Visiones del confinamiento

Abr 11 • Conexiones, destacamos, principales • 3803 Views • No hay comentarios en Visiones del confinamiento

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El confinamiento que se vive en varias ciudades a causa de la epidemia de Covid-19 ha dejado las calles en una soledad inusual, estampas que se convierten en terreno fértil para la imaginación de los internautas

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POR AURELIO ASIAIN
Kioto. A finales de enero los ciervos del parque de Nara, privados de las galletas que les dan los turistas, empezaron a morder las bolsas de los pocos que encontraban y le dieron empellones a más de uno, para al fin irrumpir en las calles de la ciudad, causando estragos en los comercios. Esa fue la parte pintoresca de la noticia; la otra, menos llamativa, era que los productores y vendedores de galletas estaban en una situación delicada, pues la afluencia turística se había reducido en un noventa por ciento a causa de las restricciones de China a los viajes al exterior. No me sorprendió. Por esos días, caminando con Masashi por el este de Kioto, habíamos advertido que el ambiente de la ciudad, sin las turbas habituales de turistas chinos, parecía el de quince o veinte años antes, mucho más reposado. En cambio debía de ser inquietante para los dueños de los hotelitos que se habían multiplicado en los últimos años, confiados en unos Juegos Olímpicos ya dudosos para recuperar la inversión. Iba a ser un desastre, pensamos.

 

Ya entonces llevábamos mascarillas. En el Museo Nacional, donde encontramos pocos visitantes, nos cuidamos de no acercarnos a quien no la tuviera. La primera infección registrada en Japón había sido la de un chino avecindado en Kanagawa, que había vuelto de Wuhan el 6 de enero e ingresado al hospital el 10. En las siguientes semanas aparecieron otros cuatro, chinos o residentes en China; el 28, el primer japonés que no había salido del país. Era conductor de un autobús de turistas, a mediados de mes había paseado por Tokio a dos grupos de ciudadanos de Wuhan y vivía en Nara. Este último dato avivó los ciervos hambrientos que incursionaban en la ciudad medio vacía.

 

Tenía muy viva esa imagen cuando un tuit me señaló otro ciervo, un macho majestuoso de alta cornamenta que rondaba el altar de una iglesia desierta oteando la nave con curiosidad distante. Quizá una catedral, a todas luces europea. Pensé en Francia. Un agudo zumbido rítmico de maquinaria volvía inquietante el video. No era una nave abandonada; no se veían fieles, pero se oían voces, quizá de obreros, y la escena tenía un aura de epifanía apocalíptica. La frase no describe un sentimiento religioso sino una atmósfera cinematográfica y, quizá, la sensiblería propiciada por el avance inquietante de la pandemia, que en las dos primeras semanas de marzo había obligado al gobierno francés a limitar las reuniones masivas, cancelar espectáculos, cerrar instituciones culturales y, en fin, decretar el confinamiento personal y el cierre de ciudades. A los ciudadanos les estaban vedados el espacio público, el contacto físico y la congregación. El ciervo no parecía profanar el ámbito de la iglesia sino redimirlo.

 

Días después lo averigüé: era la Iglesia de san Eustaquio en París, un edificio gótico tardío de altísima bóveda y eminente historia. Eustaquio, antes de la fe Plácido, fue un general romano a las órdenes de Trajano. Un día, de caza, vio acercarse una manada de ciervos y distinguió uno cuyas astas acunaban un crucifijo. De pronto, al tiempo que un fulgor las nimbaba, una voz le advirtió: “¿Por qué me persigues, Plácido? Sufrirás mucho por causa de Cristo”. Bautizado, Eustaquio fue perseguido, martirizado, torturado y sacrificado con su esposa Teopista y sus hijos Agapito y Teopisto.

 

Es posible asimilar el ciervo de astas dadoras de la fe y el martirio, a la vez árboles y manos, al primero entre los que pastan milenariamente en el parque de Nara, vehículo de la deidad a la que está consagrado el Gran Santuario de Kásuga, en lo hondo del parque. Pero nos llevaría demasiado lejos y seguramente a ningún lado. En cambio advirtamos la curiosa coincidencia de que aparezca un ciervo en una iglesia que tiene a un ciervo en su fundamento. La coincidencia, por supuesto, no es casualidad. El video que circulaba por Twitter era parte del material para una instalación audiovisual que realizó en 2014 la artista franco-inglesa Leonora Hamill en la Iglesia de San Eustaquio: Furtherance. Alguien lo recordó, advirtió su resonancia en la atmósfera actual y lo hizo circular como visión contemporánea. Luego otro alguien lo denunció como ilegítimo y fue borrado.

 

Más espontáneos que el ciervo de San Eustaquio fueron el par de pingüinos que vimos deambular por los pasillos del acuario de Sheffield, cerrado a los visitantes por la pandemia. No habían escapado: sus cuidadores les permitieron recorrer pasillos normalmente reservados a los humanos. Era fascinante verlos recorrer los pasillos bamboléandose mientras observaban a otros animales tras los cristales, con ese encanto peculiar de seres fronterizos: aves sin vuelo que nadan como peces, bestias del hielo cálidas como como osos. Son tan simpáticos que uno olvida lo sanguinario que es un pingüino en la pelea.

 

También son simpáticos los elefantes y la noticia de que catorce, tras causar estragos en una aldea en confinamiento de la provincia china de Yunán, entraron en un viñedo, bebieron el vino ahí almacenado y cayeron rendidos de borrachos entre las parras era digna de Kipling. Luego se supo que eran ciertos los destrozos, no el vino ni la ebriedad y que los hechos habían ocurrido meses antes del confinamiento pandémico. Quizá porque al chino que relanzó la noticia en el momento propicio no le pareció inusual, en el camino se había perdido un detalle precioso. A los elefantes los había vencido la fatiga, no el vino, entre árboles de té. Su sonrisa en el sueño (los elefantes sonríen) no era de ebriedad sino de beatitud.

 

Otra visión puesta en duda y luego desmentida fue la de una civeta malabar que cruzaba fatigosamente una avenida por el paso de zebra en Meppayur, un pueblo de Kerala. Resultó que no era una civeta malabar sino india y, aunque enferma o vencida por la edad, no pertenecía a una especie hace tres décadas extinta. Un milagro, pero harapiento.

 

Hubo otras visiones. Las bandas de monos hambrientos que entraban a saco en Lopburi, al norte de Bangkok. El rumoroso vuelo caligráfico de los estorninos sobre el crepúsculo de Ahmedabad, en la provincia india de Gujarat. La extravagancia modernista de los pavorreales en Madrid. Las familias de lentos capibaras que llegaban a Tucumán desde Entre Ríos. La zarigüeya, cinco crías asidas a la espalda, por las calles Nieva, en Colombia. Los cóndores andinos en los altos balcones de Santiago de Chile, donde la policía cazó un puma que andaba por las calles. Los jaguares selváticos de Cancún desde la selva, las tortugas laúd que subieron del mar hasta Tulum. El mono que un policía en bicicleta persiguió por las calles de un barrio céntrico de Osaka.

 

La aparición del ciervo en la Iglesia de San Eustaquio no fue espontánea. Como en el caso de los pingüinos del acuario de Sheffield, no vimos una incursión, si bien en el segundo caso no había artificio. Las bandas de monos son fenómeno habitual en Lopburi, como los estorninos sobre Ahmedabad, y ver un ciervo o más de uno en las calles de Nara no es inusitado. Más infrecuentes son los jaguares en Cancún y las tortugas en Tulum, pero menos que los cóndores en Santiago. Olvidaba a los cisnes que no han llegado a Venecia porque fueron fotografiados en la isla vecina de Burano, en la que habitan desde hace décadas.

 

Muchos ven en la incursión de los animales en espacios urbanos una señal de la Madre Naturaleza que vuelve por sus fueros, como si no estuviera ya en el murciélago y en el gusto por la carne de murciélago. Se trata en realidad de una puesta en escena, armada por la ansiosa imaginación colectiva con hechos que ocurren cíclica o habitual u ocasionalmente, y parte de nuestra representación de la pandemia. Espectadores de nuestra imaginación, somos también sus actores. ¿Cómo explicar si no que, en barrios donde cualquiera tiene acceso inmediato sin salir de la cama al cine o los libros o la música que quiera, un tenor sienta generoso el impulso de cantar en el balcón? ¿O el gesto del chelista supremo que envía desde su casa un video casero en el que interpreta piezas a las que podemos acceder, con mejor definición de imagen y calidad de sonido, en cuanto queramos? O bien, privada del espacio público, confisca el espacio privado del vecino y se pone a batir la cacerola con el de enfrente. Llevamos una década larga con el retintín de que la gente vive aislada, sin apartar los ojos de la pantalla, y apenas la obligan a quedarse en casa resulta que no aguanta un día en soledad o en familia y sale a los balcones a cantar en coro, si no es que desobedece y se lanza a los bares.

 

La soledad y el aislamiento, el tedio y la ataraxia nos son insoportables. De ahí la incesante manifestación de impaciencia que irrita la plaza pública virtual. No sabemos quedarnos tumbados mirando al techo. Necesitamos poner en escena nuestro confinamiento; mostrar, con exasperación, con énfasis y mayúsculas, que estamos afectados. Que tenemos miedo y el miedo, quién no lo sabe en el fondo, busca el contagio. Pero no sé si lo tenemos.

 

Todo ocurre en otro lado. Si levanto los ojos de la pantalla y me asomo por la ventana, es probable que vea una grulla en las ramas altas del árbol del jardín vecino. O unos cuervos: es casi inevitable. Con salir a la calle y andar tres cuadras llego al río, donde hay patos y garzas. Tejones por todos lados. Un par de kilómetros al este, en la orilla de la ciudad, se ven ciervos, bandas de monos, de vez en cuando un jabalí. Podría ir ahora mismo. En Kioto no hay orden de confinamiento y, salvo la mascarilla que nos ponemos al entrar al supermercado o abordar el autobús, la vida sigue normalmente. Lo que no hay es moscas.

 

Kioto, 2 de abril, 2019

 

FOTO: Los habitantes de varias ciudades japonesas han salido a las calles con cubrebocas para recibir la tradicional temporada de cerezos en flor./Eugene Hoshiko/AP

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