Levan Akin y la tiranía dancística

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Merab obtiene una audición en una importante compañía de danza de su país, pero la presencia de Irakli lo hará darse cuenta que no sólo tiene un nuevo rival, sino también un objeto de su recién descubierto deseo homosexual

 

POR JORGE AYALA BLANCO
En Al final bailamos (Da cven vicekvet/ And Then We Danced, Georgia-Suecia, 2019), turbulento opus 3 del autor total sueco con antecedentes georgianos también TVserialista de 40 años Levan Akin (Cierta gente 11, El círculo 15), el brillante joven bailarín de danza folclórica georgiana considerada por arraigada tradición la gloria viril del espíritu nacional Merab (Levan Gelbakhiani con pico de pajarito triste) ha sido seleccionado para audicionar por un sitio vacante en la principal compañía del país, aspirando a triunfar exacto allí donde fracasó miserablemente su amargado padre mercader distante (Tamar Bukhnikashvili) y estaría zozobrando su hermano delincuentillo David (Giorgi Tsereteli), y para ello el virginal Merab se ha preparado desde los 10 años, al lado de su quasi noviecita bailarina amante de los cigarrillos ingleses Mary (Ana Javakhishvili), ambos instruidos por el déspota maestro de danza Aleko (Kakha Gogidze), sin embargo, para lograr ese supremo propósito debe ahora competir también con el carismático bailarín provinciano nuevo en el grupo Irakli (Bachi Valishvili) que además de su rival para el puesto, es también su espontáneo compañero de ensayos y juergas, su mejor amigo, y pronto su perturbadoramente bien correspondido objeto del deseo e iniciador homosexual durante un onírico fin de semana en la casa campestre de la ahora deleznada con un condón listo Mary, pero el adorado Irakli desaparece de repente, sumergiendo a Merab en la desesperación, en la búsqueda de sucedáneos en el vertiginoso mundo gay de su gran ciudad Tibilisi, en el desenfreno dancístico que le provoca una grave herida en un tobillo, y los amantes de una noche alucinante sólo podrán reencontrarse en la regia boda contenciosa tradicional del hermano súbitamente conformista David (“Seré un georgiano gordo y borracho”), cuando Irakli marcha asimismo en su pueblo a un marital doblegamiento análogo, dejando al buen Merab, respaldado apenas por una Mary comprensiva de su nueva opción sexual, enfrentar valerosamente un existencial desafío que se dirige ahora a la virilista tiranía dancística.

 

La tiranía dancística sintetiza e intensifica una idea de la danza enérgica e idiosincrática que encuentra su equivalente en una suave fotografía muy diáfana de Lasabi Fridel en atmósferas con dominante ocre y una contundente edición rítmico-sensorial a base de cortes tajantes en los bailes que se aviene muy bien con la espectacular música de tamboriles más las obras acústicas de Zviad Mgebry y Ben Wheeler, todo ello al servicio de una estructura dramática sagazmente ramificada que se funda en apenas un puñado de largas secuencias grandiosas e inesperadas, tales como el inicial ensayo en el estudio de danza a modo de presentación caracterológica que se prolonga en molto legato con los encuentros dominicales de los futuros amantes efímeros Merab-Irakli, la estallada parranda conjunta con turistas aunque genuinamente alegre y expansiva, la reveladora secuencia nocturna entre soñada y alucinante del acercamiento corporal con apoyo en procelosos episodios candentes que no rechazarían ni el solipsista definitivo Bilge Ceylan de El peral silvestre (18) ni el arrebatado en síncopas Xavier Dolan de Matthias y Maxime (19) hasta culminar en los coqueteos de Merab con un trapeador mechudo cual peluca blanca en la cabeza, el inquietante descenso a los infiernos/paraísos gays en una sola noche de autoabandono, y last but least el inmenso plano deambulatorio con body camera en los extrañantes espacios ajenos de la decisiva boda fraterna para tocar fondo intimista.

 

La tiranía dancística se identifica ideológicamente con el predominio y el incuestionable ejercicio a nivel nacional de los valores viriles, según la heteronorma milenaria, los temidos seudovalores más tradiciones acendrados, atávicos, abusivos y violentos, la virilidad del desplazamiento sigiloso femenino con largas faldas ante la arrogante acrobacia masculina, la virilidad en la danza por excelencia y por antonomasia del desplante del macho y de la falsa alegría y la emotividad impostada en sus puntos más altos, la virilidad del poder aplastante de cualquier otro impulso vital más humano y pacífico, la virilidad acosadora y acosada que (en una auténtica trama paralela meramente verbal y referencial) debe subsistir a los ecos de un inmostrable Zaza con devaneos homosexuales enviado a un monasterio para regenerarse y ser violando por el abad antes de acabar en la prostitución callejera, la virilidad de la homofobia incontenible que obliga al fraternal David a trompearse con sus homólogos en plena boda para supuestamente salvar el amenazado honor del hermano, la virilidad hipostasiada.

 

La tiranía dancística marcha, de manera lógica afectiva extrema y con severo brío, hacia la desembocadura de todos los discursos lúcida y lucidoramente implicados, culturales, antiautoritarios, sexuales, a través del estallido de una revuelta múltiple, la revuelta que también arremete contra el núcleo social básico, el representado por la disfuncional familia enclaustrada/enclaustradora y empobrecida que forman la semiausente madre sobretrabajada, la conflictiva hermana nulificada, la abuela de entrañable cariño rescatable e incluso irónicamente una vecina entrometida, una revuelta que catapulta por encima del menosprecio y la indignación sagrada a una afirmación superior del ego artístico.

 

Y la tiranía dancística se dirige así a tambor batiente hacia el desafiante alarde límite de una apoteosis final, auténtico crepúsculo de los dioses ancestrales y derrumbe de valores establecidos, con esa burla a la orgullosa danza georgiana por el retadoramente amanerado Merab, desatándose durante la temida audición ante los jueces-pilares de la sociedad vueltos irrisorios, una liberación que se prolonga y aplaude hasta el portazo final, convocador de un cambio de conducta y de inserción existencial heroica dentro de su propio código hecho nuestro y universal.

 

FOTO: Levan Gelbakhiani protagoniza Al final bailamos/ Crédito: Especial

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