Ucrania: una guerra de trincheras en Europa

Mar 21 • Conexiones, destacamos, principales • 4450 Views • No hay comentarios en Ucrania: una guerra de trincheras en Europa

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El filósofo francés Bernard-Henri Lévy comparte en esta crónica su recorrido en uno de los frentes de batalla entre el ejército de Ucrania y los separatistas prorrusos, donde prevalece la incertidumbre de los pobladores y la retórica patriotera de ambos bandos

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POR BERNARD-HENRY LÉVY

 

Es un gran helicóptero de transporte militar que data de la época soviética. Vuela bajo, casi a ras de suelo y con la punta rozando la tierra para evitar los radares rusos. Al cabo de dos horas, después de haber sobrevolado un paisaje de planicies, de lagos congelados y de pueblos en ruinas que emergen poco a poco en medio de la noche, llegamos a Mariúpol. Fue ahí, en el cuartel general de la Navy Guard, que el Estado Mayor ucraniano organizó nuestro primer encuentro con los comandantes que, desde hace cinco años, se enfrentan a los separatistas prorrusos de Dombás. Pero no esperé hasta su sesión informativa. Apenas necesité las imágenes satelitales que mostraban tres cruceros rusos bloqueando, sin tener en cuenta el derecho internacional, el paso entre el mar de Azov y el mar Negro para confirmar la situación. El mercado de pescado del centro, casi vacío… Las tiendas de la avenida Lenin, mal surtidas…Los enorme altos hornos de la fábrica Azovstal giraban a velocidad media y emanaban nubes de humo negro y sucio, aunque sorprendentemente delgadas… Esa es una de las ciudades más grandes de Ucrania; producía, antes de la guerra, cerca del 10% del PIB del país. Al no poder someterla, los separatistas le han impuesto un bloqueo y están asfixiándola.

 

 

Shyrokyne, a 11 kilómetros más al este, fue el balneario de Mariúpol. De los 2000 residentes con que contaba, esta mañana sólo queda una pareja de antiguos hoteleros quienes, bajo protección de una unidad de la Guardia Nacional, vinieron para dejar flores en la tumba del padre, enterrado de prisa en el jardín familiar durante el año pasado. De las elegantes casas de las calles Shapotika y Pushkin, sólo quedan pilas de escombros muy parecidas a las que dejan, en Iraq y Siria, los bombarderos del Estado Islámico. ––Shyrokyne––, insiste Martha Shturma, la joven teniente que hará de interprete durante todo el reportaje, ––era un lugar para vacacionar muy normal. Basta con recorrer la orilla del mar cuyas aguas se han vuelto grises para notar que no tenía ninguna importancia estratégica. Y, en esta iglesia con el techo derruido, en esta clínica volada y reducida a sus pilares de concreto, en esta escuela que pulverizaron con armas de largo alcance y donde encontramos, como después de un terremoto, un pizarrón arrancado, cuadernos escolares medio calcinados y una mochila que se salvó de milagro, pensamos que los separatistas las destruyeron por puro placer. ¿Fue la rabia de haber tenido que marchar durante meses en las puertas de Mariúpol? ¿La venganza urbicida de los soldados que, antes de emprender la retirada, habrían aplicado la política de quemar la ciudad? ¿La dicha sádica de ver a los últimos habitantes huir, como Maxime y Tatiana, quienes volvieron esta mañana, bajo la línea de fuego? Estamos en 2020, en Ucrania. Pero hay que imaginarse un ejercito de vándalos que, al no conquistar Havre, redujeron a cenizas Honfleur o Deauville.

 

 

Pero la guerra no ha terminado. Tendré la prueba 30 kilómetros más al norte, en Novotroitske, en donde se posiciona el 10º Batallón de la Brigada de Asalto de Montaña. Fue necesaria una hora a través de un camino en mal estado, después de la carretera, en una “ambulancia” blindada y protegida con cruces rojas, para llegar a los destacamentos. Nos enteramos que, esa misma mañana, a las 7:15, mataron a un soldado e hirieron a otro. Pasamos la mañana allí, con el general Viktor Ganushchak y una unidad de fuerzas especiales; recorremos una interminable red de trincheras, sólo hay esquinas y obstáculos, como las calles de una ciudad enterrada. Algunas son profundas, parecen galerías apuntaladas con tablas y palos. Otras están descubiertas, ocultas detrás de una cortina de falsa hiedra gris, y no protegen más que si te doblas. Cada 50 metros, un hombre vigila, a veces en una casamata en donde calienta una estufa de carbón que irrita los ojos, a veces dentro de una tronera cubierta con heno viejo. El general está orgulloso de mostrarme esta línea bien hecha de centinelas disciplinados y que ya no podrán ser vencidos, como en las ofensivas relámpago de 2014 y 2015. No me atrevo a decirle que, frente a esos hombres extenuados, con los ojos hinchados de insomnio, a los que se releva cada seis meses y que, de tanto agotar el túnel de tierra con sus pasos, ya no saben en dónde están, tengo la impresión de un Verdún suspendido, congelado y terriblemente arcaico…

 

 

Krasnohorivka, a algunos kilómetros todavía más al norte, está muy cerca de Donetsk, la capital de la República autoproclamada del mismo nombre ––en realidad, es aquí en donde le dispararon a los dos hombres de esta mañana. Atravesamos Marienka, que se ha salvado de los combates. Vamos a la iglesia de la ciudad, intacta en lo alto de sus escaleras de piedra, cuyos fieles creen que las doradas cúpulas de cebolla los protegieron de la lluvia de bombas. Recorrimos los últimos kilómetros separando los vehículos de nuestra pequeña formación ya que el adversario está sólo a unos cientos de metros. Maxime Marchenko, el capitán de la sección, dice ––el adversario. Nunca lo escucharé decir, tampoco a ninguno de sus homólogos, ––los separatistas –– o ––los prorrusos. Para él, el motivo es bastante claro: quienes le disparan son los rusos y no los prorrusos. ––Mire­ –– me dice y me muestra los restos de un misil Grad. ––Sólo el Kremlin tiene armas parecidas. Venga a ver también esto… Subimos al séptimo piso de un edificio administrativo que se convirtió en cuartel general de la campaña, coronado con una torre de vigilancia. Ahí, con binoculares y a través de un resquicio construido en lo alto de una pared de costales de arena, divisamos los suburbios de Donetsk, esta ciudad inmensa que mucho tiempo se llamó Stalino y que, con sus edificios de concreto, sus fábricas dentro de la ciudad, sus escoriales y la osamenta metálica de su aeropuerto destruido, parece, a la distancia, el Jurassic Park de la época soviética. Después, en primer plano, se detiene un convoy de tanques Gvozdika, del mismo tipo de los que se producían en la segunda guerra de Chechenia y que, en efecto, no podemos imaginarnos que puedan venir de otro lado que no sean los arsenales de Moscú…

 

 

Es la zona de Myroliubovka, estamos todavía más al norte, pero más lejos del frente. Nos encontramos con un campo de tiro en donde se posicionan tres cañones de 155 mm. Es sólo un simulacro ––, se apresura a precisar el comandante de la plaza mientras vemos a una veintena de jóvenes artilleros ucranianos ocuparse de los cañones. Tampoco puede evitar agregar, y resumo ––miren estos monstruos de acero ; miren a estos hombres diestros en cargar y descargar a la bestia, en calcular el ángulo de tiro, en mover, recargar y maniobrar las cultas; somos un ejercito cívico; obedecemos las órdenes de nuestro comandante en jefe, el presidente Zelensky; y tratamos de honrar, a diferencia del adversario, el alto al fuego previsto en el Protocolo de Minsk; pero voy a decirles algo: ojalá que cambie la estrategia, que el Estado Mayor escoja una contraofensiva y nos ordene liberar los territorios perdidos en Lugansk y Donetsk, así Europa verá que este ejército de ciudadanos es una fuerza temible y, hoy por hoy, capaz de terminar con esta guerra. No puedo evitar pensar en el batallón que vi hace cinco años, en la época de Petro Poroshenko, en los suburbios de Kramatorsk, mismos que un bombardeo acababa de destruir. Me había parecido bastante inerme. Bastante vulnerable. Recuerdo a esos soldados con el rostro marcado con una palidez mortal, tan extenuados que se dormían de pie, apoyados en la pared de la sala en la que el presidente había improvisado una reunión de emergencia con sus comandantes ––uno de ellos, balanceándose en muletas. Fue un largo camino para llegar a la imagen que el día de hoy se vuelve evidente: ¡una Ucrania en pie y que se apoya en los hombros de algunas decenas de miles de soldados revolucionarios!

 

 

Piski, todavía más al norte, aunque también cerca de Donetsk, está completamente destruida y bombardeada. Tuvimos que entrar caminando, en fila india, detrás de la patrulla que vino a buscarnos. No quedan edificios en pie; sólo pabellones destruidos cuyas ventanas, desde entonces ciegas, se clausuraron con tablas puestas en forma de cruz. Calles con apariencia de terrenos baldíos que la hierba y la nieve se disputan. Ya no hay agua. Tampoco postes de luz o alcantarillado. De los pocos miles de almas que se calculaban en el área metropolitana antes del desencadenamiento de la locura, sólo quedarían tres familias escondidas en sus sótanos. ¡Quizá ni eso! ¡El jefe de la patrulla no los ha visto desde hace semanas! ¡Y quizá ––exclama, ríe y finge contar con los dedos de la mano––, en este paisaje del fin del mundo, no hay más sobrevivientes que él mismo; los francotiradores rusos infiltrados que, en cuanto cae la noche, disparan con infrarrojos; y unas pocas decenas de hombres con sus ametralladoras que están enterrados bajo la tierra y el hielo! En verdad, incluso ellos seguirán siendo invisibles. Incluso el comandante de humor negro parece atrapado en la irrealidad del lugar. Incluso Martha, la intérprete, tiene por primera vez la voz temblorosa, un poco ahogada, y su eco parece vibrar, más de la cuenta, en el aire frío. Se escuchan los gañidos de los gavilanes en la lejanía. Nos cruzamos con un perro flaco que lame el borde de un pozo de piedra. Otro, que terminó en un montón de escombros, con las patas tiesas. Piski es una ciudad fantasma. Los hombres y animales parecen espectros. Nada me aterroriza más que este paisaje destripado, sin vida, en donde se camina en medio de sombras pálidas y aletargadas.

 

 

Ignoro lo que me pasa. Especialmente porque esta guerra, que ya lleva 13,000 muertos, a los que se agregan cada semana, a pesar del cese oficial de las hostilidades, un promedio de diez víctimas nuevas, aunque un cadáver más no hace diferencia. Esta mañana me desperté con el deseo incontrolable de saber más sobre el muerto y el herido de Krasnohorivka, los de anteayer, a las 7:15, poco antes de nuestra llegada. Entonces me dirijo hacia el hospital rural de Pokrovsk a donde los evacuaron. El primero, Yevhen Shchurenko, está en la morgue, le volaron la cabeza, lleva un uniforme nuevo que le da un aire de mártir. El segundo está en piso, con otras cinco víctimas de los tiroteos de la semana, civiles y militares. En la cama de enfrente, hay un adolescente que agoniza lentamente, como si tratará de ahorrarse el dolor. Hay otro, extrañamente agitado, con sangre y saliva en los labios, el médico en jefe dice que un cañonazo lo volvió loco. En cuanto al herido que hemos venido a buscar, primero está taciturno. Tiene la mirada febril y ausente de aquellos a los que ya nada les importa, sólo sentir menos dolor. Después cambia de opinión. Apoyándose en la barandilla de la cama y retirando cuidadosamente la sábana para mostrar sus vendajes en el abdomen y el muslo, narra con una voz débil pero decidida dos cosas: cómo lo alcanzaron las esquirlas del obús cuando, después de los trabajos matutinos, se deslizaba en la trinchera para llegar a su puesto. Y que había confiado bastante en las patrullas europeas, las cuales se dice que están en la zona para garantizar el alto al fuego… Recuerdo entonces que, dos horas más tarde, esa mañana a las 10:30, vimos llegar dos autos blancos de la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, cuando nos disponíamos a abordar nuestra ambulancia, no muy lejos del lugar del tiroteo… Y recuerdo el comentario burlón de un oficial que nos decía a todos que esos “fantoches”, que llegaban como si fueran carabineros, tenían que haber estado ahí desde la madrugada… ¿Hay relación entre esto y aquello? ¿Entre el retraso y la tragedia? ¿Vine para comprobarlo? Quizás.

 

 

Stanytsia Luganska es la posición más al norte de la línea del frente. Ahí está el último de los puntos de paso que los beligerantes han dispuesto para los ucranianos de los dos lados. Formalmente, es un corredor cortado en dos por un alambrado de acero, una suerte de aduana lo controla en cada extremo; separatista en el este, nacionalista en el oeste. Sólo hay un detalle que salta a la vista. A esta hora, casi no hay nadie que recorra el camino hacia la zona separatista. Mientras que, en sentido inverso, hay filas interminables de babushkas con bolsas, viejecitos empujados en sillas de ruedas o jóvenes que han hecho la cola desde la madrugada. Y, cuando les pregunto, me dicen ­que Ucrania, que ve a los habitantes de Lugansk y Donetsk como rehenes de los separatistas y de Putin, sigue reconociéndoles sus derechos y, por lo tanto, les paga sus pensiones. En cambio, a las repúblicas separatistas se les considera administraciones espurias, y estos miles de pobres personas tienen que retirar su dinero en los cajeros de los bancos de la Ucrania leal. Además, el verde paraíso putiniano se ajusta bastante a la imagen de Jurassic Park que vi desde la torre de vigilancia en Krasnohorivka: las tiendas están vacías y estas personas seguirán gastando sus paupérrimos retiros y abasteciéndose con artículos de primera necesidad para todo el mes en la Ucrania libre… A decir verdad, me cuesta trabajo entender porqué no deciden, de una buena vez, ahorrarse esas idas y vueltas extenuantes e instalarse en el lado correcto. Se me ocurre que quizás existe, en la aceptación de ese calvario semanal, la versión putinizada de la vieja servidumbre voluntaria soviética. En esta guerra, ya no tenemos derecho a preguntarnos quién es el rehén de quién, después de haber visto las filas de migrantes del interior a quienes se les entreabren las puertas de su prisión “separatista” en una día y hora específicos…

 

 

En Zolote, cerca de Louhansk, otra vez hay trincheras. Más burdas que en Novotroitske, con un montaje de simples tablas clavadas en la tierra negra. Aunque más impresionantes, debido a los grandes perros que parecen cuidar las entradas como cerberos las puertas del infierno de la guerra. Y es, sobre todo, por los Rambos que van armados hasta los dientes, con el rostro color tierra, tatuado o encapuchado, que montan guardia cada diez metros y que parecen, esta vez, profesionales al acecho. ¿Acaso serían los hombres de los batallones Azov y Aidar, conocidos por su bravura así como por haber ofrecido refugio, desde 2014, a los ultranacionalistas e incluso a los neonazis? Tampoco. Vi al comandante del primero, Denis Prokopenko, pero en Mariúpol, durante el entrenamiento. Vi al comandante del segundo, Oleksiander Yakovenko, pero en Kiev, en donde sus 760 hombres estaban “en rotación”. A decir verdad, incluso esta idea me pasó por la cabeza: que el nuevo ejército ucraniano, patriótico y masivamente republicano, estaba deshaciéndose lentamente de sus elementos extremistas… No. Estos hombres en uniforme de camuflaje, fornidos, más jóvenes que los que he visto hasta ahora y visiblemente más descansados, estos campeones del combate cuerpo a cuerpo, algunos con la maleta en el suelo y otros en la espalda, a los cuales ––me dicen–– vino el presidente Zelensky a pasarles revista; estos comandos hipnotizados, cada uno detrás de su tronera de madera, frente a nosotros, en la línea de tierra café que indica la posición enemiga, son una de las trincheras defensivas del Ejercito Nacional ––aunque parece que, inmediatamente, como en el campo de tiro en Myroliubovka, podría convertirse en una base de ataque. ¿Sucederá? ¿Ucrania decidirá recuperar por la fuerza su Alsacia y Lorena? ¿Algún día las cambiará por Crimea a la que, sospecho al igual que muchos europeos, a veces le ha llorado en secreto? No lo sé.

 

 

Estamos con el presidente Zelensky en Kiev, en la misma oficina, muy kitsch, a la que vine con frecuencia durante la época de Petro Poroshenko. En la mesa redonda de mármol falso, escogió el mismo lugar que tomaba su predecesor. Le muestra a Andrey Yermak, su asesor, el asiento que ocupaba el consejero de aquel momento. Nos invita a sentarnos con Gilles Hertzog en nuestros lugares, digamos, habituales. Ahí está el sentimiento del tiempo recobrado y desfasado. Ahí está, mientras examina, pensativo, las fotos que le mostramos de su ejército, la impresión de que la silueta imponente de Poroshenko se sobrepone a ese cuerpo de adolescente que se convirtió en presidente. ¿Estaba hecho para el papel? ¿Un comediante puede convertirse en comandante en jefe de un ejército en guerra? ¿Es algo más que el actor de una comedia de enredo y cuya elección le parece, a casi todo el mundo, como la cúspide de la sociedad del espectáculo? Veo que reconoce, en cada una de las imágenes, el frente en el que se tomó y, a veces, al oficial. Lo escucho preocuparse por el debilitamiento de la Unión Europea, minada por sus indulgencias con Putin, y regocijarse, al mismo tiempo, por la fuerza de su relación con la Francia de Emmanuel Macron. Observo la maestría del discurso acartonado con el que alude al perjudicial catecismo estadounidense que detonó involuntariamente, después de una llamada telefónica con Trump. Una vez hecho el balance, pienso que no lo hace tan mal… En tres ocasiones, quizá para no ir al grano, me repetirá que se siente “normal” y que es de lo más “normal” responder preguntas sobre el estado de ánimo del pequeño judío de Krivói Rog, quiena se convirtió en una estrella de la televisión y que, ahora, es presidente de este tierra de pogromos y sangre que también se llamó Ucrania. ¿Quiere decir que se normalizó cuando entro en el club de los jefes de Estado del mundo? O, por el contrario, ¿que sigue siendo el mismo hombre normal que era, durante nuestro primer encuentro, poco antes de su sorprendente elección? Eso no tiene mucha importancia. Ya que, en ambos casos, domina una solidez socarrona y despreocupada que no me esperaba y que hace que te digas: la historia universal habría podido escoger un campeón peor que este para oponerse a Putin y defender, frente a su imperialismo “eurasiático”, los colores y los valores de Europa. Respecto a nosotros, occidentales indolentes, esta guerra olvidada de Ucrania, su tragedia que crece poco a poco, en este lado de los 500 kilómetros del frente, y sus valientes que, dos horas antes de medianoche, siguen haciendo guardia, deberían convertirse en nuestro remordimiento.

 

FOTO: Bernard-Henri Levy reunido con miembros del ejército ucraniano a principios del mes de enero de 2020, previo al éxodo por la zona de conflicto./Gilles Hertzog y Marc Roussel

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