Pajarita

Ago 12 • destacamos, Ficciones, principales • 755 Views • No hay comentarios en Pajarita

 

Fragmento de Un descuido cósmico, editado por Tusquets, libro de cuentos que convocan a personajes perturbadores, con sueños desequilibrados. En este relato, una mujer acude con una bruja pues desea quedar embarazada; el conjuro despertará un apetito sexual insospechado

 

POR LILIANA BLUM

 

[…] ningún hombre puede vivir donde habita una paloma,
una paloma es el compendio del caos y la anarquía,
una paloma revolotea de modo
incontrolable, clava las
garras y pica los ojos, una paloma lo ensucia todo continuamente
y esparce bacterias destructoras y el virus de
la meningitis, una paloma no se queda sola, atrae a otras
palomas, se aparea y procrea a una velocidad vertiginosa,
un ejército de palomas te asediará.
La paloma, Patrick Süskind

 

Desde niña, Julia había percibido la capacidad de otras mujeres para reproducirse como lo hacían los conejos. Aunque ella nunca pudo ver a ninguna coneja y sus fáciles conejitos, sí que vio a las vecinas que se embarazaban sin querer una vez más, estando (in)felizmente casadas; también fue testigo, mientras cursaba la preparatoria, de sus colegas que levantaban más las estadísticas de embarazo adolescente que sus faldas colegiales enrollándoselas en la cintura. Años vinieron, años pasaron y parecía que cualquiera que estuviese vivo y obviara los anticonceptivos podía reproducirse, excepto ella.

 

Nunca te conformes con un no, recordó la frase de un lifecouch en un programa matutino de la televisión local. La fertilidad nunca ha sido un problema en México; al contrario, la explosión demográfica era de esos problemas que preocupaban a Estados Unidos, a la ONU y a quienes llevan la cuenta de los seres humanos en los países menos afortunados. El exceso humano podía palparse cualquier día en el tráfico imposible, en las latas de sardinas que era el transporte público o en el hormiguero caótico de las banquetas a casi cualquier hora.

 

Pues bien: no iba a conformarse con un no. Luego de años de hacerse los estudios pertinentes y de intentar cada tratamiento de fertilización posible en el mercado, sin otro resultado que una cuenta elevadísima a donde fueron a parar todos sus ahorros y una casa herencia de su abuela, la única posesión de Julia era su menstruación puntual cada mes, como si fuera el recibo del agua, la luz y el gas; el consuelo de haberlo intentado todo. Para este punto de su historia, se había dado por vencida en cuanto a lo que al mundo de la ciencia y a la medicina concernía, pero no con lo demás: la vida seguía estando llena de alternativas, fenómenos inexplicables y milagros. Julia encendió un cigarro mientras veía por el balcón de su departamento en el sexto piso: era el momento de intentar a través de la magia y la fe. Una paloma descendió hasta sus pies y comenzó a buscar alimento como si Julia no existiera. A su vez, ella descargó la ceniza sobre el cráneo del ave, que tampoco se dio por enterada: quid pro quo, Clarice.

 

 

***

Cuando salió al pasillo vio moverse la cortina de su vecino de enfrente, espiándola. Sucedía con frecuencia, pero esa mañana aquel acto la inquietó de manera particular. Cuando bajó las escaleras de dos en dos, iba muy nerviosa. Cerró la puerta del carro y empezó a caminar, los nervios aceleraban su corazón. Viéndolo en retrospectiva, el primer milagro había sido encontrar estacionamiento en el centro, así que tal vez era un buen augurio. Apretó el papelito con la dirección que había anotado y que ahora era una bola húmeda por el sudor de su mano, volviendo la letra ilegible. “Tranquila, no pasa nada”, pensó. Había memorizado el nombre de la calle y el número de la casa desde que Luzma, amiga de una amiga de otra amiga, que conocía a “una bruja blanca, pero muy efectiva para casos como el tuyo”, le había recomendado.

 

La casa era antigua como la mayoría de esa parte de la ciudad, pero pertenecía a ese subgrupo al que el programa de mantenimiento del centro histórico, por parte del municipio, no había tocado tal vez por estar en la periferia, alejada de los andadores por donde se pasean los turistas. La fachada era un cuadrado de unos cinco metros de ancho, con una puerta metálica metida en un marco de cantera sin labrar, junto a una pequeña ventana con protecciones oxidadas y un cristal amarillento y opaco por el polvo y los años. Tras ella se apreciaban las cortinas raídas, una maceta con forma de tortuga sosteniendo una planta de plástico y un duende color caramelo que parecía mirar a Julia intensamente. Aunque se esmeró en buscar un número en la pared para comprobar que estaba en el lugar correcto, sólo notó la pintura en su avanzado proceso de despegarse por la humedad y un grafiti poco creativo. Tuvo que hacer un conteo mental con las casas vecinas que sí tenían número, y decidió que por eliminación éste tenía que ser el lugar.

 

Respiró profundamente antes de tocar la puerta con la punta de sus llaves; el metal sonó más fuerte de lo que esperaba y la misma Julia se sobresaltó. Claramente era un puñado de nervios, ¿a quién podría engañar? Podría jurar que un gato se asomó tras la cortina para luego desaparecer justo antes de que la puerta se abriera y revelara a una mujer más ancha que el umbral. Su voz era tipluda, casi infantil: en definitiva no la voz que pensaba que vendría incluida en ese cuerpo masivo. Sin saludarla o siquiera sonreír, la mujer le indicó que pasara.

 

—Cierre la puerta —ordenó avanzando por el pasillo.

 

Después de los malos modales, lo primero que Julia percibió fue el olor a casa ajena, pero no sólo eso, sino una mezcla a orines de gato, incienso, tabaco rancio y algo más que la hizo recordar esas tiendas donde se venden especias a granel. Comprobó que la puerta y la ventana, que se veían desde fuera, daban a una salita que podría ser la de cualquier abuela: muebles raídos, una televisión ancha de esas que ya no existen, carpetitas tejidas cubriendo cuanta superficie era posible, minialtares anclados en las paredes con velas encendidas. Eso sí, ninguna figura de la Virgen o de algún Santo, o las típicas estampitas que suelen ir con esos altares, sino cazuelas con sustancias extrañas en el interior, y otros artefactos y figuras oscuras que no supo reconocer ni tuvo tiempo de analizar porque la mujer gorda avanzaba por el pasillo apenas lo suficientemente ancho para su cuerpo. Temió que si la perdía de vista, no volvería a salir de aquella casa que se le antojaba un laberinto. Bajó la mirada para no ver la espalda de la mujer llena de lonjas y se concentró en los patrones geométricos de los azulejos del piso.

 

—Así que anda buscando un bebé —afirmó la bruja sin dejar de caminar. Julia tragó saliva y sintió alivio de que no se hubiera volteado para verla. Como era obsesiva, con el sentido literal de las palabras, tuvo miedo de que al final del pasillo se encontraran a un bebé dentro de una jaula y por el cual le pediría una cantidad exorbitante.

 

—Quiero embarazarme, no quiero adoptar —dijo para dejar las cosas en claro. La gorda hizo un ruido extraño que pareció provenir desde su estómago, y siguió avanzando por el corredor flanqueado de varias puertas cerradas hasta que el espacio se abrió en un cuarto de lavado con tendederos tupidos de ropa colorida de todos los tamaños. También había una lavadora vieja, con un rodillo para exprimir de manera manual, varias escobas, trapeadores y recogedores con distintos niveles de uso. En el lugar se concentraban olores a detergente, cloro, yerbas y algo más que le pareció indefinible.

 

Atravesaron juntas el patio, agachándose como patos para no tocar la ropa colgada. Luego, la bruja comenzó a forcejear con una puerta de madera hinchada y visiblemente podrida, hasta que logró abrirla. Volvió a caminar y Julia fue detrás de ella. Al cruzar el umbral la esperaba un huerto bastante descuidado en donde identificó un árbol de moras cubierto de telarañas y polvo, un limonero con frutos de un color sospechoso y un árbol de duraznos que lucía decrépito, además de otros árboles que no supo reconocer. Había yerbas muy altas y un océano de malezas. Tuvo miedo de encontrarse con una víbora o un alacrán en el trayecto, pero fuera de algunos saltamontes que brincaron a su paso, no vio ningún bicho peligroso. Otra buena señal, pensó con optimismo. Al fondo había un cuarto de madera vieja cubierta por enredaderas, un techo de lámina y una puerta a medio caer.

 

—Es mi oficina —dijo la mujer como si aquello la enorgulleciera. Apenas entraron, sacó un encendedor de su delantal y con soltura encendió la flama sobre varios cirios que descansaban en repisas. Señalando una mesa larga, como de esas que a veces hay en los parques para los pícnics, le ordenó:

 

—Desvístete por completo y acuéstate bocarriba. Allí está el perchero para tu ropa.

 

El perchero era una cabeza de venado que emergía de una de las paredes. Julia colgó primero su bolso por miedo a que fuera a robarlo y, sobre éste, puso la blusa, el pantalón, la pantaleta y su sostén, en ese orden.

 

—¿Me puedo dejar las calcetas?

 

—Claro, no queremos que se enferme justo ahora que va a quedar embarazada —respondió con un tono que ella no supo discernir si era de burla o no.

 

Se recostó sobre la mesa dura y cubierta con un plástico grueso. Cerró los ojos y no quiso imaginar qué otras cosas o qué tipo de personas habían estado sobre la misma superficie y qué tipo de limpiador usaría la mujer, si es que limpiaba alguna vez. Julia decidió que con los ojos abiertos su bolso estaría a buen recaudo, así que se puso a observar el decorado mientras la bruja se esmeraba en hacer algo de espaldas a ella. Si por afuera la oficina no era más que un cuartucho de madera podrida perdiendo la batalla contra las inclemencias del tiempo, por dentro daba la impresión de no estar en total decadencia, al menos no aún. Había una efigie de la Santa Muerte sobre un altar de piedra, ramos de diversas yerbas pegados a la pared, cráneos de animales pequeños alineados sobre una repisa, varios cuencos con quién sabe qué cosas dentro y una jaula con un cuervo vivo que miraba a Julia de manera perturbadora y directa. Sobre una especie de barra de cemento, alcanzó a distinguir una olla vieja sobre una parrilla rústica. Algo hervía dentro, pues los borbotones fueron de pronto el único sonido en la habitación hasta que el cuervo soltó un graznido que provocó que Julia apretara el esfínter aterrorizada. En ese momento se le ocurrió que no debió de haber ido, pero su carácter inseguro le impedía pararse, tomar su ropa y decirle asertivamente a esa mujer que se lo había pensado mejor y que siempre no, no quería tener un hijo usando brujería. A pesar de que los pensamientos daban vueltas con rapidez en su cerebro, el cuerpo de Julia permaneció impávido, como siempre que era presa de su propia cobardía. Un olor imposible de identificar se difuminaba a través del vapor. Aunque se cubrió la nariz con el dorso de la mano, aquello estaba en toda la habitación.

 

Comenzó a sentirse adormilada y el resto de lo que pasó más adelante en el ritual lo percibiría entre sueños, como si le sucediera a alguien más. En algún momento se dio cuenta de que la bruja arrancó unas plumas al cuervo, que se quejó de manera consistente al atraco; ella lo escuchó como si estuviera muy lejos de allí. Al poco sintió unas manos frotando su vientre y su entrepierna con una sustancia viscosa. Debe de ser lo que se estaba cocinando en la olla, pensó, y quiso abrir la boca, pero era como si estuviera rellena de algodón. Sintió que una mano, o unos dedos, o algo se introdujo con rapidez en su vagina y antes de que pudiera procesar la sensación, el masaje volvió a centrarse en su vientre. Ahora la mujer pasaba las plumas sobre el cuerpo de Julia, recorriéndolo de pies a cabeza; al principio sintió cosquillas, pero tras unos segundos la sensación cambió abruptamente. En contra de su voluntad, sus pezones se endurecieron y un calor intenso que nacía de su vulva le recordó la última vez que había tenido sexo: cuatro años. No le dio tiempo de sentir pena por ella misma porque estaba a punto de estremecerse en un orgasmo, cuando el estímulo cesó casi de golpe.

 

Ahora sentía lo que podría asegurar era un huevo que acariciaba su cara para luego bajar por su cuello, sorteando sus pechos, hasta detenerse para dar vueltas alrededor del ombligo mientras la bruja pronunciaba palabras en un idioma desconocido, pero con una cadencia regular, como un caballo al trote. El efecto era casi arrullador. En cierto momento la mujer rompió el huevo y lo vertió sobre el vientre de Julia, luego comenzó a amasarlo junto con las plumas y la gelatina en la que se había convertido ya el contenido de la olla. Cuando terminó, derramó sobre la mezcla un poco de cera caliente y añadió unos polvos que tomó de un recipiente de los altares. Siguió amasando un poco más hasta que obtuvo una bola oscura y pestilente. Tuvo ganas de protestar, pero se dio cuenta de que había perdido su fuerza junto con la capacidad de hablar y moverse. Curiosamente, en lugar de aterrarse ante el descubrimiento de invalidez y total vulnerabilidad, se sumió en una modorra como si hubiera fumado mariguana.

 

La bruja, mientras tanto, seguía adelante con sus entonaciones; posó la mano sobre la frente de Julia, como si quisiera mantenerla inmóvil. Aquella palma sobre su piel se sentía tan caliente que dolía. Esta vez abrió la boca para gritar y logró lanzar un quejido lastimero. La mujer tomó la bola y la dividió en dos partes más pequeñas. Las estuvo compactando un rato como si preparara albóndigas. Cuando terminó, una de las bolas tenía un diámetro de dos centímetros y la otra, más pequeña, como de la mitad. Mientras murmuraba palabras extrañas con el mismo ritmo con el que las católicas cansadas rezan el Rosario, la mujer tomó la quijada de Julia y la apretó para que abriera la boca; sin decir agua va, le introdujo la bolita más pequeña y la obligó a tragársela justo como los veterinarios hacen con los perros rejegos. Luego tomó la más grande y la introdujo por la vagina de Julia; la empujó con los dedos lo más adentro posible. No la lastimó: aquello se sentía viscoso, húmedo, así como los dedos de la mujer. Cuando la masa tocó el cérvix de Julia, la bruja sacó la mano y se dio la vuelta para lavarse bajo el grifo.

 

—Ya te puedes vestir —le dijo. Lo único que alcanzaba a ver desde donde estaba era la espalda carnosa de la mujer inclinada sobre la tarja.

 

—¿Qué fue lo que me metió? —preguntó sin atreverse a nombrar las partes de su propio cuerpo—. ¿Me lo tengo que sacar en la casa? ¿Voy a vomitar?

 

La otra se dio la vuelta, puso las manos en su cintura y habló como una maestra que está a punto de perder la paciencia:

 

—Mañana cuando vaya al baño todo lo que tenga que salir saldrá de forma natural —dijo mientras acomodaba algo en uno de los altares—. No fume, no tome alcohol, no cargue cosas pesadas y espere dos semanas sin hacer grandes esfuerzos. Nada de ejercicio extenuante. Entonces va y se hace una prueba de embarazo en sangre, nada de esas tonterías que venden en las farmacias para orinar en un palito; si sale positiva, aquí la espero para cubrir mis honorarios.

 

Eso respondía a la siguiente pregunta que pensaba hacerle sobre el pago por sus servicios. Le pareció bien que no cobrara a menos que hubiera resultados, pensó. La observó lavar con fruición la olla haciendo un gran escándalo. La bruja volvió a hablar:

 

—No doy recibo ni factura. Mi trabajo está garantizado. Si la prueba le sale negativa, usted no me debe nada. Si le sale positiva y no me paga, no es amenaza, pero nada bueno puede llegarle a quien se trata de aprovechar de una hechicera.

 

 

Julia se terminó de vestir en silencio. Se sentía extraña de una manera que no conocía: no enferma del todo, mas en definitiva no era una sensación de bienestar o de normalidad. Una pregunta le picaba en la punta de la lengua. “Es ahora o nunca”, pensó. Al fin se atrevió a hacerla.

 

—¿Tengo que tener sexo con alguien? —dijo angustiada repasando a los hombres que conocía. ¿Podría recurrir a ellos si eso era un requisito para lograr el embarazo?

 

—Si quiere, pero será por gusto, no es que le haga falta. Si con el sexo normal usted pudiera quedar embarazada, no hubiera tenido que recurrir a mí, ¿verdad? La veo en dos semanas —dijo saliendo del cuartucho de madera y deshaciendo el camino que recorrieron antes. Ella se apresuró a seguirla. Cuando llegaron a la entrada de la casa, la mujer se hizo a un lado para dejar que Julia saliera a la calle que la deslumbró. El aire fresco fue un alivio. Cuando se volteó para despedirse, la bruja ya había cerrado la puerta y pudo escuchar que ponía el seguro. En ese momento se dio cuenta de que nunca le preguntó cómo se llamaba. De todas formas, no importaba.

 

Regresó a casa y durmió el resto del día, como si se hubiera tomado un frasco entero de pastillas. Tuvo un sueño blanco, frío, en el que no había nada más que el trino de un ave.

 

 

***

A la mañana siguiente, Julia abrió los ojos y lo primero que registró fue un intenso apetito sexual. Antes que el café del día y sus galletas favoritas, su cuerpo pidió sexo. Ni siquiera recordó el inquietante sueño de anoche; sólo percibía esa pulsación tibia entre las piernas. “Eres una maldita ninfómana”, se dijo mientras se levantaba para ir al baño. Ya vestida y forzándose para desayunar, escuchó un tarareo con ritmo y el sonido de una escoba en plena faena. Se asomó por la mirilla de su puerta: el hombre del departamento frente al suyo barría el pasillo. Jonathan Noel. Recordó su nombre de una junta vecinal hacía un par de años, cuando ella recién se había mudado al edificio. El nombre del vecino se le quedó marcado no sólo porque sonaba a Papá Noel, sino porque era un extranjero, rubio, alemán, bastante bien parecido, tímido y quisquilloso con la higiene. A diferencia de los otros vecinos que se quejaban por absolutamente todo y solían portarse estúpidos e intransigentes, él se había limitado a mencionar su aversión por las aves, en particular por las palomas, sólo para curar la curiosidad si alguna vez lo veían ahuyentándolas con la escoba. No era su intención lastimarlas, explicó, sólo quería que se fueran. No las toleraba. A ella le produjo ternura aquella inocencia que arrastran los extranjeros de primer mundo cuando llegan a México y creen que los derechos de los animales significan algo en un país donde ni los humanos importan.

 

En cualquier caso, se sintió tentada de tocar a su puerta, a unos pasos apenas cruzando el pasillo, dos metros a lo mucho, y proponerle sexo: ninguna exigencia o exotismo, sólo el tiempo necesario para que ella llegara a un orgasmo y luego él, como sería lo justo en un intercambio de esa naturaleza. Sin embargo, la tentación tendría que quedarse en esa jaula sin escapatoria de las fantasías, pues Julia no tenía ni el cuerpo de una femme fatale, ni la actitud ni las agallas para pedir algo así. El alemán le cerraría la puerta en la cara, pensando que era una cualquiera y, probablemente, mencionaría el incidente en la próxima junta de vecinos. Pésima idea. Julia suspiró. Fue hasta su cuarto a preparar lo necesario para masturbarse cuando un golpe de náuseas la obligó a correr al baño y abrazar el escusado. Hasta ahí llegó su libido aquel día.

 

 

FOTO: Liliana Blum (Durango, 1974), recibió el Premio Beatriz Espejo, en el 2005. Crédito de imagen: Cortesía Editorial Planeta

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