“Uno de esos avisas de alerta”, un cuento de Jorge Córdova Monares

Ene 28 • destacamos, Ficciones, principales • 1289 Views • No hay comentarios en “Uno de esos avisas de alerta”, un cuento de Jorge Córdova Monares

 

La imagen de un niño desaparecido potencia la memoria de un hombre que vive un inmenso vacío, pero que en el recuerdo de un ídolo de la infancia encontrará nuevos significados para su vida

 

POR JORGE CÓRDOVA MONARES
Me sobra tiempo antes de ir por Alicia a su trabajo. Me detengo por un café en un Oxxo cerca de casa. Por momentos sopla un viento frío que me hace meter las manos a las bolsas del pantalón. En la entrada noto uno de esos avisos de alerta Amber pegado al cristal, apenas lo veo, empujo la puerta para entrar. No voy directo por el café, echo un ojo a la comida, es imposible saber cuánto tiempo llevan esas salchichas ahí. Unos chicos pasan en sus patinetas al frente del local, cuando desaparecen, el sonido de las ruedas sobre el pavimento se aleja, pero de inmediato, el ruido se acrecienta, alzo la vista de las salchichas y los veo reaparecer a través de los ventanales. Dan vueltas en el estacionamiento. Camino a las cafeteras, el sonido de las llantas y la madera que golpea contra el asfalto me inquieta, mi auto está ahí y me preocupa que lo rayen. Sirvo medio vaso de café negro y el resto lo relleno con capuchino de la máquina. Entran a la tienda, no parecen mayores de trece años. Pasan en fila india a mis espaldas con las patinetas bajo el brazo para ir a los refrigeradores. Toman bebidas, andan por los pasillos, agarran bolsas de frituras y pastelillos, todo es bulla y bromas, luego se forman en la caja. En la cola guardo unos pasos de distancia para no ser víctima de sus tonterías, ya se derramaron refresco entre ellos. Pagan cuentas por separado, así que aquello se hace un fastidio. Salen de la tienda, rondan la entrada escandalosos, azotan sus tablas en el piso mientras comen y beben. Cuando salgo escucho decir a uno de los chicos que el niño extraviado es hermano de un tal Daniel, otro por ahí dice que es cierto, y alguno más se acerca a la puerta y mira la foto del cartel. Yo también miro de paso, doy un sorbo al café y sigo hasta mi coche.

 

Me siento al volante, prendo el radio, doy varias vueltas al turning, hasta que encuentro algo de música y me dedico a beber el café y a mirar a los chicos a través del parabrisas. En eso estoy cuando en la radio pasan un comercial grandilocuente que anuncia la llegada de un circo a la ciudad, el circo de Polichinelo. Un famoso cómico de humor inocente, casi tonto, que tuvo sus mejores momentos en los años 60. Protagonizó varias películas para niños que lo convirtieron en una celebridad y llegó con su fama intacta a la siguiente década, cuando yo lo conocí. Me sorprende enterarme no sólo de que está vivo, sino además activo con su propio circo, “El mágico circo de Polichinelo”, como lo anuncian. Tendría entre seis o siete años cuando mis tías, en ese entonces unas jovencitas universitarias, nos llevaron al cine a unos vecinitos y a mí a ver un programa doble de sus películas. Íbamos muy contentos tomados de las manos para cruzar la calle, y en la dulcería del cine mis tías nos compraron una copa de helado a cada quien. Mientras tarareo una cancioncita de los Flaming Lips, los chicos se deslizan en sus patinetas y dejan el estacionamiento. Bajo del coche con el café en la mano y regreso al Oxxo. Me inclino para ver la foto del aviso, bebo un trago. La imagen de un niño sorprendido por la cámara al dar el paso. Se aproxima por un camino adoquinado, al fondo hay un prado con árboles. Una foto cualquiera que retrata un momento cualquiera, un instante en nada diferente a los capturados a diario por millones de teléfonos en el mundo. Pero aquí la imagen es extraña. Resulta que no fue una foto ordinaria, sino la única que ahora da cuenta de la existencia de ese niño. El cartel tiene una narración escueta de los “hechos”: “A las 16 horas del 20 de abril, fue visto por última vez en la calle Diagonal de San Antonio en compañía de su madre, y desde entonces se desconoce su paradero”. Me figuro que va tomado de la mano de su madre y conforme caminan se desvanece hasta desaparecer. La ficha dice que el chico tiene nueve años, quizás es grande para ir de la mano, pero entonces, ¿cómo puede un niño evaporarse? He visto muchísimos anuncios de personas desaparecidas, los hay por toda la ciudad, pero nunca antes me había tomado el tiempo para pensar en ello. El teléfono vibra en mi pierna, lo saco del pantalón, tengo un mensaje de Alicia: “¿Dónde estás?”. Vuelvo al coche y me largo de ahí.

 

 

 

Mi tía Lupe iba al frente conmigo, después venía Mario, él y los otros dos no querían tomarse de la mano, pero mis tías los obligaron, íbamos en fila como en una excursión de preescolar. Ellas dijeron que así no nos perderíamos. En realidad, eran niños muy avispados, tenían dos o tres años más que yo y se pasaban el día en la calle, yo salía un rato y a veces los convencía de jugar conmigo en el patio del edificio. Eran hijos de cargadores o vendedores de las bodegas de la Merced, sus madres eran sirvientas, como la mamá de Mario que trabajaba para mi familia, por lo que él y yo teníamos alguna cercanía. A veces volvíamos juntos de la escuela, pero, aunque su mamá estaba en mi casa, él no pasaba, seguía su camino a la azotea donde estaban los cuartos de servicio. Esa tarde yo estaba empeñado en que aquellos niños se sintieran cómodos, en confianza, entre iguales. El problema era que nosotros no sólo éramos dueños de varias bodegas, sino que mi padre poseía muchas hectáreas de tierra en las que se producía lo que ahí se vendía.

 

 

 

Llego por Alicia unos quince minutos tarde. Ella me espera afuera de su trabajo. Al verla sé que está de mal humor. Reconoce el carro y se acerca al filo de la banqueta. Estaciono frente a ella, le abro la puerta. Entra con la mirada apretada, en silencio, un silencio más duro que un mazo en la cabeza. Ella ve el vaso de ca-
fé entre los asientos, percibo que aprieta los labios.

 

—Necesitaba tomar algo.

 

Es lo único que se dice de camino a casa.

 

En la mesa, frente a frente, comemos con ganas. Damos vueltas al tenedor para enredar la pasta y picamos trozos de brócoli, masticamos, partimos pedazos de pan que mojamos en aceite, un trago de agua mineral o jugo de arándanos y atacamos el queso y repetimos todo casi en el mismo orden, pero ninguno habla. Ella es menor que yo diez años, es trabajadora social en una secundaria pública, y últimamente habla poco, al menos conmigo. Acaba primero, se levanta a servirse otra tanda, me pregunta si quiero más, le digo que no, que gracias, me echo atrás en el respaldo. Me pregunta si voy a querer postre y le digo que de eso sí. Vuelve a la mesa con otra porción de pasta en su plato, come. Esta vez yo me levanto, llevo mi plato al fregadero, pongo agua para café y voy al refri donde ayer dejamos la mitad de una buena tarta de manzana. Traigo la tarta y un bote de leche Clavel a la mesa, saco unas tazas y platos de la alacena y me siento a esperar que el agua hierva. Ella come sin levantar la vista de la mesa. Yo no hago nada, espero con las manos en el regazo. De vez en cuando me alboroto el cabello. El agua hierve, voy por el café, tomo dos medidas y las arrojo al agua sin apagar el fuego, el agua se eleva de inmediato y no alcanzo a cerrar la llave, el café se derrama en la hornilla. De reojo veo que ella niega con la cabeza, reprueba mi descuido, y a mí me gustaría vivir solo sin que nadie me diga, aunque sea con su silencio, cómo hacer. Me recargo en el fregadero a esperar que el café repose. Estoy detrás de ella, la veo comer sin que ella sepa que la observo. Los brazos, las orejas que suben y bajan con el movimiento de la quijada, el sonido de los cubiertos contra el plato. Su cabello largo negro que cae pesado sobre los hombros. No sé por qué le cuento que por la tarde escuché en la radio el anuncio del circo de Polichinelo. Ella tiene un bocado en la boca, no contesta. Se levanta con el plato en la mano y se dirige al fregadero y sin mirarme ni tocarme me obliga a hacerme a un lado. Lava los trastes, yo sirvo el café, parto dos porciones de tarta y me siento a la mesa. De nuevo ella me da la espalda, ahora frente al fregadero. Le digo que creía que Polichenelo estaba muerto, pero que no, que está “vivito y coleando” y viene a la ciudad con su circo. Se seca las manos y se sienta a la mesa, toma un trago de café y luego me mira y dice:

 

—¿Qué es eso de que viene un circo a la ciudad?

 

Me llevo a la boca un pedazo de tarta y contesto al tiempo que mastico.

 

—Es el circo de Polichinelo, ¿conoces a Polichinelo?

 

—Sí, claro, pero nunca fue mi favorito, ¿tuyo sí?

 

—Supongo que es algo generacional. Lo conozco bien.

 

Comemos al mismo tiempo.

 

—No sabía que te gustara. No lo recuerdo tan bien para decir, pero creo que era como… tonto, ¿no? —dice.

 

—No diría eso, tal vez inocente.

 

Bebo y aprovecho que la taza me cubre media cara para verla con disimulo. Ella me mira también con el tenedor en la mano.

 

—¿De dónde salió todo este asunto? —dice.

 

Dejo la taza en la mesa. Pienso que contestar.

 

—Bueno, estaba tomando un café en el coche y escuché un anuncio del mentado circo y ahora que estamos hablando de ello creo que podríamos ir.

 

—¿Al circo?, ¿por qué?

 

—Creo que me gustaría ir.

 

—¿Por qué?

 

 

 

 

Mientras mi tía Lupe compraba los boletos, Gaby se quedó con nosotros y nos ordenó hacer un círculo sin soltarnos. Yo estaba a su lado derecho y Mario al otro. Volteé a la entrada del cine y vi nuestra imagen reflejada, Mario también nos miraba petrificado a través del cristal, se percató de que yo lo observaba, lo saludé con un movimiento de cabeza, pero él sólo desvió la mirada. En eso llegó Lupe con los boletos y entramos al cine.

 

 

 

—Cuando niño fui al cine a ver una película de él.

 

—¿Quieres que vayamos al circo porque alguna vez viste una película de Polichinelo? ¿Sabes qué creo?, que estás aburrido —sube la voz—, de veras, debes buscarte algo para hacer, tal vez volver a trabajar —tiene los ojos enrojecidos.

 

—Tengo trabajo.

 

—Sabes qué quiero decir.

 

—Mis tías nos llevaron a unos chicos y a mí.

 

No contesta nada, me mira con sus ojos rojos. Caigo en cuenta de que llevamos todo el tiempo hablando con las persianas abiertas. Del otro lado del ventanal está el coche y más allá la reja negra que nos separa de la calle. La gente pasa por la acera y no puede evitar mirar hacia la ventana, la cocina iluminada, una pareja sentada a la mesa, quizá ven un ambiente acogedor. Me levanto a correr la persiana. Cuando vuelvo ella se masajea la nuca y dice:

 

—¿Quieres ver un capítulo?

 

Le contesto que me parece bien. La sigo a la sala, nos acomodamos en el sillón de dos plazas. Cuando apunto el control veo en el librero detrás de la pantalla, la única foto que conservo de cuando era niño. Nos toca el capítulo cuatro de una serie de detectives que seguimos. Enlazamos las piernas, pero no por cercanía, sólo para caber en el sillón. La serie trata de un par de policías que en los 80 no pueden resolver la desaparición de dos niños. Diez años después el asunto es reabierto y estos mismos policías son de nuevo asignados al caso. En esta ocasión tampoco logran aclarar del todo lo sucedido. Ya de viejos descubren que el incidente afectó sus vidas, que, de alguna forma, todo lo que les sucedió después estuvo ligado a aquel caso. Es necesario saber lo que pasó con los chicos para saber lo que fue de ellos mismos, así que vuelven a investigar por su cuenta. El programa corre sin que nosotros hablemos una sola vez, apenas nos movemos. La luz oscilante de la televisión nos baña como un seguidor, pero alrededor nuestro hay una tremenda oscuridad. Ni Alicia ni yo podríamos encontrar algo en esta casa. Cuando perdí la tarjeta de circulación, desanduve todo el camino hasta el momento exacto en que me di cuenta que no la tenía conmigo. Era posible que estuviera en cada parada, revisé una y otra vez, quizá la primera ocasión no busqué bien, ni la segunda, ni diez veces después. No estaba, la tarjeta simplemente se esfumó y a mí me parecía increíble, un misterio imposible. Esta energía de búsqueda se convirtió en un propósito implacable, la búsqueda de una explicación, no ya de la tarjeta. Por días no existía nada más que la búsqueda, pero el propósito se diluye con el paso del tiempo hasta que la realidad de la desaparición se asienta sin saber dónde ni cómo. Aceptas el fenómeno como los primeros seres humanos aceptaron la lluvia. Una persona extraviada debajo de un libro, una toalla, un puente, una zanja, una fosa. ¿Desapareces para ti cuando has desaparecido para los otros?, ¿el cuerpo anudado a ella en el sillón te pertenece o lo has perdido por completo?, ¿después de cuánto tiempo tu pérdida se vuelve lluvia? Es difícil saber si alguna vez estuve ahí. Mi único asidero es una foto que no está en el territorio alumbrado por la televisión, una foto que habita la franja de la no existencia.

 

El episodio termina, ella duerme. Apago la televisión con el control y me quedo quieto, atrapado entre las piernas de mi mujer. Dejo caer la cabeza en el respaldo y cierro los ojos. Al poco tiempo, ella se mueve, se mueve despacio para no despertarme, la dejo creer que estoy dormido, se zafa y se va a la recámara, escucho que cierra con cuidado. Me recuesto cuan largo, la posición es reconfortante, estoy acostumbrado, de un tiempo para acá duermo en el sillón unas tres veces a la semana. Pongo el antebrazo sobre los ojos y trato de dormir. No pienso ir a ninguna parte, ni a quitarme la ropa, ni por una cobija, mucho menos a lavarme los dientes.

 

Despierto tarde. Mi mujer se ha ido al trabajo. Encuentro una nota en la mesa en la cual me da varias indicaciones y me recuerda pasar por ella al trabajo puntual, y subraya puntual. Hizo café, gracias a Dios. Me sirvo una taza, le pongo leche y me dedico la mañana a vagabundear por la casa: me tiro a mirar las noticias por televisión, preparo un sándwich, me asomo a la ventana a ver a la gente pasar, dormito un rato en la recámara, y luego voy a trabajar en el estudio. Hace más de un año que soy profesor a distancia y es algo muy parecido a estar desempleado, incluso la paga. Antes de empezar a revisar tareas, busco en Youtube películas de Polichinelo. Encuentro aquella que vi de niño con mis tías y la pongo, sólo los créditos, me digo, pero la dejo correr toda.

 

Ya de tarde me doy un baño y salgo con tiempo de sobra para ir por mi mujer a su trabajo.

 

 

 

La sala estaba a oscuras, descendimos con torpeza por el pasillo alfombrado apenas iluminados por la luz azulada de la pantalla. Caminábamos con la vista en las imágenes cambiantes. Lupe se metió primero por la hilera de asientos vacíos, luego yo, Mario, los otros niños y mi tía Gaby. Abrí mi helado y sin quitar los ojos del documental de Demetrio Bilbatúa encajé la cuchara y me atraganté. De soslayo vi a Mario, parecía atento a la proyección, tenía la copa de helado entre las piernas. “Cómetelo, se te va a derretir”, le dije. Volteó para mirarme en la oscuridad y me respondió bajito, casi un movimiento de labios: “Chinga tu madre”, y como volvió lento la cabeza, me grabé sus ojos. Guardé silencio con la cuchara en la boca, adolorido como si me hubiera dado un puñetazo. Acabó el documental y encendieron las luces, yo le busqué la cara, pero él se hizo el desentendido. Mi tía Lupe preguntó si pasaba algo, él le dijo que todo estaba bien. La luz se apagó de nuevo y aparecieron los títulos de la película de Polichinelo, unas graciosas caricaturas del cómico acompañadas por una música juguetona. Por un rato no pude concentrarme en la función, estaba aturdido, sus ojos se imponían a todo lo demás, sentía la cara enardecida y una cerrazón en la garganta que me hacía odiar el helado. Ya antes había escuchado esas palabras, los trabajadores en la Merced, los borrachines de la esquina, pero hasta ese momento nadie las había dejado caer sobre mí con esa fuerza desconocida. Años después descifraría el enigma de esos ojos en la oscuridad. Mi padre era un hombre brutal, violento, a quien yo había visto golpear a otros hombres. Estábamos cenando en una de sus esporádicas visitas a casa de mi abuela, cuando ella me acusó de ser un problema en la escuela, debí haber ido en tercero de secundaria.

 

—Ya no puedo con él, Eduardo, es un delincuente. Queja tras queja de la escuela, me llaman por lo menos dos veces cada semana.

 

Mi padre no dijo nada, ni siquiera levantó la mirada de su plato. Mi abuela paró ahí el asunto, de pronto recordó quién era su hijo.

 

—Bueno, no será para tanto, la verdad es que nos arreglamos bien —dijo, pero ya era tarde.

 

Mi padre terminó de cenar, bebió su café sin apresurarse, así era él, se movía lento, no tenía para qué correr, sabía que todo estaba a su alcance y podía arrebatarlo. Me llamó, sin levantarse arrastró su silla hacia atrás y la giró para quedar al lado de la mesa. Apenas me paré frente a él me soltó:

 

—¡Eres un hijo de la chingada!

 

Y vino la bofetada, me hizo caer sobre la mesa. A partir de ahí me golpeó con el puño cerrado, me tiré al piso y me cubrí, pero entre los brazos veía sus ojos inflamados mientras me golpeaba, era el mismo odio y desprecio de aquella tarde en el cine.

 

Los gestos y la voz de Polichinelo me atraparon, era gracioso y me dejé llevar. Para la mitad de la película reía. Después de esa salida al cine las cosas cambiaron con esos niños, me evitaban y eran hostiles, pero con mis tías se comportaban muy educados, en especial Mario, que siempre les pareció a ellas un chico estupendo. Cuando nos cambiamos de la Merced nos fuimos a vivir a una casa muy bonita en la Narvarte, la mamá de Mario no pudo ir con nosotros y por eso no lo volví a ver más.

 

 

 

Avanzo despacio por calles residenciales flanqueadas de árboles altos que se cierran como techumbres sobre el asfalto. Por momentos, el sol atraviesa las ramas, me deslumbra y avanzo a tientas. Busco en la guantera los lentes oscuros, me los pongo. Miro mis manos al volante, cuadradas, blancas y llenas de pecas como las de mi padre.

 

Cuando apenas era un niño de brazos, mis padres me dejaron al cuidado de mi abuela. En realidad, fue mi padre quien lo decidió así, “el rancho no es lugar para criar un niño”, y mi madre, una mujer sumisa, no pudo oponerse a él, y con el paso del tiempo no intentó recuperarme. Crecí con mi abuela y mis tías. Entre las tres hicieron lo mejor que pudieron conmigo, y luego, cuando mis tías se fueron de casa, mi abuela lo siguió intentando.

 

En la esquina aparecen de pronto los chicos en sus patinetas. Se incorporan a la calle por la que circulo y me emparejan de tan despacio que voy. Adelante está el Oxxo. Los dejo que me rebasen un poco, se meten en el estacionamiento de la tienda y de último momento, doy el volantazo para entrar también. Apago el coche. Desde ahí los veo entrar, pero uno de ellos se queda afuera, frente a la alerta Amber. Es un muchacho alto, flacucho, de cabello castaño enredado. La patineta cuelga de su brazo derecho pegada a su costado, la toma del truck delantero. Bajo del auto y cruzo el estacionamiento. Me paro a su lado, me inclino para ver la foto. Permanecemos ahí, uno al lado del otro, remuevo palabras y busco en la imagen repetidas veces, no sea que algo se me haya escapado. Un hombre sale con una bolsa con cervezas, estorbamos en la entrada, le sonrío y me hago a un lado. El chico alza la cabeza, pero no se mueve, nuestros ojos se encuentran, ambos desviamos la mirada, yo sigo al hombre y él vuelve al cartel. Traga saliva, parece a punto de hablar, pero no dice nada, entra a la tienda, se une a los otros chicos en el refrigerador, alguien le pasa un refresco y sonríe.

 

Me inscribieron en una primaria que estaba a unas calles, del otro lado del puente de Viaducto. En la cuadra había muchos chicos, chicos nuevos que volvieron a atormentarme tanto como fue posible. En cada ocasión, volví a pensar en Mario, en sus ojos entre las sombras. Mis tías se graduaron y poco después se casaron. La primera en irse de la casa fue Lupe y un año después Gaby. Uno de esos días regresé llorando, Gaby me vio pasar por la cocina y me siguió hasta mi cuarto, se sentó en la cama y me preguntó por qué lloraba. Le dije que los chicos de la calle no me dejaban en paz, que me esperaban en la esquina para robarme el dinero de los mandados y luego tenía que inventarle a mi abuela que lo había perdido, a veces me castigaba, y otras, sólo suspiraba y me dejaba con mi llanto. “Tengo que encontrar mi lugar, pero no sé cómo hacer eso”, grité. Mi tía Gaby puso una cara tristísima, y después de sacudirme la cabeza dijo que los invitáramos al cine.

 

El chico toma cosas de los anaqueles, les echa una ojeada y las deja en su lugar, en algún momento alza la cara distraído y nuestros ojos se encuentran de nuevo, pero esta vez aguantamos la mirada. Se acerca a la puerta con la patineta en la mano, se queda ahí, mirándome desde adentro. Un ventarrón arrastra la basura de un extremo a otro, el sol se hunde en los altos edificios del fondo.

 

—¿Saben algo de él? —digo.

 

Tras los reflejos del vidrio, el muchacho es una sombra.

 

—No puedo apartar la vista por más tiempo —y de inmediato con un poco de impaciencia—, ¿tú no quieres saber?

 

Pero él sigue ahí quieto mirándome del otro lado de la puerta sin decir nada. De pronto me siento pesado, los brazos tiran hacia abajo y el cuello tenso apenas evita que se me caiga la cabeza. El muchacho empuja la puerta, sale y se para delante de mí:

 

—Discúlpeme, no le entendí nada. ¿Ha visto a ese niño?

 

Una bandada de pájaros vuela en círculos en el estacionamiento. Su playera tiene una serigrafía de una espiral de estrellas y dice en inglés: “Te vi en mi sueño”.

 

—Es que todo es tan… —lo intento de nuevo—, me siento muy… —y al final no sé cómo decir aquello.

 

El muchacho mira por encima de mi hombro.

 

—Antes me gustaba la ciudad —vuelve a fijar sus ojos en los míos—. ¿Sabe?, no importa —carga su peso de una pierna a otra y aprieta los labios—. No importa, es imposible encontrar algo aquí, ¿lo ve?

 

Estoy seguro de que habla de su hermano, tiene que hablar de eso, ¿de qué otra cosa si no? Entra una mujer con una niña de la mano y él aprovecha para regresar con los amigos. Mientras se aleja quiero decirle que se equivoca.

 

Subo al auto y doy vueltas por ahí. Cuando es tarde para ir por Alicia y ya me ha mandado varios mensajes que no contesto, voy por ella. La encuentro enfurecida. Me recuerda que por la mañana me dejó dicho claramente que no llegara tarde por ella. Imagino que le respondo que no vamos a casa, sino al circo.

 

—¡Oye, yo no quiero ir al circo!

 

Imagino que le digo:

 

—Tendrías que saber que desde hace tiempo yo no quiero hacer la mayor parte de las cosas que hago a diario, de modo que vamos a ir.

 

Llegamos a la mitad de la función. Nos atravesamos entre la gente para ocupar nuestros lugares. Actos de caballos, tigres, elefantes amaestrados, acróbatas, y en vez de payasos, salen a escena el viejo Polichinelo y el presentador. El cómico hace lo suyo, el número del patiño, un hombrón aniñado con muchos más años encima de lo que recuerdo. La función cierra con un carnaval en donde todos los actores desfilan en la pista y lucen sus habilidades para agradecer al público. La algarabía termina, se encienden las luces de la sala, la gente se levanta de sus lugares para salir poco a poco.

 

Tomo la avenida. Los arbotantes intercalan su luz ámbar en el pavimento.

 

Después de un rato, Polichinelo aparece con las manos cruzadas tras la espalda, se va a parar a unos metros de la salida, observa a la gente que pasa a su lado sin percatarse de su presencia. Dejo a Alicia en las gradas y bajo a su encuentro. El gentío va de un lado a otro, pequeños que corretean e imitan los actos que han presenciado durante el show, llegar a él es difícil. Me detengo y volteo a buscar a mi mujer, me anima a seguir. Temo que en cualquier momento él se vaya del lugar, trato de ir más rápido, y en mi prisa estoy a punto de tirar a una niña, la alcanzó a tomar por los hombros y la equilibro.

 

—¡Eh, cuidado! —le digo.

 

La niña toma el paso y sigue adelante. Polichinelo continúa en la misma pose.

 

En la esquina giro a la derecha, adelante cambia el semáforo a rojo.

 

Imagino que antes de llegar, me ve venir y me sonríe a la distancia, yo también sonrío. Me detengo frente a él, somos de la misma estatura, se adelanta.

 

—Buenas noches, señor, un gusto que nos acompañe —dice con una voz gruesa, diferente a la del personaje.

 

Le extiendo la mano y él la toma con las dos.

 

—¿Le gustó la función? —dice.

 

—Sí sí, estuvo muy bonita —titubeo—. Vine con mi mujer —señalo a las gradas.

 

Ambos miramos en esa dirección mientras Polichinelo menciona que es un placer contar con nuestra presencia. Alicia nos saluda a la distancia.

 

Aminoro la velocidad hasta detenerme y espero en la esquina con el clutch a fondo.

 

Estoy delante de Polichinelo, lo veo a los ojos, su sonrisa, busco algo en esa cara. Nos quedamos callados un segundo.

 

—Una vez mis tías me llevaron a verlo al cine —el hombre entrecierra los ojos en un esfuerzo por no dejar escapar nada de lo que digo, pero mantiene la sonrisa—. Me llevaron para evitar que me perdiera.

 

Y es todo lo que alcanzo a decir. Mientras lloro recuerdo a Mario y a los otros niños, a mis tías, mi abuela. La onda incontrolable que me sacude también está hecha de lo que siento por mi padre, me asombra que no sea odio, es amor, el mismo amor no correspondido, no realizado de un niño que no encontró donde ponerlo. Polichinelo me mira con el rostro contraído y dice muy quedo: “Te entiendo”, me abraza y me palmea la espalda. Imagino que nos mantenemos abrazados hasta que quedo vacío, que cuando nos soltamos aún sollozo, pero Alicia está detrás de mí y pone su mano en mi hombro, que Polichinelo dice con voz abisal:

 

—Gracias por quererme, por no olvidarme. Ya ves que ahora nadie me reconoce.

 

Que Alicia y yo caminamos rumbo a la salida de la carpa y antes de atravesar el umbral volteo de nuevo y el hermoso Polichinelo me sonríe entre la gente.
Todo eso imagino mientras se escucha el rumor eléctrico de los cables de alta tensión. Sin quitar la vista de lo que hay afuera del parabrisas, Alicia dice que no entiende por qué no puedo llegar a tiempo si no hago nada en todo el día.

 

—Tienes que aprender a manejar —le digo—, no voy a volver a ir por ti a tu trabajo.

 

Lo digo de tal forma que no hay espacio para discutir. Ella aguanta las palabras en la boca, en el pecho que sube y baja. No voltea a mirarme. El semáforo cambia, de cualquier manera, me fijo a ambos lados de la calle antes de arrancar. Piso el acelerador, el auto se desliza a través de franjas de luz y oscuridad.

 

IMÁGENES: IVÁN VARGAS/ EL UNIVERSAL

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