Sobre humillación, vergüenza y venganza en redes sociales

Ene 25 • destacamos, principales, Reflexiones • 4897 Views • No hay comentarios en Sobre humillación, vergüenza y venganza en redes sociales

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En la actualidad, la sociedad contemporánea optó por la humillación como una llave maestra para el mejor funcionamiento de la moral imperfecta de la masa que, gracias a las redes sociales, es juez y verdugo

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POR MARIEL GARCÍA-MONTES

“¿Qué fue lo que Monica le hizo a Bill Clinton?” Más de veinte años han pasado desde el escándalo sexual que marcó la vida no de Bill Clinton, el ex Presidente de Estados Unidos que mintió ante la Corte, sino de Monica Lewinsky, la aparentemente perpetua pasante de la Casa Blanca que sostuvo encuentros sexuales con él. La historia cargada de traición, juicios políticos y mentiras fue el alimento perfecto de los ciclos de prensa y televisión que expusieron la cara de Lewinsky al mundo entero. Su rostro y la letra escarlata se volvieron indelebles antes del apogeo de los medios electrónicos, pero parecerían ser reforzados por las prácticas hoy posibles: al buscar ‘Monica Lewinsky’ en Google, la primera pregunta que sugiere (y responde) el motor de búsqueda es “¿Qué fue lo que Monica le hizo a Bill Clinton?”

 

Esta pregunta no es la única forma de crueldad algorítmica en una de las más prominentes historias de humillación de nuestros tiempos. En la búsqueda de imágenes, los primeros resultados fotográficos muestran a Clinton y Lewinsky juntos hace más de veinte años; en la lista de términos más buscados en conjunción con la frase “Monica Lewinsky” se encuentra “mancha del vestido”; en noticias de enero de 2020, todas hablan de Lewinsky en relación con Clinton. Cinco páginas de resultados no bastan para llegar al sitio web de su organización sin fines de lucro, Resilience Foundation.

 

Los discursos ciberutópicos auguraban una realidad menos despiadada: al abrir las posibilidades de publicación y de consumo a cualquier persona con acceso a Internet, caerían los discursos centralizados. Todas tendríamos derecho a contar nuestra historia y a leer las historias que no nos habían contado las cadenas nacionales, los medios de la farándula; a contraatacar los abusos del discurso con más discurso. Podríamos publicar nuestra versión sin depender de la cortesía del derecho de réplica. Veinte años después, Monica Lewinsky ha fundado una organización, ha vuelto a la vida pública para hablar sobre la cultura del acoso; nada ha sido suficiente para controlar el discurso predominante sobre su persona.

 

Jamás sabremos si Lewinsky habría podido recuperar el control sobre su imagen si su historia no se hubiera entrelazado con capas de creación y consumo transmedia, que finalmente mantuvieron en la memoria colectiva un suceso que salió de circulación de la prensa un par de años después. Sólo queda preguntarnos: ¿Cómo es que el advenimiento de los medios electrónicos democráticos terminó por ser más cruel para algunas reputaciones que el olvido de los medios tradicionales? ¿Será siquiera posible recuperarse de una humillación tan totalizadora en una era de herramientas de vigilancia distribuida? El caso de Lewinsky y Clinton es paradigmático porque muestra que el propósito de la humillación es la destrucción y, cuando se logra el objetivo, la recuperación de dicha destrucción se vuelve virtualmente imposible. Cuando en redes sociodigitales nos indigna el comportamiento de una persona y nos sumamos al llamado colectivo del repruebo en turno, actuamos con base en ese principio. Asumimos que nuestra voz, aunque sea inútil cuando está aislada, puede lograr algo cuando se une a la sinfonía que atrae la atención y pone en evidencia a alguien que debe recibir una lección de humildad. De humildad, humus, tierra: nuestras participación busca bajar al culpable a la tierra. En la tierra, lejos de toda gloria, le destruimos.

 

La inquisición digital está hecha con base en destrucciones que, a la vez, se basan en ejercicios para suscitar el afecto que más en riesgo pone a la dignidad humana: la vergüenza. Silvan Tomkins, psicólogo y teórico de la “Teoría de los afectos” pregunta ¿cómo es que puede pesar más la pérdida del orgullo que la pérdida de la vida misma? “La vergüenza es el afecto de la indignidad, la derrota, la transgresión y la alienación”. “La vergüenza se siente como un tormento, una enfermedad del alma”. La idea inquisidora es que, si logramos avergonzar a los detractores de las buenas prácticas, evocaremos el tormento no sólo en ellos sino también en los espectadores que podrían un día ser detractores también.

 

Si no Lewinsky, ¿cuáles son los incidentes de humillación más cercanos a nuestro contexto? Están los casos de alto nivel por corrupción en la política, aquéllos difíciles de jalar al suelo y destruir en un sistema diseñado para evitar la rendición de cuentas. Esto nos empuja hacia los que sí están a nuestro alcance. La mujer capturada en video tratando de sobornar a policías con cien pesos, el periodista que hace preguntas ridículas en las conferencias de prensa televisadas del Presidente, la mujer que sale sonriente en una foto junto al ataúd de un ex, el hombre violento que se baja del auto en Polanco a golpear a una joven que manejaba en otro.

 

Para bajar a los detractores al suelo, se empieza por acusar que ellos tienen la ilusión de estar arriba de él. Cada día se bautiza en redes sociodigitales como Lord o Lady a alguien que quedó en evidencia digital en un momento de infracción de normas sociales. Las publicaciones originales terminan generalmente por incluir, más allá de la cara y la voz, datos que hacen a estas personas fácilmente identificables: el nombre con el que aparece en alguna red sociodigital, el número de placas del auto en cuestión, la localidad exacta del suceso. El llamado a la acción, más que la reprobación, es encontrarles y asegurarse de que el odio vertido en internet les alcanzará en la comodidad de su hogar, de su oficina. “Aquí les dejo su número de teléfono por si le quieren hacer llegar sus comentarios.”

 

Esta inquisición de personas promedio que cometen errores en la esfera pública no es única de México. En Estados Unidos, en el contexto de #MeToo, se habla de la cultura de la cancelación. El periodista galés Jon Ronson, intrigado por el juicio de inquisición al que se sometió a una publirrelacionista que buscó hacer humor macabro con un mensaje mayoritariamente leído como racista, entrevistó a personas, Lewinsky incluida, que habían sido destruidas en episodios similares de humillación. En su intento de hacer una disección de las fuerzas que operan en la humillación colectiva, él propuso en su libro Humillación en las redes (Ediciones B, 2015) que el mal sabor de boca que sucede a estos incidentes no sólo es por el acto en cuestión, sino también por el terror como lectores de ser descubiertos un día. “Tal vez nuestro secreto no es horrible. Tal vez nadie lo consideraría algo importante si fuera expuesto. Pero no podemos tomar ese riesgo. Así que lo mantenemos enterrado.”

 

Entre lords y ladies se reprueba los secretos de arrogancia, de violencia injustificada, de mal gusto. Pero hay secretos mucho más destructivos que otros y es imposible ignorar los componentes de clase social y género que se cruzan en esas revelaciones. Una cosa es quedar en evidencia como cochista golpeador en un barrio de clase alta; otra es quedar permanentemente en la memoria pública por aparecer en material audiovisual capturado durante un encuentro sexual.

 

La llamada “pornovenganza”, la distribución no consensuada de imágenes íntimas, funciona con base en la humillación sexista. No importa quién sea el victimario involucrado y visible en el acto: la reputación destruida será más frecuentemente la de la mujer en cuestión (consultar internetesnuestra.mx). El sesgo de género en el impacto que tiene esta práctica hasuscitado iniciativas de la sociedad civil como el repositorio acoso.online, donde víctimas de esta forma de violencia pueden encontrar recursos legales para enfrentar esta forma de inquisición, síntoma de la espiral de violencia de género en México en y fuera de internet.

 

Para Silvan Tomkins, la vergüenza como afecto se manifiesta en la cara: en la reducción del gesto facial que busca que los interlocutores dejen de buscarnos la mirada. ¿Cómo se manifiesta el afecto cuando la humillación, siempre interpersonal pero no siempre cara a cara, es mediada por las plataformas sociodigitales? Durante la inquisición, las personas que se encuentran en el ojo del huracán cierran sus ventanas. Llega el candado a la cuenta de Twitter, se borra la cuenta de Facebook, se cambia de número de celular. Para Tomkins, la cara caída es la marca del desprecio del opresor: el desprecio en el ambiente mediado se manifiesta como un efecto paralizador que censura, silencia, arranca plataformas de participación.

 

Las relaciones de poder se complican aun más cuando quien acusa, quien deja en evidencia, quien difunde, no es una persona con audiencias promedio, sino una entidad pública con alcance mucho más amplio. ¿Qué esperanza hay de poder superar la destrucción y de participar en un proceso de justicia transformativa cuando los videos de la humillación son retomados en medios masivos, cuando salen al aire en el noticiario de la hora de la comida? ¿Qué visión de justicia subyace a la difusión de un incidente indignante que puede dar Los Supercívicos, uno de los binomios activistas más respetados del país, ante sus más de 230 mil seguidores? ¿Cómo se vería y cómo se difundiría el derecho de réplica o la disculpa pública en este contexto?

 

Hay también acciones análogas en contextos mucho más preocupantes. Durante meses, Arne aus den Ruthen, “City Manager” de la delegación Miguel Hidalgo en la administración de Xóchitl Gálvez, recibió un nombramiento y recursos públicos para dedicar su día laboral a hacer transmisiones en vivo de infracciones demasiado pequeñas para la ley o los procedimientos gubernamentales, pero lo suficientemente grandes para Periscope. Bajo el estandarte de la “labor cívica”, en sus no pocas y controversiales transmisiones exhibió la detención de mujeres que acusaba de dedicarse al trabajo sexual, a vendedores ambulantes, a personas en la inmediación de sus casas.

 

En su momento, la sociedad civil organizada en México protestó el trabajo de aus den Ruthen y la complicidad de la delegación Miguel Hidalgo no sólo por las implicaciones que tiene para el estado de derecho que el gobierno humille en vez de procesar conforme a la ley. Que un funcionario público capture material audiovisual en un contexto extrajudicial, lo exhiba a una audiencia mayor, y encima lo haga a través de plataformas privadas como Periscope, viola el derecho a la privacidad y normaliza la vigilancia masiva pública y privada. Uno de los argumentos, si se puede siquiera concedir que eran argumentos, que aus den Ruthen daba en ese momento ante los cuestionamientos era que todo mundo lo hacía, y por lo menos daba resultados.

 

En 2018, la Comisión de Derechos Humanos del DF y la delegación Miguel Hidalgo ofrecieron una disculpa por los abusos de poder de aus den Ruthen y la delegación. Pero, después de años de uso de recursos públicos para ejercer dinámicas de humillación que buscaban la destrucción de los infractores, que buscaban el efecto paralizador de los actores incómodos, ¿qué puede alcanzar a revertir una disculpa?

 

Cuando el infractor cierra sus cuentas en internet, cuando el tema sale de circulación en la esfera pública, el éxito de la destrucción parecería poner un fin al antagonismo. Pero no podemos engañarnos: jamás trae una resolución. La humillación nunca conlleva un final feliz o catártico. Nos queda un mal sabor de boca porque la humillación es también un ejercicio de autoidentificación con quienes fueron expuestos; para Tomkins, la humillación de otros es una fuente de humillación. Cuando arrastramos a los infractores al suelo, les vemos como menos humanos; sentimos que jamás podríamos hacer lo que ellos hicieron. Pero, al mismo tiempo, cada vez tenemos menos garantías de que, como teme Jon Ronson, nuestros propios secretos no serán expuestos de la misma manera en un entorno que nos vigila permanentemente.

 

Es por eso que, cuando se bautice a un nuevo Lord o a una nueva Lady y el instinto sea de sumarnos al repruebo colectivo, llamo antes a una reflexión silenciosa. ¿Será que nosotros también somos humillados en esa inquisición? ¿Será que nuestra incomodidad con la cultura de la cancelación surge del hecho de que no hay garantía de que nosotros no seremos un día los cancelados? Y lo más importante, y algo que a cinco ciclos presidenciales de Estados Unidos seguimos aprendiendo del caso Clinton-Lewinsky: ¿Cuáles son los riesgos de reducir a la humillación una demanda de justicia que no se resuelve con arrastrar alguien al suelo para darle patadas?

 

ILUSTRACIÓN: Dante de la Vega

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