Jeremy Bentham, pensador del utilitarismo

Jul 10 • Reflexiones • 1890 Views • No hay comentarios en Jeremy Bentham, pensador del utilitarismo

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El filósofo sostenía que el principio de utilidad radicaba sobre un cálculo de beneficios y perjuicios posibles en cada acción realizada, con la intención de obtener el mejor resultado para el mayor número de personas

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POR RAÚL ROJAS
El filósofo inglés Jeremy Bentham (1748-1832) es recordado principalmente como fundador del llamado “utilitarismo”, aquella doctrina que postula que las acciones humanas pueden ser explicadas y sancionadas de acuerdo con un cálculo de los beneficios y perjuicios que producen en total. Es esto lo que se ha llamado el “cálculo de la felicidad”. En la Introducción a los Principios de la Moral y la Legislación, un largo libro que terminó en 1780, pero que publicó apenas en 1789, Bentham expone la esencia del utilitarismo y lo emplea para describir las bases de lo que pudiera ser un sistema legal racional. Ciertamente Bentham no fue el primero en hablar de la felicidad y bienestar como motores de la actuación humana —ya pensadores como Helvetius en Francia habían formulado ideas similares—. Sin embargo, Bentham es el primer popularizador en extenso de toda una sociología basada en el utilitarismo, que simplemente propone conseguir el mayor beneficio neto para la mayor cantidad posible de personas.

 

El utilitarismo ha sido criticado por las paradojas que produce. En la parábola de la ciudad de Omelas, todos en aquella villa viven en perfecta felicidad, pero todo depende de que un niño sufra encerrado en un lugar oscuro. Cuando los habitantes se enteran, la gran mayoría acepta el quid pro quo que maximiza la felicidad social. Otros deciden abandonar la villa, porque no pueden tolerar que una persona esté condenada a sufrir para que los demás sean felices. Más recientemente: después del atentado a las torres gemelas en Nueva York, en 2001, el ejército alemán emitió la directiva de derribar aviones secuestrados en vuelo hacia alguna ciudad. La Suprema Corte invalidó la decisión argumentando que dada una situación así, no era permisible hacer un cálculo de pérdida de vidas (en un edificio o en el avión), porque no se les puede asignar un valor numérico. Un cálculo aritmético de felicidad o infelicidad social sería simplemente imposible y atentaría contra la dignidad humana, ya que cada vida es infinitamente valiosa.

 

La Introducción plantea claramente cuál es su fundamento filosófico desde el inicio, donde Bentham escribe: “La naturaleza ha puesto a la humanidad bajo el gobierno de dos amos, el sufrimiento y el placer. Ellos dos, por sí solos, determinan lo que deberíamos hacer (…) Nos gobiernan en todo lo que hacemos, todo lo que decimos, todo lo que pensamos”. Y más adelante: “El principio de la utilidad (…) aprueba o desaprueba cada acción de acuerdo a la tendencia que tiene de incrementar o disminuir (…) la felicidad de la persona o grupo en cuestión”.

 

Bentham procede entonces a catalogar todas las fuentes de dolor y sufrimiento, asumiendo que ambas experiencias son susceptibles de cuantificación. Habría cuatro ámbitos de gozo o penuria: el físico, el político, el moral y el religioso. El valor de un placer o sufrimiento depende de su intensidad, duración, certidumbre o incertidumbre y de su proximidad o lejanía. Además, hay que tener en cuenta la sucesión temporal de efectos (“fecundidad”) para poder hacer un cálculo de la suma neta de placer y penuria. La “pureza” del sufrimiento y su “extensión” (a cuántas personas afecta) deben ser parte del cálculo. En el Capítulo 5 de la Introducción, Bentham clasifica 14 placeres simples, 12 sufrimientos, también simples, y nueve placeres sensoriales, para no omitir nada que pudiera ser un factor importante de lo que llama el felicific calculus. Quizá nadie ha desmenuzado de manera tan precisa todo aquello que nos puede hacer felices o infelices, como lo hace aquí Jeremy Bentham.

 

Ya metidos en el negocio de cuantificar sensaciones, hay que considerar las diferencias subjetivas. La salud, fuerza, edad y muchos otros factores (32 en total) pueden afectar nuestra percepción del placer o sufrimiento. Y como a Bentham le interesa extraer conclusiones prácticas de todo este ejercicio, va a resultar que la intención de un acto no es realmente lo importante, sino el efecto final que produce. Un acto es más o menos pernicioso dependiendo de la suma total de sus consecuencias. Y por eso, la tarea del gobierno es “promover la felicidad de la sociedad castigando o recompensando”.

 

Se ha discutido mucho si Bentham no fue influido por Thomas Hobbes, quien más de un siglo antes de la Introducción había planteado que es el egoísmo individual el que hace necesario un contrato social para canalizar y regular las pasiones humanas. Si todo el mundo actúa para maximizar su utilidad individual, el hombre se convierte en “el lobo del hombre”. Bernard Mandeville, en su Fábula de las Abejas (1714), no veía ninguna contradicción: al perseguir cada persona sus intereses privados, es decir, sus ambiciones, provoca la creación de riqueza y una amplia división del trabajo. El problema sociológico se resuelve por sí solo, ya que el mercado canaliza el esfuerzo social en la dirección correcta y así los “vicios privados” se transforman en “beneficio público”.

 

Pero Bentham no estaba nada seguro de tal automatismo, así que toda la segunda parte de la Introducción es un tratado sobre las leyes que tiene que instaurar el Estado para determinar y canalizar los castigos y recompensas mencionados antes. Para juzgar el efecto legal de las acciones humanas es necesario considerar entonces la intención, los motivos y la conciencia que se tenga de ellos. Pero, sobre todo, hay que medir el efecto final. Lo peor son aquellos daños provocados con motivos criminales, con plena conciencia del delito. La última parte de la Introducción discute por eso los castigos apropiados y la tipificación de actos dañinos para la sociedad, para culminar el libro con consideraciones sobre derecho penal.

 

Que la maximización del felicific calculus no se da automáticamente, a la Mandeville, es algo que la propia biografía de Bentham muestra claramente. Durante décadas estuvo muy interesado en el diseño de prisiones y diseñó el “Panóptico”, una arquitectura carcelaria con una torre central en el centro de un edificio circular, desde donde los guardias podrían tener una perspectiva completa de todos los presos. Los reclusos no saben si están siendo observados o no, pero la mera posibilidad de que alguien los esté vigilando es suficiente para que ellos se conviertan en sus propios custodios. En 1780 (el mismo año en que terminó la Introducción) Bentham publicó el libro Panopticon para proponer el tipo de arquitectura que había creado junto con su hermano Samuel. A pesar de haber logrado interesar al Parlamento y la Corona en el proyecto, la idea fue finalmente descartada en 1811 (30 años después de su libro) y Bentham perdió la mayor parte de su inversión. Así es que el utilitarista inglés se la pasó más de 30 años tratando de construir la prisión ideal.

 

Lo más conocido de la Introducción hoy es seguramente todo lo referente a la utilidad social y su cálculo. Las implicaciones legales ya no juegan un papel tan destacado. El utilitarismo ha tenido importantes modificaciones y después de Bentham se le reformularía como base de una concepción para el comportamiento ético. En el otro extremo de la discusión aparecerá posteriormente Immanuel Kant con su ética basada en el imperativo categórico.

 

El utilitarismo se rediscute hoy en día cada vez que se tematiza cómo deberían tomar decisiones computadoras dotadas de inteligencia artificial. Un automóvil autónomo que de pronto tiene al frente a personas bloqueando los dos carriles de una calle, de tal manera que ya sólo puede escoger si arrollará a los del carril derecho o el izquierdo, ¿cómo debería decidir? La pregunta se la plantearon investigadores a miles de personas, las que a través de una encuesta de escenarios podían tomar la decisión en una simulación en el sitio de Internet llamado la “Máquina Moral”. El resultado fue que, en su gran mayoría, las personas que tomaron parte aplicaban un cálculo utilitarista basado en la cantidad, edad y circunstancias de las víctimas potenciales.

 

Fiel a su pensamiento utilitarista, Jeremy Bentham dispuso que después de su muerte su cuerpo fuera autopsiado en público, durante una clase de anatomía. Dispuso que sus restos mortales fueran embalsamados y que se expusieran con ropa en una vitrina, para así crear un “autoícono”. La Universidad de Londres (UCL) adquirió la peculiar “instalación”, la que se encuentra desde entonces en exhibición en una vitrina, aunque la cabeza, ya muy deteriorada, ha sido sustituida por una de cera. En algunas ocasiones el cuerpo de Bentham ha sido acarreado para estar presente en sesiones del Consejo Universitario. Se dice que el acta de las asambleas consigna, en esos casos, que Jeremy Bentham estuvo presente “sin votar”.

 

FOTO: Retrato de Jeremy Bentham (1748-1832), pintado por Henry William Pickersgill /Especial

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