Leos Carax y la estratagema eromusical

Nov 6 • Miradas, Pantallas • 7798 Views • No hay comentarios en Leos Carax y la estratagema eromusical

 

El polémico standupero Henry McHenry provoca la desaparición de su esposa, la soprano Ann Desfranoux, después de que ésta da a luz a una autómata de madera

 

POR JORGE AYALA BLANCO
Annette (Francia-Suiza-Bélgica-EU-Japón-Alemania-México, 2020), arrebatado opus 6 del eterno niño terrible vuelto director maldito y ahora objeto romántico de culto en festivales y en plataformas internacionales a sus ya 60 años Leos Carax (Mala sangre 86, Los amantes del Puente Nuevo 91, Holy Motors: vidas extrañas 12, con guion expeditivo y letras de canciones narrativo-ilustrativas de los hermanos Ron y Russell Mael (miembros de la banda de glam rock angelina Sparks), el impredecible standupero vertiginoso de feroz verba cómico-satírica enseñatraseros o quemabilletes Henry McHenry (un Adam Driver de posguerra galáctica-matrimonial) y la meliflua soprano operística especialista en culminantes muertes trágicas Ann Defrasnoux (Marion Cotillard de mutables cabellos cortísimos), ambos queridos por sus públicos respectivos hasta la veneración clamorosa y por completo entregados a la hegemonía de los medios, sostienen contra toda sensatez un desequilibrado romance ardiente, engendran a la extraña bebita Annette (interpretada por una autómata de movimientos espásticos y mirada triste) que en un par de años se revela gran vocalista precoz al influjo de un luminoso cilindro giratorio, por lo que sus padres deciden lanzarla al estrellato, alcanzando un éxito inusitado, pero el infeliz ebrio-erotómano Henry, con un fanatismo inveterado por la motocicleta y una neurosis explosiva que no le cabe en su cuerpo de insufrible saltarín gigantón en cuero negro, se llena de envidia, provoca la accidental desaparición de su amada Ann durante una tempestuosa travesía en yate, es perseguido por el fantasma de la muerta como castigo, debe por dobles celos ahogar en la piscina de su mansión al frágil chaparrín director de la orquesta (Simon Helberg) que le robaba la devoción de su hijita y se reconoce perpetuo enamorado secreto de la esposa difunta, y todo parece continuar sin consecuencias, hasta que durante el último recital en Las Vegas de una gira del adiós, en vez de cantar la pequeña denuncia públicamente el crimen de su padre, que es condenado y remitido a una prisión hermética sin posibilidad de amar ni hablar con nadie, salvo años después con la niña ya crecida Annette (ahora Devyn McDowell) que le confiesa su simpatía por el abismo, heredada de sus padres, también ella víctima y agente de cósmicas y fatales fallas del cálculo de una estratagema eromusical.

 

 

La estratagema eromusical semeja muy de lejos una comedia musical francesa, con preponderantes canciones en inglés del grupo Sparks (“Nos amamos tanto, nos burlamos de la lógica”/ “Inhala, exhala, puja”/ “Difícil de explicar”), estratégicamente respondidas en su machismo por un acusador coro multirracial femenino y alineadas entre una erizante cineópera trivial-cotidiana tipo Los paraguas de Cherburgo (Demy 64) y una delirante fantasía rockera al señorial estilo británico de Velvet Goldmine (Haynes 98), pero descaradamente concebidas, desarrolladas y sostenidas contra viento y marea como un show apoteótico e incontenible sin término posible, incluso en sus peripecias de antithriller antonioniano como la enigmática desaparición de la heroína a la mitad del relato y el interrogatorio policial, o de cuento dark, como el parto natural cancionero, el repudio generalizado al show decadente y la acusación-acoso al padre desde una resplandeciente pirámide triangular de cabeza.

 

La estratagema eromusical se presenta de manera estridente y disruptiva como un auténtico festival carnavalesco Carax, una película-summa donde confluyen y reclaman alturas sublimes los autodestructivos delirios inacabablemente juveniles de Mala sangre, el imposible amor loco autodepredador de Los amantes del Puente Nuevo, el obsedente vórtice incestuoso fraterno de Pola X (99) y el transformismo identitario de Holy Motors, haciendo en su conjunto que cobre especial importancia el engendro alucinado titular, esa Annette a la vez incentivo y ligadura, fortuna y némesis, milagro y condena, amada y expoliada por sus hacedores según el terrible dictum surrealista de Éluard “El amor admirable mata”, pues “Nunca me cansaré de ti”.

 

 

La estratagema eromusical se apoya además en el radicalismo visual de una virtuosística hipermovilidad de la cámara de la fotógrafa desatada Caroline Champetier, ávida de planos rutilantes e hipnóticos avances demenciales y circularidades, para imponer un régimen visionario de fotogenias luminosas u oscuras, sin nada en medio, lo que sigue de avasallantes y abusivas, acaso porque mientras más cerradas sean las tinieblas, más destella la luz celeste, donde la trepidante edición de Nelly Quettier y el estrafalario diseño de producción de Marion Michel se ceban en los escandalosos intermezzi informativos de unas Show Bizz News a base de estudiadísimas instantáneas photoshopeadas y flashazos noticiosos, todo ello poniendo en relieve la enajenación y el aplastamiento hoy en día de cualquier impulso humano por el tiránico dominio mediático, la dictadura de la sociedad del espectáculo que denunciaba el cine letrista de Guy Debord 51, la realidad virtual y la ultratecnologizada inteligencia artificial como nuevo invencible dios Moloch devorador de criaturas como Annette y sus compulsivos progenitores narciso-ególatras compulsivos.
Y la estratagema eromusical termina concretando un discurso zoológico simiesco hasta entonces latente pero esencial gracias a varias de sus puntas de iceberg: el virulento nombre completo del show de “Henry el Mono de Dios”, la ternura hacia esa canora bebé expuesta para ser sobrexplotada como un inerme King Kong cautivo y, tras denunciarse las articulaciones de la niña marioneta cual Pinocho de madera a merced de su implacable creador Geppetto, y luego de evidenciarse su residual condición de salamandra sobre un saco, ese segurizador mico de peluche que abrazaba la pequeña Annette y ahora yace tirado junto a ella, a modo de un erotanático signo postexterminio tan devastador cuan infecundo.

 

FOTO: Adam Driver y Marion Cotillard protagonizan Annette/ Crédito: Especial

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