Homenaje a Pablo Neruda

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En el cincuentenario de la muerte del poeta chileno, el 23 de septiembre de 1973, unos versos dirigidos a la obra del Nobel 

 

POR LEOPOLDO HERNÁNDEZ NAVARRO
Desde un lugar del sur americano,
desde la nieve invernal de elevadas cordilleras,
fuego tardío resbalando en horizontes fríos,
te escribo, Pablo Neruda.
Poeta hecho de mar cantando con sus labios
tu poema estelar, constelación en movimiento,
universo derramado en el océano del mundo.
Joven poeta perdido en las costas,
en las piedras marinas de tu patria
escuchaste el grito de felinos gigantes
o el vuelo sorpresivo de las aves del alba,
ahí duerme tu verso en la noche de débiles destellos.
El que te busque te encontrará dormido
en mareas tranquilas o tumultos sacudiendo el cosmos,
o en la inmensa lluvia austral donde el Polo
rompió con el espacio de su reino de luna.
Los ríos de tu natal Araucanía poblaron tu sangre
en tus sueños de luna blanca, amarillenta y roja.
Un bosque de elevadas copas te dio las sombras,
el fresco sabor de tus primeros versos.
En el Lago Budi un cisne te enseño a soñar,
a escuchar el secreto de las aguas.
Te enseñó como una larga pluma blanca
a descubrir el mundo con tu verso itinerante.
Un tren de sonido metálico y profundo,
serpiente mineral, te alejó del mundo andino,
en un río navegó tu poesía, y llevó en su seno
el fluir del bosque, el ciprés, el laurel y el copihue rojo,
la palma del helecho escribiendo contigo.
Y más allá, en el valle de las aguas
la majestad de los volcanes, la nieve perpetua,
el día y la noche en el eclipse fluvial del tiempo.

 

Joven perdido en los laberintos de Santiago,
en la calle encendida de Maruri, que dejó en tu faz
los crepúsculos de tu poesía, el alma de la incierta luz.
El primer Crepusculario de fiesta interminable.
Hoy cuando leo de nuevo tus lejanos versos
me invade la melancolía adolescente
y salgo a ver la tarde en la infinita línea del mar,
en una calle de tardía luz o montaña
que sepulta al sol en su cueva profunda.
Hombre perdido en los laberintos del mundo,
en tierras lejanas a los mares de tu patria
que en los versos errantes de paisajes distantes
en el Memorial de Isla Negra nos dejaste.
Poemas iluminados por albas del Oriente
cuando el hombre despierta de sueños espirituales,
casa pequeña de gigante universo,
residente alimentado por la soledad del verso.

 

Residencia en la Tierra, libro de soledad y amor,
de desesperanza y esperanza,
de materia fundida en versos del alma,
raíz de una tierra que el Oriente ilumina
con luces tenues la grandeza del hombre.
Sueño silencioso de lunas invernales
en el misterio del poeta solitario
que despertó en la soledad lejana del alba
en una ventana apenas visible
donde nació el primer verso en el alba centelleante.
Eran las nacientes luces del Oriente.
Era Ceilán, cicatriz de las aguas en el inmenso mundo.
Mundo de pescadores, familia de pájaros
en embarcaciones de la fría alba.
Era la soledad y la melancolía pura,
el árbol verde del Oriente lleno de poesía
que llevó tu canto a un universo nuevo,
en tu verso profundo, en un mundo de revelaciones.
El hombre del Oriente está ahí,
en el abismo de su soledad mística.
la rosa con ojos de colores,
siempre radiante hermana de tu canto.
El fluir del tiempo de países celestes
escondido en tu alma, en la luz de tus sueños.
Un caballo de luna se pierde en un instante
y sube envuelto en el sueño del cosmos.
Residente universal, canto escondido
en el fondo del río invernal de la palabra.
Tal vez el otoño que llega y muere ya desde
las hojas verdes del árbol.

 

Tu Canto general es un mundo en movimiento,
poema planetario iluminado por el océano universal,
es América invocada en todos sus horizontes.
En la larga geografía chilena
la serpiente infinita no duerme,
la Vía Láctea bajó y dejó un hijo de olas gigantes
de diamantes de sal, nada duerme en él.
Cuando te leo el océano derramado me cubre
y veo con el ojo alto de la Luna toda tu poesía.
Mi mirada desde la altura se hunde
en el universo chispeante de la casa humana.
Veo la inmensa tierra americana invocada
por el fuego incansable de tu poema estelar,
desde la Patagonia hasta Norteamérica donde un leñador
despierta la conciencia de la democracia,
es Abraham Lincoln, árbol joven,
leñador de la libertad americana.

 

Te veo recorrer mi patria mexicana,
florida y espinuda como la llamaste,
La llamarada del maguey te despertó en el alba
y te llevó por valles y montañas,
tal vez te enseñó el secreto de la historia
en la mirada múltiple del nopal legendario,
en el vuelo infinito del águila de penetrante mirada,
vuelo dormido en una ciudad de antigua piedra,
en los muros que llegaron a tu canto,
o el telar iluminado en un pueblo de mágicas manos.
En los mercados encontraste el hilo del pasado
y en la geografía sorpresiva de valles y volcanes,
de ríos rodeando pueblos, tu amor americano.

 

Machu Picchu, pregunta del tiempo
al rostro pétreo que el hombre dejó.
Ala de piedra desprendida en el vuelo del águila y el cóndor.
Hombre dormido despertando con la primavera
para mirar con la flor redonda,
roja o azul el gran amor de una tierra sagrada,
la raíz que florece en el corazón humano.

 

Desde Valparaíso hasta Isla Negra
tu casa terrenal duerme en el mar.
Tu canto suena ahí con el golpe del océano.
Todo el azul de aguas y espacios que envuelve tu poesía,
Duerme, duerme siempre tu sueño de eterno fiesta marina.
El ave de vuelo colosal, hija de la luna,
celebra tu canto en la dentadura de la noche,
en el alba rompe el espacio de la luz
y en el crepúsculo se hunde en el más allá del tiempo.

 

Tu lucha antifascista golpeó el dolor de tu poesía
en la España desangrada por la guerra civil.
Tu alma republicana dejó en tu canto
el triste caminar del hombre
en el polvo y el fuego del acero,
en el escombro donde una faz apenas visible
dejó la lucha por libertad.
Pero siempre ganará el sol de la historia,
siempre el pueblo unido marcará el paso
de un nuevo amanecer, antorcha roja, azul y verde,
dulce antorcha, flor eterna del alma.

 

Pasó el tiempo, a tu corazón de nocturna soledad
llega el recuerdo de la poesía combativa,
del fusil hecho pólvora,
del cañón y polvo hecho poema,
de Federico García Lorca, el poeta del universo en flor,
el romancero de luna y nieve, del caballo de los sueños,
de la luna rompiendo el fuego, nenúfar del hondo río.
Su crimen es el azul de una eterna esperanza.
El verde del olivo más joven.
En Granada despierta siempre su poesía de estaño.
O de Miguel Hernández, poeta del pueblo combativo.
Hoy en el silencio de los muros agotados por la humedad
su poesía florece, hay un canto dormido,
el canto de la libertad.
Pasó el tiempo y el gorila no descansa,
no descansa el dictador fascista y sanguinario,
sus condecoraciones de fuego y humo
expulsan llamaradas de sangre.
Después fue Chile, tu patria de piel marina.
septiembre, 1973, eran los días donde la lluvia
cayó con grandes gotas de sangre sobre tu pueblo.
El sueño de un mundo nuevo fue cegado
y rota la vena abierta de tu patria.
Allende, Allende, presidente mártir.
Tu pensamiento es la visión del porvenir,
el cañón sofocando el imperialismo
y las frescas alamedas de la libertad.

 

Pablo Neruda, tu poesía es la revolución continental,
es América Latina en su sueño libertario,
en la búsqueda de su historia,
la lucha permanente del hombre,
el fuego de una mirada que se hunde
hacia el azul de la esperanza,
el verde, siempre verde del árbol humano.
Duerme gran poeta, el mar de Isla Negra te arrulla.
Duerme, tu canto vive, sueña y despierta.

 

 

Ilustración: Archivo El Universal

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