Crónica de La Viga —los niños de los perros—

Sep 5 • Ficciones • 805 Views • No hay comentarios en Crónica de La Viga —los niños de los perros—

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El poemario Fábula y Odisea, del poeta Manuel Becerra, fue merecedor del XVII Premio Nacional Alonso Vidal, organizado por el municipio de Hermosillo, libro del cual publicamos una selección de textos

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POR MANUEL BECERRA

CRÓNICA DE LA VIGA —LOS NIÑOS DE LOS PERROS—

Cuando una perra alumbraba, le dábamos un nombre a cada una de sus crías para establecer una comunión. Las separábamos pronto de la madre apenas se destetaban y la madre parecía olvidarlo pronto, sin rencor alguno (una ventaja sobre el ser humano). Nos advertían que “al perro que se carga mucho se duele del alma y se enferma”. Entonces pasados los días algunas morían y nos preguntábamos si la culpa era nuestra o de la vida. Las poníamos a soñar después bajo esa higuera llamada El camello por su semejanza con los ancas y la giba de un dromedario y porque, según los niños que fuimos, no necesitaba de agua para renovarse. Ahí esperábamos toda la noche y comíamos de los higos, pequeñas cabezas encapuchadas, hasta escaldarnos la lengua. La perra que huele a placenta procura a sus crías vivas mientras los demás canes están aún peleando furiosamente por volver a montarla.

 

 

ODISEA EN TOKIO

Yasujirō Ozu nació en 1903 el 12
de diciembre. Creció. Conoció a Polifemo
—un granjero japonés—. En su único
ojo clavó una estaca y lo dejó
aullando de dolor en torno a sus ovejas.
Después bebió infusiones de jengibre
y ron y compró una cámara de video
que colocó a ras de suelo y filmó
la detallada ciudad de los juncos
sobre el agua. Murió entre los arrozales
el mismo día de su nacimiento
sesenta años después y sobre una losa oscura,
bajo la cual duerme,
grabaron la palabra Nadie.

 

 

PERTENECE EL OÍDO HUMANO A LAS CARACOLAS;
los dientes, a las huellas de los zorros.
Cuando llega el verano y el granizo,
el cuerpo es una grulla de papel danzando
en un teatro de sombras.
Es una prolongación de la tierra
que regresa a la tierra cada tanto.
Se enferma, se previene con alarmas
que desconozco. Lejos de mi alcance
el cuerpo se provee de mecanismos
de defensa apenas sin que me entere.
Si avanzo hacia el peligro, él se detiene.
Si me detengo, avanza el pensamiento.
Dio desarrollo por mis antebrazos
al árbol deshojado de la sangre.
Una perra echada bocarriba es su mano en reposo.
Está el cerebro adiestrado por una jauría.
Provienen del viejo bosque de juncos
los huesos innumerables. La lengua
guarda en su memoria la habilidad del molusco:
posé la capacidad de auscultar
dentro de “La mujer del pescador”
igual que en los resguardos de un barco sumergido.
Está en él la dureza del invierno
hasta el infierno personal del trópico.

No hay más flor que la flor que crece
entre las grietas de la calavera.

 

FOTO: Aspecto de perros callejeros en la ciudad de Toluca. /Jorge Alvarado/ EL UNIVERSAL

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