Inmersión en la mente de Vincent van Gogh

Jul 10 • Miradas, Visiones • 962 Views • No hay comentarios en Inmersión en la mente de Vincent van Gogh

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El espectáculo audiovisual Van Gogh Alive promete al público una experiencia que le permitirá acercarse, por medio de pinturas y fragmentos de sus escritos,
a los sentimientos e ideas que habitaban la mente del pintor

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POR SOFÍA MARAVILLA

Pocos seres están dotados de aquel exceso de pensamiento que llamamos locura, y que, en ocasiones, arrastra a sus poseedores —o a sus posesos — a puntos tan álgidos como el de la automutilación; tal es el caso del pintor neerlandés Vincent van Gogh, aunque, desde luego, él es mucho más que un registro mórbido con su oreja entregada a una prostituta en las vísperas navideñas de 1888. Lo que sí podemos señalar de esta imagen pintoresca, es que esa lesión fue una consecuencia de su estado mental que no solamente lo dotó de horrores, sino de paisajes anhelantes del infinito que reflejaban su alma atormentada y de los cuales tenemos un registro gracias a sus pinturas, desde las que se puede realizar toda suerte de interpretación con sus respectivas implicaciones estéticas, y una de ellas es la experiencia inmersiva Van Gogh Alive, que lleva en México desde febrero de 2020 y que, tras una serie de intermitencias por la emergencia sanitaria del último año, continúa con las puertas abiertas hasta agosto.

 

Van Gogh Alive promete en su sitio oficial que con esta exhibición de más de 3 mil “imágenes inspiradoras” es “casi imposible” no hacerse una idea de los pensamientos y sentimientos que circulaban dentro de la cabeza del artista, así como de su estado mental, mientras que, por otro lado, también presume —hago paráfrasis — que no hará falta caminar en las galerías inquietantes y calladas, porque Van Gogh Alive amplía la palabra “exposición” al estimular los sentidos y abrir la mente. Definitivamente suena a algo que es imperativo experimentar (en especial para aquellos que se sientan abrumados por el horror al vacío dentro de los museos, si es que los hay), así que me dispuse a asistir con aquella imagen prefabricada de lo que para mí era Vincent van Gogh con su oreja cortada, sus girasoles y estrellas, incluso con su temporada psiquiátrica, y después de ser sanitizada en una pequeña mampara y circular por una sala de espera vacía, en el vestíbulo me recibió la siguiente frase:

 

“Para hacer un buen trabajo, uno debe comer bien, estar bien alojado, tener su aventura de vez en cuando, fumar su pipa y beber su café en paz”.

 

Con esas palabras, Van Gogh nos da la bienvenida a una sala introductoria —típica de cualquier museo donde puede leerse su biografía, y por ella podemos saber que nació el 30 de marzo de 1853 en Zundert, Países Bajos, en el seno de una familia protestante (de hecho, su padre fue pastor), que desde muy joven fue consciente de la división que existía entre su clase media y la pobreza que afectaba a los campesinos de su pueblo, hacia quienes sintió una gran empatía que se ve reflejada en sus pinturas, y que fue siempre un paria de la institución, autodidacta, con poco éxito de su trabajo en los círculos estéticos; de hecho, sólo pudo venderse una en vida del autor, El viñedo rojo, por la módica cantidad de 400 francos, algo así como mil 900 dólares o poco más de 36 mil pesos. Módico, por supuesto, si consideramos que actualmente cualquiera de sus creaciones están valoradas en millones de euros.

 

En el vestíbulo hay también una sección en la cual pueden observarse las obras que se exhibirán durante la proyección con sus respectivas fichas explicativas, aunque está la opción del código QR para descargar un vasto cuadernillo con el cual puedes llevar toda la información a casa y mejor dedicar tu presente a capturar una selfie frente a la reproducción escenográfica que se hizo del famoso óleo La habitación de Arles.

 

Una vez atravesado este espacio, detrás de unas cortinas aterciopeladas comienza la magia impresionista: se trata de una inmensa galería oscura, altísima, colmada de pantallas que gobiernan todas las paredes, las columnas y algunas secciones en los pisos en las cuales se proyectan las imágenes de Van Gogh, y frente a las cuales hay dispuestas numerosas bancas y almohadones a manera de camastros para que te recuestes cómodamente y disfrutes de la función, o para que camines entre ellas y te pares frente a las pantallas, te tomes tu fotito en cualquier momento que lo desees, la subas a las redes y te sientas habitando la cabeza de un genio: #vangogh, #impresionismo.

 

La proyección dura 40 minutos y es ininterrumpida, o sea, no hay horarios establecidos para verla de principio a fin, pero veo un fallo significativo en esto, pues llegué justo a la mitad de la función, lo cual me hizo agarrar de una manera desarticulada la cronología (tuve que dar una vuelta más a la proyección para verla completa); sin embargo, la Opertura corre a cargo de la musicalización de Vivaldi con su frenético “Verano” —segundo movimiento de las Cuatro estaciones—, con el cual se sincronizan los autorretratos del artista, que aparecen en todas las pantallas: Van Gogh en la pared, en las columnas, en el piso, Van Gogh sobre uno mismo, Van Gogh dramáticamente en todas partes, y como dice Van Gogh Alive en su texto explicativo ya descargado en mi Android, la función de estos autorretratos es permitir al espectador conocer los ánimos cambiantes del pintor, y la música tempestuosa de Vivaldi acrecienta esta sensación.

 

Pasado el furor del inicio, viene la calma melancólica del periodo holandés, con sus coloraciones opacas y sepias, sus paisajes apabullantes de soledad y personajes oscuros que reflejan la vida en el campo; de fondo, suena un violín de Yann Tiersen. Entre las obras destaca su Calavera con un cigarrillo animada de tal manera que deja caer la ceniza sobre su clavícula. Inmediatamente después ocurre un salto de emociones a la vida parisina que llevó el pintor de 1886 a 1888: primitivas fotografías de las calles parisinas de ese entonces se alteran mientras suena un acordeón, para que nos quede bien claro que estamos en Francia, y para que sepamos que durante estos años Vincent se inspira con el ambiente impresionista que domina la escena parisina y sus obras poco a poco comienzan a definirse.

 

El “Preludio” de la Suite No.1 en G Mayor para Cello de Bach ambienta las pinturas florales y frutales que aparecen en las pantallas, y de allí saltamos en un grabado de un tren en movimiento hacia las tierras francesas del sur en Arles, donde Van Gogh tuvo su periodo más productivo y donde, quizá, vivió los años de mayor felicidad antes de que comenzara su deterioro psicológico. Schubert y Satie protagonizan musicalmente este momento imperado por el famoso Florero con 12 girasoles, inspirado en los jardines de Montmartre, París, y después por las primeras obras donde fueron observables los síntomas de su fragilidad mental, para después dar un salto a pinturas con inspiración orientalista observadas al detalle y musicalizadas con el tema “The Cherry Blossoms” de Toshiko Yonekawa.

 

Un instante cumbre nuevamente acompañado por Satie, esta vez con su Gnossienne No 1, llega con un fulgor verdoso: la absenta se ve reflejada en una serie de cuadros donde impera el color de esta famosa bebida embriagante que, curiosamente, sí es asimilable con Satie (o al menos para mí ya lo era desde antaño), y en los que se observan personajes de caras absortas que habitan las tabernas. En esta etapa también entra su Autorretrato con oreja vendada, donde justamente se puede ver al pintor con la curación de su legendario incidente, gobernado por las tonalidades soporíferas de la absenta.   Por cierto: sobre esto huelga decir que no fue la oreja entera, sino sólo el lóbulo, pero nos gustan las leyendas y no soy nadie para desprestigiarlas.

 

Una suerte de revoloteo de cartas colma las pantallas para simbolizar los viajes introspectivos de Van Gogh e inmediatamente conectan con el onírico “Aquarium” del Carnaval de los Animales de Camille Saint-Saenz cuando aparece uno de los momentos más esperados de la función: La Noche Estrellada, centelleante en las pantallas, aunque eché en falta que en los techos hubiera también una proyección de las obras, en especial para este instante, en que la inmersión astronómica supone casi instintivamente mirar hacia el cielo para mirar las estrellas y que éstas podrían haberse visto reflejadas también en el suelo como en un infinito y no sólo en secciones sobre la alfombra.

 

A partir de este momento entramos en el periodo mental más siniestro del artista: su estancia en el sanatorio de Saint-Remy es inaugurado por la Danza Macabra de Saint-Saenz y las pinturas representativas de su máxima desolación son evocadas y contagiadas a través de un piano depresivo de Franz Liszt. Durante este periodo, la enfermedad de Van Gogh se agudiza, el pintor se torna violento contra otros y contra sí mismo, al grado de autolaserarse; es un tiempo de indecible sufrimiento, de terrores nocturnos y pesadillas inhabitables. Por fortuna, hacia la primavera de 1890, logra salir y viaja a París para reunirse con su hermano Theo. Poco tiempo después comienza a radicar en Auvers-sur-Oise y pinta  La Iglesia en Auvers-sur-Oise, donde a pesar de su jardín colorido, la iglesia, se mantiene oscura, como un símbolo de su pérdida de esperanza.

 

La última obra proyectada es Trigal con cuervos, probablemente la pintura final realizada por Van Gogh, acompañada por el “Allegro Moderato” del Concierto para violín  No.2 de Benjamin Godard. Una pintura de estructura tajante, gobernada por el azul cielo, el amarillo de los trigales y un rastro de sepia con verde al suelo. Sobre el trigal, una parvada córvida mancha la sacralidad infinita del cuadro, y en las pantallas se mueven, aletean sin escapar de la existencia, sin poder huir de ese paraje digno de anonadamiento y gran tristeza, hasta que un disparo los desvanece sobre los trigales, alegorizando el suicidio del pintor. Después todo se vuelve oscuridad.

 

La existencia de Vincent van Gogh, muerto el 29 de julio de 1890 a los 37 años, es conmovedora, demasiado avasalladora para ser englobada en una experiencia sensorial. Definitivamente habitar sus cuadros puede sonar atractivo como eslogan publicitario, pero si la experiencia rescatara sus estados mentales, sería absolutamente atronadora. Sin embargo, destaca la musicalización de la proyección, que logra recrear las atmósferas de las pinturas, el dramatismo de los acercamientos a los detalles y la animación de los cuadros, aunque me preocupa pensar que esta suerte de eventos en realidad no ofrezcan nuevas posibilidades de reflexión sobre el arte, sino el mero gusto de colgar, por 365 pesos, snobismo en las redes personales de los visitantes, pues comienzan a pulular esta suerte de “experiencias inmersivas” en el mercado cultural, curiosamente abanderadas por figuras claves de aquellos bendecidos por la gracia de las musas. Habrá que conocer cada una de estas propuestas y hacer un balance del porvenir en la construcción de nuestros juicios estéticos.

 

FOTO: Los múltiples autorretratos del pintor permiten observar las diferentes tendencias estéticas por las cuales atravesó y cómo era la manera en la que se percibía a sí mismo /Crédito: VAN GOGH ALIVE MX

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