El centenario de Weimar

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La derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial derivó en una efímera República de Weimar, preludio de una era dominada por el Partido Nacionalsocialista Obrero AlemánEste artículo rescata testimonios de algunos protagonistas del experimento político, y la travesía de un fugitivo que a su llegada a México comenzó una carrera literaria con el nombre de B. Traven

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POR JAVIER GARCÍA-GALIANO

 

El viernes 27 de febrero de 1920 se estrenó en el cine Marmorhaus de Berlín El gabinete del doctor Caligari, el film con Werner Krauss, Conrad Veidt y Lil Dagover que debió dirigir Fritz Lang, el cual, entre otras cosas, reescribió el final del guión para molestia de los guionistas Carl Mayer y Hans Janowitz, que habían adaptado uno de los cuentos del libro de Mayer Tres capítulos de Hamburgo. Debido a que Lang no pudo dirigirla por estar comprometido con otros trabajos, el productor Erich Pommer contrató al director Robert Wiene. Mayer y Janowitz habían sugerido que Alfred Kubin creara los decorados, que finalmente concibieron los pintores del grupo Der Sturm Hermann Warn, Walter Rohrig y Walter Reiman. No era la primera vez que la película se estrenaba. Su primera proyección, refiere Héctor Martínez Tamez en Los monstruos del silencio, había ocurrido ante un público desconcertado que respondió con abucheos. “No fue sino hasta después de una intensa propaganda, iniciada e inventada por el productor del film, Erich Pommer, cuyos carteles decían ‘Tú tienes que ser Caligari’, que la película se convirtió en todo un éxito”.

 

Kurt Tucholsky escribió poco después: “Todo increíblemente construido, borroso, pero no completamente liberado de razonamiento. Casi toda imagen está lograda: en especial aquella pequeña ciudad en la montaña (todos los escenarios están pintados, ninguno es real), una plaza de tiovivos, habitaciones extrañas, oficinas encantadoramente estilizadas, en las cuales gobiernan funcionarios Hofmannianos sentados en sillas de respaldos puntiagudos. Gestos enredados, embrollado el juego de luces y sombras en las paredes… Werner Krauss como sacado de un cuento de Hoffmann, se parece a un duende regordete de un cuento de hadas alemán, un diablillo burgués, una extraña mezcla de fantasía y realidad. Veidt, delgado y como si no fuera de este planeta, avanza a zancadas por su confuso mundo: aquí un parpadeo maravilloso, más tarde, como en un grabado de Kubin, sombra estirada, oscuro y fantasmagórico se desliza a lo largo de un muro…”

 

Sergei Eisenstein, sin embargo, consideraba que “el caos de las múltiples sobreimpresiones, los fundidos esfumados, las imágenes cortadas del tipo de algunos films posteriores que reflejaron el mismo estado de ánimo como Login the dopp (El nudo del ahorcado 1928 Arthur Robinson) y Geheimnisse einer Seele (Secretos de un alma 1926 G. W. Pabst) reflejaban la confusión e indeterminación allí, donde los gobernantes de la República de Weimar, traicionando al pueblo alemán, no fueron capaces de levantar el alma de la voluntad común, dirigida a un fin único, al renacimiento del país y su pueblo hollado por los vencedores”

 

Algunos en Francia creyeron hallar en ese film el origen de lo que llamaron “caligarismo” y Upton Sinclair lo consideró “cine futurista”. Sin embargo, para referirse a esa y otras diversas películas y obras varias de pintura, escultura, literatura, música, arquitectura, concebidas durante la República de Weimar, se ha recurrido a una palabra que ya aludía a cierta manera de pintar hacia 1905: Expresionismo. Como lo advierte Peter Gay en La cultura de Weimar, “el ideal de Weimar era, a la vez, nuevo y antiguo. La sorprendente mezcla de cinismo y de confianza, el anhelo de innovación y tradición –solemne irreverencia de los años veinte–, eran fruto de la guerra, de la revolución y de la democracia, pero sus elementos constitutivos procedían del pasado remoto y del más reciente, recordado y revivido por las nuevas generaciones. Goethe y Schopenhauer, fechas históricas como 1848 y 1871, eran realidades vivas para la nueva Weimar, mientras que los antecedentes inmediatos del estilo de Weimar, tema aún de apasionado debate, databan de principio de siglo y de la década de 1890. ‘En el arte alemán, la transición del arte burgués al arte popular –es decir, del impresionismo al expresionismo– precedió en mucho tiempo a la revolución’. esta opinión, expresada en una conversación entre diletantes cultos a principios de 1919, en plena revolución, es bastante exacta. Al fin y al cabo, Frank Wedekind concluyó su primera obra de teatro, El despertar de la primavera, la más importante, en 1891, un año antes de que el emperador Guillermo II despidiera a Bismarck y mucho antes de que el emperador pusiera a prueba su peculiar talento para el desastre”.

 

La revolución y la República

Antes de las 11 de la mañana del lunes 11 de noviembre de 1918, cuando se cumplió el armisticio que impuso el cese al fuego entre todos los ejércitos que todavía perseveraban en su beligerancia en lo que se conoce como la primera Guerra Mundial, en los últimos días de octubre, “los marineros del puerto de Kiel”, refiere Eric D. Weitz en La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia, “recibieron órdenes de encender calderas y hacerse a la mar. La participación en la guerra de la Armada alemana había pasado con más pena que gloria: el bloqueo británico del mar del norte obligó a los barcos a permanecer amarrados durante la mayor parte del conflicto. La única acción destacable había sido el envío de los submarinos que hundieron un convoy mercante bajo bandera norteamericana, que acabó con la vida de muchos pasajeros y que desencadenó la participación de Estados Unidos en la guerra. A bordo o en tierra los marineros padecían las consecuencias del racionamiento mientras, a pocos metros, los oficiales disponían de raciones suficientes y bien preparadas. Por si fuera poco, aquellos hombres soportaban un régimen disciplinario extremadamente severo. De modo que, cuando recibieron la orden de encender las calderas, se preguntaron: ¿no se les habrá pasado por la cabeza, a la desesperada y como último recurso, presentar batalla a los británicos? ¿No pretenderán hacerse a la mar y realizar una proeza heróica de última hora, según esa perversa interpretación del código de honor que afirma que en la batalla, más vale morir con las botas puestas que admitir la derrota?”

 

Los marineros no acataron las órdenes. Se amotinaron el 29 de octubre y su revuelta fue imitada en los cuarteles de tierra y por trabajadores de diversas ciudades.

 

El sábado 9 de noviembre, Ernst Toller estaba en casa de su madre en Landsberg, postrado en cama. Mientras el médico no disimulaba un gesto de preocupación por el aumento de la fiebre, su hermana anuncia la noticia de la revolución. Al día siguiente, Ernst Toller viaja a Berlín. “Los marinos de la Armada, los Muchachos azules del Kaiser”, escribió en Una juventud en Alemania, “fueron los primeros rebeldes. La flota de alta mar debe salir, los oficiales prefieren el hundimiento con honor a una paz vergonzosa, los marineros que ya en 1917 habían sido los pioneros de la revolución, se niegan a salir. Apagan los fuegos. Seiscientos de ellos son detenidos. Los marineros abandonan los barcos, toman por asalto las prisiones, conquistan la ciudad de Kiel. Los obreros de los astilleros se unen a ellos, la revolución alemana ha comenzado. Munich la sigue, Hannover, Hamburgo, el territorio del Rin, Berlín. El 9 de noviembre de 1918 los obreros berlineses abandonan las fábricas y talleres; del este, del sur, del norte se dirigen las masas al centro de Berlín. Ancianos de pelo blanco, mujeres que durante años trabajaron en los tornos de las fábricas de municiones, inválidos de la guerra, niños que se hicieron cargo de los trabajos de los padres, licenciados del frente, viudas de guerra, lisiados, estudiantes, hombres del pueblo. Ningún jefe indicó la hora del levantamiento en masa. En las fábricas los dirigentes de la revolución habían contado con iniciar el movimiento algunos días más tarde. Los viejos socialistas están sorprendidos y consternados. Justamente estaban en negociaciones con el canciller príncipe Max von Baden para salvar la monarquía de los Hohenzollern.

 

“La columna marcha en silencio. Ningún canto se oye. Se detiene ante los portones del cuartel de Maikaefer.

 

“Los portones están herméticamente cerrados. Por las ventanas y troneras asoman cañones de fúsil y de ametralladoras. ¿Dispararán los soldados sobre el pueblo? Pero los grises son hermanos de esta masa humana hambrienta y desesperada, tiran al suelo sus fusiles, abren los portones, el pueblo penetra en el interior del cuartel y los soldados hacen causa común con él.

 

“La bandera imperial es arriada, se iza la bandera roja. Desde los balcones del castillo Liebknecht anuncia la República Socialista Alemana. Los oficiales se entregan, sólo uno en toda Alemania, el comandante del barco König mantiene su fidelidad al emperador y muere por él. ¿Y qué hace la familia real? El príncipe Heinrich, hermano del Kaiser, se ata al brazo un brazal rojo y huye; el príncipe Ruprecht, heredero del trono de Baviera, huye en un automóvil que lleva en su frente banderas rojas; Guillermo II huye a Holanda. Lamentable es esta comedia y peligrosa para el pueblo. ¿Quería una revolución? Quería paz. Sin lucha cayó en sus manos el poder. ¿Sabrá conservarlo?”

 

A doscientos metros del Palacio Real, donde Karl Liebknecht había anunciado la República Socialista, desde los balcones del Reichstag, el dirigente del SPD (Sozialistische Partei Deutchland, Partido Socialista de Alemania), Phlipp Scheidemann proclamó la República en Alemania.

 

El príncipe Max había transferido la cancillería al jefe del SPD, Friedrich Ebert, que el once de noviembre formó gobierno con sus correligionarios afines y los radicales del USPD (Unabhängige Sozialdemokratische Partei Deutchlands, Partido Socialista Independiente de Alemania).

Friedrich Ebert, primer presidente de la República de Weimar en una foto de febrero de 1925./ Bundesarchiv Bild

 

Una revolución soviética

Entre las formas que hallaron los marineros amotinados en Kiel, no fue la menos eficaz la instauración de comités como los que se fundaron en las revoluciones rusas de 1905 y 1907. “Normalmente”, refiere Eric D. Weitz, “los comités se elegían durante asambleas de trabajadores en huelga, de soldados en rebeldía o de artistas que buscaban un futuro para una galería o un teatro. Los delegados se encargaban de negociar con las fuerzas del orden: jefes, capataces, funcionarios municipales, directores de teatro y oficiales del ejército, y, a su regreso, informaban a sus compañeros. Podían deponerlos sin miramiento alguno los mismos que días y horas antes los habían elegido, o bien ser recibidos con vítores. Caóticos, escandalosos, anárquicos y, por lo general, mayoritariamente masculinos, esos comités o asambleas constituyeron una manifestación rudimentaria, pero muy importante, de expresión democrática. Una vez institucionalizados, los comités se limitaron a supervisar a los funcionarios civiles o a los directores de fábrica. Despertaron también grandes esperanzas y espantosos pavores”.

 

Un sucedáneo de esos comités se hizo del poder en Baviera en la Bayerische Räterepublik, la República de Consejos de Baviera, también conocida como la República Soviética de Baviera.

 

La noche del jueves siete al viernes ocho de noviembre de 1918, Kurt Eisner, del USPD, proclamó el Estado Libre de Baviera, anunció que en breve se convocaría a elecciones y apoyó su gobierno en los Consejos de Obreros, Soldados y Campesinos que se habían formado en Baviera. “La instancia suprema”, proclamaba el cartel rojo firmado por Eisner, “es el Consejo de los Obreros, Soldados y Campesinos elegido por el pueblo, el cual se ha instituido de manera provisional hasta que se establezca un órgano representativo del pueblo con carácter definitivo. El Consejo tiene poderes legislativos”.

 

Las elecciones del 12 de enero de 1919 no le fueron propicias al USPD; ganó el 2.5 por ciento de los votos.

 

El viernes 21 de febrero, camino al Congreso, Kurt Eisner “es asesinado a tiros por el conde Arco-Valley, de 21 años de edad”, escribió Toller. “El congreso se inaugura. En el mismo momento Alois Lindner penetra en el recinto revolver en mano y dispara sobre Auer, al que culpa de la muerte de Eisner, gravemente herido Auer cae al suelo. Con pánico salvaje, huyen los parlamentarios, olvidan el parlamento, al pueblo, sus mandatos, sus sombreros, sus abrigos; Baviera ya no tiene gobierno”.

 

Johannes Hoffmann, del SPD, que había sido nombrado Ministro Presidente en el Landtag, estableció el gobierno en Bamberg.

 

En Munich, los Consejos eligen sucesivos presidentes del Consejo Central: Ernst Niekisch, Carl Kröpelin, Ernst Toller, que refiere: “El trabajo empieza. Un decreto anuncia la socialización de la prensa; otro, el armamento de los obreros y la creación del Ejército Rojo; un tercero, la confiscación de las casas para remediar la necesidad de las moradas; un cuarto reglamenta la provisión de víveres”.

 

Toller recordaba asimismo que “en las antesalas del Consejo Central se apretuja la gente. Cada uno cree que la República soviética ha sido creada para satisfacer sus deseos particulares. Una mujer desea ser casada inmediatamente. Hasta entonces tenía inconvenientes porque le faltaban los papeles necesarios. La República soviética debe salvar la felicidad de su vida. Un hombre quiere que se obligue al propietario de la casa en que vive a que le rebaje el alquiler. Se ha constituido una partida de ciudadanos revolucionarios que exige se encarcele a todos sus enemigos personales, antes amigos y socios del mismo club de juego. Reformistas ignorados ofrecen sus proyectos para sanear la humanidad; su vida hostilizada durante años, garantiza la seguridad de que la tierra será convertida en un paraíso”.

 

La noche del miércoles 9 de abril, en los sótanos de Mattaser, el Partido Comunista designa un nuevo gobierno presidido por Eugen Leviné, que se disuelve en la madrugada.

 

El sábado 12 de abril un telefonema anónimo le advierte a Toller que “se prepara un golpe contra la República soviética”.

 

Esa noche, Toller no duerme en su casa. Al día siguiente sabe que las tropas del gobierno de Hoffmann han ocupado la estación de tren de Munich y que todos los miembros del Consejo Central, salvo Leviné y él, han sido detenidos.

 

Los Consejos Obreros se reunieron y eligieron un nuevo gobierno. Se designó a Eugen Leviné como presidente del Consejo Central. En su gobierno predominaban miembros del Partido Comunista.

 

Obreros y soldados revolucionarios tomaron por asalto la estación de tren ese mismo día. A pesar de las órdenes cruzadas entre comisarios, el Ejército Rojo de Baviera ganó una batalla en Dachau. A finales de abril, Munich estaba asediada por Freikorps leales al gobierno de Bamberg y Berlín.

 

“En el amanecer del primero de mayo”, escribió Ernst Toller, “camino por las tranquilas calles sin saber a dónde ir. Encuentro soldados que me informan del desastre del Ejército Rojo en el frente. Uno de ellos me enseña el periódico La Bandera Roja. En él los comunistas hacen un llamamiento a la población para defender a Munich.

 

“¿Por qué no la defienden ellos? –me dice.”

 

Un fugitivo

La República de Consejos de Baviera también ha sido llamada República de los Literatos porque en su forma de gobierno intervinieron escritores como Kurt Eisner, Erich Mühsam, Erich Toller, que fue condenado a 5 años de Festungshaft, un modo de confinamiento, después de eludir la pena de muerte, aunque un hombre que fue confundido con él murió linchado, y Ret Marut.

 

La biografía de Ret Marut parece hecha de conjeturas. Karl S, Guthke refiere que se ha creído que fue Charles Trefny, estudiante de teología de la Universidad de Friburgo, procedente de St. Louis y Cincinnati, de la que fue expulsado por “faltas a la moral”, que fue el aprendiz germanopolaco de cerrajero Otto Feige, oriundo de Scwiebus, cerca de Polsen, que era hijo ilegítimo del emperador Guillermo II. Se trata del nombre que había adoptado un actor que se convirtió en escritor y en el editor de Der Ziegelbrenner (El Ladrillero), que el sábado 14 de diciembre de 1918, poco después de la Revolución de los Consejos, leyó algunos de sus ensayos mutilados por los censores militares durante el Imperio en la galería de arte Steinicke en el barrio Schwabing de Munich. “El conferenciante quedó a oscuras; sólo una luz tenue caía sobre su manuscrito”, refiere Guthke que se imprimió en el periódico Müchner Neueste Nachrichten. “El público protestó, pero el orador siguió leyendo hasta que ‘una tempestad de indignación’ se levantó en respuesta a un comentario de que durante la guerra se requería más valor para editar una revista que para ocupar las trincheras. El público abandonó el auditorio entonando el himno nacional ‘Deutschland, Deutschland über alles’ (‘Alemania, Alemania por encima de todo’)”.

 

Tampoco se puede precisar sus actividades durante la Revolución bávara. Fue sentenciado a muerte por actos de alta traición que “consistían en haber formado parte de la ‘Comisión Preparatoria para la Formación del Tribunal Revolucionario’ así como del ‘Comité de Propaganda’ de la República de los Consejos”. Se sabe también que el 17 de abril de 1918 el Consejo Central lo designó para una comisión dedicada a una ‘actividad informativa intensa en los cuarteles militares’. Fue asignado también al Departamento de Prensa del Consejo Central, donde trabajó como censor de Münchner-Augsburger Abendszeitung, y presentó un plan en la Comisión para la Socialización de la Prensa.

 

El primero de mayo de 1919, Marut se “encontraba en el café Maria Theresia de la Augustenstrasse con la esperanza de ver a alguno de los asistentes a la asamblea”, según escribió, no sin ironía, en Der Ziegelbrenner, “los camiones de las guardias blancas empezaron a recorrer las calles para liberar a Munich del terror rojo. Las guardias blancas no perdieron el tiempo con discursos sino que dirigieron despiadadamente el fuego de sus ametralladoras contra la multitud endomingada que pululaba en las calles. Instantes después, siete ciudadanos inocentes se revolcaban en su sangre en la Augustenstrasse; dos de ellos murieron en la misma calle.”

 

En uno de esos camiones, sus ocupantes reconocieron a Ret Marut. “Detuvieron el vehículo. Cinco hombres con fusiles colgados del hombro, sendos revólveres en cada mano y entre cuatro y seis granadas de mano en el cinto, se abalanzaron sobre M, le apuntaron con las pistolas y vociferaron: ‘¡Arriba las manos!’ M preguntó en qué podía servir a los caballeros. Le informaron que él pertenecía al Consejo Central y era el agitador más peligroso de la República de Consejos, exterminador de la burguesía y aniquilador de la prensa, por lo cual tenían que llevárselo, y si no admitía rotundamente su culpa respecto a la matanza que tenía lugar en esos instantes, se verían obligados a despacharlo en el acto”.

 

Luego de interrogatorios amenazantes, Marut fue conducido “a la antesala de un enorme recinto en el que el consejo de guerra en la tierra de sus propios compatriotas consistía en un gallardo teniente, quien tardaba unos tres minutos en despachar cada caso con base en las declaraciones de los denunciantes que fungían como testigos, decidía si el detenido debía ser pasado por las armas en el acto o liberarlo. En caso de duda se le fusilaba porque era más seguro”.

 

De la gran sala donde “el teniente decidía la vida y la muerte de los prisioneros entre un cigarro y otro, salían a cada instante obreros y marineros de rostros cadavéricos, acompañados por una escolta militar”.

 

El último hombre que debía ser juzgado por el teniente era Marut. “Fue llamado y conducido a la sala. Los mercenarios lo agarraron de manera demasiado ruda, el se resistió, se produjo cierto jaloneo y M aprovechó para escapar”.

 

A principios de los años treinta, periódicos alemanes hablaban de un príncipe Hohenzollern que había emigrado a México. Se trataba de un escritor que publicaba sus libros bajo el nombre de B. Traven. En B. Traven: biografía de un misterio, Karl S. Guthke se permite inferir que fue Traven quien empezó a difundir esa historia en el primer decenio del siglo pasado, “en vista de su afición por jugar con sus opiniones y su probable nacimiento ilegítimo, resulta más factible que de esta forma haya tratado de sacudirse preguntas molestas”.

 

En los años sesenta, Gerd Heidemann publicó un reportaje en la revista Stern, en el que conjeturaba que el emperador Guillermo II u otro miembro de la familia Hohenzollern fue el padre de Ret Marut.

 

“Hay que aclarar, de una vez por todas”, afirmó recientemente en El Universal, el viernes 2 de agosto, Rosa Elena Montes de Oca Luján, hija de la esposa de B. Traven, Rosa Elena Luján, “que por razones obvias se sentía perseguido: primero por la forma en que la República soviética de Baviera fue arrasada y luego por el ascenso del nazismo. De modo que por salud emocional debía mantenerse en el anonimato”.

 

Ret Marut era uno de los hombres que fue Traven Torsvan, que llegó a Tampico en 1924 y se convirtió en el escritor B. Traven.

Otto Feige también conocido como B. Traven y Ret Marut, a su partida de Alemania y previo a su peregrinar por Europa y América./ Especial

 

La Ley de Weimar

Berlín no era seguro, reconoció posteriormente el presidente Philipp Scheidemann. La libertad no sólo había derivado en efusiones, lujuria, un caos incitante, esperanzas exultantes, transgresiones; también se había convertido en un lugar propicio para la política de callejón, de las ideologías de pandilla, de los asesinatos y la criminalidad facciosa, del estupro partidario y la delincuencia común.

 

Por eso, los representantes de la Asamblea Constituyente, elegidos en las elecciones del 19 de enero, en la que votaron las mujeres por primera vez, empezaron a trabajar el borrador de una Constitución en Weimar y no en Berlín. Aludían al “espíritu de Weimar”, que consideraban un símbolo de la cultura alemana. “Proclamada formalmente el 11 de agosto de 1919”, refiere Eric D. Weitz, “la Constitución de Weimar consagraba las libertades fundamentales –la libertad de expresión y de prensa, la igualdad entre hombres y mujeres- y establecía el derecho al sufragio universal y libre de todos los ciudadanos alemanes desde los veintiún años”.

 

A finales de abril de 1919, los vencedores de la Primera Guerra Mundial citaron a los delegados alemanes en Versalles, a los que los anfitriones franceses se propusieron humillar. Los trenes en los que viajaban de Berlín a París circularon lentamente por las regiones devastadas del norte de Francia. En Versalles se encontraron limitados por una cerca para protegerlos de manifestaciones hostiles, pero que los mantenía aislados de los negociadores aliados, que le impusieron a Alemania un tratado que “fijaba drásticas limitaciones en cuanto a los efectivos del Ejército alemán, exigía que Alemania pusiese en manos de los aliados gran parte del material bélico de que disponía en aquel momento y le prohibía organizar una fuerza aérea. En el terreno de la diplomacia, se le negaban algunas de las libertades las que gozaban otros Estados soberanos, como la de firmar ciertos acuerdos con Austria. Perdió todas sus colonias, y el país no fue aceptado como miembro de la Sociedad de Naciones. El artículo que más indignó a los alemanes fue el 231, por el que Alemania y sus aliados quedaban obligados a asumir toda la responsabilidad en cuanto al inicio de las hostilidades. Desde el punto de vista de los aliados, la ‘cláusula sobre quién había sido el responsable de la guerra’, como llegó a ser conocida, era la que establecía el fundamento jurídico para reclamar las compensaciones exigidas”.

 

El 18 de junio de 1919, cuando se cumplía el quinto aniversario de la muerte del archiduque Franz Ferdinad, dos miembros del Gobierno alemán socialdemócrata firmaron el tratado de paz en el mismo Salón de los Espejos de Versalles donde se había proclamado el Imperio alemán en 1871.

 

Uno de los miembros de la delegación británica, John Maynard Keynes publicó un ensayo en contra del tratado al que consideraba una “paz cartaginesa”: Las consecuencias económicas de la paz.

 

Muchos alemanes calificaron de cobardes a los que tuvieron que firmar el tratado. “La exigencia de que se recusara la ‘paz dictada’”, escribió Peter Gay, “y se castigara a los ‘criminales de noviembre’ que la habían aceptado, se convirtió en el flagelo de la retórica de la derecha y, con el antisemitismo, en el principal argumento de la propaganda nazi. Si Versalles fue una carga para Weimar, fue más de índole interna que de procedencia extranjera”.

 

La revolución ya también había producido desencanto. Para Rilke perduraba el “anhelo de idiosincrasia” y la mayoría estaba engañada por el “diletantismo político”. Paul Cassirer la calificó de “estafa” y el 1º de mayo de 1919, día festivo, el conde Harry Kessler anotó en su diario que la celebración parecía “un duelo nacional por una revolución fallida”.

 

Muchos años después, George Grosz, en sus memorias Un si menor y un no mayor, recordaría “ese mundo volcado de hedonismo, sobre el cual se cernía, resistible, pero irresistido, el horror del nazismo y la guerra”.

 

 

ILUSTRACIÓN: Iván Vargas

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