Picasso y la caricatura

Abr 29 • destacamos, principales, Reflexiones • 922 Views • No hay comentarios en Picasso y la caricatura

 

Retratista con acidez de artistas de la época, el pintor se divertía con el arte; no dibujaba por encargo, sino para solazarse de la vida

 

POR AGUSTÍN SÁNCHEZ GONZÁLEZ
En 2017, el Museo Picasso de Barcelona inauguró la exposición Picasso. Retratos. Suelo decir que soy un hombre afortunado pues, en esos días, me encontraba en la ciudad condal como curador de la muestra Caricatura del exilio español en México.

 

Picasso. Retratos se presentó originalmente en el National Portrait Gallery de Londres y de marzo a junio, del año señalado, en el primer museo, de más de media docena, dedicado al genio de Málaga.

 

Compuesta por más de ochenta obras, la exposición mostró el humor de Picasso, al retratar a diversos personajes como Apollinaire, Nusch y Paul Eluard, Erik Satie, Ígor Stravinski y Jean Cocteau, entre otros a quienes retrató, ya de manera natural, ya en forma de “musa cómica”.

 

El lápiz del artista parecía no cesar nunca, dibujaba como respiraba; un retrato de Nusch Eluard, por ejemplo, se encuentra “trazado en un pedazo roto de servilleta de papel… sin duda fue realizada en una comida al aire libre”.

 

En la muestra, y en el catálogo, se encuentran, frente a frente, un dibujo y una caricatura de Jean Cocteau, ambas de 1917; le pedí a Manuel Álvarez Junco, humorista gráfico y uno de los más importantes teóricos del humor, su opinión acerca de ambos: “La primera es la vena académica que le insufló su padre. Carboncillo y mancha sobre una lámina profesional. Líneas limpias y firmes en un dibujo egipcio. El lado clásico y formal que siempre latía en Picasso.

 

La segunda es propia de un momento divertido. Una caricatura cien por ciento. Seguramente hecha tomando una copa con unos amigos en un café, sobre un papel cualquiera
Dos momentos de un artista: el “serio” y el “divertido”. Y ambos hechos por alguien que disfruta dibujando y cuya mano está identificada con su mente”.

 

Jean Cocteau, por cierto, fue un hombre fundamental en la vida de Picasso; autor de Oda a Picasso (1917) y del ensayo Picasso (1923). Amigos y colegas desde siempre, Picasso lo retrató y caricaturizó más de una vez.

 

Otro personaje caricaturizado constantemente fue Jaume Sabartés, su amistad de toda la vida y, por ello, se convirtió en su secretario particular; su cercanía, sin duda, generó las posibilidades de dibujarlo y caricaturizarlo en cualquier momento de solaz esparcimiento.

 

“Ningún otro miembro del entorno íntimo de Picasso fue objeto de tantas caricaturas… Cada vez que le pedía que pusiera una dedicatoria para alguno de los muchos libros que publicó sobre su obra Picasso, invariablemente dibujaba una caricatura en la portada”.

 

Así, lo dibuja como personaje de diversas épocas: con gorguera y sombrero (1932) o como gentilhombre de la época de Felipe II (1938), entre otras formas.

 

La relación con estos dos personajes, de alguna manera, expresa la obra de caricatura de Picasso al mostrarlo como hombre que se divierte con el arte; que no realiza caricaturas por encargo o para ser publicadas en una revista o en un periódico. Son dibujos satíricos realizados para solazarse de la vida y reír.

 

La caricatura, para Picasso, era un divertimento, un juego lúdico, como lo fue en sus orígenes, en aquella época en que la caricatura comenzó a llamarse así, cuando los hermanos Carracci, jugueteaban con los retratini caricci (retratos recargados) para divertirse y/o molestar, alejándose de la formalidad y sobriedad del arte “serio”.

 

Se dice, con razón, que a todo el mundo le gusta la caricatura siempre y cuando no lo caricaturicen.

 

El humor gráfico es cuestionamiento y trasgresión.

 

Como la historia misma, que requiere una complicidad para convertir lo cotidiano en hecho histórico, la caricatura tambien demanda de un grado de intencionalidad. Hasta el dibujo más fiel suele convertirse en caricatura. Tal fue lo que le sucedió a Picasso en una de las pocas ocasiones en que dibujó para un periódico.

 

El 5 de marzo de 1953 murió Iósif Stalin. El poeta Louis Aragon, director del semanario Les Lettres francaises le pidió a su camarada Picasso, miembro del Partido Comunista, un retrato de Stalin y el malagueño dibujó a un Stalin joven a partir de una fotografía de 1903 que Françoise Gilot, la mujer de Picasso, encontró.

 

Fue publicado en primera plana, con un escueto pie: “Stalin, por Pablo Picasso”.

 

Apenas habían transcurrido unas pocas horas cuando se desató la protesta de parte de grupos de dogmáticos comunistas franceses.

 

En el edificio donde se imprimía la publicación, hubo un motín. Los redactores de L’Humanité y France Nouvelle llevaban, enardecidos, como protesta, la revista de Aragon con el dibujo de Picasso. “Es una agresión contra Stalin”, bramaban.

 

La esposa del poeta Aragon afirmó: “Nadie va a leer ese número de la revista. Nadie va a reflexionar sobre lo que significa ese dibujo de Picasso. No ha deformado el rostro de Stalin. Inclusive lo ha respetado, pero él ha osado tocarlo. Él se ha atrevido (a hacerlo), Pierre, ¿lo comprendes?”, como rescata en las páginas de EL UNIVERSAL Juan María Alponte.

 

Así, el hermoso dibujo de Picasso adquirió un tono tragicómico y se convirtió en una caricatura cuando los comunistas franceses le dieron esa intencionalidad al desaprobar su publicación.

 

Louis Aragon renunció a la revista, el partido comunista francés ya no existe y Picasso… sigue siendo, eternamente, Picasso.

 

ILUSTRACIÓN: Cortesía Manuel Álvarez Junco

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