Todd Haynes y la recreación histriónica

Feb 17 • destacamos, Miradas, Pantallas • 2310 Views • No hay comentarios en Todd Haynes y la recreación histriónica

 

Secretos de un escándalo recorre los oscuros inicios entre una maestra y su antiguo alumno, con quien intimó cuando él tenía 13 años y ahora es su esposo; una famosa actriz se aproxima a esta familia para analizarlos

 

POR JORGE AYALA BLANCO
En Secretos de un escándalo (May December, EU, 2023), multidimensional opus 10 del californiano de culto también TVserialista de 63 años Todd Haynes (Velvet Goldmine 98, Mi historia sin mí 07, Carol 15), con inteligente guion de Samy Burch basado en un argumento original suyo y de Alex Mechanik, la famosa pero disciplinada TVactriz hija de académicos Elizabeth (Natalie Portman hiperreflexiva) se traslada a Savannah, un idílico aunque moralmente atrasado pueblo de Georgia, para documentarse a fondo acerca del personaje real que habrá de interpretar en una película independiente, conviviendo con la exconvicta sexagenaria Gracie Atherthon (Julianne Moore aún esplendente) y su carismático esposo mitad coreano de 36 años Joe Yoo (Charles Melton) que 24 años atrás protagonizaron un magno escándalo nacional luego de ser sorprendidos copulando en una tienda de mascotas cuando la mujer tenía 36 años y él sólo 13, y la acuciosa estrella treintona amablemente intima con ellos, oye, visita lugares pertinentes, interroga al aburrido primer marido de Gracie y al otrora abogado defensor y al abuelo que adoptó a los tres niños abandonados por la hoy envejecida réproba al largarse en definitiva con el muchachito para procrear otros tres hijos (dos terminando la prepa y una ya en la lejana universidad), indaga por internet y mediante objetos y cartas o algún poema a ella dirigido (“La paz es estar contigo”), remueve y se interesa sobre todo en las víctimas directas e indirectas de los soliviantados hechos cuyos agrios ecos sociales todavía se perciben (“Arruinó mi vida para siempre”), empezando por esa Gracie que ve disminuir cada día a los consumidores de sus sabrosos pasteles, y siguiéndose con ese atractivo fumador empedernido Joe a quien se coge sin problema la intrigada asmática Elizabeth tras descubrirlo como un frustradazo que cultiva huevecillos y crisálidas de mariposas monarca canadiense-mexicanas, pero también conoce al impetuoso tercer hijo rockero del primer matrimonio Georgie (Cory Michael Smith) que intenta chantajearla para ser el supervisor musical del film en ciernes, revelándole que su mamá había sido reiteradamente violada por dos de sus aún adorados hermanos mayores, algo que ella rotundamente niega, exacto el día de la rumbosa graduación de sus dos vástagos menores y al momento de la partida en apariencia triunfal de la impactada Elizabeth hondamente reconvertida antes de acometer su propuesta recreación histriónica.

 

La recreación histriónica se expande en una estructura ramificada al insertarse trastorna la vida diaria, a través del comportamiento físico de un conjunto magnífico de actores uncidos al viejo método de encarnación supraconsciente que domina e invade y controla hasta el mínimo impulso, en medio de una gloriosa fotografía de Christopher Blauvelt en radiantes colores suaves, una atenta edición en planos largos de Affonso Gonçalves en espera incluso de que los personajes salgan de cuadro y una delicada música de Marcelo Zarvos glosando al Michel Legrand de The Go-Between (Losey 70) para cambiar de régimen propositivo dentro de una misma secuencia.

 

La recreación histriónica se supera a sí misma al estremecerse tocando fibras en extremo sensibles durante la práctica autoerótica de Elizabeth a solas en el rincón de la tienda de mascotas para ella tan legendaria cuanto excitante, pero además al contemplar sus confesiones más impúdicas que cínicas ante impertinentes estudiantes de teatro sobre su oficio (“La tensión sexual nunca se corta, la ambigüedad moral te vuelve interesante”), sus reacciones ni condenatorias ni cómplices al sondear el prohibido amor loco pregonado por los surrealistas y sus consecuencias humanas inevitables, o sus actitudes aceptantes de la condición a un tiempo frágil y abusivampírica de la actriz que vía Stanislavsky-Kazan se prepara.

 

La recreación histriónica se sitúa ideológicamente entre la imposibilidad de juzgar a las criaturas humanas esgrimida por el mejor Orson Welles (Sombras del mal 58, Historia inmortal 68) y una explícita invocación filosófica al relativismo epistémico (dícese que la madre de la heroína publicó un libro sobre el tema) que es también un relativismo ético, basado en la negación de la verdad absoluta porque la verdad y la realidad mismas dependen de la percepción y las experiencias individuales (“El hombre es la medida de las cosas”: Protágoras), por lo que cualesquiera criterios sobre lo falso y lo verdadero o lo bueno y lo malo son relativos, como lo fueron para la Cate Blanchett titular de Carol o más atrás para el Bob Dylan multiplicado en varios intérpretes varones y hasta una mujer (la mencionada fetiche haynesiana Blanchett) en Mi historia sin mí, ya que toda validez de juicio sobre aquel escándalo crucial en la retrógrada Georgia de la América profunda está sujeta a su contexto histórico y a las condiciones de su evolución moral, tal como ahora lo demuestra esa pecosa Elizabeth de espíritu libre copulando gratuitamente con el apenas sexualizado Joe para incitarlo a iniciar una “nueva vida” más allá de su erótica monógama a perpetuidad y tal como la búsqueda de una verdad personal acaba socavando a la propia admirada aunque escrupulosa Elizabeth en el ejercicio mismo de su profesión (pues “Nadie vive impunemente en un paisaje”: Taine) tras su profunda y edificante o devastadora estadía con la heteróclita familia, una serie de vivencias que jamás resolverán resolver el enigma de quién sedujo, o miente, si el hijo Georgie o su madre Gracie, acerca del trastorno psicológico de ésta a causa de su presunta violación temprana por hermanos brutales.

 

Y la recreación histriónica culmina con el pleno misterio resurrecto, en el retorno al set de rodaje de la actriz exigiendo otra toma extra de la gran escena de la mágica seducción mutua con el niño Joe, mediatizada, impelida y simbolizada por una viborita fálica, porque siente acercarse cada vez más a “lo real y a lo verdadero”.

 

 

 

FOTO: Charles Melton y Julianne Moore protagonizan este drama que se estrenó por Netflix.  /Especial

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