Esther Seligson y la escritura en espiral

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A 10 años de su muerte (8 de febrero de 2010), Esther Seligson sigue convocando una cercanía con la literatura donde la filosofía, la mitología y la errancia son parte de su universo inquietante y entrañable

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POR MARY CARMEN SÁNCHEZ AMBRIZ

Hay quienes tienen la habilidad de pelar una manzana sin que la cáscara se fragmente y entonces se forma una especie de pergamino rojo, casi inquebrantable. Esa imagen remite a la escritura de Esther Seligson (Ciudad de México 1941-2010): circular, profunda, contenida, atávica, introspectiva, en movimiento, sutil, reveladora.

 

Es una autora atípica de intereses diversos, que a veces es complejo ubicarla solamente en una tradición judía, hindú o tibetana. Sus pasiones eran el teatro y las religiones comparadas, pues creía firmemente que el origen de la escena dramática residía en lo religioso. De ahí se desprendieron otras obsesiones que marcaron su vida, por ejemplo su viaje al Tibet fue esencial para que decidiera mezclar religiones y luego, por medio de una decantación, obtenía lo que creía lo mejor de ellas: se volvió practicante del budismo tibetano y solía decir que su ángel protector era la diosa Tara. Esta deidad es la que ayuda a cruzar las aguas de la ilusión, del sufrimiento o del Samsara hacia la orilla de la liberación; o también es vista como una estrella que orienta en la navegación espiritual.

 

En ella lo sagrado era la palabra. Acaso pensando en Gaston Bachelard, se definía como una soñadora de palabras escritas. Desde una reseña de teatro, un poema, un ensayo hasta un texto —como solía nombrar a sus escritos tomando en cuenta lo hecho por Marguerite Yourcenar en Fuegos—, se encauzaba en un tipo de escritura que innumerables ocasiones usó para cerrar ciclos. En el budismo por encima de todo el cosmos simbólico se erige el símbolo del círculo —la Rueda de la vida— que hace girar a la naturaleza con sus ciclos, ritmos y movimiento eterno; representa totalidad, integridad y realización.

 

Al amparo de la diosa Tara, especie de rosa de los vientos que fue su guía en varias de sus navegaciones, Seligson indaga en esa “nada repleta de secretos y hoyos negros que es la memoria”. Lo hace con paciencia, inmersa en la nostalgia como si realizara un viaje interior, un palimpsesto de las distintas etapas que le tocó vivir. Quizá la imagen de la manzana y la cáscara sea una representación cercana al palimpsesto que le interesa escudriñar. La memoria es un instrumento indispensable que nutre su bitácora secreta, severa y antisolemne, lúcida y dolorosa e insatisfecha; la escritora se confiesa, reinventa, tropieza, levanta, soporta y entreteje juicios que la ayudan a seguir los principios cabalísticos: “Nombrar a las cosas por su nombre es sacarlas de la oscuridad y elevarlas hacia la luz”.

 

La filosofía, la mitología, la errancia y los recuerdos quedan engarzados en esos pasajes de su vida. Seligson asimila de Proust la manera de abordar la memoria, como un laberinto antisolemne, abierto a cambios inesperados y desplazamientos. Como ella misma apunta en el libro de ensayos A campo traviesa (Fondo de Cultura Económica. México, 2005), “la obra de Marcel Proust será, no la búsqueda del tiempo perdido, sino de la manera de descubrir y de iluminar (éclaircir) la vida para convertirla en objeto estético, en ‘cosa literaria’. Una búsqueda, no del fluir sensible del tiempo, sino de su deslizarse inteligente: captar la duración, no la sucesión. Sumergirse en lo fugitivo y temporal, pero no a través de los acontecimientos y detalles mínimos que engruesan la cotidianeidad (como sería el caso de Virginia Woolf), sino de la interrupción de etapas cuya duración sólo se hace consciente al ser todo su fluir” (pag. 17).

 

 

Ante la crítica
Así como el novelista francés, ella no deseaba conformarse con lo simple: aborrecía las etiquetas, los lugares comunes y los atajos literarios. Apostaba por sacar al lector de una zona de confort y quizá eso se debía que no era una autora de multitudes, sino como dice un verso de Quevedo, de “pocos pero doctos” lectores. Geney Beltrán Félix explica en el epílogo a los Cuentos reunidos, de Esther Seligson (Malpaso. México, 2017), que “dominada por una mezcla de aristocrático orgullo y extrema timidez, no hizo nunca el menor esfuerzo por frecuentar los sellos trasnacionales ni por cabildearse premios aquí y allá; más aún, el carácter franco y retador de su persona poco hacía para dotarla de habilidad en el género literario que más ayuda la carrera de los escritores en México: las relaciones públicas” (p. 389).

 

¿Como se trataba de una escritora diferente en su momento no fue leída con atención? Encasillarla como rara sería caer en una inmediatez sin fundamento o repetir falacias que en nada contribuyen a explicar su obra. ¿Era rara porque hallaba en los mitos actualidad y acertaba incorporarlos en sus textos, un abanico de espejos? ¿Probablemente es inclasificable porque su prosa no muestra concesiones estilísticas? ¿Solía ser poco convencional quizá porque, como Edmond Jabès, iba en busca de alquimia cotidiana a través de la palabra?

 

“A alimentar el lugar común colabora buena parte de los reseñistas: por una confesada flojera profesional se dicen interesados por las obras inclasificables —que sin embargo los obligan a estudiar— pero sobre todo celebran como refrescantes los escritos anecdóticos, ligeros, periodísticos”, indica Alejandro Toledo en Lectario de narrativa mexicana. (Ediciones Sin Nombre. México, 2002) (p.169).

 

Seligson era exigente consigo misma, detestaba los facilismos literarios, la simulación. Poniatowska la retrata “definitiva, difícil, rotunda. Pedía al lector un esfuerzo, pretendía crear un lector sabio como ella, que entendiera y se identificara con sus pasiones”. ¿Cómo fue recibida por la crítica literaria? En realidad figuran pocos registros sobre su obra. Ha contado con lecturas atentas de José María Espinasa, Alejandro Toledo, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Geney Beltrán Félix, Fabienne Bradu y Sandra Lorenzano.

 

Christopher Domínguez Michael en el Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) (Fondo de Cultura Económica. México, 2007) le dedica escasamente un par de páginas, observa que el sustento de la obra de Seligson se debe a que ella ha aprendido de sus maestros —autores traducidos por ella: Cioran y Jabés, por ejemplo— y que “les ha dado la custodia de su conciencia, de su buena y de su mala conciencia”. Aunque reconoce que Luis Ignacio Helguera debió de haberla incluido en la Antología del poema en prosa en México, señala que no todo lo que ha escrito Seligson le satisface y que “en muchas de sus páginas abunda como defecto lo que en otras es virtud: la entusiasta celeridad del estudiante que convierte en apuntes escolares todo lo que toca. Es frecuente que en Seligson me guste más lo que ella piensa que la manera en que lo escribe” (p. 455) También se refiere a que la narradora de origen judío ha escrito novelas líricas, “lo son no sólo por la textura y el énfasis de la prosa sino porque escenifican el gran tema de la novela lírica: el yo que se aventura en la búsqueda de su identidad. En Seligson esa travesía termina, si es que se puede terminar, en la incesante interpretación de la Escritura” (p.455).

 

 

El síndrome Seligson
El libro más personal de Esther Seligson es Todo aquí es polvo (Bruguera. México, 2010) volumen que en un principio iba a ser una novela, pero que conforme su escritura avanzó terminó convirtiéndose en un valioso compendio de memorias. Tal vez puede verse como la despedida de Seligson o un ajuste de cuentas con diferentes roles afectivos: su infancia, la relación con sus padres y hermana, la familia que formó, la muerte de Adrián, los viajes y demás periplos que hizo para poder atemperar el dolor de haber perdido a su hijo.

 

La escritora chilena Marcela Serrano en su novela El manto (Alfaguara. México, 2019) refiere que no existen palabras en español para cuando se muere una hermana o fallece un hijo, y tiene razón. Para lo demás sí lo hay, decimos “viuda”; “huérfana”; no obstante, se carece de una palabra designada a una mujer que ha perdido a un hijo, quizá porque el dolor es inmenso y ningún vocablo puede representarlo.

 

La forma que Seligson eligió para despedirse de su hijo Adrián queda consignada en su poemario Simiente (Ediciones Sin Nombre. México, 2004). El kadish del doliente es una oración que rezan los judíos en honor del difunto para conmemorar su vida y cuando se cumple un año del descenso recurren al yahrzeit. Ella, a través de su escritura, empezó a intentar reconstruirse: “Columpia tu vuelo entre/ mis versos más que un recuerdo/ quiero el tono de tu voz/ sonriente travieso burlón y si llora/ agua de riego el llanto/luz de mediodía la tristeza. / Retoma/ como sea que fuere/ devuélveme tu voz” (pag. 61). Entre sus aciertos está la manera que tuvo de darle otro sentido a la tragedia, a través de la palabra.

 

Adrián Joskowicz Seligson reaparece en varios de sus libros, es una presencia fáustica constante —así lo observa la autora— desde Simiente hasta Todo aquí es polvo. El título de este último libro proviene de un verso de Geney Beltrán Félix citado por Seligson: “Se desdobla el viento en remolinos que/ enturbian la vista. Todo aquí es polvo”.

 

Si existe un común denominador en su escritura es que fluye en espiral —como ocurre en los antiguos libros de la literatura hindú—, dado que se cuenta y se recuentan las madejas que van tejiendo el tapiz de esa luminosa conciencia. En el recuento de los años —y daños—, de forma contumaz y cáustica, a través de la prosa intimista comparte el gozo de esos instants of beigns —a la manera de Virginia Woolf, resplandores fulgurantes que también fueron parte de Narsia, nombre con el que un sabio cabalista rebautizó a la autora antes de que abandonara Jerusalem.

 

Seligson era hija de un relojero, desde sus primeros años fue testigo de cómo mecanismos diminutos y exactos embonan a la perfección y, así sin previo aviso, cesaban de funcionar de manera categórica. Como el día que falleció su madre y su corazón detuvo el vaivén “con un simple ‘trac’ claro, preciso, seco. Ni espasmos, ni estertores, ni siquiera un suspiro. Creo que dejó de respirar mucho antes de que el corazón cesara del latir, pues el hálito de vida, ése que llaman alma, ya se había seguramente integrado a su origen divino y dentro de la osamenta sólo quedaba el vacío, la roca del Sísifo detenida en la cresta de la montaña, ingrávida”, registra en Todo aquí es polvo (pag. 25).

 

La crónica puntual y envolvente de sus viajes por Israel, España, África, India y Portugal queda aderezada con el Síndrome Seligson, que define como “impaciencia de ser, “una especial sensibilidad para la autodestrucción, que tampoco se trata de un privilegio o Gracia, pues cada familia carga por ahí en su árbol genealógico alguna ‘semilla maldita’, de otra manera no habría Literatura, para empezar y, para continuar, yo hablo de mi linaje y sus sacerdotes sin reino y sin corona” (pag. 128).

 

 

En febrero azulean las jacarandas
En esta autobiografía —y despedida literaria— la escritora se observa como Antígona, la que plantea las preguntas hasta el fin. Y una de esas interrogantes ella misma la enuncia: ¿miedo a la muerte? “No: a lo que muere, a la neutralidad afectiva, al insidioso silencio, al vivir en el disimulo” (pag. 97).

 

El tema de la muerte representa otro hilo conductor que enjuicia en su inquietante monólogo. Cuenta que cuando cuestionaron al Rabí de Bratzlav sobre cuál era la expiración ideal, respondió algo que motivó a su padre, Szlome Zeligson, a vivir tranquilo sus últimos ocho meses vida: “Aquella cuyo último suspiro no perjudica a nadie; aquella cuyo último suspiro recuerda el crujido de los árboles en otoño” (pag. 66).

 

El 8 de febrero se cumplió una década sin Esther Seligson. A ella le habría gustado que sus cenizas quedaran dispersas en el río Tajo, desde Toledo, para unir sus amores. El segundo mes del año fue el mes de su partida y, curiosamente, es la época que la motivó a decir ante un día soleado en la Ciudad de México: “En febrero azulean las jacarandas”. El azul se exhibe como una premonición porque para ella “la muerte ha de ser entrar en un mar infinitamente poroso, azul zafiro, brillante, translúcido…” (p. 206).

 

FOTO: Esther Seligson también es autora de Otros son los sueños (1973), Tránsito del cuerpo (1977) e Isomorfismos (1991), entre otros./ Archivo EL UNIVERSAL

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