Un Domingo con Irène Némirovsky

Jul 10 • Miradas, Visiones • 1073 Views • No hay comentarios en Un Domingo con Irène Némirovsky

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A pesar de su origen judío, la escritora fue acusada de antisemitismo por las críticas realizadas a la alta burguesía de su pueblo; sin embargo, también fue capturada por el ejército nazi 

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POR JOSÉ JUAN DE ÁVILA 
El caso Némirovsky carece de antecedentes en la historia de la literatura, quizás habría que buscarlos más bien en las hagiografías; el martirio y muerte en Auschwitz de la autora de la inconclusa Suite Francesa y el culto hoy a su obra, que en vida gozó de prestigio y difamación por igual, dan pie a ello.

 

Ninguno de sus biógrafos cree que Irène Némirovsky murió de tifus en el infame campo de concentración; ni su hija Élisabeth Gille, quien con su hermana Denise devolvió a su madre la fama que tenía antes del 13 de julio de 1942 cuando la abdujeron los nazis en París, al hallar el manuscrito de su más célebre novela en una maleta, transcribirlo y enviarlo al editor al amanecer del siglo XXI (2004).

 

Para Jonathan Weiss, en su Irène Némirovsky: Her Life and Works (Stanford University Press, 2006), Olivier Philipponnat & Patrick Lienhardt, en La vie d’Irène Némirovsky (Grasset-Denoël, 2010) o Gille, en Irène Némirovsky. El mirador, memorias soñadas (Circe, 1995), murió en las cámaras de gas.

 

Domingo (Dimanche, Éditions Stook, 2000) es el más reciente volumen de Némirovsky que Salamandra trae a México, apareció en mesas de novedades el pasado abril —aunque en España ha estado desde 2017—, 21 años después de la primera compilación en Francia. Son las cenizas de Irène. También sus semillas. 15 cuentos o relatos cortos que resumen el conjunto de su obra sui generis de, hasta ahora, casi 20 títulos traducidos al español, que son, a su vez, el resumen de la catástrofe de Europa de entreguerras que derivó en el nazismo y otros regímenes totalitarios, y la Shoah.

 

Como casi todo en el caso Némirovsky, Domingo requirió un trabajo detectivesco de los editores, que valió la pena dado el éxito global, comercial, literario y cinematográfico de las historias de esta escritora nacida en Ucrania —como otra exiliada, Clarice Lispector—, que adoptó a Francia y su lengua para honrar su literatura, pero los franceses la entregaron a los nazis, que la llevaron a morir a Polonia.

 

(Nada más hay que recordar que Irène pudo asistir en su traidora París al estreno de la adaptación de Julien Duvivier de su novela debut de 1929, David Golder, el 6 de marzo de 1931, y ese mismo año, el 30 de octubre, a Le Bal, versión de El baile, dirigida por Wilhelm Thiele y en la que debutó una Danielle Darrieux de 14 años. Y Saul Dibb llevó a la pantalla Suite Française, con Michelle Williams, Kristin Scott Thomas y Margot Robbie, que tuvo su premiére el 13 de marzo de 2015 en Inglaterra).

 

Los relatos de Domingo fueron publicados en revistas parisinas del 2 noviembre de 1934 al 30 de mayo de 1941, algunas identificadas con la ultraderecha racista francesa, que propiciaron absurdas acusaciones contra Némirovsky de antisemitismo por sus críticas y descripciones del mundo que vivía y con el que se relacionaba: la alta burguesía judía (es como si hoy se tachara de antisemitas a Woody Allen o a Larry David, judíos ambos, por sus sátiras en torno a los judíos y su american way of life).

 

La polémica sobre su supuesto antisemitismo llegó a 2010, cuando el Musée d’Art et d’Histoire du Judaïsme de París rechazó acoger una exposición sobre Némirovsky, que al final tuvo el Mémorial de la Shoah en esa ciudad, donde se exhibieron por primera vez en su país adoptivo 250 documentos, entre cartas, manuscritos originales de sus obras, fotos familiares e incluso el audio original de una entrevista de 1939, que antes se habían mostrado en el Museum of Jewish Heritage, de Nueva York, en 2008.

 

Los relatos se publicaron en la Revue de Paris, Gringoire, la Revue des Deux Mondes, Films Parlés y Candide, tres de ellos bajo seudónimos masculinos: dos como “Pierre Nérey” y otro “Charles Blancat”. Justo en la Revue des Deux Mondes, donde el 15 de marzo de 1936 (volumen 32, número 2) había publicado la primera parte de Les Liens du Sang (Lazos de sangre), uno de los más brutales cuentos recopilados en Domingo, en la edición del 1 de noviembre de ese año (volumen 36, número 1), un tal Robert Bourget-Pailleron escribía una de las primeras reseñas críticas sobre la autora de Jezabel y El ardor de la sangre, con el título: La nouvelle Équipe: Mme. Iréne Némirovsky. M. Joseph Peyré.

 

“Una niña se cuenta historias, en la noche, mientras se duerme. Asocia a los adultos que la rodean con mil aventuras singulares en las que las caras familiares toman a veces rasgos fantásticos. Esta niña se encanta cada día de su imaginación…”, describe así Bourget-Pailleron el mundo feérico de la infanta Némirovsky, ajeno al cuento de hadas, pues era solitaria, hija de padre banquero y madre indiferente.

 

“El decorado de su infancia favoreció tal eclosión. Nacida en Kiev, vivió toda su infancia en Ucrania donde la poesía de los viejos narradores rusos parece salir de la tierra para bendecir las cosechas. Una niña de Kiev estaba destinada a hallar las más bellas historias del mundo alrededor de su cuna”, añade.

 

Y no sólo en sus grandes novelas, como la misma Suite francesa, El caso Kurilov, Los perros y los lobos, El vino de la soledad o Los bienes de este mundo, Némirovsky muestra esa capacidad de narrar su entorno, con personajes y situaciones familiares, aun biográficas, como ocurre en Jezabel, inspirada en su madre abominable, ausente y superficial, su imagen de la decadencia de la burguesía europea.

 

Los cuentos de Domingo también retratan con maestría literaria y cinematográfica lo mismo la rebelión, frustración y entrega amorosa de una adolescente judía rica seducida por un patán —quizá la vida de Irène—, como en el relato que da nombre y con el que arranca el volumen (y cuyos personajes y trama recuerdan a los de un par de joyitas: El baile y El ardor de la sangre), que las contradicciones morales de un hombre que condena a su hijo por un robo que él mismo cometió de joven, en Un hombre honesto. O el duro paso de la familia Némirovsky por Finlandia huyendo de los bolcheviques en dos historias sobre la crueldad del hombre común durante la guerra: Aíno y Los vapores del vino.

 

Domingo se completa con: Las orillas dichosas (de alguna forma emparentado con esa obra maestra que es Los perros y los lobos, sobre dos vertientes de una familia judía, una pobre y otra rica, que terminan confundidas en París); Fraternidad, Lazos de sangre, El incendio, El desconocido, La confidente, La mujer de don Juan, El conjuro, La Ogresa, El espectador y El señor Rose. Como en sus novelas, Némirovsky hace gala de una habilidad narrativa para entrar en la psicología de los personajes, al mismo tiempo que los ubica en sus entornos sociales, políticos y culturales, casi siempre en dos extremos: la alta burguesía asociada a las comunidades judías y el pueblo llano y pobre.

 

Sus temas son los grandes problemas del siglo XX: el desarraigo, la migración, la guerra, el poder del dinero, la burguesía arrogante y desentendida del mundo exterior hasta que este la ahoga, como ocurrió con el holocausto perpetrado por los nazis. Pero, sobre todo, destaca la misma Irène Némirovsky como mujer, intelectual talentosa y exitosa, en un contexto donde pocas fueron reconocidas a la primera.

 

Contemporánea de monstruos de la literatura europea como Franz Kafka, Hermann Broch, Robert Musil, Joseph Roth, Karl Kraus, Elías Canetti, Simone de Beauvoir, Marguerite Yourcenar, Virginia Woolf, Thomas Mann o Marguerite Duras, la fama y la obra literaria de Irène Némirovsky se interrumpieron durante más de 70 años el 17 de agosto de 1942, apenas a los 39 años, cuando sus cenizas se esparcieron con el viento polaco desde Auschwitz. Su estilo, elegante, minucioso y sutil, sin influencia de vanguardias literarias de entonces, como las de James Joyce o Marcel Proust, tiene, sin embargo, más afinidad quizá con dos escritoras que también hicieron de su cuna social oro literario: Jane Austen y Edith Warthon, y, por supuesto, con Honoré de Balzac y Lev Tólstoi.

 

Irène no sobrevivió a los campos de exterminio nazis como sus colegas Primo Levi, Imre Kertész, Paul Celan o Sándor Márai, así que su obra no aborda el nazismo y el holocausto, simplemente los anticipa.

 

Némirovksy (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942) se suma así con Domingo al club de las grandes cuentistas del siglo XX, como Flannery O’Connor, Patricia Highsmith, Karen Blixen, Selma Lagerlöf o la misma Yourcenar, y se conecta por azar con las del XXI —al difundirse hasta ahora todo su trabajo narrativo, extenso para la edad en que pereció—, como Alice Munro, Margaret Atwood y Liudmila Ulítskaya.

 

Su vida se ensombreció con la ironía de haber huido de su natal Ucrania por la revolución rusa en 1917 para terminar refugiándose desde 1919 en Francia, cuya lengua adoptó para su gran obra literaria abandonando el ruso, sólo para ser entregada por el régimen de Vichy a los nazis el verano del 42, a pesar de que toda su familia se había convertido al catolicismo desde 1939 para salvaguardar sus vidas.

 

Se despidió de su esposo Michel Epstein (también asesinado en Auschwitz semanas después de ella), de sus hijas Élisabeth y Denise, y una maleta con el manuscrito de tres de cinco partes de Suite Française.

 

En Marsella, Némirovsky no tuvo la suerte de encontrarse con el cónsul mexicano Gustavo Bosques, que pudo haberle dado una visa con la que pudiera huir de Europa con su familia, como ocurrió a su colega alemana Anna Seghers, de cuya experiencia con el diplomático inspiró la novela Transit.

 

México, de hecho, estaba presente en la mente de Némirovsky y aparece en La confidente (incluido en Domingo), en que el músico Roger Dange acepta una gira desastrosa por el país mientras su esposa Florence muere en un accidente; irrumpe igual en David Golder, cuando el protagonista reprocha a su socio inversiones fallidas en la industria petrolera mexicana que empujan a este a quebrar y al suicidio.

 

Irène menos pudo huir a Lituania, donde el cónsul japonés Chiune Sugihara también salvó vidas con visas. Fue detenida el 13 de julio y murió en Auschwitz un 17 de agosto de 1942, ambas fechas fueron lunes. Los últimos días de la semana que Némirovsky vivió en plenitud fueron Domingo, día del señor.

FOTO: Portada del libro Domingo, de  Irène Némirovsky/ Crédito: Editorial Salamandra

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