Una mal calculada filantropía

Oct 4 • Lecturas, Miradas • 2183 Views • No hay comentarios en Una mal calculada filantropía

 

 POR GUILLERMO ESPINOSA ESTRADA

 

Hay algo en la trayectoria de Dave Eggers (Boston, 1970) que me hace desconfiar. No es su éxito —rotundo—, ni su incesante producción, también sospechosa. Es, creo, su corrección política. No la del activista promotor de programas educativos para jóvenes marginados, que me parece loable; más bien la del escritor comprometido, ahíto de buenas intenciones, que siempre queda bien. Ya se trate del sistema educativo norteamericano (Los maestros lo tienen fácil, 2005), de su sistema penal (Sobreviviendo a la justicia, 2005), de los refugiados de la guerra civil de Sudán (Qué es el qué, 2006) o del prejuicio antiárabe posterior al 11 de septiembre (Zeitoun, 2009), Eggers siempre está del lado de las causas nobles, dispuesto a poner la pluma a su servicio. Pero la realidad es amorfa, el mundo confuso, y uno no puede terminar siempre en el lado correcto de la ecuación sin correr el riesgo de parecer hipócrita. Esto concluyo tras la lectura de Un holograma para el rey (2012), la última novela de Eggers traducida al castellano donde su objetivo es abordar la crisis económica actual. Aunque a primera vista no tenga una finalidad filantrópica específica, si la leemos con atención descubriremos otra tentativa del autor por caer parado.

 

Un holograma para el rey narra el viaje de negocios que realiza Alan Clay —un hombre tan frágil como su apellido (“arcilla”)— al reino de Arabia Saudí. Es el representante de una compañía norteamericana que intenta venderle a ese país toda la infraestructura tecnológica para el funcionamiento de la Ciudad Económica del Rey Abdalá, una nueva metrópoli financiera. Ofrece en particular un sistema de conferencias tridimensional, un holograma tan impactante que sin duda cerrará el trato. Después de casi un mes de esperar el arribo inesperado del rey con toda la exhibición preparada, Alan hace su presentación sólo para descubrir que la concesión ya había sido entregada de antemano a otra compañía china. Aunque derrotado, el protagonista se niega a volver a Estados Unidos porque mantiene la esperanza, absurda, de poder venderle algo a un reino cuya fidelidad económica ha virado de América a Asia.

 

En mi apresurada síntesis no puedo hacerle justicia a la novela. Pasé por alto la relación que el protagonista mantiene con su familia: estrecha con su hija, distante con su ex mujer y conflictiva con su padre. También lo atormenta el suicidio de un viejo amigo, Charlie Fallon, un entusiasta lector de los trascendentalistas y, más que nada, lo tortura su pasado, su presente y su futuro, al grado que sus días en Medio Oriente se tiñen de una dolorosa y profunda introspección. Alan Clay, el antiguo vendedor estrella de las bicicletas Schwinn —¿hay un personaje más paradigmático del American way que un agente de ventas?— está envejeciendo, se ha dado cuenta de su fracaso, y no sabe cómo seguir adelante. La novela, por otro lado, está asombrosamente construida; muestra a Eggers en su mejor momento como narrador después de Una historia conmovedora de un genio asombroso (2000), su debut aún no superado y, probablemente, insuperable.

 

Pero más allá de sus virtudes como narrador, me interesa su interpretación del siglo XXI, un nuevo momento histórico en el que al parecer el Imperio Norteamericano tendrá que ceder su supremacía política ante China. Es desde esta convicción donde Alan Clay comienza a pasar revista a su pasado: qué fue de nosotros, se pregunta, cómo terminamos así. El origen de su actual situación parece remontarse a la Gran Depresión, la crisis que dejó en bancarrota a los Clay hace casi un siglo. El padre de Alan y su generación pudo salir adelante gracias a su esfuerzo, inventiva y un agudo sentido de supervivencia; virtudes que no fueron apreciadas por sus herederos. Alan y los baby boomers erraron el camino, “no sabían que estaban tomando decisiones que los dejarían… en su estado actual: prácticamente arruinados”, y lo descubrieron demasiado tarde. El descuido fue, según un personaje, “enseñar a pescar”: cuando la industria norteamericana —buscando un mayor margen de ganancia— trasladó sus plantas de producción a países tercermundistas, creó su propia competencia. En lugar de sólo proveer el “pescado” —el producto manufacturado—, los empresarios norteamericanos le “enseñaron a pescar” a los chinos y por eso ahora todas las bicicletas del mundo se producen ahí. Y no sólo eso: como el tercer mundo carece de instituciones responsables, el producto es mucho más barato. Es de menor calidad y además ha sido fabricado por mano de obra semiesclava.

 

Sin ánimo de ofender, un ama de casa norteamericana tiene un mayor entendimiento de la crisis económica que Alan Clay. Y no es que resulte inverosímil su ingenuidad, lo que me decepciona es que Eggers no se atreva a ejercer crítica auténtica. Su personaje parece darse golpes de pecho pero, en realidad, deposita la responsabilidad en los otros y nunca sopesa con seriedad el hecho de que el responsable de su situación esté en Wall Street o la Casa Blanca. Insisto: Eggers se las arregla para quedar bien con todo mundo. Sugerir que la agonía del sueño americano radica en la inmensa disparidad entre pobres y ricos que promueve su sistema financiero, o en la absurda inversión que se hace cada año al rubro de Defensa Nacional, podría ser incómodo. Por eso es más fácil disfrazar el fracaso de una mal calculada filantropía.

 

* Dave Eggers, Un holograma para el rey, traducción de Cruz Rodríguez Juiz, Random House, México, 2014, 287 pp.

 

* Fotografía: Portada de la novela “Un holograma para el rey”, de Dave Eggers / Radom House.

 

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