R.U.R. Cien años con los robots

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El androide, personaje creado por el dramaturgo checo Karel Capek, hoy ocupa un lugar destacado en la cultura popular como metáfora de nuestra relación con el medio ambiente y nuestro estilo de vida ante la tiranía de la productividad

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POR RAÚL ROJAS
La palabra “robot” acaba de celebrar su primer centenario. Fue acuñada por el escritor Karel Capek en el guion de su drama teatral R.U.R: Los Robots Universales de Rossum, obra escenificada por primera vez el 25 de enero de 1921. El manuscrito original en checo ha sido reeditado multitud de veces en otros idiomas, pero en casi todos ellos se utiliza la palabra “robot”, un vocablo de etimología checa que nos remite al trabajo esclavo. Un “robot” es aquel que es forzado a trabajar para beneficio de otros. La publicación de R.U.R. abrió todas las compuertas y la literatura sobre robots se desbordó. Fritz Lang filmó Metrópolis sólo seis años después del debut del drama y llevó a la pantalla cinematográfica a aquel que, para mí, es el robot más célebre de la historia, un Maschinenmensch (humano-máquina) llamado María.

 

La historia que relata R.U.R. es muy parecida a la de tantas otras obras posteriores sobre robots. Un investigador llamado Rossum ha descubierto en una apartada isla un material que se comporta como el protoplasma de las células y comienza a crear seres sintéticos. Su sobrino comprende el potencial que tiene la tecnología y organiza la producción de robots en serie para sustituir al trabajo humano. El drama comienza con la visita de Helena Glory, hija del presidente de la compañía y representante de la Liga Humanista, a la isla donde se producen los robots. Ahí conoce al gerente general con el que eventualmente se casará. Pero la visita de Helena tiene el fin de tratar de mejorar las condiciones de vida de los robots, a quienes se le deberían reconocer ciertos derechos elementales y se les debería dotar de un “alma”. Los ingenieros en la isla se mofan de ella. Aun así, le mencionan que los robots a veces se comportan como rebeldes, lo que atribuyen a un defecto de producción. A pesar de que los robots no tienen conciencia de sí mismos, se les ha implantado la sensibilidad al dolor para que se protejan durante la producción.

 

Diez años después de la llegada de Helena, la producción mundial depende completamente de los robots. Los prototipos que se manufacturan son cada vez más avanzados, como el robot Primus y otro llamado Helena. Los robots han avanzado tanto que comprenden que están siendo explotados por los humanos y se rebelan. Finalmente, atacan a los humanos y matan a todos, excepto al ingeniero encargado de la producción, de quien quieren obtener la fórmula para producir más robots. El ingeniero es incapaz de reproducirla, ya que fue destruida años antes por Helena Glory. El drama termina con los robots desarrollando algo similar a los sentimientos humanos. Los dos robots más avanzados se transforman en Adán y Eva de una nueva especie robótica que hereda la tierra del Homo Sapiens.

 

Esa es la esencia de la trama, pero hay que leer a R.U.R. poniéndose los anteojos de aquella época. Hace cien años lo que estaba emergiendo en gran escala es la manufactura en serie basada en la línea de montaje. Es lo que los economistas han llamado el Fordismo basado en la creación de gigantescas fábricas interconectadas que abaratan los productos industriales, como los automóviles y los electrodomésticos. Pero los obreros tienen que trabajar al paso de la maquinaria y se convierten en un mero apéndice. Todo esto lo satirizaría Charlie Chaplin en Tiempos Modernos. En aquella película, el infortunado obrero se convierte literalmente en un engrane más de la producción.

 

Fritz Lang, filmando en Alemania, pudo vivir las dos caras de la moneda de la rápida industrialización europea. Por un lado, la modernización de la vida en las ciudades, con multitud de innovaciones y modernos medios de transporte, pero por otro, la creciente miseria de los trabajadores condenados a convertirse en meros esclavos de la fábrica. En Metrópolis, la automatización completa de la producción lleva eventualmente a crear una clase privilegiada y apática y, simultáneamente, una clase subordinada que ya sólo puede vivir en las entrañas subterráneas de la ciudad.

 

Los años veinte y treinta del siglo pasado son socialmente ambivalentes respecto al progreso técnico y R.U.R. incide en esa discusión. La primera interrogante es si todo lo que técnicamente es posible debería ser realizado. Al crear robots que paulatinamente van desarrollando una conciencia de sí mismos se plantea inevitablemente el dilema de su esclavitud. Además, en un segundo plano de la obra, la humanidad ha dejado de reproducirse y pareciera que ya sólo se dedica a la indolencia. Una raza de robots es al final de cuentas la única alternativa que queda para mantener presente sobre la tierra algún tipo de inteligencia del calibre de la humana.

 

Ese conflicto en R.U.R. es el dilema universal siempre que se habla de inteligencia artificial o de robots humanoides. ¿Hasta qué punto es posible sintetizar genuina inteligencia en reglas o mecanismos diseñados por humanos? Una computadora solo puede ejecutar sus programas línea por línea, sin desviarse para nada de lo que se le ha ordenado. No hay lugar para la creatividad o la intuición. Una computadora no se elevará de pronto mentalmente a un plano cognitivo superior, para desde ahí considerar su existencia y su actuación. Una computadora no es consciente de sí misma y nunca lo podrá ser.

 

¿O sí? Hay investigadores que no piensan que sea impensable desarrollar formas de “vida artificial” y hay conferencias internacionales sobre el tema. Hace dos años algunos diputados del Parlamento Europeo llegaron a proponer otorgarles un “estatus legal” a los robots más avanzados para poder hacerlos responsables de daños sufridos por personas y para que tuvieran una “personalidad electrónica en los casos en que toman decisiones de manera autónoma”. Cientos de investigadores europeos firmaron una carta abierta para protestar contra la peculiar idea.

 

Isaac Asimov tematizó la imposibilidad de crear inteligencias artificiales infalibles basadas en reglas estrictas e inflexibles. Sus “Tres Leyes de la Robótica” son bien conocidas: 1) Un robot no puede dañar a un humano o permitir que sea dañado, 2) Un robot debe obedecer a los humanos, a menos que esto contradiga la primera ley, y 3) Un robot debe protegerse, a menos que esto contradiga a la primera o segunda ley. En su compendio de historias I, Robot Asimov muestra, una y otra vez, como un robot que se apega a reglas de manera literal acaba fracasando. La cuestión más peliaguda es aquella que ya discute R.U.R., la dificultad de que los robots posean sentimientos. Todos conocemos ejemplos en la filmografía de Hollywood de humanoides que no comprenden a los humanos precisamente porque no entrevén su tejido sentimental, desde el Dr. Spock en Viaje a las Estrellas hasta los innumerables Terminadores que abundan en las películas. Por eso he llegado a pensar que a las tres leyes de Asimov habría que agregar una cuarta: “todas las películas sobre robots inteligentes terminan en catástrofe”. R.U.R. fue escrita para el teatro, pero cumple la ley al pie de la letra. También Metrópolis por poco y desemboca en una tragedia cuando el robot María logra que los proletarios se subleven y casi destruyan su morada subterránea.

 

Hay libros que no necesitan ser muy extensos o complicados para poner el dedo sobre la llaga. El verdadero tema de R.U.R. es la inseguridad humana frente al progreso exponencial desatado por nuevas tecnologías, progreso que sin embargo es diferente dependiendo de nuestra posición en la vida. Tecnologías que eliminan el trabajo manual automatizando completamente las fábricas son beneficiosas, a menos que sea uno alguno de los trabajadores desplazados. En la época en que Capek escribió R.U.R. estábamos transitando por la segunda revolución industrial: el mundo se estaba electrificando, el motor de combustión interna se estaba difundiendo, el petróleo sustituía al carbón, la automatización apenas estaba comenzando. Pero la introducción de esas tecnologías tomó muchas décadas.

 

Hoy tenemos computadoras y vamos transitando a un mundo que se quiere independizar de los combustibles fósiles. Pero nos está pasando como en aquella isla de R.U.R. Hemos modificado de tal manera el medio ambiente que se nos cae el techo sobre la cabeza. Hemos creado antibióticos y medicinas increíbles, que sin embargo son incapaces de contener a los nuevos patógenos que surgen día con día en un mundo hiperconectado. Hemos creado herramientas de inteligencia artificial que reconocen nuestra cara y pueden dialogar con nosotros, pero que al mismo tiempo nos rastrean constantemente y almacenan todo lo que hacemos y todo lo que somos. Recorremos ahora la tercera, algunos dicen cuarta, revolución industrial, pero con la misma incertidumbre de hace cien años y ahora con una velocidad vertiginosa.

 

Por eso R.U.R. sigue siendo actual, como producto literario de un momento de transición que un siglo después estamos experimentado de nuevo, ciertamente a otro nivel, pero con la misma angustia social.

 

El gerente de la planta de producción de robots se lamenta en R.U.R., en el ocaso de la civilización: “Quería hacer de toda la humanidad una aristocracia mundial. Una aristocracia que sería alimentada por miles de millones de esclavos mecánicos. Seríamos humanos sin limitaciones, libres y soberanos. Y seríamos quizás más que humanos (…) Sólo quisiera otros cien años más, otros cien años para la humanidad del futuro”.

 

Cien años después de R.U.R. Greta Thunberg nos advierte que el tiempo se nos está acabando.

 

FOTO: Especial

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