Pachanga, dijo La Changa: los sonideros, la voz del barrio

Sep 9 • Conexiones, destacamos, principales • 3285 Views • No hay comentarios en Pachanga, dijo La Changa: los sonideros, la voz del barrio

 

Nacidos en las vecindades y la periferia de la Ciudad de México para animar fiestas, los sonideros marcaron tendencia desde hace medio siglo hasta convertirse en una sencilla industria que ha sobrevivido a su éxito y a los sobresaltos del barrio. Hoy son una tradición de la cultura popular urbana no sólo en México. Buscan declararlos patrimonio cultural, pero su esencia bucanera e indómita plantea desafíos. Esta es la crónica de los toquines con algunos ídolos

 

POR DONOVAN KREMER
Parado frente a un portón negro que lleva estampado el logo de “Yambaó”, llamo dos veces. La fachada es custodiada por unos bafles montados sobre tabicones, algunos son cascarones, al otro lado del portón un perro se azota y ladra y chilla y bufa como toro; detrás de mí y a la vuelta de la calle, dos remolques estacionados están pintados con la cara de un pato caricaturizado y llevan el número de contacto del sonidero. En la colonia Guadalupe del Moral, en Iztapalapa, vive el señor Juan Duhart, a quien conocen como Yambaó. Su hija Jazmín abre la puerta y el pastor alemán sale disparado, deseoso del aire y la luz del día.

 

Mi papá anda arreglando su camioneta, ahorita te llevo con él, me asegura.

 

Subimos a su auto y, tras avanzar por calles y la avenida Leyes de Reforma, llegamos a una refaccionaria del Canal del Moral. Ahí está sentado Yambaó, texteando su celular.

 

Nos saludamos. Me presento. El cometido comienza.

 

Yambaó lleva 44 años tocando música en espacios abiertos, deportivos y centros de ocio, la mayor parte durante la noche y con frecuencia en otros estados, así como en el oriente de la ciudad, una zona con fuerte presencia del movimiento “Sonidero”, para ejemplo está Peñón de los Baños, conocido como la “Colombia chiquita”. Un bailador callejero en retiro me habla de Juan, jura que se conocen de los bailes que se armaban en la Merced y la Central de Abastos, en el tianguis de Las Torres. Juan muestra sus coronas de metal cuando habla, sus ojos somnolientos contrastan con su simpatía.

 

Inicié en el 79, cuenta, iba en la primaria, mis tíos tenían un tocadiscos, un Radson de cinco botones con dos trompetas y plato integrado. Un día lo llevé a arreglar, le compré sus bulbos, la aguja, y una señora me preguntó que en cuánto rentaba el tocadiscos, que porque iba a ser el vals de su hija, no sabía cuánto pedirle, le dije que me diera cinco pesos; me dijo: “Le doy cuatro pesos, vaya y tóqueme el vals, yo le pago el taxi”. Fue mi primer baile.

 

Juan me comenta que en su época él usaba puras trompetas pal toquín, el equipo lo conseguía en Elektra, en abonos chiquitos, le pedía rentado su carrito a un vendedor de jícamas para trasladar los aparatos. ¿Qué significa el nombre de su sonido?, le pregunto a Juan. Yambaó es un grito de alegría de los esclavos africanos en Cuba, responde, celebraban sus ritos con un grito de alegría alrededor de la fogata.

 

Juan Duhart de Sonido Yambaó, durante el tiempo de saludos. FOTO: Cortesía Michel Mendoza

 

La historia de Yambaó se parece a la de Ramón Rojo Villa, “La Changa”, surgido en Tepito, chamacos que por andar de mitoteros les ganó el relajo y el sabor de la música, sólo que a Ramón le tocó el origen del sonidero.

 

Cuando Ramón era un niño, La Socia tocaba en las vecindades del barrio bravo. Don Macario, narra La Changa, era un señor reenojón que traía un carrito de baleros con un bafle casero y tenía sus aparatos con bulbos. Su señora iba agarrando el bafle y el señor jalaba el carrito para ir a tocar a las vecindades. El señor era curioso: colocaba su bocina, sus aparatos muy cuidaditos, sacaba un mandil, se lo ponía, sacaba el desarmador, las pinzas y empezaba a conectar, el señor era de sombrero, como el estilo de David Silva, yo me le quedaba viendo y él sacaba un disco y lo limpiaba, aquellos discos de 78 (revoluciones) de carbón. Me acercaba y me decía: “¿Qué estás viendo?, hazte para allá”. Me corría el señor. Y luego me ponía atrás de él. “Oh, ¿qué no entiendes, chavo? Ya déjame trabajar”. Yo quería saber, porque de esto se nace.

 

Ramón Rojo, La Changa, fue el estelar en la inauguración del Bailódromo, en el Parque Cuitláhuac, en Iztapalapa. FOTO: Cortesía Michel Mendoza

 

La conversación con Ramón se da en un café de Bolívar tras su asistencia al informe de gobierno en el Teatro de la Ciudad, en Donceles. El señor me cuenta de sus inicios y el apodo que le ha ganado fama en los vecindarios y a nivel internacional. Pero, antes, una acotación.

 

En Talento de televisión, el salsero puertorriqueño Willie Colón canta: “Sabor /aquí está la salsa con changa y rap que es mucho mejor”. En el sur de América el significado de “changa” varía según el país: desde un trabajo informal o la remuneración laboral, hasta significar la burla en tono de broma. En Venezuela, en algunas ciudades como Caracas, la changa era un estilo de música ligado al ambiente disco, al techno, pero no es clara su delimitación.

 

El apodo de Ramón Rojo no tiene nada que ver con este concepto musical, me aclara el tepiteño de 75 años, quien sufre de un problema auditivo en el hemisferio izquierdo de tanto retumbo de bocina. La voz de Ramón es aguardentosa. Cuando era escuincle, mi madre compró un radio y ahí escuchábamos radionovelas y había una llamada Chucho el Roto, el personaje que le robaba a los ricos pa’ ayudar a los pobres, y le ayudaban El Rorro y La Changa, de ahí salió el mote, dice. Luego, por azar del destino, hallé un bafle en una tienda de discos que mis tíos pusieron a puerta cerrada, la llamaban discotienda, de ahí saqué mi primer repertorio. Yo empecé con mi tocadiscos en la Casa Blanca (una vecindad famosa de Tepito donde vivió una temporada el antropólogo Oscar Lewis, quien escribió Los hijos de Sánchez, basada en la vida de una familia pobre del barrio). Total que una vez una señora que venía a comprar sus cosas al mercado, me oyó y me dijo: “Toca rebién, ¿no renta su tocadiscos? Venga, le pago si me lo renta, es para una fiesta en Azcapotzalco”. Busqué entre las chácharas y hallé una trompeta, una Atlas, y me fui a tocar. Luego, ya comencé a ganar dinero, y una vez La Socia, como le estaba ganando el mandado, me dijo: “Vente a tocar acá, te pago 200 pesos”. Órales, le dije, me paso. Y entonces el señor Macario me decía: “Tócale, Changa, tócale”.

 

La historia de La Changa está suscrita a una manifestación musical y cultural que tiene un valioso contexto que pretendo resumir con la ayuda de David Mendoza, fundador del Sonido Retro, y que tiene un fuerte vínculo con Ramón. Con él se arma la machaca.

 

***

En los años 50, la Ciudad de México entraba en una etapa de modernización, abandonado el espíritu revolucionario, el espectáculo nocturno dispuesto en salones de baile y cabarés era accesible para las personas acaudaladas; la clase media estaba en formación. Hacia principios de los 60, la estabilidad originó otro tipo de demandas resumidas en satisfacer a toda la raza. Y los que vivían en las vecindades claramente requerían de ocio, sin ella la gente se trastorna.

 

A este contexto se suma el desplazamiento de habitantes de los diferentes estados del país hacia la capital, que buscaban el bienestar en las vecindades, visitar el café de chinos, los salones de baile, asumir el argüende y atesorar el placer del pancho, lo que condicionó por un lado la convivencia entre vecinos, pues los chilangos traían consigo sus costumbres, entre ellas festejar en bola. Carlos Monsiváis dedica un episodio de Apocalipstick a ese ambiente de la época en las vecindades.

 

A David le encanta estar documentado y es técnico cuando de sonideros se habla; trae el “flou”, diría un boricua. Conoce bien lo dicho anteriormente y él agrega la parte sonora, la tecnología entrante y la diferencia del flujo rítmico que hizo posible que en la ciudad pegaran como chicle los géneros musicales nacidos en el cono sur y reducidos al folclor local, como la cumbia colombiana, la gaita marabina, el merengue caraqueño y los ritmos negros de la costa venezolana, y aquellos que dinamitaron los cubanos por supuesto. Así cuenta el asunto Mendoza cuando nos reunimos en un edificio ubicado entre Ignacio Zaragoza y avenida Guelatao, en los límites con el Estado de México:

 

Los géneros del cono sur, más rápidos, la tornamesa los hizo deslizables, entonces pudo hacer que la música fuera más lenta, porque esos ritmos acá no se bailaban. Y al hacer más lento esos géneros musicales (chasquea los dedos), tuvieron un gran éxito entre los bailadores de los barrios. De hecho, por ejemplo, la cumbia que nosotros conocemos aquí no es cumbia, es gaita, la que nos gusta en los bailes sonideros, dicen: “Ahi va un cumbión”, es una gaita (imita el sonido): cshu cshu cshu. Cumbias, hay varias, la que es acordeón, la costeña, la sabanera, pero realmente la que más gusta en México es gaita. ¿Cómo sabemos? Por los discos, los que coleccionamos y tenemos material importado; sabemos que una cumbia para nosotros allá es un pasebol o es una gaita o un porro o un vallenato.

 

En los 70 aparece el nombre de una figura clave del movimiento, don Pablo Perea de León, que más adelante dio nombre al Sonido Arcoíris. Don Pablo, junto a su hermano Manuel de Sonido Fascinación, viajaron fuera de México hacia Centro y Sudamérica para conseguir música novedosa, original. Acá reproducían los géneros desconocidos y de paso vendían la música, un negocio redondo, eran corredores de música.

 

Es a partir de esta época, la que David enmarca en letras de oro, donde se imponen los sonideros, en una relación entre la industria discográfica, la radio y el baile popular en las calles. Yambaó, por ejemplo, me comenta que los toquines eran tan concurrentes que en el Eje 6, a la altura de Fernando Montes de Oca, se ponía un listón y costales para dimensionar la pista de baile: eran las tardeadas en una avenida todavía sin pavimento. El sonidero, dice Mendoza, trae la música de fuera, la toca, se vuelve éxito, la lleva a la radio, se consolida y la industria discográfica genera selecciones musicales, una recopilación de discos con las licencias, se graban en México y se venden ya como éxitos. Llega a ser tan importante esta relación, y las ventas se disparan, sigue, que las discografías empiezan a entregar a los sonideros, como si fueran artistas, discos de oro, de plata, por haber propuesto esas canciones y por las altas ventas. Surgen los sellos musicales como Discos Fuentes, Eco, TH, de Colombia, Venezuela, música que se produce en Panamá y es en México donde estalla.

 

Joyas tropicales en sonido Fábrica Peerless
1981, con licencia de Discos Fuentes (Colombia). Destacan Sonido 64, Arcoíris, Leo, Cariñoso , Tacuba y Casa Blanca.

 

El cuarto donde converso con David está repleto de cajas de plástico que resguardan cientos de discos de vinil que en su momento tocaron sonideros como Estéreo Rumba 97, Perla Antillana, La Conga, Arcoíris o la misma Changa. Un repertorio diverso. Ahí almacena distintos modelos de tornamesas, la más distinguida es una de los años 60 que decora la estancia, donde albergan a residentes de la zona y sirve como instalaciones del Sonido Retro y del Frente Popular Independiente, una organización de orientación izquierdista que ofrece talleres artísticos y culturales, cursos de verano y actividades deportivas y recreativas, sobre todo para niños; durante el encuentro, los chamaquitos se divierten al lado de maletines para equipo de audio.

 

David me habla de los Tequendama de oro, álbumes de música sonidera, de la fábrica Peerless, de que el baile se convierte en el medio de socialización más importante y también de aceptación, de esa disrupción que representó el movimiento sonidero en cuanto a los valores morales y lo establecido: en los toquines la comunidad gay y trans era bien recibida, la gente admiraba su talento para marcar los pasos; aparece La Miguela, Rosita Fresita y La Tiris; esta última, famosa en el barrio bravo. Pero es en la década de 1990, la que corresponde a su vivencia, donde el movimiento despega hacia los Estados Unidos, tras quedar casi sepultado por las quebraditas. Es en este periodo donde el sonidero se hace versátil, donde mejora la fidelidad y la potencia se vuelve adictiva. En este punto hay otro hito que trataré de narrar con precisión.

 

***

En 1993, Perla Antillana y La Changa protagonizan un portazo en el Hollywood Palladium, en Los Ángeles, me platica Ramón. El promotor Juan Manuel Cortés sobrevende las entradas para un foro con espacio para 4 mil almas latinas. La gente afuera se enfurece, quiere entrar a como tope. La policía acude, varios helicópteros rondan el recinto. Ramón, me cuenta levantándose de su asiento y haciendo como que tiembla, está temeroso de que lo arresten. La cadena de noticias CNN consigna el hecho y llama a La Changa y a Perla Antillana los “DJ mexicanos”. La objetividad del periodismo que describe García Márquez. Tras la calma, la tormenta o, mejor: el ciclón toma fuerza. A partir de entonces, el fenómeno se replica en Estados Unidos: los migrantes residentes arman sus sonidos.

 

Los saludos se internacionalizan. La gente comienza a adquirir “casetes” porque también la tecnología lo permite, los saludos viajan de aquí a Estados Unidos: “para mi primo que está en Chicago, Illinois”; el primo escucha el casete que los sonideros ponen a la venta y la respuesta va de retache. El sonidero crea pertenencia, genera constancia y registro: “yo estuve en ese baile ¡quiobas!”; hace identidad y fortalece vínculos. La Ciudad de México, que tiene una memoria colectiva, permite que el Sonido Candela se escuche en los puestos de “casetes” y en los microbuses, y los habitantes, mitoteros, deciden sumarse y mandar saludos de colonia a colonia, de paisano a paisano. El saludo sonidero es nuestra forma elemental del habla.

 

Del baile a las moscas

 

A raíz del incidente de principios de año entre los sonideros y la alcaldesa de Cuauhtémoc, Sandra Cuevas (el día que los corrió del kiosco Moriscos —donde muy cerca tiene un departamento—), el fenómeno piso fuerte en un terreno sinuoso: la política. En respuesta, el gobierno de Sheinbaum, entonces jefa de Gobierno, convocó a finales de marzo a un espectáculo sonidero en el Zócalo, donde Retro presentó a los DJ que son parte de la época dorada, esa es su consigna: volver a lo clásico, construir la conexión de una expresión cultural de la periferia que ahora lleva impresa una declaratoria patrimonial inmaterial de la UNESCO.

 

La declaratoria es apenas un guiño, importante como todo símbolo, pero todavía hay un tramo que recorrer. David Mendoza así lo confirma y cree que aún falta emprender un proyecto que articule el movimiento en términos culturales, legales y laborales, son estos tres ejes los que ha apuntalado en los foros consultivos donde se debaten las consideraciones de un negocio al que el diario El País llama discotecas ambulantes; y como todo ambulantaje, carece de lineamientos que describan, regulen y afiancen un modelo tangente de espectáculo y modus vivendi. Mendoza, el martes 15 de agosto, tiene su ponencia a las cuatro de la tarde en Eje Central-Lázaro Cárdenas No. 6, titulada “Ciudad. Espacio público y baile”, de una serie que se agrupa bajo el nombre pomposo “Capital del sonido: el rule, comunidad de saberes”. David me muestra las diapositivas con las que expondrá sus motivos.

 

El tema a discusión, dice David, es el plan de salvaguarda para que la cultura sonidera prevalezca. Él se basa en la ley constitucional de la ciudad, que establece que “los espacios públicos son bienes comunes, tienen una función política, social, educativa, lúdica y recreativa; las personas tienen derecho a usar y aprovechar esos espacios para la convivencia pacífica y para el ejercicio de las libertades políticas y sociales”. Si no hay un cambio en las normas jurídicas de la ciudad, considera, este movimiento no tiene futuro, porque mientras la Constitución dice eso, hay una ley secundaria, que es de justicia cívica, que nos restringe. Entonces los legisladores deben ajustar y armonizar esas leyes. El artículo 27 de la Ley de Cultura Cívica dice: “Son infracciones contra la tranquilidad de las personas producir ruido que represente un riesgo para la salud…”, o sea todavía está redactado en el viejo sistema, opina. Todos los que hagamos ruido nos iríamos al juzgado cívico. La ciudad se construyó como se pudo: no está establecido por qué zonas puede circular una ambulancia, esta es zona de hospitales, ¿se determinó…?, pues no. Esta cantante estadounidense se quejó de eso (Yaritza y su Esencia), del ruido, esa es nuestra ciudad, incluso hay algunos que nos identifican. Estamos acostumbrados. Tengo casa en Tlaxcala, muy silenciosa y ahí escucho ruidos pequeños, pero todos me dan miedo.

 

Mendoza continúa: el gobierno quiere que presentemos un programa de protección civil, con lo cual no estamos en contra, pero ponen medidas excesivas. Los diputados quieren que presentemos una póliza de seguro por 4 millones de pesos por evento: es una locura, ni a las empresas que usan material peligroso les piden eso. Si se estableciera de manera anual, acota, ahí es entendible. También estamos de acuerdo con que se regule y te juro, añade Juan Duhart aparte, que todos aceptaríamos pagar los impuestos necesarios y que nos traten como empresas.

 

Porque, agrega Yambaó, este medio se malinterpreta, dicen que se presta a la prostitución, la drogadicción, la robadera. Juan entiende bien cómo es el entorno donde los sonideros tocan;me platica una anécdota que lo marcó. Uno de los chalanes, muchachito él, se salió de una fiesta donde estaba yo tocando, era la fiesta de la hija de un padrino en los Centros Sociales Francisco Villa, lo asaltaron y lo mataron, lo tasajearon: 36 puñaladas en la cabeza y una en el abdomen. Esa mala experiencia me llevó a retirarme un rato después de 10 años de trabajar como sonidero. Luego Juan comprendió que las circunstancias sociales, económicas y mentales, y no la fiesta, son las que atenúan el asesinato de un hombre.

 

Otro de los temas son los derechos de autor, comenta Mendoza. En el foro preguntaron qué pasa con los derechos. Al respecto, Ramón Rojo y Gabriel López de Sonido Inmensidad, quien nos acompaña junto a su esposa Lorena, me aseguran que a sus puertas han tocado grupos como Cañaveral, no para entregarles un citatorio por demanda, sino para que reproduzcan sus nuevas canciones en los bailes. Lo que pasa, insiste David, es que la academia quiere romantizar esta expresión.

 

David Mendoza, fundador de Sonido Retro, cuya consigna es recuperar la época de oro de este movimiento. FOTO: Germán Espinosa /El Universal

 

En concreto, todavía no existen condiciones para que el sonidero deje de presentarse en espacios improvisados, sin un cinturón de seguridad ni un programa de protección civil, es decir, seguirá operando en la irregularidad, de modo que para la política la apropiación de una causa resulta provechosa, como cierta estampa que Ramón regala incidentalmente:

 

A la salida del Teatro Esperanza Iris, La Changa posa para las cámaras de sus seguidores. Un hombre se le aproxima y le dice: “Señor Ramón, hasta que veo a alguien bueno pa’ retratarme”. El tepiteño intenta desafanarse para tener la conversación y Gabriel López se mira ansioso, después en el café me dice que ya quería fugarse del lugar. Mientras caminamos hacia Bolívar, tres sujetos se le pegan a Ramón, uno de ellos pide el pago de una fotografía que La Changa no solicitó; otro, alcanzo a escuchar, le externa que proviene del periódico Regeneración: del cuello le cuelga un gafete con la palabra prensa grabada. Le implora hasta el tuétano que coopere con la causa. Rojo niega con la cabeza, hasta que Gabriel se acerca al tipo y le dice: “Adentro nosotros ya dimos pa’ la colecta”, y logra espantar a las moscas. A Ramón Rojo lo venían mosqueando.

 

Duelo de pachangas

 

Ramón Rojo y Juan Duhart participan en la inauguración del Bailódromo en el Parque Cuitláhuac. La Changa es el estelar. Su staff monta el equipo de audio sobre una tarima de concreto mientras frente a ellos se desarrolla un acto político. El jefe de Gobierno, Martí Batres, habla al micrófono sobre beneficios. La prueba de sonido, de tan limpia, pasa desapercibida. Se hacen los ajustes necesarios. Las bocinas están listas. Sobre la tornamesa de DJ, un peluche de changuito con banana regala una estampa. Ahora sólo queda esperar a que termine el mitin, a los asistentes les hace agua y la cara fuchi; quieren raspar la suela.

 

Bajo un despiadado sol, la cumbia, guaracha y salsa se dejan venir cual temporal tras meses de sequía. Las personas se levantan de sus asientos y Ramón Rojo se adueña del micrófono. Sonido La Changa revienta las bocinas. El ambiente se prende. Las pantallas que montaron trabajadores del gobierno reproducen la imagen de Batres con Clara Brugada, alcaldesa de “Iztapayork”, quebrando la cadera y girando el cuerpo. Al ras de la tarima dos hombres se miden los pasos con sus respectivas parejas. Es también el duelo de la afición: uno viste la playera de La Máquina Cementera y el otro, la de Las Águilas del América. Si no suena la Sonora Matancera no es La Changa, suele decir Ramón. La guaracha se alterna con la voz del tepiteño que confunde dos veces a la cumpleañera Brugada con Claudia Sheinbaum; ¡felicidades, Claudia! ¡Viene dopado!, grita la cábula que le va al Cruz Azul. La Changa dedica a los periodistas la salsa panameña No quedó ni el gato, de la Orquesta Zaperoko. Hay fuego en el barrio. Los periodistas trepan la tarima para llegar a Ramón. Una mujer que se mueve sola es interceptada por un camarógrafo de UnoTv y frente a cámara agita los brazos y sacude la cabeza: “¿A qué viene uno?, a qué más: a gozar”. La Changa hace regresar a la Matancera con Yo no soy guapo. Llega el tiempo de los saludos. A Ramón le pasan papeles y le ponen el celular enfrente para identificar a quién van dirigidas las palabras. Es el portavoz:

 

En especial para El Chato
100% no
1000% siempre
La Changa llovía de chingadazos

 

El temporal arrecia. La batuta es cedida a Yambaó y su parpeo.

 

***

A la estación Metro Apatlaco la atraviesa en forma de puente el Eje 5 Sur, pero esta noche la arteria vial está cerrada en ambos extremos porque una feria sonidera truena en honor a la Virgen de la Consolación. Sobre Santa María la Purísima al menos siete columnas compuestas de bocinas soportan una lona de más de 10 metros de largo que refugia a bailadores y enfiestados. Las calles angostas dan a la pista de baile y los vecinos han aprovechado para montar las chelerías, las garnachas y vender gramos de ensoñación a los presentes. Imitando el nombre de Héctor Lavoe, Jorge La Voz mezcla la música que distingue a Sonido Berraco. Los policías vigilan de lejitos y parte del staff de Berraco se tambalea sobre un entarimado pequeño. Las luces estrambóticas surten de imágenes a las personas que llevan pegado el tufo de la estopa en las narices. Los olores también se mezclan, el dulce de las “caguasakis” y el intenso rancio de la marihuana. Aquí la prensa es limitada, sólo un grupo de fotorreporteros se rotan la cerveza y de vez en vez hacen disparos. El bullicio no cesa ni cesará aun cuando arrecie la lluvia. Los que no alcanzaron a llegar a la lona grande buscan guarecerse en los negocios ambulantes, hay otros que, “¡chingue su madre!”, bailan aun con la lluvia a plomo. Berraco intensifica las rolas con saludos: “Para la comadre que ya está engordando”, “Un saludo a los que le van al Cruz Azul”, la pandilla replica con rechiflas “Porque ayer mi Áme les ganó”, concluye el saludo Jorge.

 

El sonidero está por despedirse, pero los asistentes no hacen iris porque otro sonido le sigue; es la esencia del sonidero y la noche: la voz del barrio.

 

 

 

FOTO: Sonido Berraco, de Jorge La Voz, en la feria sonidera en festejo de la Virgen de la Consolación, en Santa María la Purísima, en Iztapalapa. Crédito de imagen: Diego Simón /El Universal

 

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