El dinero y la visión puritana

Sep 23 • Conexiones, destacamos, principales • 1416 Views • No hay comentarios en El dinero y la visión puritana

 

El autor de Fortuna, obra galardonada con el Premio Pulitzer de Ficción 2023, habla de lo que llama “cualidad ficcional” de los bienes y la economía, sobre todo cuando el éxito material se basa en un sistema de creencias como ocurrió con la fundación de Estados Unidos

 

POR LEONARDO DOMÍNGUEZ
En los años 20, la ciudad de Nueva York se convirtió en el epicentro del exceso y la opulencia. Un periodo en el que el dinero fluía como champagne en una fiesta interminable, pero era un elixir destinado para unos cuantos predilectos. En medio de este torbellino de extravagancia, el magnate Benjamin Rask y su esposa Helen se alzaron como íconos de la élite neoyorquina.

 

Sin embargo, al igual que el fulgor de un amanecer, el éxito de los Rask comenzó a desvanecerse, el matrimonio quedó atrapado en una telaraña de sospechas que amenazan con desgarrar su mundo de opulencia. Este es el punto de partida de Fortuna, la novela de Hernán Díaz que ganó el Premio Pulitzer de Ficción 2023.

 

Esta obra que publica Anagrama nos arrastra a las vísceras del capitalismo, un artefacto literario que nos permite examinar el poder del dinero en nuestras vidas, su capacidad de corroer nuestras relaciones personales y cómo la ambición se torna una sombra omnipresente.

 

Díaz nació en Buenos Aires, Argentina (1973), pero el golpe militar obligó a su familia a exiliarse en Suecia. Fue ahí que germinó su encanto por la literatura inglesa, una especie de hechizo que lo ha llevado a perseguir y narrar en la lengua de Virginia Woolf. Desde hace 25 años Hernán vive en Brooklyn, imparte clases en la Universidad de Columbia; en su primera novela, In the distance, también se sumerge en el delirio por la riqueza, en esa ocasión por la Fiebre del Oro en Estados Unidos.

 

A través de cuatro narradores, en Fortuna (originalmente titulada como Trust), Hernán se aproxima a distintos estilos de novela, un ejercicio polifónico que dibuja la dimensión del poder y la riqueza en el siglo XX, pero que, quizá, podría ser un espejo de nuestra época.

 

¿Qué te motivó a adentrarte a las entrañas de la crisis financiera del 29?

 

El origen de la novela fue el capital y la riqueza. Originalmente, la trama iba a transcurrir en nuestro mundo contemporáneo, pero me di cuenta de que si escribía una historia sobre la industria financiera de hoy los lectores sólo estarían en su celular o checando Bloomberg, y me deprimí; espero nunca escribir una novela con mensajes de texto, tal vez en algún momento sea necesario, pero espero nunca llegar a eso. Me quedó claro que la contemporaneidad no era la mejor opción, pero seguía con ganas de hacer algo en torno a las finanzas. Me interesan esos momentos altamente fosilizados de la historia norteamericana, momentos fetichizados, mi novela anterior fue sobre la Fiebre del Oro. Me pareció muy natural irme a los años 20, al Crack del 29 y la depresión de los 30.

 

¿Qué papel juega la riqueza en la identidad estadounidense?

 

Es una pregunta complicada porque la riqueza juega un papel central en todas las culturas, no conozco una cultura que sea indiferente al dinero. Lamentablemente, desde la Revolución Industrial lo que nos aúna mundialmente es la primicia que ocupa el dinero en nuestras sociedades; hay puntos de fuga, la literatura aspira, al menos para mí, a ser un escape respecto a las relaciones determinadas por el dinero. En el caso de Estados Unidos, es muy visible el lugar que ocupa el dinero porque ha sido elevado a una altura trascendental y con cierta dimensión mística, creo que esto viene del puritanismo, de esta noción de que el éxito material en este mundo es un signo de la redención del próximo: una idea eminentemente calvinista. Esa es mi visión del capital en Estados Unidos, pero me gusta poner una nota al pie y decir: “Ojo, es cómodo endilgarle esto sólo a los Estados Unidos”, cuando la desigualdad, la injusticia y la obsesión por el dinero se ve en todas partes.

 

Parece que el dinero y la ficción tienen un vínculo en común, su capacidad de reconfigurar el mundo…

 

El dinero como la ficción tienen un carácter convencional, se sostienen en virtud a la confianza y creencia: creemos en el sistema monetario, creemos en una narrativa, y si esa creencia se resquebraja todo se desmorona, los sistemas financieros entran en crisis cuando dejamos de creer en el poder adquisitivo de una moneda. Si aceptamos esta premisa de que el dinero tiene una cualidad ficcional, también tenemos que aceptar la conclusión de que las ficciones pueden ingerir en nuestras vidas y afectar la realidad en mayor o menor medida. Toda creencia implica una forma de complicidad, esto se ve muy claro con cualquier texto literario, es lo que Samuel Coleridge llamó la “suspensión momentánea”, cada texto demanda cierta complicidad con el lector; sino existe, no hay juego. Por ello, mi novela también está organizada en cuatro partes y tiene una estructura polifónica, se me ocurrió que sería interesante que los lectores tuvieran a la mano distintos textos. Cada una de estas secciones son una invitación a revisar esos protocolos y contratos tácitos que preexisten en cualquier acto de lectura.

 

La familia que retratas en tu novela, los Rask, bien podrían ser los Rockefeller o cualquier otra que desde hace décadas controlan la política y economía de nuestro mundo. Me causa nerviosismo que sean unas pocas familias las que marquen la agenda global.

 

Por supuesto que da miedo. Si pensamos en Latinoamérica, durante muchos años hubo un puñado de familias latifundistas que manejaban la política y el curso de la historia en Argentina. Lamentablemente, una vez más, no es un fenómeno circunscrito a Estados Unidos, la concentración de la riqueza y el poder genera este tipo de situaciones. Me parece que hay momentos de gran concentración y de creación de inmensos monopolios. Por ejemplo, en la década de 1880 hubo grandes acaparamientos, que luego el presidente Theodore Roosevelt intentó diluir a través de ciertas leyes; en la década de 1920, comienzan de nuevo estos intentos de inmensa de riqueza, pero llega el Crack y el New deal de Franklin D. Roosevelt; hago un salto muy grande, en los años 80, con Ronald Reagan, vuelve esta gran concentración de la riqueza. Ahora estamos en un proceso de inmensa concentración y de inmensa desigualdad, y de monopolios que deberían ser destruidos.

 

Comentabas que en la sociedad estadounidense hay cierta devoción por el capital, ¿se llega a considerar al magnate como un héroe?

 

Sí y es una figura eminentemente masculina, que quería examinar en el libro de forma transparente. La historia de las finanzas y el capital, insisto no sólo en los Estados Unidos, es una historia que va de la mano con la historia del patriarcado y esto es algo que me interesaba revisar, el carácter eminentemente masculino del capital.

 

¿Esa figura de magnate es lo que le permitió a Donald Trump llegar a la presidencia?

 

No sé si Trump es un magnate, creo que mucho de eso es mentira y ahora está en juicio por inflar el valor real de sus riquezas. Sin embargo, sí tiene que ver con lo que conversábamos sobre el lugar trascendental y místico que tiene el capital en los Estados Unidos y la figura heroica del self-made man que impone su voluntad al mundo, aunque Donald Trump es la versión farsesca, el hombre es un payaso desalmado y todo sus negocios han entrado en bancarrota, es el anti-Midas: todo lo que toca se derrumba.

 

¿Qué tienen en común los magnates de los años 20 con los que ahora tenemos?

 

Hay una gran similitud. Es gente que ha hecho una lectura muy veloz o ha heredado una versión totalmente fanática de Adam Smith, del libre mercado que siempre se autorregula, que nunca se equivoca y que por lo tanto no debería tener ningún tipo de intervención estatal, que la acumulación de la riqueza en determinado momento se desborda y beneficia a la población en general, situaciones que se han demostrado una y otra vez que son falsas; esa noción equivocada de que lo que es bueno para los accionistas también beneficia a la sociedad.

 

Algunos capítulos los desarrollas a través de voces femeninas. ¿Cómo ha sido ese desafío de construir cuatro voces distintas con estilos distintos?

 

Fue divertido y espero que sea divertido para el lector. Es una ventaja ser una especie de nerd de la gramática, lo que hice fue generar cuatro guías de estilo diferentes para cada una de estas voces y para cada uno de los autores, detallando exhaustivamente la puntuación que usaba cada uno de ellos, el tipo de sintaxis, el tipo de subordinación, de elecciones lexicales; fue divertido tratar de encontrar estas voces.

 

Publicaste el primer libro después de tus 40 años. Hay algunos escritores que terminan arrepentidos por haber publicado tan jóvenes. ¿Cómo fue este proceso para ti?

 

Me publicaron tarde, no porque no escribiera, he escrito toda mi vida, sino porque nadie quería publicar mis cosas; es muy difícil ser publicado en los Estados Unidos. Fueron muchos años de amargura, enojo, resentimiento y de sentirme un poco loco porque yo seguía escribiendo pero el mundo me decía que parara. Cuando salió mi primera novela, hubo el interés en publicarme más obras así que me puse a revisar algunos de mis escritos y son cosas que me gustan, pero que demandarían una reescritura profunda y la verdad, en este momento, me parece que sería ir en contra de la vida, no debo dar marcha atrás, este es el momento para pensar cosas nuevas y si en algún momento hay una sequía creativa tal vez vuelva, pero no por ahora; estoy contento de que no estén publicados.

 

¿Cuál es la mayor fortuna de Hernán Díaz?

 

La felicidad en la literatura y el amor de mi familia, esas son mis fortunas.

 

 

 

FOTO: Hernán Díaz nació en Buenos Aires, Argentina (1973), pero el golpe militar obligó a su familia a exiliarse en Suecia. Crédito de imagen: Germán Espinosa /El Universal

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