El anatema contra Sainte-Beuve

Feb 8 • destacamos, principales, Reflexiones • 1684 Views • No hay comentarios en El anatema contra Sainte-Beuve

/

/

POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL 

 

En 1952 apareció un libro póstumo de Marcel Proust titulado Contra Sainte-Beuve. Era una reunión caprichosa de los papeles que el novelista escribiese en el llamado Carnet 1908, cuando tanteaba el camino que lo llevaría a En busca del tiempo perdido, cuya primera entrega aparecería hasta 1913. Bernard de Fallois, el compilador, colocó a Sainte-Beuve como la figura central de su selección. Es notorio que mientras hacía fermentar su obra maestra, Proust escogió al crítico decimonónico como el antiguo contra quien se batía en su calidad de nuevo moderno entrando a la arena.

 

Contra Sainte-Beuve se lee a caballo entre el ensayo, la conversación (de Proust con su madre, apenas fallecida en 1906) y la obra negra de un ciclo novelesco, al grado de que no pocos de aquellos fragmentos pasaron a En busca del tiempo perdido, lo cual motivó que en 1971 apareciera otro Contra Sainte-Beuve, armado por Pierre Clarac para la Pléiade, donde se omite todo aquello que fue a dar a la novela, dando por resultado un libro muy distinto al de Fallois. Finalmente, en 1997, se hizo una tercera versión –la traducción al alemán– que en opinión de los entendidos es la mejor.

 

Pero no es ésta la página para hablar del joven Proust y sus borradores sino del daño que ese libro hechizo hizo contra la reputación de Sainte-Beuve (1804-1869). Condenado por un gran novelista de la primera mitad del siglo XX, tras la edición de Fallois, el crítico prácticamente dejó de reeditarse durante los últimos cincuenta años de la pasada centuria y las opiniones en su contra, escritas en la intimidad por Proust en 1908, se convirtieron en un anatema compuesto de verdades a medias, mentiras y hallazgos muy pertinentes cuya esencia era, para no hacerles el cuento largo, acusar a Sainte-Beuve de practicar un “método” tan simplón como el juzgar a los novelistas y a los poetas por su vida y no por su obra. Se identificaba con falsía toda la crítica de Sainte-Beuve con un subgénero –inventado por él– de ésta: esas biografías al carboncillo conocidas como “retratos literarios”. La condena se basa en esa apreciación superficial, precisamente porque muchos de los defectos atribuidos al crítico y su charla son la carne de En busca del tiempo perdido. Quizá Proust nunca hubiera publicado, en vida, nada parecido a un Contra Sainte-Beuve.

 

El mentado método biográfico, si seguimos la leyenda negra levantada en nombre de Proust contra el crítico, lo habría conducido a equivocarse en la valoración de aquellos que nosotros tenemos por los franceses inmortales del XIX, desdeñándolos. Para rehabilitar a Sainte-Beuve tras su centenario, Michel Brix, el más importante de sus actuales estudiosos compiló, a su vez Mes chers amis… (Grasset, 2006), donde leemos lo que verdaderamente dijo el crítico de Henri Beyle alias Stendhal, Honoré de Balzac y Gustave Flaubert, para mencionar a tres de las celebridades maltratadas.

 

Desde la arrogante posteridad entendemos que al crítico, hijo de su época como cualquier otro hombre, compartió muchos de sus prejuicios pero hizo, también, observaciones que la crítica sigue compartiendo, justo porque una autoridad, la de Sainte-Beuve, nada menos, las estableció. A Stendhal, como casi todos en 1854, lo tiene por un interesante amateur que no sabía escribir novelas porque estaba demasiado ligado al siglo XVIII. Pero lo reconoce, empero, como un ejemplo de europeo cosmopolita quien convirtió –razonando– a los románticos, al principio monarquistas reaccionarios, en liberales casi revolucionarios.

 

Sainte-Beuve, a diferencia del propio Stendhal, quien sabía muy bien lo que estaba cocinando, no percibió el nacimiento, en sus narices, de la novela moderna. No eran muchos quienes la apreciaban: se trataba de un género bastardo, comercial y “poco literario”. No es extraño, así, que el padre de esa novedad –Flaubert– “culpe” a su Emma Bovary, siguiendo la opinión del vulgo, de intoxicarse leyendo “novelas románticas” como acaso lo eran las de Madame George Sand, que el errático Sainte-Beuve hallaba muy entretenidas.

 

A Balzac, lo leyó mucho Sainte-Beuve. Lo hallaba demasiado basto, muy popular y penoso practicante de una gramática impresentable ante la academia. Peor aún: el invento balzquiano más celebrado –la reaparición de sus personajes emblemáticos a lo largo de toda la Comedia humana– al crítico le parecía propio de la pereza. Pero lo juzgó por sus obras, no por su vida. Y en el caso de Flaubert –quien adoraba a Sainte-Beuve y escribió para él La educación sentimental que éste no alcanzó a leer–, las observaciones del autor de los Lunes –su colección crítica más citada aunque no la más anchurosa– sobre Madame Bovary son comedidas y muy estrechas porque una de las pruebas de la incomodidad del crítico ante la novedad del género es su manía de reseñar detalladamente las tramas, privando al lector de toda sorpresa. Tras él, ningún buen crítico comete esa descortesía.

 

Su desdén por Salammbô, de Flaubert, lo compartieron casi todos los amigos del novelista y no pocos de los míos, por cierto. De haber podido, los finos lectores decimonónicos de aquella novela cartaginesa la habrían descartado por “hollywoodense”. Pero nunca juzga a Flaubert por su biografía aunque menciona obviamente –cualquiera lo haría– sus viajes al Medio Oriente y al norte de África que inspiraron Salammbô.

 

No puedo detenerme en el caso de Chateaubriand: Sainte-Beuve, quien pasaba por su discípulo, lo alabó en vida y lo criticó ya muerto, ni de Victor Hugo. Frente al primero, el crítico fue humano, demasiado humano, porque quien no haya incurrido, alguna vez, en el escarnio de sus venerados y difuntos maestros, avienta la piedra y esconde la mano. Tampoco hablaré de esa suerte de trío protagonizado por Sainte-Beuve, Hugo y su esposa Adèle, pero diré que la verdadera injuria que el poeta no le perdonó al crítico fue cuando condenó, en 1835, para sellar la ruptura, la elocuencia hugoliana de la que se desprenden sus concurridos kilómetros de alejandrinos.

 

Brix, en Mes chers amis… no recoge la sorprendente reticencia de Sainte-Beuve ante Charles Baudelaire, su “querido muchacho”, de la cual Roberto Calasso sacó tanto provecho en La folie Baudelaire (2008). Crítico oficial del pacato Segundo Imperio ocupado en cuidar la moralidad pública –lo más intragable en él–, Sainte-Beuve no podía alabar a quien había sido perseguido judicialmente por Las flores del mal, pese a los ruegos del poeta y de no pocos colegas o lectores. (Aunque ello no le impidió hablar de la también encausada Madame Bovary).

 

Sainte-Beuve, no se olvide, fue de joven un bardo delicado, más cercano a los lagos ingleses que al romanticismo de su cenáculo. Se decidió por la crítica espantado por la vecina monstruosidad de su entonces amigo Hugo. (Llegaron a vivir puerta con puerta). Al final, en un rincón de su obra, Sainte-Beuve le dedicó a Baudelaire –quien moriría antes que él en 1867– unos párrafos que ya hubieran querido para ellos Stendhal, Balzac y Flaubert, redimiendo al viejo crítico ante los modernos. El ex poeta que dormía dentro del cuerpo tan despreciado del príncipe de los críticos, despertó para alabar la extraña locura de quien creaba una “Kamchatka romántica”. No habiendo comprendido la modernidad de la novela, el crítico convicto de alabar mediocridades, acertó a la hora exacta y musitó el nombre a descifrar por el futuro: Baudelaire.

 

Curiosamente, el supuesto “método de Sainte-Beuve”, según Proust, lo aplicaría ese enemigo de la literatura que fue Jean-Paul Sartre, quien publicó en 1947 un retrato existencialista del poeta Baudelaire sin decir nada sobre su poesía y hurgó hasta la náusea en la vida del novelista Flaubert para diagnosticar la idiotez de la sociedad burguesa, actividad a la que se dedicaba cuando sus discípulos lo relevaban de la labor de repartir panfletos maoístas.

FOTO: El escritor y crítico literario Charles Augustin Sainte Beuve en 1860./ Especial

 

« »