Macbeth y las pasiones del alma humana

Nov 27 • Sin categoría • 764 Views • No hay comentarios en Macbeth y las pasiones del alma humana

 

En 1606 fue escenificada por primera vez La tragedia de Macbeth, del dramaturgo inglés William Shakespeare. Esta obra resultó un entramado de ambiciones terribles que arrastran a su protagonista a su propia perdición, pero que, al mismo tiempo, son un reflejo de la locura de la que es capaz el género humano

 

POR RAÚL ROJAS 
William Shakespeare (1564-1616) es quizás el escritor y dramaturgo más célebre de la literatura universal. Siempre figura en todas las listas de los más importantes literatos. Es difícil elegir aquella que pudiera ser calificada como su “obra máxima”. Y es que desde el Mercader de Venecia, Romeo y Julieta, pasando por La Tempestad y Hamlet, se trata de sendos bestsellers que siguen siendo leídos y escenificados hasta nuestros días, más de cuatro siglos después de la muerte del poeta. En Ashland, Oregon, todos los años miles de visitantes acuden en masa para poder presenciar alguna de las once obras escenificadas durante el Festival de Shakespeare. Espectáculos de ese tipo los hay ya por todo el mundo. En Nueva York, el programa teatral “Shakespeare en el parque” existe desde la década de los 50.

 

Pero desde mi humilde punto de vista, si hay un opus que concentra todo el suspenso y profundidad del repertorio del bardo de Avon, esa sería La Tragedia de Macbeth, escenificada por primera vez en 1606. Su tema es universal: la audacia requerida para conquistar el poder político y el cambio de piel que eso implica, las maquinaciones necesarias para aniquilar al enemigo y la futilidad de querer evadir la inexorabilidad del destino. Mientras que en Hamlet se tematiza un problema similar (el trono usurpado por un asesino), eso se hace desde la perspectiva del traicionado y futuro vengador. Hamlet es un filósofo, titubea y reflexiona sobre el significado de la vida. Macbeth, sin embargo, es un hombre de acción y seguimos su relato desde la perspectiva del criminal mismo. Somos testigos de sus vacilaciones y lucha interior, de su paulatina degradación, como si el delincuente estuviera ahí, en el escenario, tendido sobre el diván del Dr. Freud. Lo acompañamos paso a paso en su camino hacia la perdición.

 

La Tragedia de Macbeth es, como Edipo Rey, la historia de una profecía autorrealizada. Macbeth es un señor feudal y general en el ejercito de Duncan, el rey de Escocia. Al comienzo de la obra, él y Banquo, otro general, encuentran a tres hechiceras que le profetizan a Macbeth que se convertirá en Barón de Cawdor y después en Rey de Escocia. A Banquo le auguran que será “menos” que Macbeth, pero que sus descendientes serán reyes. Poco después le informan a Macbeth que el rey lo ha nombrado Barón de Cawdor, sustituyendo al que ha caído en desgracia por traidor.

 

Al enterarse Lady Macbeth de la profecía urge a su marido a que asesine al Rey Duncan, quien será huésped de ambos en su castillo. Lady Macbeth lo azuza lamentando que no tenga el carácter necesario “para tomar atajos”. Aunque a Macbeth no le falta ambición, si le falta aún “la maldad que debe acompañarla”. Lady Macbeth le hace ver que la gloria hay que arrebatarla cuando las circunstancias lo permiten, en vez de tratar de alcanzarla “por la virtud”.

 

Ellen Terry as Lady Macbeth, pintura de John Singer Sargent, 1889.

 

Alucinando una daga que flotando en el aire lo conduce hacia el lugar del magnicidio, Macbeth asesina al rey Duncan. Cuando se descubre el cadáver del soberano, el asesino logra que todas las sospechas recaigan sobre sus guardias ebrios. Los ajusticia fingiendo indignación, mientras que los dos hijos de Duncan se dan a la fuga. No habiendo rey ni descendientes, Macbeth es nombrado nuevo monarca de Escocia.

 

Ya habiendo escalado la cima, Macbeth y su consorte sólo temen a Banquo, a quien las hechiceras auguraron una descendencia de reyes. Macbeth convoca por eso a un convivio en su palacio, pero le da ordenes a tres asesinos de liquidar a Banquo y a su hijo. Cuando llegan a la cena, los asesinos consiguen matar a Banquo pero no a su vástago, quien logra huir.

 

Las escenas posteriores hay que imaginarlas representadas en el teatro, quizás en aquel llamado el Globo, en Londres, donde se escenificaron muchas de las piezas de Shakespeare. Aquel era un teatro redondo como cilindro, con galerías muy cercanas al escenario. Tan cercanas que los espectadores se podían sentir parte del drama. Podían estremecerse con las traiciones y reír con las bromas intercaladas en el libreto. Durante la cena que ha organizado Macbeth, el espectro ensangrentado de Banquo se le aparece, sólo a él, y le reprocha en silencio lo que ha hecho. Macbeth lo maldice, le exige que se vaya, exclamando: “fuera sombra horrenda”, sin visión “en esos ojos de ira que me clavas”. Y el espectro calla, sólo visible para Macbeth y para los espectadores en el teatro, mudos de pavor.

 

Macbeth viendo el espectro de Banquo, por Théodore Chassériau


Macbeth viendo el espectro de Banquo, por Théodore Chassériau

Macbeth viendo el espectro de Banquo, por Théodore Chassériau

 

El cuarto acto es el preludio a la catástrofe que viene. Las tres brujas mezclan sus pócimas y esperan la visita de Macbeth, quien llega puntual al amparo de la obscuridad, cuando el “día y la noche están en pugna”. Dos apariciones, conjuradas por las hechiceras, le indican a Macbeth que se cuide del general Macduff, leal a Duncan, pero también le anuncian que “nadie nacido de mujer a Macbeth podrá dañar”. La tercera aparición proclama que “Macbeth no caerá vencido hasta el día en que contra él el bosque de Birnam suba a Dunsinane.” Los vaticinios no logran más que envalentonar a Macbeth, quien decide aniquilar a Macduff y su familia, pensando que es invulnerable frente a cualquier hombre y que además un bosque nunca se pondrá en movimiento hacia él. Pero la misma Lady Macbeth se horroriza ahora de su consorte y de lo que ha desencadenado.

 

En Inglaterra, mientras tanto, Malcolm, hijo de Duncan, y Macduff preparan la invasión de Escocia, con la ayuda de tropas proporcionadas por el soberano inglés. Con su familia asesinada, Macduff debe en el dolor “afilar la espada”. Entretanto, Lady Macbeth ha enloquecido y vaga por el castillo, sonámbula, frotándose incesantemente las manos para lavar la sangre que imagina manchando sus manos. Macbeth fortifica el castillo de Dunsinane, a la espera de las tropas comandadas por Malcolm y Macduff. Éstas, para disimular el número de sus soldados, deciden cortar ramas del bosque de Birnam para llevarlas al frente, ocultando a los guerreros. Lady Macbeth muere antes del asedio y Macbeth, ya con el corazón hecho una piedra, sólo comenta sobre ella: “tenía que morir tarde o temprano”, ya que la vida “es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.

 

En tanto, un vigía le notifica a Macbeth que el bosque de Birnam “se ha puesto en movimiento” y éste se da cuenta de que, poco a poco, las profecías se van cumpliendo. Aún así no le teme a ningún combatiente, ya que nadie nacido de mujer lo puede herir. Sin embargo, Macduff lo encuentra ya hacia el final de la batalla, con las tropas del usurpador cambiando de bando, y lo reta al combate. Macbeth proclama arrogantemente que no se rendirá a “nadie nacido de mujer”, a lo que Macduff responde que “del vientre de su madre Macduff fue sacado antes de tiempo”. Es decir, nació por cesárea de un cuerpo sin vida.

 

Se cierra así el círculo de las profecías. Al final, Macduff sale al encuentro de las tropas con la cabeza de Macbeth ensartada en una piqueta mientras los soldados saludan a Malcolm como nuevo rey de Escocia.

 

El final es feliz, es el que el público se espera, pero los altibajos en el relato me hacen recordar lo que Kurt Vonnegut llamó el “perfil de las historias”. En el eje vertical de sus diagramas, Vonnegut ponía, hacia arriba, la buena y, hacia abajo, la mala fortuna. En el eje horizontal corre el tiempo, del inicio hasta el final de la historia. Las historias pueden comenzar con algo bueno que sucede (la curva se mueve hacia arriba), el héroe se mete en problemas (la curva se mueve hacia abajo), pero logra vencer las dificultades, con lo que la curva termina subiendo hacia un final feliz. Pero aun Vonnegut, cuya teoría del perfil de las historias fue rechazada como tesis
de maestría por la Universidad de Chicago, capituló frente a la complejidad de Hamlet, que era imposible meter en un diagrama. Sin embargo, quizá Macbeth es más “dibujable”: la buena suerte acompaña al antihéroe hasta que se hace rey (la curva sube), pero su sentimiento de culpa y sus crímenes lo hacen despeñarse, junto con su mujer, en el abismo de la tragedia (la curva baja para ellos). Para Escocia y para el espectador la curva sube, al final, con la muerte del usurpador.

 

Claro que en la época en que Shakespeare escribe no existía aún el derecho de autor, o no lo tomaban muy en serio. Para muchas de sus historias el dramaturgo simplemente adaptó historias ya existentes. Es el caso del Mercader de Venecia, con un texto muy cercano a una historia italiana del siglo XIV, y otros materiales. Para Hamlet, Shakespeare modificó la Vida de Amleth, una historia del siglo XIII, que había atravesado por diversas adaptaciones en Europa. En el caso de Macbeth, Shakespeare se basó en las Crónicas de Holinshed, un volumen colaborativo sobre la historia de las islas británicas. Precisamente en sus páginas podemos encontrar el cuento de las tres brujas, que hacen las mismas predicciones que en la obra de Shakespeare. Sin embargo, en las Crónicas Banquo y Macbeth son aliados y Macbeth reina durante años antes de ser depuesto.

 

Quizá La tragedia de Macbeth es tan estremecedora por lo que nos revela acerca del carácter humano. El político comienza vacilando, pero termina desafiando al mundo entero, enloquecido de poder. Los conspiradores no logran nunca disfrutar plenamente lo alcanzado, perseguidos por el remordimiento. Mientras tanto, en lo profundo del theatrum mundi, el destino avanza inexorablemente. Aunque nos haya sido revelado, no lo podemos evadir.

 

Crimen y castigo, poder y asesinatos, amor y desamor, traición y lealtad, valor y cobardía, esos son sólo algunos de los ingredientes que nutren a las tragedias de Shakespeare que por eso conservan su embrujo y trascendencia universal. Son aventuras en las que cada frase de sus personajes revela algo sobre la naturaleza humana y nuestra locura colectiva.

 

FOTO: Macbeth y las brujas, del pintor Thomas Barker, hacia 1830/Crédito: Folger Shakespeare Library Digital Image Collection

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