¡Cosmopolitas de todos los países, uníos!

Feb 13 • destacamos, principales, Reflexiones • 2048 Views • No hay comentarios en ¡Cosmopolitas de todos los países, uníos!

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Clásicos y comerciales

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POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL
Breve e instructivo, aunque decepcionante. Así calificaría yo La tradición cosmopolita. Un noble e imperfecto ideal (Paidós, 2020), el más reciente libro de la filósofa neoyorquina Martha C. Nussbaum (1947). Su brevedad semeja más a los apuntes del profesor que al poder sintético del ensayista; su noción de cosmopolitismo –Cicerón y el estoicismo (que no pensaban exactamente lo mismo), Hugo Grotius y Adam Smith, nada más– es tan restrictiva que me deja con más preguntas que respuestas, convirtiendo al libro –de allí la decepción– en un incoloro recetario filantrópico cuyas propuestas ningún lector –liberal o socialdemócrata– se rehusaría a respaldar. Recordé a Octavio Paz, quien ante la indispensable Teoría de la justicia (1971), de John Rawls, lamentaba la ausencia, en la tratadística anglosajona de ese género tan abstracto, de la Historia, ese oráculo al cual (y ello no es necesariamente una virtud), recurrimos quienes provenimos de la tradición hegeliano-marxista.

 

En este opúsculo de Nussbaum, quien es, sin duda, una brillante discípula de Rawls, esta última tradición no aparece por ningún lado, ni siquiera –como hay quien lo cree– como otro cosmopolitismo, cuya traición a los ideales democráticos, ilustrados o republicanos, se debió a su omnívora y omnisciente ansiedad de profecía, a esa falta de humildad en la que jamás incurrieron Cicerón y sus amigos, ese profeta de la legalidad internacional que fue Grotius o Smith, tan calumniado por los socialistas de todas las escuelas. Apenas aparece, igualmente, en La tradición cosmopolita. Un noble e imperfecto ideal, el cosmopolitismo religioso; Nussbaum lo encuentra en su propia fe –el judaísmo reformado de Moses Mendelssohn–, en las versiones más liberales del protestantismo de los Estados Unidos y en la catolicidad de Roma, abierta al orbe desde Tomás de Aquino.

 

La primera característica de los cosmopolitas convocados, no a este banquete, sino a este pic-nic, por Nussbaum, es su sana indiferencia religiosa –que no agnosticismo ni mucho menos ateísmo.
Cicerón se carteaba con los epicúreos y se libró de pelearse con los primeros cristianos, del todo indispuestos a dialogar con el paganismo; Grotius (1543-1645), autor de Sobre el derecho de guerra y la paz (1623), fue perseguido por arminiano, es decir, un hereje enemigo de la predestinación calvinista por considerar que sin libertad humana no hay gracia divina, mientras que Smith, como tantos de los sabios del siglo XVIII, fue deísta, creyente en un gran arquitecto del universo relacionado individualmente con cada uno de los hombres, a su vez inadvertentes ante la Divina Providencia o las religiones reveladas. Por algo será que el deísmo es la religión “ateológica” más difundida actualmente en Occidente: es la que mejor se acomoda a la naturaleza de las democracias liberales, en las cuales y no debe olvidarse, también viven en santa paz la mayoría de los creyentes cristianos, judíos o musulmanes.

 

Si nada hay que objetar a la grata compañía de los únicos a quienes Nussbaum reconoce –implícitamente– como legítimos amigos de la humanidad y amantes del prójimo, los verdaderos cosmopolitas, ella misma introduce las correcciones que el Progreso, las guerras, todas las modernizaciones y la globalización, finalmente, han introducido en la vida ideal de esa bella Cosmópolis. Por razones de clase, dirían los marxistas, o porque sencillamente todo en la Antigüedad era menos complicado –como argumentó Peter Sloterdijk contra Leo Strauss– un Cicerón, en Sobre los oficios o los deberes (44 a.c.), su libro inolvidable, poca o ninguna importancia les daba a las necesidades materiales de los seres humanos como medios indispensables para su realización espiritual. Y eso que Cicerón ya distinguía entre justicia y propiedad. Sólo hasta Smith (1723-1790), además de su obra de economista, autor de una Teoría de los sentimientos morales (1759), de tinte estoico, se consideró con seriedad el bienestar de sus súbditos como condición de la riqueza de las naciones, abriendo la puerta a teorías terrenales de la justicia, entre las cuales, la del inmoralista Marx, apunta Nussbaum, fue la menos interesada en el valor en sí mismo de la educación.

 

El cosmopolitismo arriba a otro nivel con Grotius, leemos en La tradición cosmopolita. Un noble e imperfecto ideal, con la aparición de los conceptos de guerra justa (previamente discutido en Valladolid, en 1542, por Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas), soberanía nacional e injerencia humanitaria, ambos examinados por el arminiano holandés con asombrosa antelación porque creía, en principio, que el hombre preexiste, con sus derechos, al Estado. Favorable a la intervención humanitaria en Estados-nación violadores y atrabiliarios, Nussbaum cree –invocando a Grotius– que la soberanía nacional sigue siendo la manera menos mala de dibujar el globo, contra las fantasías de gobierno mundial, siempre encubridoras, en mi opinión, de intenciones totalitarias, inocentes o aviesas.

 

Al citar al economista indio Amartya Sen, en ese punto, Nussbaum pone a discusión la eficacia de la ayuda de los países ricos a los países pobres, no sólo porque la pobreza está asociada a la cleptocracia de toda suerte de tiranos y reyezuelos, sino porque inhibe la iniciativa privada de los menos favorecidos. La generosidad cosmopolita –hija de las obligaciones morales o de las culpas coloniales– no siempre es útil y a veces es francamente indeseable.

 

Ante la emergencia del llamado “nuevo medievalismo”, expresivo del temor de las naciones o de las regiones ansiosas de conservar intactos usos, costumbres, lenguas o religiones contra los Estados en cuyas fronteras radican o frente a esos nuevos imperios, acaso fallidos, como lo es la Unión Europea, Nussbaum apenas se detiene a reflexionar. No aborda el caso catalán –el primero que se le viene a la mente al lector actual– y deja pasar –porque parece no interesarle– lo poco o mucho de ese nuevo medievalismo que hay en los rampantes populismos de nuestros días.

 

En Ankara, Londres, Budapest o la Ciudad de México, los nuevos señores feudales no sólo reivindican la soberanía nacional sino la desmontan, asegurándose de desligar, mediante el autoritarismo, a la nación de su soberanía democrática, dando al traste con la separación de poderes, sustituyendo a los ciudadanos por vasallos y haciendo de los adversarios –contra lo pregonado por estos demagogos– enemigos a excluir o a exiliar, como le ocurrió, entre muchos a lo largo de los siglos, a los arminianos. Pero Nussbaum ya no ve mucho más allá del campus.

 

En cuanto a la migración, el principal problema de las naciones poderosas, Nussbaum escurre el bulto, como lo hizo hace años debatiendo contra Allan Bloom y su horror, acaso histérico, por el efecto del 68 en las universidades. Diplomáticamente, la profesora de Chicago sugiere que ante quienes migran por razones políticas y económicas, debe privar la generosidad cosmopolita. Pero no se necesita militar en la extrema derecha para preguntarse, como lo hace el electorado conservador europeo, si emigrar es un derecho o es un privilegio, punto ante el cual me declaro incompetente y hubiera deseado que Nussbaum me iluminara, en vez de abogar, idiosincrática, por los derechos de los animales no humanos. En ese asunto me parece que el pobrecito de Asís ya sentó doctrina.

 

No sé si La tradición cosmopolita. Un noble e imperfecto ideal, de Nussbaum, funcione como una invitación a leer a una filósofa política de amplio espectro intelectual o sea el epílogo de una obra sobresaliente del liberalismo contemporáneo. Extrañé a aquella teórica que resolvía, leyendo a Henry James, los problemas planteados por Aristóteles, pero aún los trabajos más edificantes y los días más laboriosos están sujetos al desgaste del tiempo. Y el gran momento del cosmopolitismo, siguiendo a Martha C. Nussbaum, sigue siendo el primero, cuando el cínico Diógenes de Sinope, para quien en la ciudad antigua debía caber el cosmos, fue visitado, en su morada al aire libre, por Alejandro Magno. Tras ser inquirido por el amo del mundo sobre asuntos que contestó desdeñosa, filosóficamente, Diógenes, en su absoluta y cosmopolita integridad moral, recibió, al fin, de la magnanimidad de Alejandro la oferta de ser regalado con lo que deseara. Es célebre lo que el cínico le espetó: “Hazte a un lado porque me estás tapando el sol. Eso es lo que quiero”.

 

FOTO: La filósofa neoyorquina Martha C. Nussbaum.

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