De padres, hijos, destinos y revoluciones

May 3 • Lecturas, Miradas • 2419 Views • No hay comentarios en De padres, hijos, destinos y revoluciones

 

POR MARGARITA PEÑA

 

En el terreno de la ficción histórica de Ignacio Solares, a Un sueño de Bernardo Reyes antecedieron La invasión (avanzada norteamericana de 1847 en territorio mexicano), Madero, el otro (los intríngulis metafísicos del presidente), El Jefe Máximo (encumbramiento, realidad y fantasmagoría en Plutarco Elías Calles), y muchos otros títulos en novela y teatro.

 

Como cincelador de personajes y fotógrafo a distancia de escenarios históricos, en esta y en novelas anteriores Solares no puede permitirse, en sentido amplio, la técnica de autor omnisciente. Sus creaciones deben ajustarse a hechos concretos (historia) y acciones de hombres públicos, de sobra conocidos, delimitados, consignados por la posteridad. Sin embargo, Solares utiliza la imaginación; plantea situaciones que involucran a los actores del conflicto, dan pie a la descripción de una realidad periclitada y a la creación literaria propiamente dicha. Asimismo, maneja un haz de temas fundamentales en el conflicto político: lealtad, traición, amor, odio, sinceridad (de lo más escasa), hipocresía, disimulo, generosidad, villanía. Una lista de pecados capitales y algunas virtudes.

 

Las más, en su personaje, Bernardo Reyes, por el cual el escritor toma partido. Construye arquetipos: Huerta, el traidor; Madero, la víctima propiciatoria; Reyes, el colaborador (casi vasallo) leal del dictador derrocado, y por esa lealtad maniatado, impotente. El arquetipo de Reyes se cuelga otra insignia al uso: la de la moral sin religión, es decir, la de masonería, tan de moda en el XIX, resabio de una Inglaterra preindustrial, una Francia posrevolucionaria, en mucho galicana, que abjuró del catolicismo tradicional y aceptó a personajes como el Abate Grégoire, cura galicano al que llegó a calificarse de regicida, por aquello de la decapitación de Luis XVI.

 

El calificativo, sin embargo, no parece apropiado para un hombre que predicó la igualdad en su más amplio sentido respecto de la raza negra (fue venerado en Haití); al indígena americano (admiraba y glosaba a fray Bartolomé de Las Casas por influencia del cercano fray Servando Teresa de Mier) y al pueblo judío. Aun cuando no se equiparan galicanismo y masonería, ambos serían producto de una época en que los valores morales y sociales sustituyen a la religión. Valores que se enseñorean posteriormente en un México que no abandona a la Guadalupana pero se deja conquistar por estilos y doctrinas, y sus hombres celebran ritos que los llevarán por caminos no convencionales, rumbo al poder.

 

Refiriéndose a la iniciación de Bernardo Reyes en la masonería, cuenta Solares: “En una de las paredes resaltaba el triángulo masónico, en el que brillaba una estrella, cuya luz inextinguible disipa las tinieblas de la ignorancia. En el centro, había una gran G —símbolo del Gran Arquitecto del Universo— que dirige el camino a la sabiduría, que a partir de ahora debería empezar a recorrer” (p. 64). El personaje, caracterizado como producto de su momento histórico, es un militar-intelectual bibliófilo, masón, virtual candidato a suceder a Díaz en la silla presidencial; gobernador aclamado de Nuevo León, caudillo natural esperanzado en la sucesión presidencial antes de la entrevista definitiva con el hombre de la mandíbula cuadrada, el irreductible presidente Díaz.

 

Maniatado tras la declaración explícita de este —a lo largo de la reunión propiciada en Palacio— de continuar en el poder. Disminuido, reducido por su lealtad al jefe, ¿al padre? Finalmente, de acuerdo con el sesgo de los acontecimientos, una lealtad obsoleta, inútil.

 

La novela se sustenta sobre el binomio padre-hijo, relación quizás no tan socorrida literariamente como la relación con la madre (el infaltable tópico de Edipo), pero frecuentada con decoro por algunos: Kafka, Sciascia y otros. Nos quedamos, me quedo, con la tentación de hurgar en los primeros años de Bernardo Reyes; en el “nadir”, orígenes, mitos familiares, presencias, carencias de infancia.

 

Bernardo Reyes es hombre de armas y letras, semejante a aquellos del Renacimiento español: un Diego Hurtado de Mendoza al servicio de emperador Carlos V. Las aficiones literarias del protagonista son evidentes en el pasaje del capítulo IX: “Los libros y las armas”, que rescata un diálogo entre Alfonso Reyes —nuestro Alfonso escritor— y su padre Bernardo: “Cuando Alfonso le preguntó cómo logró escribir un libro tan emotivo y a la vez tan veraz sobre Porfirio Díaz, su padre le contestó: Porque, como cuando Napoleón le preguntó sobre cómo pudo escribir el Werther, a la vez tan sentimental y perfecto en su lenguaje, Goethe contestó: “porque está escrito con la sangre del corazón” (p. 50). Ejemplo aplicable a la muerte del militar Bernardo: sangre y corazón que, al derramar en el asalto a Palacio, Reyes ofrendaba, sin proponérselo, en el altar de Díaz. La invención se sustentan a un tiempo sobre los hechos y sobre su indagación e interpretación.

 

Las atmósferas de la novela responden al designio de trasladar a la página la intimidad hogareña del general Reyes en términos de ambientes de la novela decimonónica. “Había un escritorio de caoba, en el que destacaba un artefacto para liar cigarros; en las paredes, además de los estantes de libros, fotos familiares; una vitrina con armas; en un rincón, algunos sombreros de cuero y monturas. Por las ventanas se veían las montañas, encendidas por el sol de la tarde, y dos mujeres sacando agua de un pozo cercano”. Descripción literaria intimista. En lo plástico, a lo Saturnino Herrán.

 

Volviendo sobre lo dicho: de los varios tópicos, el de la relación cardinal, determinante, entre un hombre —el padre— y otro hombre, el hijo, daría, en términos literarios, para resmas de papel. Dentro de esta díada hijo, me aboco ahora al hijo. El recuento de los hechos históricos en que participaron Bernardo Reyes y su hijo Rodolfo (que no Alfonso) enmarcados en el ataque a Palacio Nacional, precipitados por la turbulencia que presidió la caída del presidente Madero, es el punto axial de la novela y da lugar a una trama repleta de incidentes personales y políticos. En cuanto a los personajes, Solares crea una apretada trabazón de intenciones y sentimientos paternofiliales (Bernardo y Rodolfo Reyes). Gestos heroicos: cubrir instintivamente el cuerpo del hijo con el propio y recibir en él la descarga mortal.

 

Se describe, se escenifica la red de complicidades fundada en el amor del padre al hijo, en la impulsiva lealtad del hijo al padre al unírsele en una cargada, con un propósito político que no es propiamente el suyo —el ataque a Palacio y virtual derrocamiento de Madero— y que conduce a la muerte. Rodolfo Reyes, como muchos jóvenes, pugnaba por la sucesión en términos de un partido nuevo, no por medio de la violencia. Las circunstancias pusieron a ambos, padre e hijo, en situaciones límite, en la estacada.

 

El libro no recrea un mito sino hechos incontrovertibles, trágicos; no plantea una presencia-ausencia mítica de la figura paterna, como la de Odiseo buscado por Telémaco en La Odisea; o el deambular agobiante de Eneas con el padre Anquises sobre sus espaldas en La Eneida, sino el encuentro de un hombre vivo, el hijo Rodolfo, con la figura paterna real, esencial, en el episodio del ataque a Palacio, en la escena del cuerpo masacrado del padre, Bernardo, que yace sobre el hijo, protegiéndolo de los disparos la mañana del 9 de febrero de 1913. Si hay una suerte de anagnórisis padre-hijo, esta será dictada por la fatalidad, en el sitio de la batalla.

 

El asalto desesperado de los antimaderistas nos coloca ante una escena que deviene emblema del sacrificio paterno, y que pudiera haber sido trasladada al mármol en un monumento, como tantos otros emblemas del Amor, la Patria, la Libertad (pienso en Delacroix y La Libertad guiando al pueblo), recurrentes en la plástica, plena de alegorías, de los siglos XVIII y XIX. Estamos asimismo ante una especie de écfrasis básica: la representación en palabras, en términos literarios, de un túmulo, una escultura humana susceptible de dar lugar a una representación plástica. En cuanto a los disparos, no han sido ordenados propiamente por Madero sino por una especie de fuerza kármica que al acabar con Reyes tuerce el destino de la patria despejando el camino a otro actor del drama —el villano Huerta— hacia la silla presidencial y el poder absoluto. Actor que se oculta tras bambalinas.

 

Clímax que, a la manera de Esquilo o Eurípides, obliga al repaso de los hechos, sus antecedentes. Un fin trágico para una novela histórica sobre el fracaso no sólo del proyecto maderista, sino del sueño presidencial del general Reyes. Estorbado en su génesis por la contumacia del dictador Díaz, ensombrecido por la presencia fantasmal de Huerta, tronchado finalmente por un designio falaz y las balas “maderistas”, que paradójicamente se cebarían poco después sobre el propio Madero y servirían finalmente a los propósitos del tirano del monóculo y la copa en la mano.

 

Dentro de los parámetros de la novela-ensayo (novela histórica, novela política), esta se fundamenta en la investigación documental: Benítez, Bulnes, Fuentes Mares, Garciadiego, Josefina González (citada textualmente), Martín Luis Guzmán, el contemporáneo Antonio Saborit, el propio Alfonso Reyes en esa pieza famosa, ejemplar: “Oración del 9 de febrero”, y demás autoridades en el tema. De Alfonso Reyes cabe decir que, tras el traumático final del padre, viajó a Francia y se refugió en la Legación de México en París, desde donde alimentó una nutrida correspondencia con Pedro Henríquez Ureña.

 

Pudo relacionarse con hispanistas franceses como Raymond Foulché-Delbosc fundador de la Revue Hispanique, y seguramente también con Alfred Morel-Fatio, el notable hispanista miembro del Collège de France, que fuera curador de la Sección de Manuscritos Hispánicos de la Biblioteca Nacional de Francia, cuya biblioteca personal se guarda en la Biblioteca Municipal de Versalles, allí, a una cuadra del Palacio de Luis XVI y María Antonieta. Pude visitar ambas bibliotecas en 1982 y en 1993. La primera, todavía por entonces en Rue Richelieu, Métro Richelieu-Druot. La segunda, acogida por un pequeño palacio en el que una placa recuerda que en ese lugar Lafayette y otros hombres “de pro”, firmaron el Acta de Independencia de Estados Unidos.

 

En cuanto a Rodolfo, el hijo, protagonista con Bernardo Reyes de esta saga familiar, publicó en Madrid sus vivencias con el título De mi vida. Memorias políticas (1899-1913) (volúmenes I y II, Biblioteca Nueva, 1929), también mencionada en la bibliografía por Solares. Alguna vez, Rodolfo escribió: “Mi padre dio por hecho que el día 14 de diciembre de aquel 1911 unos seiscientos hombres armados estaban esperándolo a unas leguas de Laredo, México, pero recibió un falso aviso… Me sorprendió y dolió enterarme de su rendimiento a los pocos días en Linares…” (p.116). Alfonso conjuró el fantasma del padre y el acre sabor de su muerte sumergiéndose entre libros, manuscritos y erudición. Rodolfo no dispuso seguramente de ese paliativo.

 

Para ambos Bernardo Reyes, el padre, sería siempre el héroe que se decía “llamado a enderezar los derroteros de mi pueblo, a corregir los errores cometidos por Madero”, y que afirmaba que “con la debilidad de Madero no se podía gobernar a un país a punto de incendiarse…” Lucidez, clarividencia, en cuanto a Madero y el México de Madero, que sin embargo no lo ayudó a prever su propio fin. Un final que, de acuerdo con Solares, una vez asumida por Bernardo Reyes la humillante consigna de Díaz; reprimidas por malentendida obediencia al dictador sus brillantes dotes como gobernante y expectativas como presidente; consumado su propio sacrificio político, podría interpretarse como un suicidio.

 

Ignacio Solares, Un sueño de Bernardo Reyes, Alfaguara, México, 2013, 124 pp.

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