Un elfo llamado Juan: literatura fantástica en clave anticolonial

Oct 30 • destacamos, principales, Reflexiones • 3914 Views • No hay comentarios en Un elfo llamado Juan: literatura fantástica en clave anticolonial

 

Las grandes producciones de corte fantástico responden a cánones anglosajones o europeos; es necesario comenzar a cultivar nuevas tramas y conflictos englobados en este género desde Latinoamérica, pero tomando en cuenta otras realidades culturales, sin caer en los folclorismos, que también han creado su propio imaginario

 

POR ENRIQUE PADILLA 
Una princesa controversial

Hace algunos meses, el anuncio de Rachel Zegler como protagonista de una nueva película de Blancanieves ocasionó bastante polémica. La actriz y cantante, de madre colombiana, tiene la piel morena: un rasgo que, a decir de algunos, contradice la esencia de su personaje. Siempre que se recrean historias que marcaron a generaciones, los inconformes son inevitables, pero lo revelador en este caso es que a tantas personas una elección de casting les pareciera ofensiva, una traición al reino de la fantasía en nombre de la diversidad y el “discurso progre”.

 

Los comentarios más virulentos provenían, cuándo no, de angry white men cuya estrecha visión de lo real se ha visto cada vez más ofuscada, pero también, sin sorpresa, de muchos internautas latinos. Sin tomar en cuenta las declaraciones racistas, las críticas se centraban en la “deformación de la historia original” o en que el cuento de los hermanos Grimm se basa en tal o cual aristócrata, “una persona de verdad”. Otro reclamo común era también que deben crearse “nuevas princesas”, como Mulan o Moana, en vez de “cambiar la raza” de personajes tan definidos.

 

Ya iré examinando la validez de estas razones. Baste decir, por ahora, que también hay argumentos sólidos a favor de una Blancanieves morena, y el más decisivo, creo, es permitir que muchas niñas, aunque su piel no sea tan blanca como la nieve, puedan reconocer en la pantalla que la protagonista de un cuento clásico tiene un aspecto muy similar al suyo. Lo que quisiera destacar más bien es que el aspecto de una princesa Disney pueda despertar reacciones tan viscerales. ¿Por qué tantos hombres maduros, se tomaron el trabajo de denunciar que “habían arruinado su infancia”? ¿Por qué hubo mamás —y madrastras malévolas, supongo— llamando a un boicot del estudio? O para plantearlo en términos más generales: ¿qué dejan traslucir esas reacciones? ¿Qué fronteras delimita el reino de la magia y la fantasía en la mentalidad occidental?

 

Héroes, dragones y una señora en Twitter

 

La fantasía trasciende épocas, géneros y medios discursivos. Existe en el cine, la literatura, los cómics, el teatro, los videojuegos, la ópera, el arte digital. Está presente en los tratados oníricos bizantinos, en el Popol Vuh, en las máscaras y danzas yorubas, y en la pintura japonesa del siglo XVI. Intuitivamente resulta una idea fácil de aprehender: lo fantástico es el momento de la magia, una ruptura de lo real, de sus leyes y causalidad. Sin embargo, cuando se trata de apresarla en una definición, las teorías se multiplican de manera irritante.

 

Para organizar un poco las cosas, la cultura pop se hizo eco de un concepto introducido por el escritor Lloyd Alexander en 1971, aunque él mismo no propusiera una definición formal. El término alta fantasía acabaría convirtiéndose en el subgénero donde la trama tiene lugar en un mundo por completo imaginario, muchas veces bajo la forma de la épica (el ejemplo por excelencia es El señor de los anillos). Por contraste, la baja fantasía sería el conjunto de las historias donde lo fantástico se produce en el mundo real, como una transgresión o reescritura de sus leyes (por ejemplo, la muy británica institucionalización de la magia en el mundo de Harry Potter).

 

Se trata de un criterio útil al lidiar con lo fantástico en su carácter más narrativo, mediático y contemporáneo, pero siempre pueden encontrarse controversias, y ni siquiera hay que escarbar demasiado. Un botón de muestra: hay quien argumenta que una obra como Game of Thrones, a pesar de transcurrir en los continentes ficticios de Essos y Westeros, pertenece en realidad a la baja fantasía, pues se centra en conflictos políticos entre seres humanos —a despecho del papel que dragones y demás seres de la índole desempeñan en la serie—.
Los cuentos de hadas y la propia historia de Blancanieves transcurren, debería ser el consenso, en una realidad separada de la nuestra, por más que sus bosques y castillos se asemejen a los de una vaga Edad Media. Sin embargo, allí está aquella señora en Twitter, madre de tres niñas, quejándose de que Rachel Zegler no se parece a Margaretha von Waldeck, posiblemente envenenada por cortesanos españoles que no aprobaban sus amoríos con el rey Felipe II.

 

Espadazos, no balazos

 

La alta fantasía, la fantasía heroica o las “historias de capa y espada” remiten con frecuencia a una época premoderna o preindustrial, por una razón que poco se explicita: la ausencia parcial o total de las armas de fuego. Bajo esa premisa, los combates entre las distintas razas que habitan tales territorios parecieran más justos; batallas en que el azar, la destreza y las convicciones de los oponentes cuentan más que la trayectoria determinista de una bala. Un menor desarrollo tecnológico se relaciona también con un mundo más simple, más comprensible, menos fragmentario. Pelear por un rey justo, o contra un emperador maligno, elimina además las complejidades morales, crea la ilusión de una sociedad unitaria y una causa común, y justifica una estratificación que, de este lado de la muralla del sueño, se vuelve cada vez más inicua e insostenible.

 

Como una consecuencia inherente al desarrollo de la cultura de masas, la mayoría de la narrativa que hoy asociamos con la fantasía pertenece a la cultura europea y anglosajona. Nombres como Tolkien, Lovecraft, Lewis, Ende y, en las últimas décadas, George R. R. Martin, J. K. Rowling o Leigh Bardugo, son verdaderos tótems entre la comunidad asidua del género. Por tanto, resulta comprensible que dichas historias tengan un mayor protagonismo de personajes de raza blanca y una perspectiva eurocéntrica del orbe. Desde luego, hay notables excepciones, como la sapientísima y cada vez más leída Ursula K. Le Guin; los relatos de Las mil y una noches, o del otro lado del Pacífico, las películas de Hayao Miyazaki.

 

Ahora, para dejar las cosas bien claras desde aquí y hasta el final de estas líneas, no estoy diciendo, de ningún modo, que eso las convierta en obras caducas o en imposiciones. Muy por el contrario, creo que cada uno de los creadores de esa lista, demasiado circunscrita por mera cuestión de espacio, ha expandido los reinos de la fantasía en maneras que los habituales del género no podemos más que agradecer. Claro que, como toda obra, sus libros y las producciones derivadas puedan examinarse a contraluz, pero eso no apaga su maravilla, su originalidad, su capacidad de abrir una ruta de fuga. La cuestión que yo plantearía, en todo caso, es qué pasa con las regiones de la imaginación fuera de los cánones de la fantasía medieval, europea, anglosajona. ¿Existen, por principio de cuentas? Y si sí, ¿hasta qué punto pueden formar parte de la cultura de masas?

 

Una elfa llamada Kimberley

 

La calidad y amplitud de la literatura fantástica latinoamericana no está de ninguna manera en duda; sin embargo, son pocos los autores a quienes consideramos de fantasía, por más sutil o pedante que parezca esta distinción. Quizá me equivoco, pero me pareciera que, ya sea por el prejuicio con que muchos lectores y escritores ven todavía al género, por cierto atildamiento de la crítica, o incluso por no rivalizar con otras latitudes mágicas, la fantasía latinoamericana se recibe más fácilmente cuando se mimetiza con otros subgéneros, como el realismo mágico. Pareciera que en la obra de los escritores y escritoras de América Latina no hay fantasía, ya no digamos alta fantasía, sino “irrupción de lo fantástico”.

 

Por supuesto, no pretendo borrar nombres tan trascendentes como Felisberto Hernández, Marosa di Giorgio, Arreola, Cortázar o Elena Garro, entre un largo etcétera. Tan sólo apunto lo restringido de su alcance en comparación con las ficciones de la cultura de masas. En ese sentido y durante mucho tiempo, el único escritor latinoamericano comparable a los Tolkien y las Rowling, por su repercusión y su capacidad de escapar de la cartografía real, ha sido Jorge Luis Borges. Su vasta cofradía de lectores compra alrededor de 60 mil libros de cada título suyo al año. Nada despreciable, pero apenas se compara con los millones de copias vendidas de Harry Potter. Aun así, el argentino ha creado una legión de émulos tan grande como la de cualquier autor británico, pero una proposición recíproca también podría ser válida: estamos tan poco acostumbrados a la fantasía sin apellido anglosajón, sin rótulos preventivos, que cualquier ficción latinoamericana, cuando huye de nuestros mapas, suele ser comparada con Borges por quien carece de otros referentes.

 

Ahora bien, mi punto no es que estemos perdiendo la carrera de ventas, sino que, como ocurre con la moda, con la música, con tantas cosas, las fabulaciones de la imaginación que llegan a millones y millones de personas, dentro y fuera de Latinoamérica, son sencillamente extranjeras. Nacen de una sensibilidad o cultura que puede ser en parte nuestra, pero no lo será nunca del todo. Sus personajes se llaman Kratos, Belmont, Geralt, Alina, Peter o, con suerte, Chihiro y Mononoke. Y sí, de cierto, muchos de los temas tocados por El mago de Oz o Alicia en el país de las maravillas son universales, pero eso no quita que las protagonistas sean una niña de Kansas o una muchacha inglesa, y no una garota del Amazonas o un niño guatemalteco.

 

Hace algunas semanas, le contaba a una amiga mía —excelente poeta y crítica— sobre mi búsqueda de obras fuera de los moldes recurrentes de la fantasía, o si hay que ponerlo en términos más latos, de una alta fantasía latinoamericana. Le decía que el algoritmo de Instagram me había propuesto el nuevo libro de alguna escritora brasileña. “Apoye la fantasía nacional”, o algo así, era uno de sus slogans. Fui a ver la sinopsis: los protagonistas eran dos elfos llamados Arion y Kimberley. “Pero entonces qué quieres”, me preguntó mi amiga. “¿Un elfo llamado Juan?”.

 

No, ciertamente no. Sin embargo, una asimilación acrítica similar de las ficciones de la cultura de masas no es la excepción, sino la regla. Y ello me hace pensar que al menos uno de los reparos a una Blancanieves morena tiene algún fundamento. Más que inventar aristócratas de otros colores, o de discutir si Cenicienta y la Sirenita pueden o no tener el cabello crespo, sería deseable una fantasía cuya mirada de origen no obedeciera ni a lineamientos estandarizados, ni a las ideas centrales en que se apoya, todavía, la colonización de este mundo. Porque las normas de la fantasía estandarizada rebasan la oposición entre lo europeo/anglosajón y las demás culturas: son un conjunto de prejuicios sobre las relaciones humanas, la naturaleza, la apariencia de los cuerpos, la sexualidad, la familia, el progreso y la centralidad de la guerra, que se asume inseparable de la épica.

 

Lo más grave, en términos artísticos, es que también implican una falta de reflexión sobre los elementos más básicos de cualquier narrativa, como la vida interior de los personajes, la ambientación, el tempo y la temporalidad, los mecanismos para generar tensión, las ventajas y limitaciones de los diversos puntos de vista: demasiadas narraciones sólo conocen la decimonónica comodidad de la omnisciencia. Más que una atmósfera, se crea un decorado; más que conflictos, se crean maniqueísmos; más que la libertad de escapar de las restricciones de lo real, se llega a una receta de lo fantástico, que reproduce, sin siquiera percatarse, muchas de las opresiones de la muy realista crisis de nuestro presente.

 

Este tipo de maravilla artificial, llena de tramas predecibles y pueriles, personajes superficiales y rebuscados girados de tuerca, genera una fantasía estandarizada, que acapara o satura el mercado, y el gran público termina por creer que eso es la fantasía. Ante tal malentendido, hay quienes rehúyen por completo el género. Los confines de la imaginación son inalcanzables, pero muchos no conocen otras formas de soñar.

 

Breve exabrupto sobre dos palabras

 

Con un clamor semejante a quienes dicen que “ahora todo es racismo”, hay muchos intelectuales a quienes les molestan dos palabras vengativas, rencorosas: colonización y descolonización. Dicen que la izquierda o las universidades latinoamericanas han tomado como un credo la terminología de la academia estadounidense, e ignoran, o prefieren ignorar, el trabajo de Lélia González, Julieta Paredes, Frantz Fanon, Ailton Krenak, Enrique Düssel, y tantos otros. Pero si bien no puede negarse la prevalencia del sentido Norte-Sur en los papers y los congresos universitarios, eso no significa que la amplia tradición decolonial latinoamericana, que tiene ya varias décadas de existencia, pueda descartarse sumariamente con el simplista argumento de que es todo imitación.

 

Por mi parte, yo pienso que esas palabras resultan útiles en tanto ancladas en la historia y la actualidad, a partir de algunos hechos —supongo— incontestables, que van desde el casi exterminio de la población indígena americana y el tráfico de personas negras al “Nuevo Mundo”, hasta la quema del Amazonas para crear terrenos de pastoreo y abastecer de carne a los mercados árabes y chinos. Esos procesos históricos requieren un nombre, y una palabra tan simple como colonización los resume bien. No se trata de una narrativa maniquea entre países buenos y países malos, sino una brújula espantosamente intrincada que sigue la imantación del capital. Y la palabra descolonización no es más que resistir esos fenómenos; exponer la violencia de las coordenadas que clasifican a los cuerpos y naciones de la Tierra; recrear la realidad a partir de experiencias, historias, anhelos y raíces muchas veces sojuzgados. Llamar Abya Yala a este inmenso continente es el acto de magia más fecundo que el lenguaje cotidiano puede producir hoy en día, en nuestro territorio.

 

Ahora bien, ¿existe una fantasía colonizadora? No lo sé. Es probable. En todo caso, sería más preciso decir que la instauración de una norma a partir de ciertos estándares y criterios, sean europeos, anglosajones o comerciales, resulta colonizadora. Y cuando los reproducen, una y otra vez, los creadores y consumidores fuera del centro o del Norte global, se genera una fantasía que refuerza estereotipos y repite los mismos padrones desgastados. Tampoco es imposible que, entre los cientos de historias generadas así, haya algunas obras de mérito. Lo difícil es que lleguen a sobresalir del resto.

 

La expropiación de la etimología

 

La palabra fantasía proviene del latín, que a su vez la tomó del griego Phantasos, hijo del Sueño (Hipnos) y la Creatividad (Pasítea). Ovidio lo describe como la deidad que trae los sueños donde las cosas sin vida asumen formas engañosas —apariencias de realidad—. La palabra también existe, con la misma raíz, en las demás lenguas romances, en inglés y en alemán. A partir de los griegos, entonces, pasando por las sagas nórdicas, los mitos celtas, los cantares de gesta, el romanticismo que compiló los cuentos de hadas y demás corrientes y escuelas, se
podría afirmar que nuestro concepto de fantasía es de raigambre europea, aunque ciertamente la facultad a la que hace referencia sea universal.

Porque todos los pueblos sueñan. Todas las culturas han creado historias, ficciones sobre otros universos o planos de la existencia que no están aquí, sino más allá de las nubes, dentro de las grutas, al otro lado del mar, en la región del sueño o en el tiempo antes del tiempo. Pero no son sólo apariencias, elaboradas mentiras para entretenerse. La fantasía es ancestralidad. La fantasía es utopía. Es origen, memoria, placer, desdoblamiento de nuestras esperanzas y terrores, crítica del orden de las cosas sobre la Tierra. Cuando Ártax, el caballo de Atreyu, perece en el Pantano de la Tristeza, es una parte nuestra la que muere, aquella que ignoraba la existencia de lo irremediable. Cuando los gemelos divinos, Hunahpú e Ixbalanqué, derrotan a los caciques de Xibalbá y vengan así el sacrificio de sus antepasados, hay una parte de nosotros que renace, que alberga la esperanza de derribar a los tiranos y ver un poco de justicia en este mundo.

 

Las historias que pasan así, de generación en generación, como los mitos y los cuentos de hadas, son ejemplos —criticables también— que nos legaron quienes nos precedieron. Ejemplos de qué: pues de todo. De amor y crueldad, de ética y deseo, de la jerarquías que trazan el rumbo de los destinos y del derecho que tenemos a desobedecerlas. ¿Qué significa, entonces, descolonizar la fantasía? Bueno, en principio, que los primeros ejemplos de nuestra infancia, o los relatos que dan cierto alivio a nuestras noches tras una jornada de trabajo, tengan un poco más que ver con las comunidades y parajes de América Latina, con sus culturas y dificultades —tan semejantes en sus paralelismos históricos, tan disímiles en su pluralidad—. También seguir a personajes cuyo color de piel esté más imbricado con su biografía, en vez de ser un traje intercambiable —algo a lo que suelen ser tan susceptibles las princesas y los caballeros, en tanto arquetípicos—. Después de todo, si en la fantasía no hay lugar para las personas morenas y negras, para las costumbres del Sur global, para los roles de género distintos de la norma, ¿entonces dónde lo hay?

 

No obstante, para descolonizar la fantasía no basta obtener una mayor representatividad en el elenco o cambiar los castillos del fondo por pirámides. En la Winterfell de Westeros, por ejemplo, se reconocen rasgos de cierta tradición anglosajona: el puritanismo, la ética del trabajo, las largas noches del hemisferio del norte. ¿Es demasiado pedir lo mismo para el Sur? ¿Es demasiado “étnico” o “progre” desear que, por ejemplo, formen parte de nuestro imaginario colectivo algunos relatos donde se aprecie la resistencia de los pueblos en contra del despojo de la naturaleza, algo tan relevante en un contexto de crisis global? Por otra parte, esas obras, aunque soslayadas, ya existen: son los 13 cuentos del proyecto 68 voces o las historias amazónicas de Mitos Indígenas em Travessia (por mencionar apenas dos animaciones del vasto y plural orbe de los cortometrajes independientes).

 

Y no sólo apreciar la resistencia, sino la propia forma de concebir la vida, el cosmos, la naturaleza. Escribe Ailton Krenak:

 

Cantar, danzar y vivir la experiencia mágica de suspender el cielo es común en muchas tradiciones. Suspender el cielo es ampliar nuestro horizonte (…) Si existe un ansia por consumir la naturaleza, existe también una por consumir subjetividades: las nuestras. Entonces, vamos a vivirlas con la libertad que fuimos capaces de inventar, no arrojarlas al mercado. Ya que la naturaleza está siendo asaltada de una manera tan indefendible, vamos por lo menos a ser capaces de mantener nuestras subjetividades, nuestras visiones, nuestras poéticas.

 

Descolonizar la fantasía implica la creación de tramas, escenarios, conflictos, más enraizados en nuestros países y comunidades —nunca como deber, sino como posibilidad de renovarse— porque eso también es una forma de liberación. En la medida en que la fantasía se nutre de la historia y los mitos, implica reexaminar o recuperar ciertos aspectos de nuestro pasado y asumir el verdadero carácter plural de nuestra identidad, oculta bajo la capa de invisibilidad del mestizaje. Es posible que muchas personas prefieran el imaginario de los superhéroes gringos, la Edad Media europea y los elfos tolkianos justo porque, si la fantasía es una fuga, preferimos que el destino sea lejano. No nos atrevemos a pensar en una utopía latinoamericana, que valorice sus raíces originarias sin despolitizarlas, su legado europeo sin darle primacía. Nos parece inverosímil, absurda, paródica o chovinista. Pero si la fantasía es ocupar un espacio en la utopía, necesitamos acostumbrarnos a verla, a imaginarla, para sentirla más accesible. Una utopía abierta, sí, al intercambio con otras culturas, incluidas desde luego las antiguas metrópolis, pero también, y sobre todo, al diálogo sobre lo que une y nos diferencia en tanto habitantes del Altiplano o de los Andes, nietos de emigrantes españoles o italianos, pueblos del páramo colombiano y de las islas del Caribe, y en relación con otras naciones y etnias del Sur global.

 

Es obvio que la empresa implica riesgos. Con facilidad puede caerse en el folclorismo, en la apropiación cultural, en la fetichización. Tampoco significa ponernos sobre los ojos una venda patriótica y sólo leer o recomendar lo “hecho en casa”, sino identificar moldes que damos por sentados —sean de lo medieval, de lo negro o lo precolombino— y subvertirlos, cuestionarlos, hacerlos explícitos. Descolonizar no significa prohibir temas ni hablar siempre de ciertos temas: la descolonización está en la perspectiva, no en la anécdota. No se trata de renunciar a ningún tipo de fantasía, de abandonar Narnia por Chicomóztoc. Se trata de coexistir, de recuperar los espacios de la imaginación, de fundar otros universos hechos del material de nuestros propios sueños.

 

No se trata en suma, de crear una preceptiva, sino de responder a un desafío. ¿O de verdad no hay entre nosotros creadores lo bastante inteligentes para escribir sin caer en los clichés de la fantasía consagrada o masificada? ¿No hay forma de crear una épica donde la lucha no sea contra un ambiguo Imperio del Mal, sino contra naciones con agendas y empresas trágica y egoístamente verosímiles?

 

Algunas alucinaciones ejemplares

 

Independientemente de a quienes les disguste, la tentativa de descolonizar la fantasía es un proceso ya en marcha en la propia cultura de masas. Ha sido desde hace tiempo la apuesta narrativa, en general, de Netflix y Marvel, y a últimas fechas, de Amazon Prime. La elaboración sigue siendo anglosajona, así que bien podemos estar atestiguando un caso más en que las banderas progresistas se ven cooptadas por el mercado.

 

Fuera de esas producciones, sin embargo, y antes de apresurarme hacia el final de este texto, quisiera compartir algunos hallazgos de la búsqueda que mencioné líneas atrás, y que encarnan, creo, las ideas vertidas aquí. Se trata de los Contos dos Orixás, del artista brasileiro Hugo Canuto; una novela gráfica que propone un universo basado en las creencias y mitología africanas —por el momento sólo accesible en portugués, pero que pronto se traducirá a otras lenguas—. Existe también el Libro de Anderos, un catálogo de razas, divinidades y bestias antropomorfas, divulgado a través de una cuenta de Instagram, cuya descripción es “fantasía incaica/andina (…) sobre el continente de Anderos, basado libremente e inspirado en historias de todo Perú”. Y en la escena literaria mexicana, vale la pena mencionar al Alberto Chimal de La torre y el jardín, Shanté y muchos cuentos dispersos en volúmenes como Éstos son los días; además de Carmen Leñero, quien publicó en 2012 Monstruos mexicanos, un curioso libro cuyo sustrato son las leyendas de distintas culturas indígenas.

 

Sin duda hay muchos otros autores que bien podrían conformar un canon de la fantasía latinoamericana contemporánea, pero esbozarlo es un propósito que no tengo fuerzas para acometer aquí. No es mi intención ningunear a nadie: es tan sólo una confesión de ignorancia.

 

Epílogo

 

La nueva historia de Blancanieves con Rachel Zegler puede o no ser un bodrio, pero la esencia del cuento seguirá siendo entrañable si sus elementos clave permanecen o renacen con una forma más adecuada al presente. Y éstos no se reducen a un color de piel, pues son cualidades o defectos morales: la compasión y empatía de la princesa, la envidia concentrada en la manzana, la verdad del espejo, la solidaridad de los enanos y la desobediencia del cazador —acaso el acto más decisivo de la trama—.

 

Sin embargo, la pregunta dolorosa e ineludible es si este debate, si todo lo que he dicho hasta ahora, importa realmente en un planeta devastado por una pandemia, amenazado por el desastre ecológico que el egoísmo de unos pocos ha desatado para el sufrimiento de todos. Quisiera echar mano de la retórica y decir que sí, que a medida que seamos capaces de construir una fantasía cimentada en el Sur, obtendremos los símbolos, la inspiración, la alegría y la fuerza para resistir el futuro que se viene. Pero la verdad es que no me siento tan optimista, entre otros motivos, porque la cuestión planteada no atañe sólo al concepto de la fantasía, sino a una cuestión más amplia. ¿Por qué crear nuevas historias mientras el mundo arde?

 

No lo sé. En todo caso, el motivo tiene menos que ver con justificaciones teóricas y más con la respuesta dada por Carlos Marighella al corresponsal del periódico Le Monde que lo entrevista en un hotel de São Paulo, en la película de Wagner Moura —censurada por el gobierno Bolsonaro— sobre la vida del guerrillero que enfrentó los años de hierro de la dictadura brasileña:

 

—¿Usted es maoísta, trotskista o leninista?

 

—Yo soy brasileiro.

 

FOTO: La colonización cultural puede verse reflejada en los arquetipos de personajes fantásticos, que también fungen un como ideal físico o cultural del público consumidor/ Crédito: Ani Cortés

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