Rubem Fonseca a la luz de la censura

Abr 18 • destacamos, principales, Reflexiones • 4489 Views • No hay comentarios en Rubem Fonseca a la luz de la censura

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La obra del escritor brasileño Rubem Fonseca ocupa un lugar privilegiado en la historia de la literatura de hispanoamericana, atrevido y salvajemente hábil para denunciar con sus obras las problemáticas de su país, lo despedimos hoy con este ensayo que nos habla de la riqueza de su obra y del peligro de su prosa para la tranquilidad de la sociedad brasileña conservadora

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POR ARMANDO ESCOBAR G.
Era verdad. Su nombre aparecía en la lista. Verlo me tomó por sorpresa, aunque no fuera algo nuevo para él. En realidad, me parece que siempre ha ocupado un espacio de honor en lugares como ése. Que siempre estuvo ahí. Nada más hacía falta que la historia brasileña diera un nuevo vuelco iracundo para volverlo a hacer visible. Ahí estaba su nombre otra vez: Rubem Fonseca. Repetido diecinueve veces entre los cuarenta y tres libros que fueron considerados “inadecuados”. Al menos, estaba muy bien acompañado por Machado de Assis, Ferrerira Gullar y Caio Fernando Abreu. A veces me da por pensar que los censores pueden llegar a desarrollar buen gusto.

 

En esta ocasión, era la Secretaría de Educación del estado de Rondonia -cuyo gobernador, Marcos Rocha, es gran admirador del presidente Jair Bolsonaro- la que, en circular con fecha del 6 de febrero de 2020, ordenaba el “retiro de libros” a fin de preservar el derecho de los estudiantes de disfrutar lecturas “sem constrangimentos e desconfortos”. De este modo, el gobierno estatal guardaba para sí la potestad de hacer que sus estudiantes leyesen sin pasar ningún tipo de vergüenza, sin sentir ninguna incomodidad. Nada más lejano a la acción misma de leer un buen libro. Nada tan lejano del efecto que suelen tener los libros de Rubem Fonseca en el público lector, pues si hay algo que precisamente se condensa en su obra es la vergüenza y la incomodidad.

 

A pesar de los años, Fonseca no deja de ser punzocortante y sumamente corrosivo. Por eso, sentí un extraño gusto al ver su nombre repetido ahí tantas veces, pues estoy convencido que pocas plumas pueden incomodar tanto como la suya en días tan oscuros como los que atraviesa Brasil y que, además, la propia historia de ese país nos ha enseñado que las listas de libros prohibidos no son más que una efusiva invitación para la lectura. Su muerte vendrá a confirmar ambas cosas, pues quizá nunca fue tan necesario incomodar tanto al poder, retratarlo en la completud de su ridículo, con la precisión y el ritmo fonsequianos.

 

No debe dejar de sorprender que es muy difícil pensar en la obra de este autor brasileño sin apartar la vista de la censura estatal. Al ver el número 38 del listado de Rondonia, me encuentro con el volumen de cuentos Feliz año nuevo de 1975. Este libro es determinante para Fonseca, pues al mismo tiempo que proyectó su carrera literaria, lo colocó bajo observación del gobierno brasileño. A propósito de la publicación de ese libro, en un texto editado en el número 374 de la Revista Veja (noviembre de 1975), el poeta Affonso Romano de Sant’Anna profetizaba: “una lectura superficial de esta obra puede reconocerla [solamente] como erótica y pornográfica.”

 

¿Y qué otro tipo de lectura podría hacer el régimen militar de una obra literaria como la suya? Cerca de un año después de la visión de Romano (el 15 de diciembre de 1976), el panóptico censor del gobierno de Ernesto Geisel (1974-1979) prohibiría la venta y distribución de Feliz año nuevo. No me detendré en los pormenores legales del proceso -que es bien conocido como “El caso Fonseca”-, tan sólo quisiera resaltar la actitud que el autor tuvo frente al mismo. Más allá de ceder a las pretensiones censoras del gobierno, en El cobrador (1979) -primer libro que publicó después del veto- nos encontramos ante a una serie de cuentos que presentaban desafíos a la censura mucho más contundentes: un modo más crudo de narrar hechos violentos, así como la constante alusión a sexualidades ilegítimas aderezadas con una erotización patológica del cuerpo, entre otras tantas afrentas a la moral y las buenas costumbres que tanto defendía el aparato estatal que, por su parte, no se podía permitir un paso más en falso: a esas alturas ya fungía como una excelente agencia publicitaria para el autor.

 

De manera paradójica, la censura de Feliz año nuevo nos permitió conocer en El cobrador a un Rubem Fonseca mucho más cruel, mordaz, terriblemente irónico; incluso, para muchos, cínico. Por otro lado, me gusta pensar que las razones que encontró la justicia brasileña para prohibir ese libro son de hecho las mismas razones por las cuales se encuentra entre los autores brasileños más apreciados en el mundo. Me explico de manera breve:

 

En primer lugar, Fonseca fue acusado de abrigar la narración brutal de sucesos violentos. Decir esto el día de hoy resulta una obviedad, pues de hecho es considerado por la crítica brasileña como el principal promotor del llamado “giro brutalista” de su literatura. Sin embargo, en ese momento se juzgó que en ninguno de los cuentos contenidos en el libro se preveía alguna posibilidad de castigo para los infractores. Por esta razón, el autor fue señalado por “sugerir la impunidad” y configurar una “apologética del crimen”. Considerando lo anterior, es importante reconocer que en su obra la violencia se ejerce de manera amplia, no tiene un solo sentido, sino que se extiende a través de distintas clases sociales, por lo que cualquier caracterización maniquea del bueno/malo, policía/delincuente, ejecutivo/criminal, es terminantemente simplista. Por otro lado, la obra de Fonseca se ha caracterizado por la fina capacidad de observar con mirada atenta las complejas condiciones sociales, económicas y políticas de su país. Bajo esta tesitura, la ficción no actúa solamente como un reflejo de la realidad, sino como su réplica. Por eso, exigir al autor que pusiera a los policías a capturar ladrones, así sin más, no sólo era hacerlo traicionar la verosimilitud del relato, sino abofetear la realidad que sufre el público lector a diario. En segundo lugar, Fonseca fue acusado de uso del lenguaje indecoroso. En la obra de este autor, el lenguaje es también un punto de disputa con el poder. Una vez más encontramos que si el medio es violento, el lenguaje tiene que ser terminantemente violento también. No hay ningún miramiento, ninguna consideración con el público lector en este punto. No hay eufemismos. Bien lo dice el también escritor Marcelino Freire en un texto de homenaje publicado recientemente: Fonseca era un oído atento a la escucha: “un ritmo de grueso calibre”.

 

En tercer lugar, Fonseca fue acusado de escribir de forma pornográfica situaciones sexuales. Es bien sabido que en diferentes textos de Rubem Fonseca la sexualidad se desdobla en prácticas ilegítimas, no reconocidas por las normas morales y sociales que sancionan cualquier acto sexual en el borde. “Yo sólo inventé las palabras, las perversiones ya existían”, confiesa el personaje Paul Morel en la novela El caso Morel de 1973 (libro previo al mencionado Feliz año nuevo). En este sentido, el proyecto literario de Fonseca no se considera parte de una literatura estetizada que se niega la posibilidad de expresar claramente y sin tapujos no solo la sexualidad humana, sino también todos sus tabúes y prácticas -incluso, las criminales- que ella conlleva.

 

Como podemos ver, la literatura de Rubem Fonseca se establece como un grito, una denuncia, expelido por personajes, tramas, situaciones que retratan fielmente la realidad hiperviolenta de cualquier ciudad de nuestra región. En los días por venir estaremos ante la enorme tarea de darle la dimensión latinoamericana a este gran autor de las letras brasileñas. Quisiera confesar que suelo pensar en Fonseca de manera recurrente. Desde que era un alumno de la Facultad devorando sus cuentos sueltos en simples fotocopias. Todavía antier me encontré su nombre en un texto muy distinto al de una lista de libros censurados: ahora se me apareció en una novela en la que me encuentro en proceso de traducción. A manera de homenaje, el autor hace pasear a su personaje con distintos libros por la ciudad. Entre todos ellos, ahí estaba mencionado también: Feliz año nuevo de Rubem Fonseca. Leí el fragmento. Pensé en él, en la casualidad del encuentro… y después escribí su nombre en mi traducción al español.

 

FOTO: Rubem Fonseca fue galardonado en 2016 con el Premio Machado de Assis, que otorga la Academia Brasileña de las Letras./ AP / Guillermo Arias

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