en su tejado”.

 

Yo tuve mi primer libro a una edad que recuerdo muy bien, pues tenía casi nueve años. Era el libro de lectura de la Primaria; era el único libro que tenía, ya que las materias de estudio las escribía el maestro en el pizarrón y nosotros las copiábamos en nuestros cuadernos. Me enamoré de aquel libro de papel terso y bonito, letra firme y renglones amplios con pequeñas ilustraciones y, años después, lo mandé encuadernar y quedó como nuevo. Se llama El libro de las narraciones. A veces lo leo y me encanta todo lo que en él se lee: romances, cuentos, fábulas de animales y canciones populares en español, gallego, catalán y vasco. También me aprendí de memoria algunos de sus textos, en especial los romances: el de la Infantina, la Misa Mayor. El conde Alarcos. Dichoso aquel que recuerda su primer libro y lo puede tener de nuevo entre las manos, ya que tiene un doble gozo: el de la belleza del libro en sí mismo y el de recordar su primer gozo al leer un libro. Después, la vida te va llevando por el camino de los libros y vas descubriendo la riqueza de las creaciones humanas y lo bello de todos o casi todos los libros, pues todos se pueden vestir de fiesta y ser elegantes con una buena encuadernación.

 

Los libros son una de las más grandes creaciones humanas relacionada con la mayor creación del hombre que es la lengua y su representación en un soporte material que es la escritura. El hombre ha creado escritura y libros bellos en muchas culturas porque necesita comunicarse, no sólo por la palabra hablada, sino también por la escrita. El hombre necesita “hablar con los ausentes, con los que fueron y con los que habrán de venir” como decía Nebrija al hablar de la invención de las letras en su famosa Gramática sobre la lengua castellana de 1492. Por ello ha dejado escritura en piedra, en huesos, en conchas, en piedras semipreciosas, en esculturas humanas y en algo humilde y sencillo, la arcilla. Son pequeños monumentos siempre bellos y aunque a veces no son libros, son fragmentos de libros que nos hablan y nos cuentan un pasado que hacemos nuestro.

 

Hacia el tercer milenio antes de nuestra era ya podemos hablar plenamente de libros en lo que se ha llamado la media luna fértil: Mesopotamia y Egipto. En Mesopotamia se empiezan a escribir signos que representan “sonido y sentido” en tablillas de barro, de mediano tamaño, lisas y pulidas que se sostienen con una mano y que se pueden archivar con un orden y una secuencia. En el barro húmedo, los escribas van consolidando una forma de escritura hecha con la incisión de una caña cortada de tal manera que resulta un triángulo. Primero los signos reproducen la realidad, las cosas; después, los signos se hacen abstractos y representan sonidos y palabras. Tablilla más tablilla ya es un libro y miles de tablillas integran las primera bibliotecas de la historia como la del rey de Asiria, Asurbanipal (siglo VII a. C.). El desciframiento de esta escritura fue difícil pero fascinante y estoy segura de que los escribas mesopotámicos y los asiriólogos modernos, cuando leen las tablillas, las miran, ven los signos, pasan suavemente la mano, las acarician, las descifran y tal vez respiran hondo y las besan cuando terminan de leer textos como el Poema de Gilgamesh, el héroe que busca la inmortalidad.

 

Al mismo tiempo que esto sucedía en Mesopotamia, en Egipto, los escribas de las paredes de las tumbas, descubren el papiro en las orillas del Nilo y comienzan a prepararlo para escribir en él. Superponiendo hojas y pegándolas con una substancia aglutinante, consiguen una superficie blanca, tersa, pulida, donde los signos de la escritura resaltan en color y en belleza y guardan un pensamiento. Un papiro se pega a otros papiros en una larga tira y la escritura puede acomodarse de manera que el contenido se distribuya en espacios delimitados a manera de nuestras páginas. Después, todo se enrolla en un “volumen”. Así nos ha llegado El libro de los muertos, columna vertebral del pensamiento egipcio en el famoso Papiro de Ani, elaborado en el Imperio medio, 1500 a. C. que hoy se guarda en el Museo Británico. Las tablillas de arcilla y el papiro son nuestros primeros libros que nos han legado, además del secreto de la palabra, una belleza atrayente que despierta en nosotros el placer de lo sensible y de lo inteligible.

 

Es probable que el libro más antiguo y profundo de nuestra cultura, la Biblia, se fue escribiendo a lo largo de los siglos en papiro, aunque los textos más antiguos estuvieran en tablillas que Abraham se llevó al salir de su ciudad, Ur. Durante su estancia en Egipto los hebreos conocieron el papiro y no sería extraño que lo aceptaran durante mucho tiempo, durante siglos, como lo aceptaron griegos y romanos para sus escritos importantes. Tiempo después, en Asia Menor, en la ciudad de Pérgamo surgió un nuevo descubrimiento, el pergamino. Allí se empezaron a trabajar las pieles de los corderos jóvenes, a veces no natos –un terrible infanticidio– como soporte muy resistente para conservar la escritura. Las pieles se curtían y se les daba un acabado impecable, una imprimatura que brilla y resalta lo que queramos pintar o escribir. Los pergaminos se cortan en láminas y las láminas se pueden utilizar por los dos lados y además, se unen por el margen izquierdo, de tal suerte que la escritura conserva su secuencia y se puede ilustrar con imágenes; se logra así un instrumento de lectura muy práctico y duradero, en el que cabe un escrito largo y además muy bello. Con el pergamino nace el modelo de libro que ahora seguimos usando. A los primeros cristianos les gustó mucho el pergamino para preservar sus textos bíblicos y poco a poco se fue imponiendo, de tal manera que en la Edad Media fue el material más usado por los copistas benedictinos, si bien hay que recordar que el perduró como soporte elegante usado en los Breves pontificios hasta el Renacimiento. Hoy día, tener en nuestras manos un pergamino medieval, escrito en letra visigótica, carolina o uncial irlandesa, con miniaturas y letras capitulares, es una experiencia que despierta la emoción ante la belleza de la obra de arte. Nos lleva a pensar en una tarea larga que empieza con el trabajo del pastor y que termina en el scriptorium de un convento románico o gótico, con grandes ventanales por los que penetra el sol; allí está el monje enamorado de los clásicos greco-romanos trabajando sin cesar día a día con esmero y con mucho amor. Los que tenemos en las manos un libro de pergamino tenemos la sensación profunda e intensa de volver al pasado y sobre todo tenemos el placer y la emoción de ver la piel hecha seda y sobre ella, las letras y las miniaturas, con las mismas formas y colores que el monje las dejó hace muchos siglos, tal vez milenios.

 

Papiro y pergamino son los antecedentes de nuestro papel, que como es sabido, llegó de China. En aquel país, desde hace milenios, se fabrica el papel con las grandes cáscaras que suelta el bambú y con la corteza de los morales. También hay papel de arroz. Los chinos guardaron el secreto de producir papel tanto como el de la porcelana y la seda. Pero en el año 712 de nuestra era, los árabes llegaron a la ciudad de Samarkanda, hoy Afganistán, y descubrieron el papel chino, mucho más barato y más fácil de fabricar que el papiro o el pergamino. De Samarkanda a Córdoba pasando por El Cairo, hay muchas leguas, pero el tiempo lo puede todo y el papel llegó a la capital del califato unas décadas después. En Córdoba se instalaron los molinos de papel en el Guadalquivir y los poetas empezaron a escribir en papel de trapos de algodón o lino. Era un papel firme, liso y suave, resistente al tiempo y que resguarda la libertad del espíritu. Así lo dice el gran Ibn Hazan de Córdoba, (994-1063), desterrado de su patria, en su libro, El collar de la paloma, un clásico del erotismo:

 

Aunque el papel queméis

No quemareis lo que el papel encierra

Que dentro de mi espíritu y conmigo camina

¿Qué me importa que queméis papeles y vitelas?

El nuevo papel era humilde y bello y se podía cortar del tamaño necesitado y coser en el margen izquierdo; la pluma se desliza en él y deja la tinta que pronto seca y además se hace de trapos viejos, un material muy barato, algo que nunca imaginaron los escribas y los monjes. Causa sensación en la España cristiana principalmente en Toledo donde se abre una Escuela de traductores a fines del siglo XII. Allí acuden los humanistas de muchos países de Europa a encontrarse con la sabiduría clásica pasada por el pensamiento árabe. Allí llegó Pedro el Venerable (1092-1156), abad de Cluny y al ver el nuevo soporte exclamó: ¡en Toledo escriben con una sustancia hecha de trapos¡ El nuevo invento convivió algunos siglos con el pergamino y el rey sabio, Alfonso X (1221-1284), que legisló para todo, también legisló para el uso del pergamino de cuero y el pergamino de trapo. Al final, el nuevo papel se impuso pues los grandes pliegos se podían doblar y cortar fácilmente en forma de fojas fácilmente.

 

Con el Renacimiento, el libro impreso gana la batalla como soporte de un pensamiento que muchos pueden compartir y que cada uno lee con sus propias reflexiones. Es entonces cuando el libro se consolida como modelo de lectura y se embellece con grabados, a veces coloreados como bellas pinturas. El libro europeo del Renacimiento está hecho de papel de hilo, terso y blanco, con la letra muy cuidada, primero gótica y después itálica, adornado de grandes letras capitales, ilustrado con imágenes, mapas y monumentos. En él se logra armonizar el arte tipográfico y el arte del grabado y es un objeto de belleza que hermosea los salones de los reyes y las casas de los burgueses que tienen buen gusto. El modelo cambia y se renueva sin cesar pero sigue siendo válido para nuestro presente.

 

En este contexto renacentista, llegan nuevos libros a Europa. Entran por España, por Sevilla, en 1519, hace quinientos años. Son los libros del Nuevo Mundo, los que llamamos códices. Llegan de Veracruz, la ciudad fundada por Hernán Cortés en abril de 1519. Conocido es que, unos días después de fundarse Veracruz, el señor de los Mexicas, el tlatoani Moctezuma envía un presente a Cortés con regalos fabulosos: piezas de oro, plata, piedras semipreciosas y plumas. En aquel tesoro venían dos libros. Inmediatamente Cortés reenvía el enorme presente de Moctezuma a su rey Carlos, recién electo emperador de Alemania. Tres procuradores de Cortés, Alonso de Portocarrero, Francisco de Montejo y el piloto Antón de Alaminos, descubridor de la corriente del Golfo, salen de Veracruz el 26 de julio y llegan a Sanlúcar de Barrameda en octubre. Unos meses después, en abril de 1520, Carlos recibe el gran regalo en Valladolid y en el otoño de ese año, lo lleva a Bruselas con motivo de su coronación como Rey de Romanos. Pero antes, en Valladolid, los contempló el gran humanista italiano, Pedro Mártir de Anglería, instalado en España para ver, decía él, “todo lo que el preñante océano daba a luz”. Anglería se convirtió en el primer cronista del Orbe Nuevo y también en el gran publicista del Renacimiento, pues se conservan de él cientos de cartas escritas en latín y dirigidas a los famosos de Europa, incluyendo los papas.

 

En su Epistolario, que está publicado, y en sus Décadas del Nuevo Mundo describe los libros con gran detalle y admiración. He aquí un resumen:
La sustancia en la que los indígenas escriben son hojas de esa delgada corteza interior del árbol que se produce debajo de la superior que llaman filira, según creo. Es como la que vemos en las esteras de palmillas comestibles cuyas hojas exteriores se entrecruzan a modo de redes. Dicho tejido reticular le embadurnan con un betún pegajoso y lo cubren con yeso; cuando todavía está blando, le dan la forma apetecida, lo extienden a su arbitrio… No encuadernan los libros por hojas sino que las extienden a lo largo formando tiras de muchos codos. Redúcenlas a porciones cuadradas, no sueltas sino unidas entre sí por un betún resistente y tan flexible, que cubiertas con tablillas de madera, parecen haber salido de las manos de un hábil encuadernador. Por dondequiera que el libro se abra aparecen dos caras escritas, o sea, dos páginas, debajo de las cuales quedan otras dos ocultas.

 

La descripción de Anglería nos acerca mucho a la realidad de los códices elaborados con papel del amate y una resina aglutinante extraída de una planta de la familia de las orquidáceas, el tzauhtli, con un acabado liso y terso, a modo de imprimatura, donde era fácil escribir con tinta y colores. Además se doblaban en forma de biombo, algo desconocido en Europa. También le llamó la atención la escritura, que describió muy bien:

 

Los caracteres de que usan son muy diferentes de los nuestros y consisten en dados, ganchos, limas y otros objetos, dispuestos en línea como entre nosotros y casi semejantes a la escritura egipcia. Entre las líneas dibujan hombres y animales, sobre todo reyes y magnates por lo que es de creer que en esos escritos se contienen las gestas de los antepasados y a la manera de los impresores actuales, suelen intercalar láminas representativas de los protagonistas.

 

Anglería establece una relación con los libros que él conocía y piensa que la función de todos ellos era la misma. No estaba lejos de la realidad. Hoy se dice que estos dos libros son el Códice Vindobonense, de factura mixteca y el Códice Fejervary Mayer, del altiplano. En el primero, se guarda la memoria del origen del pueblo mixteco y el linaje de sus gobernantes. En el segundo se dan a conocer cómputos calendáricos en relación con los cuatro rumbos del espacio y las divinidades que los gobiernan con una alusión clara al mundo de los mercaderes, los pochtecas. Es por ello que Miguel León-Portilla le ha llamado Tonalamatl de los Pochtecas. Pero dejando a un lado el contenido, la belleza de estos libros se justifica por sí misma; está en las formas de los personajes, en sus posturas y atavíos, en la simetría de las escenas delimitadas entre líneas con su secuencia temporal, en los caracteres numéricos, en los glifos, que guardan símbolos de un pensamiento divino y humano; en fin, están en los colores bellos y aún brillantes que dan vida y alegría al que los mira. Nadie mejor que Nezahualcóyotl lo ha expresado con estas palabras dirigidas al Dador de la vida: “libro de pinturas es tu corazón”. En suma, los libros de pintura dejaron asombrados a Anglería y a otros autores del Renacimiento tanto como a nosotros cuando los contemplamos en los facsímiles y los miramos en nuestras bibliotecas.

 

Ahora bien, los libros no viven solos, necesitan más libros para sostenerse y para ser parte de una composición artística donde la vista se mueve de arriba abajo o de izquierda a derecha gozando los títulos y los tejuelos dorados. El libro necesita su laberinto. Poco a poco, nos hacemos de libros y vamos llenando anaqueles, pasillos y paredes. Es entonces cuando el libro vive en su ambiente, en su laberinto. Un día, un amigo te regala el libro que escribió o el libro que le gustó para que tú también lo goces; otro día pasas por una librería y encuentras el libro que buscabas, lo lees y buscas otros más. De repente, descubres una librería de viejo y te sorprendes; caes enamorado por los tesoros que allí se guardan, aunque no sean de pergamino ni de papel de trapo. Es entonces cuando sales y aprovechas para entrar en la librería que te gusta y, poco a poco, la búsqueda de libros se convierte en un momento de descanso, de sosiego y de placer. Y si encuentras un facsímil de algún autor antiguo, sientes que tienes en tus manos un tesoro y te haces la ilusión de que posees el original, algo que sólo tuviste en sueños. Nosotros tenemos la fortuna de contar con treinta y seis facsímiles de impresos novohispanos gracias a un amigo de Guadalajara, Edmundo Aviña Levy, quien siendo ingeniero, es bibliófilo y durante una época de su vida se dedicó a editar facsímiles para regalarlos a los amantes de los libros.

 

Llegados a este punto, cuando paseas, cuando viajas, vas en pos de los libros porque ya te has encariñado con ellos y con ellos vives día y noche. Así nos pasó a Miguel y a mí: buscar libros era un motivo de paseo y de placer, tanto en las librerías de viejo como en las nuevas, llenas de libros académicos y libros de arte, muy bien ilustrados. Adonde quiera que íbamos y más en la Ciudad de México, nos peinábamos las tiendas de libros. Mientras, los anaqueles de la biblioteca se llenaban y mandábamos hacer otros, que pronto se llenaban también, porque además de tus libros, los amigos te regalan otros libros y el ambiente universitario es muy propicio para adquirir libros sin esfuerzo. Llega un momento en que el cariño al libro es tal, que recibes los libros que otros no quieren, los libros huerfanitos mal cuidados y sin portada; pero sabemos que esos libros se pueden vestir con bonitas encuadernaciones y entonces quedan como la ropa de Armani en un escaparate de lujo.

 

Decía don José Luis Martínez, que una biblioteca valía más si los libros estaban encuadernados; él había convertido su casa, en un precioso laberinto de libros. Yo estoy totalmente de acuerdo y pienso que, a medida que compramos libros, tenemos que ir encuadernando poco a poco, porque no hay decoración más bella y elegante que los libros. Los lomos de piel con sus tejuelos en oro producen alegría y vida que se traduce en una emoción sensible que induce a acariciarlos. La belleza de un libro te lanza a amarlo, a tocarlo, a agarrarlo con la mano, a abrirlo donde sea y a leer unas líneas para ver qué dicen sus letras. Pero la belleza de todos juntos evoca un sentimiento muy profundo, yo diría que es un sentimiento de lo sublime, de la grandeza del pensamiento y del arte. Esto es una biblioteca, un lugar donde los libros dan vida y calor y donde la vista alcanza el sentimiento de lo sublime.

 

Lecturas básicas:
Anglería, Pedro Mártir de, Décadas del nuevo Mundo. Traducción de Agustín Millares Carlo. México: José Porrúa e Hijos, 1964, 2 v.

Gaos, José. “La caricia”, en Dos exclusivas del hombre. La mano y el tiempo. México: Universidad de Nuevo León, 1945.

 

Hernández de León-Portilla, Ascensión y Liborio Villagómez, “Estudio codicológico”, en Cantares Mexicanos. Edición de Miguel León-Portilla. México: UNAM y Fideicomiso Teixidor, 2011, v. 1.

Kant, Manuel, Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime. México: Editorial Porrúa, 1973. (Sepan Cuantos, 246).

Lacalle, Ángel, El libro de las narraciones. 2ª ed. Barcelona: Editorial Bosch, 1949

León- Portilla, Miguel, Quince poetas del mundo náhuatl. México: Editorial Diana, 1994.

Ortega y Gasset, José, “Meditación del Marco” En Obras Completas. 2ª ed. Madrid: Revista de Occidente, 1966. (ensayo publicado en 1921)

« »