Saint-John Perse: Poesía para una historia del alma

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Galaxia Gutemberg lanza una edición bilingüe de la Obra Poética del Nobel de Literatura de 1960, que dos décadas antes fue perseguido por los nazis durante la ocupación de Francia y cuya escritura fue descrita por Octavio Paz como una “celebración del lenguaje”

 

POR ARIEL GONZÁLEZ 
El jueves 16 de mayo de 1940 —Herbert Lottman lo refiere puntualmente en su obra La caída de París— el primer ministro francés, Paul Reynaud, supo con certeza que la guerra con Alemania estaba perdida. Los nazis se hallaban prácticamente a las puertas de París y no quedaba sino tomar algunas medidas que nunca nadie imaginó en su gabinete: destruir puentes y carreteras, y prepararse para abandonar la capital. Ya todo dependía de la iniciativa de los Panzers alemanes: ¿se dirigirían a Normandía o al sur? La cautela de las tropas nazis finalmente alargaría la agonía del gobierno de Reynaud e incluso encendería algunos chispazos de esperanza, pero en el momento en que los ministros discuten con Reynaud en la sala de conferencias del Quai d’ Orsay, no había muchas dudas sobre cuál sería el desenlace.

 

De pronto, en medio de esta reunión ministerial, algunos sonidos secos que provienen del exterior los inquietan y hacen pensar lo peor. Desde la planta baja puede observarse la caída de archiveros y otros muebles con innumerables documentos del Ministerio de Exteriores. El secretario general de este, Alexis Léger, ha dado la orden de quemar todos los acervos confidenciales. En cosa de minutos la pira es enorme. Un joven funcionario le pregunta al secretario general qué ocurre. Léger, compungido hasta las lágrimas, le responde que todo ha terminado.

 

Alexis Léger será acusado por haberse precipitado al dar la orden de quemar los archivos, pero a los pocos días nadie puede reprocharle nada, como no sea haber tenido algo de previsión frente a la inminente llegada del enemigo. En cosa de semanas el gobierno colaboracionista de Vichy lo señalará como responsable de la destrucción de información esencial del ministerio y lo despojará de la nacionalidad francesa y de su patrimonio. Ese funcionario, que firma sus libros de poesía como Saint-John Perse, saldrá exiliado de París hacia Estados Unidos llevándose los primeros frutos y todos los proyectos de una obra poética que 20 años después será reconocida con el Premio Nobel.

 

En 1940 Saint-John Perse había publicado algunos títulos que ya lo anunciaban como un artista singular, pero será en Estados Unidos donde desarrollará su obra más importante, un conjunto de ciclos epopéyicos que lo convertirán en el poeta que Octavio Paz definirá en estos términos:

 

“Quien quiera saber lo que realmente ocurrió en la primera mitad del siglo XX deberá acudir, más que al dudoso testimonio de los periódicos, a unas cuantas obras poéticas. Una de ellas es la de Saint-John Perse […] Celebración del lenguaje, la poesía de Perse es un regreso al origen del poema: el himno. Exclamación ante la vida, aprobación del existir, elogio”.

 

La edición bilingüe de esta Obra poética, traducida ahora por Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre, representa un enorme acontecimiento que todos los lectores de Perse sabrán festejar como la renovación legítima e indispensable de un ejercicio que cada generación ha sabido emprender, obviamente con resultados desiguales y necesariamente aproximativos, siguiendo rutas diversas hacia una misma cúspide por momentos inalcanzable, abstracta e ideal.

 

En Hispanoamérica —con mayor y justa razón pues el bardo vino al mundo en 1887 en Pointe-à-Pitre, Isla de Guadalupe, ahí donde se despertaba “con el fruto negro de la Aniba; con sus flores en racimos bajo la axila de las hojas”— la traducción de su obra ha sido un gran reto que algunos perseverantes y audaces letrados, sin faltar desde luego inspiradas poetas y concienzudas lectoras, se han impuesto.

 

Gerardo Deniz, en uno de esos hallazgos con los que solía sorprender a quien lo escuchara o leyera, advirtió que la primera traducción que se hizo de Perse fue al español y corrió a cargo del argentino Ricardo Güiraldes, conocido sobre todo por su novela Don Segundo Sombra. Rilke lo llevaría al alemán, pero 9 años después.

 

Habiendo ganado Latinoamérica la primicia (el poema es la noticia, dijo Pound), otro importante precursor de este esfuerzo por presentar a Perse en nuestra lengua es sin duda el poeta colombiano Jorge Zalamea, quien para José Emilio Pacheco fue no sólo un traductor “excepcional” sino “el mejor intérprete de toda su obra”.

 

Al leerlo y traducirlo, Zalamea se forjó la convicción de que su obra es “una experiencia viva” que nunca hubiera podido elevarse y mantenerse en lo alto sin las palabras justas. “El lenguaje de Perse —escribe el poeta y traductor colombiano— es uno de los triunfos más imponentes de la poesía contemporánea. Material y abstracto a la vez, abarca todos los registros de la expresión. Encantamiento y profecía, su misión ha sido la de darnos la medida de la plenitud del hombre”.

 

La aventura de traducir a Perse al español ha convocado también al venezolano Guillermo Sucre, así como a los españoles Manuel Álvarez Ortega, José Antonio Gabriel y Galán y Esperanza López Parada, entre otros. En México lo han recreado poetas como Verónica Volkow y José Luis Rivas, si bien el pionero fue Octavio G. Barreda, quien desde la revista Contemporáneos (1931) supo fascinar al joven Octavio Paz con su traducción de Anábasis. Sólo la invención de una obra con tal energía podía formar parte de la “revelación trinitaria” que tuvo el autor de El laberinto de la soledad en los años treinta del siglo pasado:

 

“De pronto, en Sur leí un texto que me tocó, que me impresionó, fue la iluminación, diríamos: la revelación. Un capítulo de L’amour fou de Breton que se llama ‘El castillo estrellado’, en el cual relata su ascensión al pico de Tenerife y es toda una divagación sobre el amor; me impresionó muchísimo ese texto. Es muy curioso porque lo leí casi al mismo tiempo que en la revista Contemporáneos de México, dos grandes textos poéticos modernos, uno: Anábasis de Saint John-Perse y, el otro, The Waste Land del poeta norteamericano Eliot. Fue una revelación trinitaria. Me quedé sorprendido, fue mi iniciación en el arte moderno, además, muy contradictorio. Eliot un poeta cristiano, el otro un gran revolucionario, Breton y, finalmente, este poeta un poco arqueológico que es Saint John-Perse”.

 

Anábasis es la gran puerta de entrada, sin duda la más conocida, a los vastos territorios de Perse. Los traductores de la Obra poética que comentamos, Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre, nos informan que el significado de esta palabra “remite a la idea de una expedición de la costa hacia el interior de un país”. Y ese es precisamente el curso que, reconociendo su centralidad y dejándose llevar por toda la exuberancia de imágenes y luces de su poesía, han recorrido innumerables traductores empeñados en seguir los pasos del poeta “entre las tormentas y estragos de la historia, hacia el horizonte moral de las conductas humanas, una cosmogonía de lo sidéreo y lo terráqueo, de la emotividad personal de las acciones y su irradiante pervivencia en los pliegues de la escritura”, tal y como nos lo presentan Domínguez y Mestre en su magnífico trabajo.

 

De las orillas de Alexis Léger a la tierra firme de Saint John-Perse. O de la imaginación de este a la memoria de aquel. Idas y vueltas, vientos y soles de un tiempo que se desdobla. De eso trata la fulgurante travesía del antillano que un buen día se descubre parisino; del niño entre las palmeras, los mangos y los moscones que llegará más tarde a los grandes salones de la diplomacia sin poder evitar el derrumbe de tantos mundos frágilmente concatenados; del viajero que una noche comienza su exilio: “…me voy, ¡oh memoria!, con mis pasos de hombre libre, sin horda ni tribu, entre la melodía de los relojes de arena, y, con la frente desnuda…”

 

Cioran reparó en una idea maravillosa de Perse: “No existe más historia que la del alma” (que forma parte de Exilio: “Heme aquí restituido a mi natal ribera… No hay más historia que la del alma, no hay más holgura que la del alma”). La creyó, sin embargo, una “confidencia abstracta” repleta de secretos:

 

“Negándose con repulsión a divulgar su propia historia, el poeta nos condena a adivinarla o a construirla, se oculta detrás de las declaraciones que consiente hacernos, y no desea que toquemos las ‘claves puras’ de su exilio. Impenetrable por pudor, en absoluto propenso a las abdicaciones de la claridad, a los compromisos de la transparencia, ha multiplicado sus máscaras, y, si se ha extendido más allá de lo inmediato y de lo finito, fuera de esa inteligibilidad que es límite y consentimiento al límite, no ha sido para escoger la vaguedad, preludio poético de la vacuidad, sino para ‘perseguir al ser’, único medio que posee de escapar al terror de la carencia, a la percepción fulgurante de lo que ‘falta’ en todo.”

 

¿Cómo traer una vez más, con nuevos aires e impulsos renovados el mundo de Perse a nuestra lengua y así mostrarnos la incesante energía de sus palabras? Desde su condición de poetas, Domínguez y Mestre han confirmado que es posible si se confía en su mirada, pero sobre todo en su búsqueda, esa “exploración de la zona velada de una realidad complementaria, el quehacer mistérico de la propia tarea poética, el destino que indaga y anticipa la poesía”.

 

Traducir a Perse es siempre una hazaña que los lectores no podemos sino agradecer, más aún cuando se nos presenta, con todas sus continuidades y rupturas, un largo periplo que abarca 70 años de su cosmovisión lírica: desde Elogios hasta Nocturno y Sequía, sus últimos poemas, pasando desde luego por Anábasis, Exilio, Vientos, Mares y Pájaros (su trabajo final más importante).

 

La versión de Domínguez y Mestre —según explican ellos mismos— “mantiene, en esencia, el patrón versicular en que el autor fijó la escritura de sus textos”, con lo que se intentó preservar “el logos del poeta”; igualmente, los traductores justifican la ausencia de acotaciones en su trabajo, pues buscan “mostrar el texto poético en su autosuficiencia original, emancipada de cualquier supeditación explicativa”. Su esfuerzo ha llegado a buen puerto.

 

Como apéndice no podía faltar (habría sido un error dejarlo fuera) el bellísimo discurso de Saint-John Perse ante la Academia Sueca al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1960. Es una pieza que, como toda su obra, reivindica la comunión —ya sombría, ya luminosa— entre el arte y la vida, el amor y el conocimiento, todo cuanto brinda al poeta la oportunidad única de ser “la mala conciencia de su tiempo”.

 

FOTO: El poeta Saint-John Perse, (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 1887-Hyères, Francia, 1975)/ Crédito: Especial

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